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Indignados de Podemos

Como saben, siempre he sido muy crítico con el movimiento 15-M. Desde sus inicios, denuncié la ambigüedad de sus fines y los mecanismos para lograrlos. En un artículo titulado "el silencio de las plazas", con motivo de su primer aniversario, hice una crítica severa sobre las cenizas de la indignación. Intenté, desde las turbinas de mi pensamiento, entender cuáles eran las razones que apagaban la llama de los "camorristas y pendencieros" de la señora Aguirre. Me preocupaba, y así se lo hice saber a Javier – un indignado de Hessel – que con "la que estaba cayendo en la Hispania de Rajoy", la gente no gritara como ayer. En varias columnas del Rincón, reivindiqué la necesidad de que la indignación se materializara en una fuerza política. Una fuerza política, que institucionalizara el malestar de millones de españoles, a través de un programa político; cocinado desde abajo. Solamente así, mediante una articulación política del movimiento 15-M, se lograría reinventar la democracia.

Transcurridos unos meses, surgieron las primeras plataformas ciudadanas, o dicho de otro modo, los primeros cimientos políticos del movimiento. Plataformas como: "Stop Desahucios", "Afectados por la Hipoteca" y "Afectados por las preferentes", entre otras; sirvieron para ponerle los agudos y graves a ese grito desgarrado, llamado indignación. El silencio de las plazas fue sustituido por los escraches. Escraches a banqueros y políticos, por ser ellos – en palabras de Manuela – los principales culpables de nuestras vergüenzas internacionales. En aquellos tiempos, escribí un artículo titulado "Los Martínez", donde narraba las penurias económicas, por las que atravesaba una familia española. Tras publicarlo, recibí más de cien correos de lectores. Correos donde me contaban que sus vecinos y amigos también eran "Martínez". Después de aquello, supe que la indignación no era una moda pasajera sino el síntoma de un cáncer social, que amenazaba la salud de nuestra querida democracia. Supe que Rajoy no estaba a la altura del problema. No lo estaba, porque se escondía detrás de plasmas para no ser preguntado; "le interesaba más – en palabras de Jacinto – los números macroeconómicos que las hambrunas de su pueblo".

El año pasado, como saben, surgió Podemos. La irrupción de Pablo Iglesias fue una bocanada de aire fresco para millones de nostálgicos con el movimiento 15-M. El "líder de la coleta" culminó la institucionalización de la indignación mediante la creación de una nueva identidad política. Una nueva identidad, como digo, que representó el enfado de millones de indignados. Indignados con: la corrupción de los políticos; el "clientelismo" de los partidos; el favoritismo hacia los bancos; la desigualdad entre los de arriba y los de abajo; los recortes sociales; el éxodo de talentos; las altas tasas de paro; la Ley Mordaza; el incumpliendo del programa electoral, por parte de Rajoy; el aumento de las tasas universitarias y, las reducción de la Oferta de Empleo Público, entre otras. La ubicación de Pablo Iglesias en el lado de los indignados, sirvió para que éstos recuperaran la ilusión por la política. Así las cosas, Podemos – para sorpresa de muchos – irrumpió en las elecciones europeas y obtuvo cinco diputados; algo histórico para una colación de "frikis", en palabras de Arriola, el sociólogo de Rajoy.

Después de aquella victoria, el partido del morado ha ido perdiendo fuelle de cara a los próximos comicios. Lo ha ido perdiendo, por una serie de torpezas políticas. Torpezas, como digo, que han servido para que sus representados – los indignados del 15-M – ya no vean a Podemos como un partido distinto, sino como uno más de la parrilla. El caso Errejón; el plantón de Pablo Iglesias al programa de TeleCinco; la moderación de sus medidas; la ubicación ideológica en tierra de nadie -ni de izquierdas, ni de derechas -; el resultado de las elecciones Andaluzas, alejado de sus expectativas; la dimisión de Monedero y, la tardanza en presentar su programa en las próximas autonómicas son; entre otras razones; las que explican el desencanto del hechizo. Para reconquistar a su posible electorado, la agrupación de Podemos debería radicalizar su discurso, como lo hizo en las pasadas europeas, y ubicarse en la izquierda. Si no lo hace, si continúa moderando su mensaje para pescar en río revuelto a los indecisos del centro; probablemente será castigado por los indignados del ayer; los mismos que hace cuatro años abarrotaban la plaza Sol.

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