María me decía que su familia estaba - en términos económicos - en quiebra financiera


or mucho que se empeñe el diario ABC en seguirle el juego a Rajoy, lo cierto y verdad, es que este país está a años luz del final de la crisis. Está años luz, les decía, porque a pesar de haber menos parados en las listas del antiguo INEM, mejores previsiones del PIB y menos miedos al rescate; en la Hispania de Mariano hay millones de familias que no llegan a final de mes y  otras que no tienen ni para comer. Es, precisamente, este contraste de realidades entre las cifras macroeconómicas, arrojadas por los escribas de Rubido – director de ABC -, y las angustias civiles – las de ustedes y la mía -, las que invitan a la crítica a reflexionar sobre el asunto. En términos relativos, o mejor dicho, si comparamos los datos del presente con los últimos días de Zapatero, el escenario económico es diferente. Es diferente porque, como ustedes saben, después de tres años con Mariano en La Moncloa: los ricos son cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres. Hay más desigualdad entre los de arriba – las élites, las del portal de la transparencia – y los de abajo – nosotros, los que no aparecemos en tales menesteres -. En días como hoy, la España que nos dibuja Rajoy no es otra que una construcción mediática, orquestada por la derecha, para ganar las próximas elecciones. Unas elecciones que de cumplirse los pronósticos demoscópicos se atisba en el horizonte un cambio de ciclo político; fruto del desgaste del Gobierno, la irrupción de Podemos y la corrupción galopante.

El otro día, sin ir más lejos, María (nombre ficticio) – una vecina de mi barrio – me decía, que en términos económicos su familia estaba en una situación de quiebra financiera. Estar en quiebra financiera significa, en la jerga de María, tener más facturas que pagar que dinero para pagarlas. Decía esta vecina, de las tripas alicantinas, que ganaba mil cien euros al mes; de los cuales: tres cientos veinte se los llevaba la hipoteca; cien, las facturas de luz y el agua; cincuenta, Vodafone; tres cientos, el carro mensual de Mercadona, y cien, gasoil para la Berlingo. Cuarenta, el alquiler de la plaza de garaje; treinta y largos para gastos corrientes: tabaco, prensa, cafés, butano, entre otros; cincuenta, la comunidad del edificio y, unos cien – más o menos – para imprevistos: reparaciones del coche, seguros y averías del hogar. María tiene dos hijos. El mayor – Alejandro – estudia segundo de bachillerato, y el segundo – Paquito – acaba de empezar quinto de primaria. El menor viste con la ropa de su hermano, y el otro suele llevar la ropa de su primo Enrique. La hipoteca, la sacaron para treinta años, o sea, que la última letra la pagaran cuando estén jubilados. Los ahorros que tenían se los han comido desde que Paco – su marido – se fue al paro hace tres años. Ella trabaja como administrativa en una ferretería. Trabaja con un contrato a media jornada, pero hace una media de diez horas diarias. Su jefe la explota pero – como dice ella – "¿dónde voy con cuarenta y seis años; un marido en el paro y dos hijos estudiando?". Si en estos momentos la echaran del trabajo, cobraría el paro a razón de cuatro horas diarias; una ayuda que le daría oxígeno para malvivir durante una temporada y, sería candidata segura para los próximos desahucios.

Es, precisamente, la situación de María, la que ilustra la auténtica verdad de millones de familias españolas. Economías domésticas – como diría Montoro – que si les aplicásemos algún que otro ratio financiero, de esos que tanto gusta al Gobierno, los resultados serían de culebrón americano. Así las cosas, el portal de la transparencia es una ofensa para nosotros, la mayoría. Es una ofensa, les decía, porque, aunque Rajoy cobre menos que sus mandos intermedios (algunos secretarios generales), lo cierto y verdad, es que su sueldo – 70.000 euros al año, limpios de polvo y paja – está muy lejos de los números de María. Es, precisamente, este abismo entre "los de arriba" y "los de abajo" los que explican las boberías del Presidente cuando anuncia, a bombo y platillo, la salida de la crisis. Ojalá – en palabras del ahorcado -, don Mariano fuera a uno de esos programas televisivos sobre "cambios de familia". Ojalá acudiese a ese tipo de programas porque, de ese modo, sabría lo que supone para gente como María: vivir con la soga al cuello y rezar todas las noches para que no le falte trabajo. Con 70.000 euros de sueldo anual; coche oficial; dietas a la carta y supuestos sobres en "B", es normal que el "transparente" de La Moncloa – nuestro hidalgo caballero: don Mariano Rajoy Brey – vislumbre gigantes donde los otros, nosotros, solo vemos molinos. Es, precisamente, esta distorsión de realidades entre Sanchos y Quijotes, la que justifica los suspensos de "la casta" en los sondeos demoscópicos.

