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Bombillas fundidas

Antes de llegar a casa, paré a tomar un café en El Capri. Necesitaba hablar con Peter acerca de Fermín, un viejo cliente que le dejó a deber un par de cañas el sábado de madrugada. Allí, en el taburete de la esquina, había un tipo raro; de esos que no se bajan de la atalaya aunque no tengan donde caerse muertos. En París, me contaba mi primo, hay muchos pobres con traje; gente que lo único que tienen en la vida es la camisa que llevan puesta. Aquel señor del taburete no era ningún muerto de hambre sino un inspector de trabajo; un funcionario de las altas esferas del reino, que vigila a los bares por si cometen errores. Ese día, valga la casualidad, Rebeca – la sobrina de Peter – estaba sirviendo un JB a Gregorio, toda una institución en el garito. El inspector le pidió que se identificara y, semanas más tarde, le vino a Peter una multa con nueve mil euros y pico. Nueve mil, un millón y medio de las antiguas pesetas, por no tener afiliada a su sobrina.

Tras conocer la noticia, decidí salir a la calle a tomar una bocanada de aire fresco. Necesitaba, la verdad sea dicha, desintoxicarme, por un instante, del olor a tabaco que inundaba los intramuros del Capri. En la calle, Peter solía poner tres mesas con tres sombrillas de la Coca Cola. A esas tres mesas, les llamaba "las tres jotas". Las tres jotas porque siempre se sentaban los mismos; Francisco con sus suegros, Amalia con su marido y Enrique con sus colegas. Desde la ventana del garito, Peter veía las tres jotas. De vez en cuando, Quique subía el brazo con la jarra vacía y decía aquello de: "Peter, otraaaa cuando puedas, que esta ya esta muerta". Enfrente del Capri había dos contenedores de basura que solían atraer a los gatos de la calle. Desde que se fundieron las bombillas de la farola, aparte de los gatos acudían los nuevos pobres en busca de algo para llevarse a la boca. Abrían la tapa y, con un estómago digno de medalla, cogían algún que otro yogurt caducado. Ya lo decía el lazarillo, detrás de un rico siempre habrá alguien que recogerá sus migajas.

Peter está hundido. Si le costaba llegar a final de mes; si casi no podía hacer frente a la factura de la luz, cómo narices iba a pagar nueve mil euros de multa. En las mesas de la calle, en las "tres jotas", ya no queda nadie. Son las dos de la madrugada; en El Capri solo hay una mujer en la penumbra de la barra. Una mujer a deshoras; de esas que fuman Ducados, beben JB y juegan a las máquinas tragaperras. Mientras tanto, Peter baja las persianas; enjuaga los vasos y, se distrae haciendo crucigramas hasta que toque la campana. El Capri cierra a las tres de la madrugada. Solo queda un cuarto de hora; el tiempo suficiente para escuchar dos más de Caligari, vaciar ceniceros y fregar el suelo. Tras bajar la persiana, Peter se va a su Toledo; un coche que compró a tocateja cuando El Capri era un referente en la comarca del Segura. En el coche se fuma el último del día. Mientras arranca, dos perros famélicos deambulan por los alrededores del garito. Desde el retrovisor, se ve la silueta de María, una prostituta que suele hacer la calle los lunes de madrugada.

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2 COMENTARIOS

  1. Alejandro

     /  18 marzo, 2018

    La vida misma… a la vuelta de la esquina.

    Responder
  2. Toda una reflexión …

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