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Sobre cuevas y moralejas

Tras conocer la noticia de los niños atrapados en la cueva tailandesa, me vino a la mente una conversación que mantuve hace años con Martín, un peluquero de mi pueblo afincado en París. Después de hablar, largo y tendido, de la Francia de Mitterrand, los surcos del diálogo desembocaron en las grutas del dolor. Me confesó que le habían diagnosticado un cáncer de vejiga. Un bárbaro, me decía, que amenazaba con invadir a sus órganos vecinos. Tras varias biopsias y tratamientos incómodos, lo último que sabía de él es que aquel invasor era de los malos. Un vikingo que, tarde o temprano, terminaría con el bastión de su cuerpo; el mismo que siglos atrás acabó con el Imperio Romano. El otro día, casualidades de la vida, me tropecé con él en El Capri. Sentado en la penumbra de la barra, con gafas de pasta y un sombrero como el que llevaba Sherlock Holmes a finales del diecinueve, no dudé ni un instante en que aquel tipo era Martín.

Después de un abrazo acalorado, varios gintónics y el aroma a café de cientos de recuerdos parisinos, me dijo que su cuerpo, por fin, había vencido al enemigo. Después de sufrir tres ciclos de veneno; de que su mujer lo dejara como a un perro abandonado y, después de que los médicos no dieran ni un duro por él. Después de todo eso, cuando los oncólogos le auguraban un año de vida, la tortilla se dio la vuelta de la noche a la mañana. Nadie se explica por qué, pero lo cierto y verdad, es que en los intramuros de su cuerpo no había ni rastro de invasores. La esperanza, me dijo, fue el medicamento que expulsó al villano de su cuerpo. Sin esperanza, sin un palo donde agarrarse, el enfermo se convierte en un barco a la deriva en medio del abismo. Solamente, el poder de la espera mantiene viva la ilusión por la luz en las tripas de la cueva. Después de tanta oscuridad, de tantas noches en vela, las cuestiones metafísicas hacen que la ciencia se acuerde, de vez en cuando, de las cuestiones filosóficas. Mientras hablaba con Martín, los equipos de rescate se empleaban a fondo por salvar, vivos y sanos, a los doce niños y su monitor atrapados en la cueva.

El rescate de los niños tailandeses ha sido, sin duda alguna, un ejemplo vivo de ciertos proverbios chinos. El rescate de la cueva, decía Martín mientras se tomaba el último gintónic, debería servir de referente para miles de mortales que, por desesperación y frustración, viven atrapados en las grutas de sus cuevas. Decía Peter, tras conocer la noticia, que el tabaco terminó con la vida de su padre. A pesar de que el oncólogo le dijo, una y mil veces, que se dejara el maldito cigarrillo; la falta de voluntad – y por tanto de esperanza – hizo que su padre falleciera antes de lo esperado. Si hubiese "aprendido a nadar", si hubiese confiado en "las palabras de los buzos" y, si hubiese visualizado la luz al final del túnel; quizás hoy, otro gallo hubiese cantado, en las quinielas de su sino. Aunque Frank de la Jungla diga que los niños tailandeses y su entrenador no son héroes nacionales; lo cierto y verdad, es que esta historia de angustia y desesperación ha sido, y será, un ejemplo vivo de lucha contra los miedos, de autocontrol ante la adversidad, de calma y esperanza contra los avatares de la vida. Bravo.

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1 COMENTARIO

  1. Interesante ….

    Saludos
    Mark de Zabaleta

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  • SOBRE EL AUTOR

  • Abel Ros (Callosa de Segura, Alicante. 1974). Profesor de Filosofía. Sociólogo y politólogo. Dos libros publicados: “Desde la Crítica” y “El Pensamiento Atrapado”. [email protected]

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