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Los huesos de Franco

Con la Ley de Memoria Histórica sobre la mesa, el Valle de los Caídos no debería contemplar los restos del caudillo. Y no los debería, queridísimos lectores, porque allí están enterrados más de treinta mil combatientes provenientes de ambos bandos. Mientras rojos y nacionales perdieron sus vidas en la Guerra Civil, el generalísimo falleció, cuarenta años más tarde, por causas naturales. Es precisamente esta diferencia causal entre los huesos de la contienda y los restos de Francisco; la que invita a la crítica a defender su destierro. El monumento a la conciliación entre los buenos y los malos no debería alojar al artífice de la dictadura. Con sus restos por en medio, el monumento guarda paralelismos con los templos egipcios. Templos, como saben, construidos para rendir tributo a los antojos del tirano.

Tras la exhumación del caudillo, el principal problema reside en analizar el sino de los Caídos. Con el Informe Brincat por en medio, el monumento debería ser un símbolo de denuncia contra los Derechos Humanos. No olvidemos que la obra fue construida por miles de prisioneros políticos. Prisioneros provenientes del bando republicano, que trabajaron como esclavos en el valle de Cuelgamuros. Así las cosas, la propuesta que hizo Leo Brincat – allá por el año 2006 – fue construir un museo educativo. Un museo subterráneo, que sirviera para recordar a los miles de turistas cómo se construyó la belleza que les detiene. En esta controversia sobre el sino de los Caídos, la Iglesia se opuso a la idea de Brincat. Para el poder de las sotanas, el Valle debería ser un lugar de respeto hacia las víctimas, alejado de exaltaciones e intereses políticos. Esta propuesta, de corte religioso, es la que posteriormente recogió la Ley de Memoria Histórica. Aclarado el sino de los Caídos, faltaría por contemplar qué se hace con los restos de Francisco.

Hace años, un señor de mi pueblo me decía que deberían existir cementerios para "las glorias del pasado". Cementerios para los huesos de dictadores, generales, cardenales y "peces gordos" que, por hache o por be, hubieran saboreado la erótica del poder a lo largo de sus vidas. En ese lugar, de tintes imaginarios, los restos de Franco tendrían su lugar adecuado. En dicho camposanto, los interesados acudirían expresamente a su panteón, sin necesidad de esquivar los "huesos del enemigo". Cada año, como saben, miles de turistas deambulan por el interior de los Caídos, sin saber a ciencia cierta, el significado de la obra. Así las cosas, Franco debería ser enterrado en un lugar inequívoco. Un lugar donde los visitantes acudiesen para recordar a su mesías, sin ambigüedades por en medio. No olvidemos que la figura de Francisco, por mucho que a la mayoría nos moleste, forma parte de nuestra historia reciente. Cuarenta años de Nodos, de tricornios y monaguillos; no se evaporan del ideario colectivo de la noche a la mañana. Y no se evaporan, queridísimos lectores, por mucho que Franco siga enterrado en el Valle de los Caídos o en el cementerio de mi pueblo.

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3 COMENTARIOS

  1. 30 años tenía un servidor cuando matamos a Franco de muerte natural, como decía Umbral. Sé que me moriré y el fantasma del invicto seguirá pululando en torno a mi urna cineraria. Y, francamente, con perdón, me jode.

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  2. Muy interesante …

    Saludos
    Mark de Zabaleta

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  3. juan torralbo muñoz

     /  4 junio, 2019

    Sólo una precisión:si dice”nacionales”diga”republicanos” y si dice”rojos” diga “fascistas”

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  • SOBRE EL AUTOR

  • Abel Ros (Callosa de Segura, Alicante. 1974). Profesor de Filosofía. Sociólogo y politólogo. Dos libros publicados: “Desde la Crítica” y “El Pensamiento Atrapado”. [email protected]

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