Por mucho que se empeñe el diario ABC en seguirle el juego a Rajoy, España está a años luz del final de la crisis 

En términos cuantitativos, la España de Rajoy – según titula una portada reciente de ABC – "da por superado el abismo". Lo da porque "el crecimiento casi dobla de la media de la UE; el paro se reduce en 500.000 personas en un año; el déficit es del 5.5%, y la prima de riesgo roza los 100 puntos". Las claves del Gobierno para llegar a tales resultados han sido – siempre según los escribas de Rubido – la Reforma de Báñez; la reducción del déficit y, la reestructuración bancaria, entre otras. En términos cualitativos, sin embargo, estamos en el kilómetro cero del "decretazo" de Zapatero. Digo esto, estimados lectores y lectoras, porque gracias a la reforma de Báñez hay medio millón de personas que han salido del paro. La mayoría con trabajos temporales y parciales e inmersas en los pozos del precariado: mano de obra barata – de usar y tirar – incapaz de activar el consumo de viviendas y automóviles, turbinas necesarias para sacar a España del atolladero. La reducción del déficit ha permitido que España no cayera en los precipicios del rescate. Ahora bien, no olvidemos que esta reducción ha sido gracias al desmantelamiento del Estado del Bienestar. Somos – como diría aquél – más ricos de puertas para afuera – para los ojos de Merkel – pero más pobres de puertas para adentro. Recuperar la clase media costará décadas de pancartas y gritos al unísono. Solamente cuando los contratos sean estables en lugar pasajeros, cuando el copago sea una historia del pasado, cuando el Salario Mínimo Interprofesional salga de su paréntesis, cuando la educación sea una inversión en lugar de un coste, cuando la sanidad sea un asunto de Estado, cuando la corrupción no ocupe las portadas de la mañana y cuando los políticos se miren el ombligo: daremos por superado el abismo. 

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Detrás de unas gafas rotas se esconden – en la mayoría de ocasiones - cientos de insultos, palabras malsonantes y malos tratos


o, aunque ustedes no lo crean, nunca fui un alumno ejemplar; tanto es así que repetí octavo de EGB. En mi casa, la verdad sea dicha, no había libros por encima de las mesas, ni periódicos arrugados en las bolsas de la basura; ni tan siquiera tuve primos arquitectos, médicos o abogados. Mi familia era – y es – una familia de orígenes humildes. Gente pobre – como diría mi abuelo si levantara la cabeza – pero trabajadora y honesta como ninguna. A pesar de la escasa cultura que reinaba en los intramuros de la casa, mi padre siempre admiraba – y admira – a la gente con estudios. La admiraba, cierto, porque por circunstancias de la vida – que diría el maestro Gasset si nos oyera -, desde muy jovencito, tuvo que "menar" para ganarse el pan de los suyos. "Menar" es una palabra muy común entre los vecinos de mi pueblo. Significa – en la jerga de Callosa – dar vueltas a la "Mena" para elaborar los hilos del cáñamo, materia prima de las alpargatas. El cáñamo fue la industria "buque insignia" del municipio. Cuentan las lenguas del ayer, que el cáñamo daba de comer a miles de familias callosinas en la Hispania del Caudillo. Así, tanto mi padre como casi toda su generación, el que más y el que menos, tiene callos en las plantas de las manos, de tantas vueltas y vueltas que le dieron a la "Mena". Eran tiempos de hambre y miseria donde la preocupación de la gente no era si subía o bajaba la prima de riesgo; o si la deuda pública se pagaba o se alargaba; ni tan siquiera preocupaba si votar a Pedro o Pablo Iglesias. Lo que de verdad preocupaba a esa gente, de las tripas del franquismo, era que sus pulmones no enfermaran ante los ojos de la "Mena".

