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Letras de gigante

Esta mañana, mientras limpiaba el trastero, he encontrado varios discos de mis años juveniles. Años donde El Capri era mi segunda casa. Y años donde llevaba a mis padres por el camino de la amargura. Recuerdo que con catorce años, tenía un programa en la radio de mi pueblo. Un programa de música pop que insuflaba aire fresco a una vida de fracasos y desventuras. Fracasos con las mujeres, fracasos con los estudios y autoestima arrastrada por los suelos. Dentro de un disco, de un elepé como diríamos entonces, he encontrado una carta manuscrita. Una carta con decenas de faltas de ortografía, escrita en primera persona y llena de poesía. Mientras la leía, han aflorado a mi mente cientos de olores y paisajes clandestinos. Con las manos temblorosas, he cogido el móvil y la he fotografiado. En esa carta cito a Joaquín, a Pedro y a María. Los cito porque siempre estuvieron ahí cuando más los necesitaba.

Mientras leo la carta, observo que detrás de aquellos garabatos perdura ese niño tímido que luchó como ninguno en el campo de batalla. En la carta aparecen letras grandes, "letras de gigante", como diría Joaquín si levantara la cabeza. Al final del escrito veo una firma. Una rúbrica de trazos largos y palabras ilegibles. La carta está fechada con día "doce de mayo de mil novecientos noventa". El año donde el escándalo de Juan Guerra tambaleó el liderazgo de Felipe González. Donde la crisis del Cáucaso amenazó el poderío de Gorbachov. Donde los intereses por los depósitos bancarios estaban por las nubes. Y donde, en la Cataluña de Pujol, se hablaba de autodeterminación. Recuerdo que ese año fue muy bueno para los míos. El negocio familiar iba viento en popa. Mi padre estrenaba un Seat Málaga. Un Seat como los que regalaban en el "Un, dos, tres". Eran tiempos distintos. Tiempos donde no existían los móviles. Y tiempos donde a los profesores se les trataba de don.

Hoy, por casualidades de la vida, me entero que se cumplen once años de la muerte de Antonio Vega. Y se cumplen, maldita sea, el mismo día que encuentro una carta amarillenta en el interior de un elepé suyo. El mismo elepé, de Nacha Pop, que tanto pinché en "El club del disco", mi programa de radio. En la carta hablo de lo que significaban para mí aquellas canciones. Canciones llenas de nostalgia, llenas de verdad. Tras bajar del trastero, con la carta fotografiada en los intramuros de mi móvil, escucho "el sitio de mi recreo". Mientras la escucho, siento el mismo hormigueo que sienten los enamorados cuando no son correspondidos. La canción me transporta a aquel niño torpe que no entendía las vocales del cortejo. Aquel niño que clamaba comprensión en una jungla de silencios. Y aquel niño que, como Antonio Vega, esperaba "la llegaba de la suerte". En la carta también hablo de gigantes. De los mismos que hoy, treinta años después, viven dentro de mí.

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