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Tributo a Leibniz

Tras varias horas en vela, bajé al Capri. Necesitaba, la verdad sea dicha, refugiarme en la soledad del taburete. La música de Antonio Vega inundaba de nostalgia a las rubias del gintonic. Rubias de la noche, enfadadas con la vida y hambrientas de hombres casados con dinero en los bolsillos. Allí, con la mirada perdida, leí el horóscopo que yacía en un periódico caducado. Un periódico con manchas de carmín y olor a café. El mismo que minutos antes había leído Fermín, tras perder el sueldo del mes por las ranuras de las máquinas tragaperras. A escasos metros de mí, había un señor de aspecto desaliñado, camisa arrugada y zapatos polvorientos. Me dijo que era de Leipzig, Alemania. Le pregunté a qué se dedicaba, me respondió que era un hombre de leyes, matemático, alquimista, historiador y filósofo. Un hombre polifacético, de esos que sueñan despiertos y tienen curiosidad por las cosas de la vida.

En El Capri, creo que lo he dicho en alguna que otra ocasión, conviven hombres de diferentes épocas del mundo. Hombres del medievo, de la modernidad y de las tripas de Roma toman café en el garito de Peter. Tras hablar sobre las elecciones del próximo domingo, aquel tipo me preguntó por Newton. Me dijo que estaba enfadadísimo con él. Y lo estaba porque al parecer fue él y no Isaac quien descubrió el cálculo infinitesimal. En política internacional estaba muy interesado por China. Le fascinaba el pensamiento chino y tenía la convicción de que algún día, ese trocito de tierra, llegaría a ser la primera potencia del mundo. Me comentó sus discrepancias con Descartes y Spinoza. Y acto seguido sacó de su mochila la Monadología, su libro; escrito allá por el 1714. Cada mónada es un gran espejo en el que se refleja el mundo entero. Son independientes las unas de las otras. Y en su interior, me dijo, cada mónada refleja la realidad según un determinado punto de vista. Este perspectivismo, le contesté, me recuerda mucho a Ortega, un señor del siglo XX que escribe en la Revista de Occidente. Lo más importante de las mónadas es que están en armonía. Es como si un relojero hubiese sincronizado miles de relojes. Relojes, grandes y pequeños, que independientes entre sí marcan la misma hora.

Hablamos de los hijos y de las hostias de la vida. Le dije que en este mundo había envidias y malas intenciones. Aún así, me dijo: "vivimos en el mejor de los mundos posibles". Y vivimos en el mejor de los posibles por el principio de razón suficiente, la suprema sabiduría divina y el principio de la composibilidad. En el mundo existen ciertos entes no deseables e indispensables para el equilibrio del mundo. Este contraste entre lo feo y lo bonito es el que justifica el principio de armonía. Una armonía necesaria para entender el universo. La misma armonía, le dije, que años más tarde resucitó Kant en su Paz Perpetua y Alianza Internacional. La misma que pide a gritos la unión política y religiosa. Y la misma que cuatro siglos más tarde se pone de manifiesto en la Unión Europea y en la Alianza de las Civilizaciones. Tras estas curiosas reflexiones, aquel señor al que todos llamaban Leibniz, me dijo que en la vida hay dos tipos de verdades: verdades de razón y verdades de hecho. Las primeras son ciertas y necesarias. Tan ciertas y necesarias que su opuesto es imposible. Las segundas son cambiantes e inciertas. Tan inciertas como el devenir de nuestras vidas.

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