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Más Sócrates y menos Maquiavelo

En la Hispania del ahora coexisten dos problemas políticos de difícil solución: la incoherencia y la ambigüedad. Las elecciones andaluzas han agudizado estos males. Males que azotan a nuestra democracia, desde los tiempos adolfinos, y que – de alguna manera – apagan las ilusiones de quienes creen en las reglas de juego. Desde que Sánchez llegó a La Moncloa, por los cauces legítimos establecidos, muchas voces de la caverna se han dedicado a cuestionar la legitimidad de su mandato. Voces que, como saben, han aludido al argumento de la "lista más votada" para tirar por la borda la moción de censura. Una herramienta – la moción – amparada, como saben, por la Constitución Española. Hoy, el péndulo político ha dejado al descubierto la incoherencia de las gavitas. Mientras en Madrid defienden, a bombo y platillo, que gobierne "el más votado", en Andalucía – sin embargo – claman para desahuciar a Susana, "la más votada", del Palacio de San Telmo. Es, precisamente, este doble rasero de medir, el que viste de incoherencia la política de las Autonomías.

Aparte de la incoherencia. entre dichos y hechos. La ambigüedad se ha convertido en el segundo mal que azota a la partidocracia. En días como hoy, los ladrillos que separan los muros de la izquierda y la derecha están cada vez más erosionados. Cuesta, en ocasiones, saber a ciencia cierta dónde acaba un discurso y empieza el otro. Y cuesta porque los líderes han vehiculado mensajes atrapaolotodo. Mensajes centristas con tal de pescar peces díscolos en mares revueltos. Mares de gente confundida por los efectos nefastos de la crisis de las ideologías. Y mares de aguas malolientes por los residuos de la corrupción. En estos mares, Ciudadanos ha encontrado su caldo de cultivo. En ellos, el partido de Albert Rivera juega al gato y al ratón. En unos recovecos, su discurso se viste de neoliberal, en otros de socialdemócrata. Y en otros de tintes populistas. Tanto es así que su marca se define por la ambigüedad de su mensaje. Una marca que se nutre de la arbitrariedad del momento.

Esta incoherencia y ambigüedad, que envenena nuestro sistema, alimenta el fantasma del populismo. Un populismo que construye su mensaje con silogismos y argumentos sencillos. Gracias al mensaje reduccionista y la coherencia que proporciona el discurso patriótico; populistas – como Vox – atraen el voto de quienes perciben la política en blanco y negro. Gente que prefiere soluciones radicales para problemas complejos son carne de cañón para las cañas de Vox. Así las cosas, el populismo surge – entre otras razones – por las estrategias maquiavélicas de algunos partidos por su lucha por el centro. Hoy, desgraciadamente, tenemos lo que nos merecemos. Y lo tenemos por el discurso difuso, impreciso y malentendido de los partidos atrapalotodo. Es necesario que se vuelva a la España de las ideologías. Hace falta más Sócrates y menos Maquiavelo para que los ciudadanos voten por principios. Voten guiados por la coherencia y precisión de sus líderes, más allá de los gestos y el postureo.

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1 COMENTARIO

  1. El Decano

     /  2 enero, 2019

    Conviene tener presente que el auge y éxito del populismo va ligado a la crisis del sistema democrático y, en particular, a su naturaleza representativa. El que suscribe y, me atrevo a decir que muchos españoles, pensamos que nuestro descontento no llega a las mas altas instancias y estas no se hacen eco del mismo, acaso porque su interés es nulo y solo se finge en el momento de las elecciones.
    La democracia se basa en la idea de una sociedad abierta y diversa mientras que el populismo se asienta en una identidad colectiva y cerrada que reprime y anula la individualidad. Evidentemente, el populismo supone una amenaza para la pervivencia de la democracia, no tanto cuando se trata de partidos poco representativos y casi de protesta simbólica, sino cuando forman parte grande o pequeña de un gobierno, como va a suceder en Andalucía.

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