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Las vitrinas del recuerdo

Ludwig von Bertalanffy – biólogo austriaco – creó, a mediados del siglo XX, la Teoría General de Sistemas. Según su teoría, existen distintas entidades que comparten propiedades comunes. Tanto los coches como las personas – valga el ejemplo – comparten la entropía, que no es otra cosa que la tendencia al desgaste, al envejecimiento. Antes de que Ludwig creara su teoría, Auguste Comte y Herbert Spencer – sociólogos del siglo XIX – acuñaron la "metáfora organicista"; una precursora de la Teoría de Sistemas – como diríamos hoy, si Ludwig nos oyera -, para explicar la analogía existente entre sociedad y biología. Para estos sociólogos, tanto la sociedad como los humanos son entes que tienden hacia la homeóstasis, o lo que es lo mismo, al equilibrio entre sus partes y de éstas con el exterior. El cuerpo humano, por ejemplo, a través de su termorregulador interno mantiene su temperatura en equilibrio entre 36 y 36,5 grados centígrados a lo largo de su vida. Lo mismo ocurre con las sociedades; tienen ordenamientos jurídicos – sistemas linfáticos – para regular la convivencia interna y, ejércitos – anticuerpos – para protegerse de las amenazas externas – virus en los humanos-. Tanto nosotros (los átomos sociales) como las sociedades (las partículas) – siguiendo con la metáfora de Spencer – tenemos memoria. Memoria, les decía, para recordar quiénes somos y de dónde venimos. Memoria, cierto, para justificar nuestro presente con los mimbres del pasado y, memoria – y perdonen por la redundancia – para perpetuar, a través del diálogo intergeneracional, "el ahora" que vivimos. Sin memoria -en palabras del enfermo – seríamos como una brújula rota en medio del desierto. Como ustedes saben, tenemos dos tipos de memoria: una de corto alcance y otra de largo recorrido. Esta última – la memoria de largo alcance – se construye mediante repeticiones en la mente y del impacto de las emociones sobre las percepciones. 

Los publicistas conocen, como la palma de sus manos, los engranajes de la memoria. Tanto es así, que cuando desean que el mensaje de un anuncio publicitario perdure en el ideario colectivo, lo repiten un día sí y otro también hasta que éste es ubicado en las vitrinas del recuerdo. Así las cosas, estribillos como "¡soy de la Mutua!"; "¡qué listo es!" o "son veintiún euros: veinte por el décimo y uno por el café" han entrado, a base de repeticiones, en la memoria social de largo alcance. En política, aunque ustedes no lo crean, sucede algo parecido. Mientras la misión de la oposición consiste en recordar a los ciudadanos los puntos débiles del elegido; sus torpezas y deslices, la misión del Gobierno, por su parte, consiste en repetir, erre que erre, sus fortalezas para que éstas perduren en la mente colectiva. Para ello, para conseguir tales cometidos, los medios de comunicación juegan un papel esencial en este "chiringuito". 

Así las cosas existe un conflicto de intereses políticos y mediáticos por liderar el monopolio de la memoria social y dirigir al "rebaño" (a nosotros: los tontos, los idiotas). En días como hoy, el Partido Popular ya ha puesto en marcha las turbinas de la memoria. Las ha puesto, les decía, para que sus "peones del recuerdo" – los medios conservadores- trabajen duro para borrar, de las mentes actuales, la "España de los recortes"; antes de que se aproximen las elecciones generales. Para ello, para borrar de un plumazo el estigma de los recortes, los politólogos de Génova trabajan, de sol a sol, para vender a los medios el "España va bien" de los tiempos aznarianos. Un mensaje, les decía, que beneficia al "Mercado de Valores" y mantiene contentos a los mecenas de la prensa; factor imprescindible para resucitar de su letargo al cuarto bastón democrático.

Mientras el Pepé lucha por construir el muro del olvido en el ideario colectivo, el partido socialista, por su parte, mantiene sus sables bien altos, para que entre luz en las vitrinas del recuerdo. Es, precisamente, esta batalla entre la construcción del olvido y su correlato derribo, la que mantendrá ocupados a los soldados del discurso hasta el día de las urnas. Para ello, para ganar la batalla, los obreros del derribo utilizarán los martillos del miedo. Los utilizarán, les decía, para mantener despiertos a quienes corran el riesgo de caer en el olvido: los que han encontrado trabajo en los últimos meses, gracias a "la reforma de Báñez". Para ello, para evitar la amnesia colectiva, es necesario que vuelvan los dóberman de Felipe. Los mismos canes del pasado, pero con distinto collar, que consiguieron sembrar el miedo a millones de pensionistas para alejarlos del Partido Popular. La siembra de miedos y temores hacia nuevos recortes será, sin duda alguna, la tecla que deberá tocar Pedro Sánchez – o quien sea "la cabeza de cartel" para los próximos comicios -; si quiere, que los verdugos de su partido regresen a su nido. Solamente así, insuflando desconfianza social, el líder socialista evitará que ganen aquellos que gobernaron sin programa y de espaldas a la gente. Podemos, por su parte, lo tiene muy fácil en esta partida. Aprovechará el desliz de Rodríguez Zapatero – su famoso "decretazo" de mayo del 2010 – para que en la memoria electoral se articule la ecuación: partido socialista igual a partido popular. Ecuación inteligente, como les decía, para evitar que los refugiados del Pepé – los huidos de Zapatero – regresen a Ferraz. Así las cosas, las heridas del ayer servirán al recién llegado – Pablo Iglesias – para alimentar los miedos a quienes temen a los socialistas, por si hacen políticas neoliberales, y a quienes temen a Rajoy, por si vuelve a "mojar" el papel de su programa. No olvidemos que Podemos es el único de los tres partidos que no tiene pasado político. El único, por tanto, que no esconderá el polvo que aflora en las vitrinas del recuerdo y, el únco que no caerá en el ¡y tú más!" acostumbrado. Atentos.

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