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Crítica a Schopenhauer

Tras varios días, encerrado en la soledad de mis temores, ayer envié un wasap a Schopenhauer. Necesitaba desahogarme con alguien sobre los fracasos de la razón en pleno siglo veintiuno. Le dije que estaba aturdido. Que no soportaba, ni un minuto más, este mundo de timbales y platillos. Un mundo de ordenadores, móviles y tabletas al unísono. Una jungla, maldita sea, de gente cabizbaja y aburrida de la vida. Gente envuelta en un rebaño de ovejas blancas y amarrillas. Ovejas polvorientas y hambrientas de mediocridad en los prados de la postverdad. Después de varios minutos, de saludos y cortesías, Arthur me preguntó por el legado de Hegel. Le dije que Foucault tenía razón. Tenía razón porque la filosofía y el péndulo son objetos parecidos. Ambos son un vaivén de idas y venidas; de versiones y reversiones de Platones y Aristóteles. Hegel, su enemigo, fue muerto y resucitado. Muerto por el vitalismo del siglo diecinueve. Resucitado por los nostálgicos de la razón.

Me preguntó por mi blog. Le dije que El Rincón de la Crítica se había convertido en un barco a la deriva. Le dije que me sentía  un ser incomprendido ante la lógica del sistema. Tanto que ningún periódico publicaba mis columnas. Y tanto que cada día tenía más ganas de tirar la toalla. Me dijo que comprendía mi situación. Él también había sido otro apestado de su tiempo. Enemistado con su editor, ya no había perro que le ladrara en los paraninfos alemanes. Tras un paréntesis en el diálogo, y en modo videoconferencia, Arthur sacó la flauta y tocó una de Rossini. Acto seguido, hablamos de igualdad y sobre todo de mujeres. Le dije que si viviera en este siglo se sorprendería. Y se sorprendería, claro que sí, porque aquí mucha gente, la mayoría, creíamos en la revolución de la igualdad. Él que era misógino radical – que ninguneaba el talento femenino y no daba un duro por él – no entendía por qué las mujeres salían a la calle a defender su valía. Le dije que estaba equivocado, que las mujeres no eran seres de segunda, como él defendía. Las mujeres, por si no lo sabía, tenían dignidad. Una dignidad por ser humanas; únicas e irrepetibles. Y una dignidad que la historia casi nunca supo respetar.

Tras un rato de diálogo acalorado, Arthur me preguntó por Kant. Le dije que su síntesis entre racionalismo y empirismo había sido una gran aportación a la psicología. Una gran aportación para los cimientos de la percepción. Hoy, tal y como diría el vecino de Königsberg, hay un sistema fisiológico que determina la mirada. Un sistema, de conexiones sensoriales, experiencias y actitudes, que hace que ante una silueta claroscura; unos veamos a la joven y otros a la vieja.  Me preguntó por la Iglesia, por la santidad y los conventos de clausura. Le dije que sus recetas no habían calado en las mentes del ahora. Le dije que la voluntad de poder de Nietzsche había ganado la batalla a su voluntad de vivir. Los valores del superhombre son los que abundan en las sociedades avanzadas. Cada día, el gusto por el credo americano se impone a la austeridad y los refugios espiritutales. La relajación y la meditación no han cuajado, lo suficiente, en la cultura de lo urbano. Hay tanto ruido en nuestras vidas, tanto griterío, que cuando bajamos el volumen de lo cotidiano, ni siquiera nos oímos.

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  • SOBRE EL AUTOR

  • Abel Ros (Callosa de Segura, Alicante. 1974). Profesor de Filosofía. Sociólogo y politólogo. Dos libros publicados: “Desde la Crítica” y “El Pensamiento Atrapado”. [email protected]

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