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Crítica a la inmediatez

En la sociedad del postureo, las fotografías adquieren un valor efímero. La gente se hace selfies para la obtención de un reconocimiento súbito y vacío. Nos hemos vuelto esclavos de lo inmediato y ello apaga las luces de la constancia. Las redes sociales han cambiado nuestra forma de relacionarnos. Los niños casi no juegan con pelotas de goma, ni improvisan porterías en las calles del mañana. Ni siquiera consumen programas como Barrio Sésamo y otros aciertos del pasado. Ahora todo ocurre entre pantallas. Pantallas de móviles caros y baratos, de tabletas y ordenadores. Pantallas que ocultan conversaciones, compras a deshora y amores clandestinos. En la sociedad del postureo todo el mundo quiere ser visible. Todos luchan por hacer de su muro un número de circo. Lo único que importa es el espectáculo: los videos en directo, las noticias amarillas y los saltos arriesgados. ¿Dónde están los payasos? Aquellos payasos con los ojos pintados, el pelo a lo afro y el humor como bandera. Aquellos ladrones de lágrimas, de preocupaciones y depresiones.

La inmediatez desemboca en la sociedad del envase. La preocupación por el físico y los complejos estéticos han eclipsado el interior. Ese interior que tanto fascinó a los padres de la Iglesia. A una Iglesia que hoy, quinientos años después, ha perdido buena parte del negocio de la fe. Sin fe, el ateísmo vence la partida. Y la vida se convierte en un cúmulo de momentos. De días llenos de vida. Y de vidas llenas de días. La vida, tras la pandemia, se hace corta. Corta porque vivimos ante riesgos inminentes. Riesgos que obstaculizan los planes, apagan la llama de la voluntad y ponen en valor el presente como el bien más preciado. Un presente que se reduce al instante. A un instante que muere cada centésima de segundo. Y dentro de ese retorno de instantes es donde la gente encuentra el sentido de sus vidas. De vidas apagadas por el paro juvenil, la precariedad laboral, el hándicap de la emancipación y la frustración que supone posponer la maternidad. Gana Schopenhauer frente a Nietzsche. Estamos ante un pesimismo que nos hace recurrir, una y otra vez, a los libros de autoayuda.

Esta sociedad del envase alcanza todas las esferas. Podemos hablar de política del envase, economía del envase y cultura del envase, entre otras. Estamos ante una reinvención de lo sagrado. Ya no se rinde culto a las imágenes eclesiásticas sino a cuerpos tatuados con figuras mitológicas. Estamos ante una exhibición de la privacidad constante. Ante una desnudez de los secretos que oculta el cuerpo. El cuerpo se convierte en el vehículo de la interioridad. Y ese vehículo necesita el reconocimiento de los otros como combustible. Se necesita el "like", el emojis con el beso, el aplauso y cualquier símbolo digital que refuerce la autoestima. Estamos ante el crepúsculo de los psicólogos. Ante un cambio en las formas de reforzar el ego. Un ego que se mantiene con cimientos de paja que se desmoronan ante los desplantes digitales. Desplantes en forma de dejar a la gente en "visto", eliminar como amigo o bloquear a quienes – por hache o por be – no piensan como el resto.

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2 COMENTARIOS

  1. Juan Antonio Luque

     /  26 julio, 2021

    Efectivamente, estamos en la sociedad de la envoltura, donde el exterior cuenta más que el interior. La apariencia (la labia) más que el intelecto.

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  2. Isabel García Morales

     /  7 septiembre, 2021

    Pero todo esto¿ porqué? La decepción por parte de la iglesia católica, decepción por las religiones, por las que hay guerras usando en nombre de ellas ….y sí, la pandemia la política y sus resultados han echo el resto, un mundo de aquí y ahora …pena mucha pena…saludos.

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  • SOBRE EL AUTOR

  • Abel Ros (Callosa de Segura, Alicante. 1974). Profesor de Filosofía. Sociólogo y politólogo. Dos libros publicados: “Desde la Crítica” y “El Pensamiento Atrapado”. [email protected]

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