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Las sombras del estribillo

Este año se cumplen diez años del 15-M. Diez desde que escribí las primeras letras en los pergaminos de este blog. Y diez, y valga la redundancia, desde que ETA anunciara su final. Han pasado diez años desde que Camps dimitiera como Presidente de la Comunidad Valenciana. Y diez, aunque cueste horrores recordarlo, desde que Lorca tembló y sembró el miedo en su población. Diez desde que Rajoy conquistó La Moncloa. Y diez, y disculpen por la pesadez, desde que las cafeterías – por fin – huelen a café. Diez desde que la "prima de riesgo" ocupó los discursos callejeros. Y diez desde el famoso decretazo de ZP y los recortes del PP. Diez desde los desahucios un día sí, y otro también. Y diez, y no me cansaré, desde que los españoles no pudimos pasar de ciento diez en las autovías del ayer. Diez desde el cierre de Público y CNN+. Y diez desde que asomaran las primeras manchas en las solapas de la Zarzuela.

Una década, me decía – el otro día – Enrique, es el tiempo suficiente para cambiar de párrafo en cualquier biografía. Durante una década ocurren rupturas y vínculos sentimentales, despidos y cambios laborales. E incluso cambios físicos que recuerdan el desgaste de la vida a su paso por el prado. Cambios, al fin y al cabo, que explican nuestro espacio presente. Y cambios que ponen en valor el producto de las propias decisiones. En los países ocurre algo parecido. Hay países que en una década se convierten en referentes internacionales. Y otros que, por hache o por be, descienden de categoría. Hay países que escriben transiciones democráticas. Y otros que construyen muros dictatoriales. Hay décadas que pasan desapercibidas. Y décadas que escriben en diez años lo que no escribieron en un siglo. En España, sin ir más lejos, esta década – del 2011 al 2021 – no pasará invisible para los ojos de la historia.

Durante esta década, el paisaje sociopolítico ha cambiado. Y ha cambiado por muchísimas razones. Ha cambiado porque la política nacional ya no es una cuestión de rodillos, ni de turnismos galdosianos; sino un asunto de pactos y consensos adolfinos. Durante esta década, Hispania ha cambiado porque su Corona ya no brilla como en los tiempos juancarlistas. Y ha cambiado porque un maldito virus ha robado su calor mediterráneo. Ahora España es un país frío. Frío como las noches de enero. Y frío como las relaciones bipolares en plena Guerra Fría. Frío porque enfermaron, de sospecha, sus barras y terrazas. Y frío porque las mascarillas impididieron ver las dentaduras. En el 2011, el grito de los indignados invadía de amarillo el asfalto de las plazas. Las mismas plazas que hoy, diez años después, amanecen tristes y apagadas. Hemos perdido el ruido adolescente que nos identificaba. El bicho nos ha robado las fiestas y el folclore, la espontaneidad de la calle y, por si fuera poco, las sombras del estribillo.

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1 COMENTARIO

  1. Juan Antonio Luque

     /  1 enero, 2021

    Han pasado diez años de los que debemos hacer autocrítica y retomar el rumbo correcto.

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  • SOBRE EL AUTOR

  • Abel Ros (Callosa de Segura, Alicante. 1974). Profesor de Filosofía. Sociólogo y politólogo. Dos libros publicados: “Desde la Crítica” y “El Pensamiento Atrapado”. [email protected]

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