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¡Váyase señor Camps!

Sin crisis mediante,  otro gallo hubiera cantado en la bancada popular. El desempleo ha sido el caldo de cultivo propicio para que las gaviotas vuelen a sus anchas sobre los océanos turbulentos de las desgracias ajenas. Gracias a la coyuntura adversa de los últimos años, la derecha de este país conseguirá marcar el "gol de la mentira" a miles de ciudadanos que nublados por sus creencias y sin poder agarrarse al  "palo de la razón ",   votarán desde la emoción a un partido inmerso en el barro de la corrupción. 

La pasividad como sistema y la crítica destructiva como fin ha sido el "buque insignia" que ha marcado el "know how" del partido popular en veinte años de oposición, dentro de la franja democrática de este país.
La famosa frase del "¡váyase señor González!" repetida hasta la saciedad por el señor Aznar y los suyos consiguió incrustrar en el ideario popular  la máxima falaz "corrupción igual a PSOE". La corrupción fue utilizada por las élites tóxicas de la derecha para hundir, al igual que hoy, al "puño y a la rosa". En barras de bares y conglomerados sociales de todo tipo,  la frase del ex-presidente de "las Azores" surtió los efectos políticos deseados y la confianza electoral fue depositada a aquéllos que se proclamaron como "el paradigma" de la honradez.
Quince años más tarde, el péndulo histórico vuelve a sorprender. La corrupción ahora se viste de azul. La misma película pero con distinto final. Ahora el film se llama "Gürtel" y su protagonista Francisco Camps. La trama, más de los mismo, señores elegidos democráticamente manchados por el estruendo corrosivo del dinero.

Ya lo dijo  la "vox pópuli",  en toda crisis existen perdedores y ganaadores. Esta crisis ha sido, sin lugar a dudas, el "agosto por antonomasia" del partido popular. Gracias a la coyuntura adversa, se están metiendo a miles de parados en sus bolsillos. La falta de cultura económica ha propiciado que las imperfecciones de los mercados sean vendidas como "errores humanos" personalizados en el presidente del ejecutivo.
Una vez más, la frase ha calado en el la idisioncrasia popular. "¡La culpa es de ZP!" forma parte de la retorica más absurda de los últimos años. Pero, gracias a este combustible falaz, los genoveses han consiguido ganarse el abrazo de la fe, de aquellos miles de ciudadanos que en ausencia de razón, sólo les queda el recurso de creer. Las tesis del "príncipe"  de Maquievelo han sido la pedagogía perfecta para enseñar a un colectivo de alumnos desmotivados.

Ahora con la corrupción en su tejado. Rajoy, aquel que golpeaba el escaño y gritaba allá por el 96 ¡váyase señor González", calla como una tumba en espera de que pase el ruido del titular.
A quién van a engañar. Han estado durante los últimos años, escondidos detrás de  la barrera viendo el toro pasar. Han sido todo ataques indiscriminados al lidiador, pero ellos no han dicho cómo se debe capotear las cornadas de los mercados. Esa es la verdadera leyenda de esta fábula llamada Génova. La pasividad como instrumento para conseguir el final y después destapar las cartas de la verdad. 

En el silencio de Rajoy se retrata el estadista que quiere gobernar. Ese presidente que envuelto por las paredes del orgullo no tiene la humildad de los inteligentes para ostentar el cetro de la equivocación. Ya lo dijo Ludwig Wittgenstein, filósofo británico de origen austriaco, "lo que se deja expresar, debe ser dicho de forma clara; sobre lo que no se puede hablar, es mejor callar".  Romper el silencio equivaldría a  censurar públicamente y criticar la acción de su amigo Camps. Hablar sería hacer un ejercicio de ética Kantiana y aplicar las misma receta para la misma enfermedad. 
Mientras Rajoy calla, la fiebre del titular se evaporará. Desde la crítica de la izquierda, debemos insistir al igual que hicieron ellos con nosotros, y gritar hasta la saciedad aquella frase tan conocida del señor Aznar, pero ahora; en vez de González le pondremos Camps. ¡Váyase señor Camps!

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1 COMENTARIO

  1. ¡Vaya premonición, Abel!

    ¿Te habrá leido él?

    Saludos,

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