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Tributo a Heráclito

Durante los últimos días, he apagado el móvil. Necesitaba, la verdad sea dicha, buscar una cura a la alienación tecnológica. Las pantallas no son tan buenas como parecían. El móvil ha hecho que la realidad supere la ficción de Orwell y Zamiatin. Tanto es así que hoy no somos tan libres como pensamos. El progreso, aunque parezca lo contrario, no ha consolidado los pilares de la ilustración. Los pronósticos del filósofo de Könisberg no se han cumplido. Y no se han cumplido, estimados lectores, porque existe una decadencia global en el arte de pensar. Durante estos días, de desconexión y reflexión, he deambulado por las tripas de la huerta. Entre limoneros y naranjos, he buscado el arjé. El mismo principio, que hace unos dos mis seiscientos años, buscaron los presocráticos. En el sueño de mis pasos, he hablado con Cratilo, el discípulo de Heráclito. Tras recordar a sus amigos de la Jonia, hemos intercambiado opiniones sobre el devenir de nuestros días.

La dialéctica de contrarios, me decía, explica el comportamiento del ser. Un ser que, a diferencia de Parménides, nunca se detiene. El baile entre lo sano y  lo enfermo; lo bueno y lo malo y lo claro y lo oscuro; entre otras polaridades explica la esencia de la vida. Es el péndulo, como diría Foucault si levantara la cabeza, el que explica cómo se mueven los hilos en los ríos de la historia. Así las cosas, nunca conoceremos el ser detenido. Ni siquiera nosotros, como seres que somos, tenemos implícito el botón de la parada durante el tránsito de la pelea. Tanto es así que la persona que fuimos hace diez o quince años no es la misma que se refleja hoy en el lago de Narciso. Es ese cambio continuo, el que explica por qué los humanos somos – al igual que los árboles y gatos – nuestros principales desconocidos. La renovación del DNI cada cierto tiempo evidencia el pensamiento de Heráclito. Una renovación a lo largo de la vida que refleja la pérdida de identidad que supone el transcurrir por la misma.

Más allá del posible rifirrafe entre Parménides y Heráclito; Heidegger habló del ser. Lo separó del ente y le otorgó la categoría de dasein. Es el hombre, maldita sea, el único ser que puede salir de su mediocridad. El único capaz de buscar la autenticidad y vivir en la originalidad. Una originalidad que se construye entre la nada del antes y la nada del después. Es entre esas nadas, como diría Heidegger, donde el dasein "nadea". El "hombre – en palabras del existencialista – es un ser para la muerte", un ser con una mochila llena de angustias y miedos. Una mochila que le invita a andar con "cuidado" por la senda de la vida. Ese ser, huérfano de dioses, necesita la razón para evitar el naufragio. Tras varias horas de diálogo, a la sombra del limonero, le regalé a Cratilo un ejemplar de Ser y Tiempo. Necesitaba que Heráclito lo leyera. Que leyera con entusiasmo el devenir de su ser en las voces del veintiuno. La lucha de algunos por querer detener el reloj de la vejez se convierte, como diría Heráclito en baladí. Y se convierte así porque estamos condenados a perder identidad, a dejar de ser.

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1 COMENTARIO

  1. El Decano

     /  22 septiembre, 2019

    La esencia del ser es permanentemente transitoria porque son los recuerdos de hoy los que conforman quienes seremos mañana.

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