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El Homo nudus

La sociedad evoluciona como si fuera un vino en una bodega Jumilla. Si miramos atrás, vislumbramos un choque generacional entre padres e hijos. Una colisión, como les digo, que impide el entendimiento entre jóvenes y no tan jóvenes. Observo por el retrovisor y veo vertederos repletos de hojalata. Las pantallas – malditas pantallas – han modificado nuestra forma de convivencia. No digo que lo de antes fuera mejor, ni peor, que lo de ahora. Simplemente son escenarios diferentes. Donde antes había niños montando en bicicleta, ahora hay seres ensimismados bajo el trasluz de las pantallas. Entre ese antes y este ahora, ha llovido tanto que nos cuesta reconocer a ese otro que veía Barrio Sésamo en la Telefunken de la abuela. Ese otro, como les digo, que jugaba al fútbol con pelotas de papel. En esos juegos de calle se forjaban amistades. Amistades que se fraguaban a luz de la Luna. La palabra "influencer" nadie la conocía. Ni siquiera se sabía que, en un futuro, no muy lejano, el mundo estaría en la palma de las manos.

En el siglo XXI, la gente se mueve por surcos digitales. Por surcos dentro de un mundo configurado por millones de rectángulos digitales, que se convierten, a su vez, en castillos individuales. Esas murallas digitales, nos recuerdan a las ciudades medievales. Murallas construidas mediante códigos digitales. Y murallas desde las cuales, nos miramos los unos a los otros a través de las ventanas. Las ventanas son las nuevas mónadas, que diría Leibniz. A través de ellas, observamos jardines, vertederos y patios interiores. El ser humano se ha convertido en una figura de cristal. La transparencia de nuestras vidas nos sitúa ante la fragilidad de lo desnudo. Sin secretos en el horizonte. Sin un espacio para la intimidad, lo privado se convierte en público y viceversa. Las vidas se muestran como si fueran maniquís en lo alto de un escaparate. Estamos ante una sociedad súper visible y, por tanto, extremadamente vigilada. Y en esa selva, los leones miran a los ratones desde lo alto de la cima. No hay sombras ni callejones. Sólo hay esplanadas y desiertos en las aglomeraciones mundanas. 

El niño de los ochenta ya no disfruta como antes. Ahora, es un señor que vive alienado en su espacio digital. Ese señor se ha convertido en un perseguido. No puede escapar de las cookies. Las cookies lo persiguen allá por donde va. Ellas son las responsables de su vulnerabilidad. Ellas lo saben todo de él. Ellas trabajan a sueldo del mercado. Un mercado que vigila e inspecciona al perseguido. Nos hemos convertido en un ser desnudo. El Homo nudus camina sin ropa por una selva de tentaciones. El mundo sabe dónde están sus cicatrices. Sabe sus zonas placenteras y conoce, a ciencia cierta, su número de lunares. Este homo se muestra al semejante sin protección. Sin protección, los secretos carecen de candado. La vida se convierte en una función de teatro. Una función donde los otros aplauden mediante "likes". Estamos ante un mendigo de reconocimiento. Un ser que rompió con su pandilla. Un ser que cambió las tertulias al fresco por el chat. Ese ser necesita volver a la vestimenta. Necesita el abrigo para refugiarse del frío. Sin ropa, muere la intimidad. Y sin ella, la amistad. El Homo nudus es un monologuista que cuenta batallas a través de rectángulos digitales. 

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  • SOBRE EL AUTOR

  • Abel Ros (Callosa de Segura, Alicante. 1974). Filósofo, sociólogo y politólogo. Finalista Premios Internet 2024. Libros publicados:  «El Pensamiento Atrapado» y «Desde la Crítica».

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