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El ruido de los hierros

En aquellos años, la nostalgia se apoderó de mis patios interiores. La crisis económica de los noventa no fue buena para los míos. Mi padre, arruinado de los pies a la cabeza, cerró el negocio familiar. Recuerdo aquellas mañanas de enero. Eran mañanas frías. Frías como la escarcha que caía por la acera de la avenida. Por la misma acera que, con una chaqueta acolchada y las gafas empañadas, caminaba cabizbajo hacia la furgoneta. En ella, los chaquetones se entremezclaban con las gabardinas. Los hierros de la parada aguardaban amontonados en un cajón de madera. Durante el viaje, mi padre escuchaba La Mañana, el programa de Antonio Herrero. Eran tiempos difíciles para el felipismo. El caso Roldán se convertía en la punta del iceberg de un mar de aguas malolientes y peces moribundos. La corrupción sacaba los colores a la clase política de la época. Durante el viaje, mi padre comentaba las noticias. Él iluminó, en mí, un espíritu crítico ante la vida.

El ruido de los hierros despertaba a los vecinos de la calle. Los gallos de los corrales corrían como galgos detrás de las gallinas. Allí llegaban los vendedores ambulantes con sus furgonetas. Con furgonetas cargadas de ilusiones. Y ahí, en esa callejuela estrecha de las tripas de Alicante, entre dos líneas blancas, estaba nuestra parada. Una parada repleta de chaquetones, gabardinas y pantalones. El "buenos días" se convertía en el estribillo de la mañana. A las ocho, pasaban – por la parada – las clientas más madrugadoras. Pasaba Manuela, la mujer del alcalde. Juana, la señora del banquero y Carmen, la esposa del chatarrero. Eran "clientas fijas". Clientas que compraran, o no, siempre echaban un vistazo a la mercancía. Algunas clientas nos solían traer café con churros. Con churros de Jacinto, el churrero de la esquina. Eran churros con sabor a canela; tan calientes y crujientes que se deshacían en la boca. Recuerdo que mi padre siempre que vendía la primera prenda, me decía: "Bueno Abel, ya nos hemos estrenado". En sus palabras notaba el optimismo de alguien que siempre veía luz desde lo hondo del pozo.

En la parada, sentado al fondo, solía leer el periódico. Mi padre siempre compraba El País. De izquierdas hasta la médula, no soportaba la desigualdad. Siempre que hablaba lo hacía del lado del obrero. Defendía a ultranza el Estado del Bienestar y soñaba con que, algún día, sus hijos fueran gente de provecho. Sobre las once de la mañana, el mercadillo estaba en todo su apogeo. Era un ir y venir de mujeres con carros de la compra. Mujeres, algunas con sus maridos, que buscaban chollos en los montones de las paradas. Debajo de la lona, conocí al ser humano. Conocí que llevamos en los genes la lucha por el espacio y la comida. Descubrí que somos animales en una selva llena de coches y semáforos. Y descubrí que la ley de la demanda es clave para la venta. Cuanto menos valía la prenda, más novios y novias tenía. Prendas que en temporada casi no se vendían, la gente se peleaba por ellas en la época de rebajas. Hay días que la parada se convertía en una romería de clientas hambrientas de chaquetones. Al mediodía, mientras recogíamos la parada, mi padre me decía lo que habíamos vendido. Algunos días, "ni pa pipas". Otros, amortizábamos los gastos. Y unos pocos, muy pocos, obteníamos beneficios.

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  • SOBRE EL AUTOR

  • Abel Ros (Callosa de Segura, Alicante. 1974). Profesor de Filosofía. Sociólogo y politólogo. Dos libros publicados: «Desde la Crítica» y «El Pensamiento Atrapado». [email protected]

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