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De sátiras y mordazas

Tras conocer la noticia sobre Mongolia, la revista satírica condenada a pagar 40.000 euros y las costas del juicio a Ortega Cano por vulnerar su honor, me vino a la mente "sobre piedras y palabras", un artículo que escribí hace años en los pergaminos de este blog. En aquel texto, reflexionaba sobre la responsabilidad del artista ante la receptividad de su obra. Reflexionaba, dicho en términos coloquiales, sobre el dicho popular: "no hay palabras mal dichas sino mal entendidas". Como saben, mi blog versa sobre temas comprometidos. La crítica, por muy independiente y constructiva que sea, no deja de ser incómoda para el sistema. A menudo, la verdad sea dicha, recibo comentarios insultantes. Comentarios provenientes de gente desconocida que, indignada por mis palabras, arremete contra mi persona. Por ello, el primer comentario de cualquier lector del Rincón pasa por el filtro de la moderación. Lo hago, como saben, para evitar la crítica destructiva, algo que va en contra de la esencia de este medio. Un medio que nació, precisamente, para contribuir al espíritu crítico de este país. Un espíritu basado en la tolerancia y el respeto al pensamiento libre del escritor. Un pensamiento, en mi caso, alejado de los sesgos editoriales y de los intereses del capital.

Cuando escribo artículos referidos al Capri – el bar imaginario que ilustra la sección de relatos del Rincón -, me siento libre. Libre porque tengo la seguridad de que nadie se querellará contra mí. Libre, porque puedo hablar de corrupción, de política y de un sinfín de temas comprometidos; sin preocuparme lo más mínimo de la receptividad del mensaje. Este tipo de escritura es la que, tarde temprano, por desgracia, se impondrá en España ante el miedo a la "mordaza". Cuántas veces he reescrito una frase ante el temor a que una interpretación torticera, por parte de lectores malévolos, derivara en una multa por vulnerar algún que otro derecho fundamental. Así las cosas, en ocasiones he pensado en cerrar el blog y dejarme de problemas. Sin embargo, nunca lo he hecho. Nunca lo he hecho, como les digo, porque hacerlo sería un paso atrás en mis convicciones democráticas. Una democracia que acalla a los críticos se convierte, tarde o temprano, en una “quasi dictadura” en cuanto a libertad de expresión se refiere. En el franquismo, el principal miedo de los vecinos era hablar más de lo debido. Miedo a ser descubierto por los correveidiles del régimen. Y miedo, como saben, a ser sentenciado sin garantías judiciales.

La sátira, como género literario, nos ha acompañado desde el arcipreste de Hita hasta nuestros días. Un género que ha traspasado los barrotes del teatro, la novela picaresca, la fábula, el artículo periodístico y, recientemente, la viñeta. La Celestina; el Lazarillo de Tormes; El coloquio de los perros; el Criticón, y muchísimas obras de nuestra literatura, han usado la sátira como medio de expresión. Una sátira necesaria para ridiculizar las costumbres del clero, los excesos de la nobleza, la desigualdad estamental, la hipocresía religiosa y las corrupciones palaciegas. En ocasiones, releo el Buscón de Quevedo y la única diferencia que encuentro, con la España de nuestros días, son los carruajes de caballos. Por lo demás, siguen perennes las envidias, los chismes, los rumores, los dimes y diretes. Seguimos siendo, aunque a veces cueste reconocerlo, un país de pandereta; de pícaros y granujas; de jamón y chatos de vino. Seguimos siendo, a su vez, un país que todavía no ha aprendido a reírse de sí mismo; un complejo que nos daña nuestra autoestima desde los tiempos isabelinos.

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