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Gadafi el hueso duro de occidente

La muerte de Jana Al-Gaddafi (1986), hija del coronel libio Muammar Al-Gaddafi, en los bombardeos ordenados por Ronald Reagan, en Trípoli y Bengasi, principales bastiones de Libia, abrió el debate ético de las intervenciones internacionales y la causística bélica global en el orden mundial de finales del Siglo XX.
La "supuesta existencia de armas de destrucción masiva (ADM)" y "la intención liberalizadora del pueblo irakí de la represión dictatorial de Saddam Houssein", fundamentaron y legitimaron las invasiones de Irak entre marzo y mayo de 2003, por el pueblo americano y sus aliados.
La caída de las torres gemelas el 11 S en Nueva York, así como los atentados de la estación de Atocha en Madrid, el 11 M, perpetrados por la organización paramilitar yihadista Al Qaeda, liderada por Osama Bin Laden, ajustaron las cuentas y rencillas entre el capitalismo intruso de "las Azores" y la resistencia islámica oriental.
La imputación, en un primer momomento, de la autoría de los atentados de Madrid a la banda terrorista ETA, por "supuestos intereses electoralistas" del partido popular cambiaron el signo político del país, como repulsa y castigo a la "presunta mentira orquestada" desde las filas populares.
El Tribunal Penal de Irak finalizó este episodio bélico con la ejecución en 2006 de Saddam Husein (1937-2006) por haber cometido crímenes contra la Humanidad, por la ejecución de 148 chiitas de la aldea de Duyail en 1982, así como el ataque químico a Halabja (1988), el aplastamiento de la rebelión chiita (1991), la guerra contra Iran (1980-88) y la invasión de Kuwait en 1990.
Con el capítulo histórico cerrado y una inestabilidad sociopolítica y paralela en el escenario magrebí, debemos reflexionar desde la crítica, sobre las inferencias probabilísticas de una posible intervención internacional en la contienda civil actual que vive el pueblo Libio.
Los mensajes irracionales de Gaddafi dirigidos al pueblo libio, fundamentados en alusiones a la sombra maléfica de Bin Laden en la idealización de la revolución presente, ha abierto el debate moral americano sobre los postulados éticos de aliarse con el discurso de su peor enemigo.
Con el derrumbe del régimen egipcio y la caída de su faraón, Hosni Mubarak, el día 11 de febrero del 2011, el maleficio de la cifra de los dos unos, ha sido sustituido por el número de la libertad y símbolo de fe para los miles de manifestantes libios.
Las "ratas de libia", como así ha llamado Al-Gaddafi a la disidencia, continúan resistentes contra los embistes de "las garras de su depredador" para ver la luz, después de cuarenta años encerradas en las "cloacas dogmáticas de su destino".
Con las cuentas bloqueadas en Europa, el grifo armamentístico internacional cerrado y un frente mundial hostil, el ilegítimo dictador magrebí, como así lo ha llamado esta semana Barack Obama en "The New York Times", continúa atrincherado en Trípoli, viendo como en pocos días, la élite militar de los suyos le arremete el poder en el conjunto periférico Libio, al igual que los bárbaros clásicos destruyeron al gigante romano, allá por el año 476.
Los diez kilos de gas mostaza del arsenal militar y la subida inminente del petróleo por el cierre del grifo libio, son los últimos "ases" guardados en la manga del dictador Gaddafi para ganar la partida de "poker" a las "ratas de su cloaca", que ya huelen "el queso" de la libertad, después de cuarenta años oprimidas por las "garras afiladas de su gato".

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