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Populismo

El maquillaje democrático, tal y como se conoce en los foros sociológicos al periplo de Hugo, sienta de espinas y esperanzas a los desiertos venezolanos. Las medidas populistas de los tiempos de Perón, la militarización de su mandato y la indivisibilidad del poder; han sido los mimbres que distinguen al pueblo de Caracas de los “yanquis americanos”. La teoría de la conspiración, en palabras de Maduro, pone la guinda de ficción a las lágrimas del camarada. A diferencia de las revueltas árabes,  la derrota del caudillo por sus células rebeldes contrasta con la caída de los regímenes de Mubarak y Gaddafi por las voces de su pueblo.

Desde la crítica debemos analizar con los prismáticos del politólogo, las luces y sombras del carismático de Caracas. El etnocentrismo político de nuestra cultura occidental impide a la prensa europea tejer un análisis imparcial del régimen chavista. En los muros sociales de de este blog,  más de un seguidor ha manifestado su descontento con mi opinión acerca del “populismo”. Decía un viejo amigo, concejal de IU, que: "la mejor concejalía son los servicios sociales". Es la mejor, decía, porque las políticas sociales son traducidas en votos y movilización el día de las urnas. El clientelismo del PP en las tierras de Camps ha convertido a la política de su región en un caldo de desconfianza social y descrédito institucional. Un caldo de cultivo sembrado con las semillas de Gürtel y las cloacas de Bárcenas.

El populismo en sus diferentes eufemismos postmodernos, políticas sociales y clientelismo electoral, se ejerce desde antaño en los escenarios occidentales. En días como hoy, si hiciéramos una encuesta y le preguntásemos al universo de los parados sobre: ¿qué prefiere usted: un gobierno populista que le saque del paro o uno que le ponga la soga al cuello con políticas merkelianas? Probablemente serían muchos los que, desde sus economías desgarradas, se decantasen por la primera opción en detrimento de la segunda. Hugo Chávez con todos los defectos que le distinguían, que eran muchísimos y no será este bloguero quien defienda su "dictadura", era populista. Cuando llegó al poder, bajo los efectos del Caracazo, la crisis económica y social que azotaba a su Venezuela natal, reflejaba una imagen similar a la Europa estancada y retrógrada de nuestros días. La misma caricatura dantesca de nuestras portadas actuales pero, con veinticinco años de recortes ininterrumpidos y azotes institucionales a los soles caribeños de los tiempos del petróleo.

En sentido negativo, el populismo es el instrumento demagógico utilizado por los caudillos para atraer a los pueblos y atenuar la disidencia. El palo y la zanahoria han sido los rasgos comunes que ha caracterizado el devenir histórico de las dictaduras. Desde Perón hasta Chávez, el regalo de panes a los pueblos hambrientos ha servido para que la dialéctica de las simpatías civiles teja los remiendos democráticos a las tripas de la dictadura. El odio imperialista incrustado por Hugo a los súbditos de su reino le sirvió, al comandante de Caracas, para perpetuar su poder mediante la legitimidad de las urnas.

En sentido positivo, y esta postura es la defendida por la Crítica en los muros sociales del Rincón, el movimiento populista es aquel que cuestiona, desde las sillas de la plebe, los tejes y manejes de la aristocracia y sus jarrones. El populismo del “medio lleno”,  reivindica más poder a las clases medias del país en detrimento de las élites políticas, económicas y  "caudillistas". En este sentido, el movimiento 15-M se convierte en populista. Se etiqueta populista, en sentido positivo,  por su lucha perenne contra un sistema, al que muchos llaman democracia, cuando no lo es. Es precisamente la vuelta de la mirada hacia el lado de los pobres, la que invita al crítico a defender al populismo en detrimento del elitismo. En tiempos presentes – de desahucios, paro y miserias constantes –  hace falta una corriente populista, en sentido positivo – repetiré hasta la saciedad – para que devuelva a los pobres las lágrimas por sus líderes.

Por estas razones en las pocas líneas de twitter y facebook dije, y mantengo, que: "entre las luces de Chávez se halla el populismo". Populismo, queridos lectores y lectoras,  en sentido positivo o, dicho de otro modo, populismo contra las élites. Populismo contra la corrupción de algunos partidos que osan ostentar la bandera del capital para esconder el as del paraíso. Populismo contra las políticas de Merkel que secuestran a los débiles en los zulos invisibles del  poder empresarial. Chávez, el caudillo de Caracas, supo dar la zanahoria a un pueblo torturado durante veinticinco años por los mismos látigos paralelos que la Europa de nuestros días. Supo dar el caramelo pero, en lugar de hacerlo al estilo keynesiano, lo hizo – desgraciadamente –  al estilo maquiavélico.

En la España de hoy, si miramos debajo de nuestras alfombras democráticas, encontraremos los mismos residuos polvorientos de la dictadura chavista. Las mismas cortezas de frutos caducados que muchos liberales de la Hispania pasada dejaron tapadas con sus escobas  oxidadas. Mientras los embalsamadores del Vaticano inmortalizan a Chávez al estilo leninista, el maquillaje de su mandato se desprende lentamente de su rostro autocrático. Tiempo.

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