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Las murallas de Europa

Ayer, coincidí en El Capri con María, una vieja conocida de las tripas de mi infancia. Gran lectora de poemas y novelas, le encanta hablar de política mientras saborea el carajillo. Tanto es así, que un día estuvimos hasta las once de la noche, hablando sobre migración y tolerancia en los países del llamado "primer mundo". Ocho horas, como digo, de diálogo inteligente entre versos enfrentados en búsqueda de rima. Para María, la diversidad es el estado natural de los hombres. Un estado, donde es imposible el entendimiento y la concordia sin las pastillas del respeto. Desde los tiempos olvidados, el caballo que cabalgamos ha buscado el bienestar de los suyos en caminos forasteros. Caminos llenos de espinas; de minas escondidas y aguas turbulentas. Obstáculos, como diría el pastor si nos oyera, para que las ovejas de Jacinto no tropiecen con las de Ernesto. Es, precisamente, esta búsqueda de espacios en terrenos desiguales, la que invita a la crítica a reflexionar sobre el asunto desde el dolor de las heridas.

La imagen de Aylan, el niño sirio que yacía muerto en una playa de Turquía, es solo la punta del iceberg de miles de invisibles, que fallecen cada día en la lejanía del océano. Miles de padres, madres y niños; que pagan a traficantes para alcanzar el bienestar en medio de tempestades y huellas imborrables. Mientras tanto, mientras ellos sufren escalofríos y lloran asustados en cayucos hacinados, buena parte de Occidente mira de reojo a quienes huyen de la guerra en búsqueda de cobijo. Es, precisamente, esta estética de egoísmo e intolerancia social, la que justifica la difusión del "niño muerto" en la Europa del ahora. Una Europa, como digo, de políticos sin decoro, que tratan a los necesitados como números incómodos para los agregados económicos. Así las cosas, Aylan – me comentaba María – ha sido una patada en el culo para quienes en el pasado fueron refugiados y ahora miran para otro lado. Los mismos, que huyeron de guerras civiles en búsqueda de asilo a las puertas del vecino, hoy son los que ponen trabas a los malaventurados.

El "niño muerto" se parece al hijo de María. Su hijo falleció, cuando tenía tres años, en una playa de Alicante. Falleció, como digo, por ahogamiento; el mismo día que Aylan, pero hace veinte años. Fue tanto el dolor, que nunca ha conseguido borrar la foto de su mente; la imagen de su pequeño tendido en la orilla, como yacía – hace escasos días – Aylan en una playa de Turquía. Debe ser terrible para un padre – me contaba María – ver la imagen de su hijo muerto por todos los rincones del mundo. Una foto horrible que revienta el estómago del peor de los humanos y que, sin embargo, se ha convertido en el símbolo de una Europa sin escrúpulos. Ha sido necesario, cuánta razón tenía María, que la imagen de Aylan corra por las redes para que Occidente reaccione ante las tragedias de su gente. Una razón, que nunca devolverá a Abdulá – el padre del niño sirio – la vida de los suyos; por mucho que los políticos pidan disculpas y se muestren salvadores; los mismos que antes le negaron el asilo y ahora le ofrecen su cobijo. 

Después de hablar con María, decidí bajar a la playa. Necesita reflexionar sobre Aylan y las miserias de Europa. Mientras caminaba por la orilla sentí la fuerza de las olas en el perfil de mis talones; las mismas aguas que día tras día acaban con la vida de cientos de emigrantes en cayucos hacinados. Miles de hombres que para cambiar de orilla; sacrifican su destino en búsqueda de consuelo. En la soledad del camino tropecé con peces muertos en las faldas de la arena. Peces muertos que yacían como Aylan en una playa cualquiera de la costa alicantina. Mientras caminaba pensaba en Abdulá, no podía entender cómo la vida es tan fácil para algunos y tan cruel para muchos. Me indignaba que las murallas de Europa impidieran a miles de refugiados salir de la barbarie. Al anochecer miré al horizonte e imaginé las angustias y el miedo que deben pasar cientos de niños como Aylan en la oscuridad de los mares. Pequeños inocentes, que no entienden ni de asilos ni de leyes. Niños, que sueñan con jugar con los niños de Occidente. Triste.

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