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Tras la guerra

Me contaba Manolo, un octogenario de las tripas de mi pueblo, que lo peor – en España – no fue la Guerra Civil sino la postguerra. La postguerra fue sinónimo de heridas y cicatrices. Sinónimo de desengaño, desafección social e impotencia ante lo sucedido. Y sinónimo, y valga la redundancia, de frustración y vanidad. De frustración, por parte de los vencidos, y vanidad, por parte de los vencedores. Unos sentimientos que se transmitieron de padres a hijos, nietos y bisnietos.Tanto que todavía quedan lugares donde se habla de rojos y azules. Lugares donde los rebrotes de lo bélico entorpecen las relaciones entre vecinos. Rebrotes, como les digo, de odio ante el enemigo. Y rebrotes que se manifiestan en forma de discusiones, insultos y reyertas callejeras. Tales rebrotes avivan la llama de la violencia y evitan, de alguna manera, pasar la página de la contienda. Pasar esa página negra, de nuestro pasado reciente, que dividió al país en las “dos Españas” que todos conocemos.

Artículo completo en Levante-EMV

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