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Personacracia

A pocas semanas para las elecciones generales, los líderes hablan como si fueran griegos en el ágora ateniense. Algunos defienden una cosa y su contraria. Otros prometen la Luna a cambio de la nada. Estos días, me vienen a la mente recuerdos de mis años juveniles. Años donde leía El País los sábados a deshora. Eran los años de Felipe González y su chaqueta de pana. Años donde se hablaba de Europa con orgullo y entusiasmo. Y años donde los casos de corrupción eran el pan nuestro de cada día. No existían las redes sociales sino las tribunas de los mítines. Recuerdo cuando hacíamos la ola en la Maestranza de Sevilla. Los políticos tocaban las vísceras, apelaban al miedo y sacaban los trapos sucios del pasado. De un pasado marcado por cuarenta años de nodos, curas y toros. Hoy, la política no ha cambiado tanto como pensamos. Más allá de las redes sociales, el discurso político mantiene estructuras similares a los años olvidados.

En España vamos hacia la "personacracia", o dicho más claro, "el poder de la persona". Aunque no dispongamos de un sistema presidencialista, como ocurre en los Estados Unidos, la política gira en torno a la marca personal. De ahí que siempre hablemos de felipismo, aznarismo, zapaterismo y sanchismo. Este reduccionismo hace mucho año al intelecto. Y lo hace porque la realidad es muy compleja para que la reduzcamos a ZP o Pedro Sánchez, por ejemplo. Observo en los discursos como los líderes – bañados de vanidad – mencionan el "yo".  La política, vista así, se convierte en una lucha de egos donde el interés general queda subordinado al interés personal. Expresiones como "cuando yo gobierne" hacen justicia a la "demagogia". Y digo "demagogia" porque los políticos, saben de sobra, que las políticas democráticas son el resultado de una complejidad de decisiones y entramado institucional que va más allá del Celebrity Politics. El líder es un representante ideológico que encarna, de alguna manera, el relato cocinado por su partido. Su carisma contribuye de forma necesaria, pero no suficiente, al éxito electoral. 

Tras el "Váyase señor González" o "la culpa es de ZP" vino el "Me gusta la fruta". Estamos ante una cultura política que sitúa la descalificación personal en combustible para el odio. Así las cosas, la política se ha convertido en un campo de batalla entre los de dentro y los de fuera. Los programas electorales han pasado a un segundo plano. Ya casi nadie habla de propuestas. Ahora casi todo son críticas y balones fuera. Esta forma de entender la política suscita votos en blanco y abstención electoral. La política ha perdido la magia de la Transición. Lejos de los Pactos de la Moncloa, los tiempos de Suárez son un diamante del pasado. Hoy, estamos ante una política de trincheras donde lo que gana uno, lo pierde el otro y viceversa. No existe una zona gris que siembre las semillas del entendimiento. De ahí que los mítines sean un arsenal de dinamita verbal contra el "enemigo". El enemigo engloba a quienes piensan diferente y votan distinto. Y ese enemigo emerge en las barras de los bares y mentideros de la calle. Volvemos, por desgracia, a la España de los rojos y nacionales. Volvemos a la intransigencia como motor del diálogo. Se nos olvida, por un momento, que la II República fue democrática y derivó en una guerra que todavía pervive en la memoria colectiva.

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  • SOBRE EL AUTOR

  • Abel Ros (Callosa de Segura, Alicante. 1974). Filósofo, sociólogo y politólogo. Finalista Premios Internet 2024. Libros publicados:  «El Pensamiento Atrapado» y «Desde la Crítica».
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