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Cinceles de papel

Recuerdo como si fuera ayer los "buenos días" de María, en aquella redacción de la Yuste de Madrid. El sonido de sus tacones caminando por el laberinto de las pantallas, era como un trotar suave de caballos elegantes en las fiestas de Crevillent. La disciplina y la pasión sostenían los abrigos de la "Thatcher de El País". A la hora del almuerzo, solía sentarse en el rincón del gallinero. En él, hablaba largo y tendido con las tres sotas de oro, sobre los tejes y manejes que se cocían en los fogones de la España marbellí. A las once – con una puntualidad, más propia de Londres que de Madrid – nos repartía a todos los redactores, las notas de última hora que iban entrando al terminal de su sillón. Mientras la estoy recordando, me llegan a la mente ráfagas de imágenes sobre la Hispania que se dibujaba en los lienzos del ayer. Las instantáneas del Prestige eran el pan de cada día. La cacería de Fraga y la llegada tardía de Aznar a las tierras del chapapote, decoraban como flores de noviembre, las portadas de Ceberio. 

A la una del mediodía, la tranquilidad de la redacción se convertía en un bullicio de corbatas y barrigas, entrando y saliendo a diestro y siniestro, por las trincheras del poder. Recuerdo que Antonio levantaba "las pirámides de Gizeh" con colillas de Ducados, sobre su desierto de cristal. ¡Qué tiempos, Dios mío! No sé cómo no nos dio un patatús – con tantas prisas y broncas -. Cuando se nos acercaba a la mesa el serio de don Faustino – el corrector del periódico -. Siempre traía una nota de prensa en una mano y, la hoja de estilos en la otra. ¡Menudo era! Estaba tan obsesionado con la "armonía del escrito" y "los puntos y seguidos" que en muchas ocasiones, Alejandro – el superior de María – le llamaba la atención a la "Margaret de El País", por la lentitud de su discípulo. Al final María  – harta de su perfeccionismo enfermizo –  le decía aquello de: “venga Faustino que cualquier día no salimos al kiosco por tus "puntos y seguidos".

Todos los años, durante el mes de marzo, llegaban a la redacción becarios y becarias procedentes de los paraninfos de Madrid. Eran como el tallo verde que todos necesitábamos para recordar nuestros viejos tiempos de locura. Recuerdo con nostalgia y alegría,  las preguntas de la joven Almudena. Siempre debatíamos sobre los pros y los contras del periodismo y la literatura. A ella le apasionaban los artículos de Larra y las crónicas de Gasset. Le gustaba ver al compañero Vicent cómo esculpía  sus columnas con cinceles de papel. Siempre que podía -la estudiante madrileña-, releía una y otra vez, al Buscón y a las joyas de Unamuno. "España duele, ya lo decía Miguel" – exclamaba Almu- mientras buscaba un titular positivo para despertar una sonrisa a los lunes del chapapote.

Desde que estoy jubilado. Todos los días, después de comprar el pan,  voy al kiosco de Carmelo a comprar El País. Me gusta leer, en primer lugar,  las noticias firmadas por AGP -las siglas de Almudena Gómez Penalva-. Su pasión por la profesión y sus horas de dedicación no pasaron desapercibida por las corbatas de la Redacción. Después hago una vista de pájaro por todas las páginas y doblo las esquinas de aquellos pergaminos que han detenido mi atención.

Desde que está Cebrián al frente de la dirección, ya no leo los editoriales de su función. Su falta de determinación y el servilismo a los mercados, han hecho que cada día sienta más repulsión por esta prostitución. El lunes leí el listado con los 129 excompañeros de profesión, incluidos en el ERE de El País. En el listado aparece el serio de Faustino, el corrector; Miguel Torregrosa, el corresponsal de París;  Alberto Cifuentes, el comercial de Madrid; "las sotas de oro"; Javier Gómez, el jefe de opinión;  y Almudena, la joven que firmaba sus noticias con sus siglas: AGP. Parece que fue ayer, cuando Faustino me enseñó las vocales de la profesión. No tengo palabras.

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