Entrada anterior

El hombre simple

Asistimos, escribía el otro día en Twitter, ante la sociedad simple. Una sociedad que se configura como el resultado de unas estructuras comunicativas que encogen el lenguaje. Si hace años eran los eslóganes publicitarios y electorales, quienes sintetizan lo complejo, ahora son las redes sociales y mensajería móvil, quienes contribuyen al futuro del "hombre simple". El hombre simple es aquel que escribe con monosílabos, inserta emoticonos y lee titulares de periódico. Es una víctima que vive atragantada de información. Tanta que, por mucho que quiera, le cuesta profundizar en las noticias. Y le cuesta por la fugacidad de los titulares. Los titulares son arrojados al vertedero de la postverdad. En ese vertedero – de malentendidos, bulos y cotilleos – es donde yacen los relatos huérfanos de análisis. El hombre simple vive entre todólogos. Vive entre "parlanchines de la palabra" que flotan como corchos en aguas malolientes. Son gente que ostenta el don de la palabra. Un don que han construido con mimbres de hojalata.

El elogio a la tecnología y el desprecio a las humanidades son los cimientos de la ceguera. Una ceguera, o miopía crítica, cuya génesis se remonta a la crisis de la Historia y la Filosofía. El hombre simple no sabe, a ciencia cierta, quién es, ni a dónde va, ni de dónde viene. Estamos ante un ser que carece de perspectiva y de luces largas para atisbar los nubarrones que asoman en el horizonte. Los móviles han creado una falsa libertad. La gente piensa que existe libertad de expresión. Piensa que las redes sociales son el paradigma de anarquía. Y sin embargo, no se dan cuenta que están ante una trampa mortal. Las redes sirven a intereses privados. Estamos ante una cortina que se llama laissez faire. Una cortina que esconde una nueva forma de esclavitud. Nos hemos convertido en esclavos de nuestros propios datos. Hemos ninguneado el derecho a la privacidad. Hasta tal punto que nuestras huellas inundan la superficie del mundo digital. Son unas huellas que sirven a los intereses de los algoritmos. Algoritmos que rastrean nuestros gustos e intereses y guardan nuestro histórico de movimientos. Algoritmos que, a la primera de cambio, penetran en nuestros móviles en forma de espías.

En el mundo digital, todo son tutoriales sencillos, de corta duración y lenguaje llano. Estamos ante un discurso diseñado para la pseudoindividualidad. En las redes sociales, el ciudadano recobra su individualidad. En su perfil aparece su rostro junto a su nombre. Aparece, valga el ejemplo, "Juan García" por encima de su identidad cultural. No existe multiculturalidad sino multiindividualidad. Y en esa "multiindividualidad" es donde prostituimos nuestra privacidad y nos convertimos, sin que lo sepamos, en materia vulnerable para el capital. Ahí, en esa amalgama de perfiles, es donde se fabrica una nueva forma de alienación que desemboca en esclavitud. Nos hemos convertido en esclavos del móvil. Nos han puesto el "like" – la zanahoria – para que volvamos, una y otra vez, al agujero. Y en ese agujero es donde somos fotografiados y retocados. Ahí es donde nuestra vida corre por los precipicios del postureo. Ahí es donde el espejo nos devuelve el reflejo de lo simple.

Deja un comentario

1 COMENTARIO

  1. Y lo preocupante es que la mayoría somos pasto también de lo que denostamos…

    Responder

Deja un comentario

  • SOBRE EL AUTOR

  • Abel Ros (Callosa de Segura, Alicante. 1974). Profesor de Filosofía. Sociólogo y politólogo. Dos libros publicados: «Desde la Crítica» y «El Pensamiento Atrapado». [email protected]

  • Categorías

  • Bitakoras
  • Comentarios recientes

  • Archivos