• Categorías

  • Suscríbete

    Escribe tu correo electrónico:

  • Comentarios recientes

  • Archivos

Entrada anterior
Entrada siguiente

Mentes peligrosas

Desde que obtuve el carné de conducir -allá por los años noventa -, lo paso muy mal cada vez que monto con alguien en coche. Tanto es así, que cuando el vehículo se acerca a una señal de Stop – por poner un ejemplo-, mis pies buscan automáticamente el pedal de freno y mi cuerpo activa todo su arsenal de respuestas ante el miedo. Aunque el conductor allá sacado un diez en las pruebas del autoescuela y lleve más de cuarenta años de kilómetros a su espalda, me siento más seguro si soy yo, quien está al frente del volante. Me siento más seguro, como digo, porque nunca se sabe lo que puede estar pasando por la mente del otro. Nunca se sabe, si ha dormido lo suficiente; si ha discutido con su mujer; si tiene problemas para pagar la hipoteca; si su jefe la tiene tomada con él o, si antes de coger el coche se ha bebido una copa de Ponche. Por ello, para evitar tales temores, lo mejor es que sea uno quien tome las riendas del caballo. 

En América, como saben, está permitido el uso de armas. Tanto es así que, de vez en cuando, a algún que otro descerebrado se le cruzan los cables y se carga de un plumazo a un colegio entero. Siempre sucede el mismo patrón: tipo normal, que nadie sospecha de su mala intención hasta que el día menos pensado aparece en la portada del periódico. Y es que, queridísimos lectores, aunque la cara sea el espejo del alma y a los cincuenta tengamos el rostro que merecemos; es muy complicado saber lo que pasa por la mente del otro, por muchos test psicológicos que se le practiquen, y por muy avanzada que esté la psiquiatría. Aunque en España está prohibida la venta libre de armas. Si por éstas entendamos aquellos instrumentos capaces de matar a la gente; doy por hecho que cada mañana hay quienes cogen una al salir de su casa. La cogen, como digo, porque tanto un coche como un avión – por poner dos ejemplos – son medios de transporte y armas al mismo tiempo. A lo largo de la historia, ha habido conductores suicidas, que a la primera de cambio han apretado el gatillo, y se han llevado por delante la vida de cientos de personas. Personas que confiaron la seguridad de su viaje al factor humano y, sin embargo, éste estaba tarado.

Me produce indignación, por no utilizar otro calificativo, que algunos medios de comunicación se refieran a lo sucedido en los Alpes franceses con el calificativo de accidente. Si por accidente entendemos cualquier suceso repentino, no previsto ni deseado, que causa daños a las personas y/o a las cosas, les puedo asegurar que lo acontecido en Francia, es – supuestamente-  lo mismo que ocurre cuando un desequilibrado dispara contra decenas de inocentes, ya sea en colegios; en plena calle o incluso en maratones. Así las cosas, la tragedia francesa no es un accidente sino un presunto acto cometido por un trastornado con toda la mala leche del mundo. Aunque no podamos recuperar la vida de quienes, por las malas pasadas del destino, tomaron ese maldito vuelo; lo cierto y verdad, es que se deben tomar las medidas preventivas para evitar desgracias futuras. Medidas, tales como, no dejar que en la cabina de mandos vaya solo un piloto sino un mínimo de dos. Segundo, que sean los médicos – y no los pilotos- quienes comuniquen a las compañías aéreas, las bajas de sus pacientes en el momento en que se produzcan, tan solo bastaría con hacer clic en una tecla del ordenador de la consulta y que en la compañía aérea apareciera el mensaje: "fulano de tal: BAJA". Y tercero, aumentar la frecuencia de los reconocimientos médicos periódicos. 

Hace diez años, monté por primera vez en avión. El vuelo fue tranquilo hasta llegar a Italia. Las fuertes turbulencias hacían que el aparato se moviera más de lo debido. Al principio, la verdad sea dicha, no le di importancia. Pensé: "serán cosas normales de la meteorología. No tengo nada que temer. Al fin y al cabo, el avión es el transporte más seguro del mundo y los pilotos son gente muy formada". Después, conforme las turbulencias aumentaron, el miedo se apoderó de mí. Tanto es así, que la tensión en el ambiente se podía cortar con las caras de preocupación del pasaje. En ese momento, señoras y señores, sentí miedo. Miedo ante lo desconocido. Miedo por la inseguridad que me producía estar metido en un tubo a nueve mil metros de altura y sin ningún margen de maniobra. En ese momento se me pasaron por la mente, cientos de pensamientos negativos; desde la probable avería del avión hasta los preámbulos de un atentado suicida. Cuando me enteré de la tragedia francesa, y de que el avión tardó ocho minutos en impactar contra los Alpes, pensé en la angustia que sufrirían los 149 pasajeros. Pasajeros, como digo, presuntamente asesinados por una mente peligrosa. Una mente sin escrúpulos que controlaba sus destinos.

Deja un comentario

1 COMENTARIO

  1. Lo has expresado a la perfección….

    Saludos

    Responder

Deja un comentario