Todos los domingos, mi suegro – un octogenario de sangre republicana – me cuenta cómo los suyos lucharon ante los avatares de la guerra. Tanto él como su padre tuvieron que emigrar, desde muy jovencitos, a las tierras de Granada. Me cuenta, que en aquellos años - de la España en blanco y negro, de curas y manguillos -, no era raro el día que pasaran ataúdes por las orillas del Genil. Ataúdes blancos con cadáveres infantiles, casi todos fallecidos en las frías noches de enero. La vida, me cuenta mi suegro: era – y es – un camino de rosas para unos pocos, y una senda de espinas para los pobres, la mayoría. Algunos domingos, después de comer, cuando él mira las sobras en los platos, nos suele decir aquello de: "¡como se nota que no habéis pasado hambre en tiempos de la guerra!". Y a partir de ahí, nos cuenta – una y otra vez – lo que él y su padre hacían para comer en la España del Caudillo. Nos cuenta que había días que comían pieles de patatas con pan y medallones. Los medallones eran las huellas que dejaban las boquillas de las botellas de aceite en el pan cuando eran golpeadas para extraer sus últimas gotas; lo mismo que hacen, ahora, los jóvenes con el Ketchup cuando comen en el McDonald's. Me cuenta mi suegro lo mal que lo pasaron cuando él y los suyos fueron a París en búsqueda de trabajo. Sin saber ni pío de francés, sin cultura y con telarañas en los bolsillos; no os podéis ni imaginar – cito sus palabras – lo que costaba a una familia de analfabetos comer un plato de fideos en los suburbios parisinos.

A pesar de que mi suegro las pasó canutas en los tiempos de posguerra, lo cierto y verdad, es que nunca fue preso del régimen; a pesar de ser rojo hasta la médula y no tolerar a los curas. Mi abuelo, por su parte, no tuvo la misma suerte. No la tuvo, les decía, porque los tricornios de Franco lo sentenciaron a tres años de cárcel por no comulgar con sus ideas. Todos los días – nos contaba mi abuelo, que en paz descanse -, a eso de las cinco de la mañana, "los funcionarios del tío Paco" sacaban a dos o tres presos a pasear por el patio de la cárcel. A la media hora, más o menos, se oían dos o tres "cohetes" en el cielo de Alicante, como si del día de San Juan se tratase. En otras ocasiones, los señores de la prisión llamaban a las celdas a altas horas de la madrugada. Los elegidos eran azotados con látigos hasta que la sangre asomaba por los surcos de sus espaldas. Tanto es así, y a las pruebas me remito, que nunca se me borrarán de la memoria: las tres líneas rojas que mostraba el "tata Joseíco" – mi abuelo – cada vez que se quitaba la camisa en las tardes de verano. Me contaba que a cinco celdas de la suya estaba preso un poeta de Orihuela. El "cabeza de patata", como cariñosamente le llamaban, era un hombre culto y educado. Un hombre – decía mi abuelo – de esos que domaban a las fieras con el aroma de sus palabras. Cerca de él también se hallaba el abuelo de mi mujer – Máximo -. Un hombre incómodo para el régimen que falleció en el patio de la cárcel cuando su hija – mi suegra – tenía tres años. 

Desde siempre, como les he comentado en alguna que otra ocasión, he tenido vocación de sociólogo y periodista. Me apasionaba – y apasiona - conocer el marco sociopolítico de los espacios vitales, porque gracias a él comprendía – y comprendo – mejor la complejidad del ser humano. Era tanta mi pasión por la sociología que cuando era niño cogía mi grabadora, al salir del colegio, y me iba al "Hogar del Productor" – último bastión de las tertulias orteguianas – para entrevistar a los señores que allí se hallaban. Quería saber cómo se vivía en los tiempos de República, mediante el testimonio vivo de sus espectadores. Aquellas grabaciones – historias de vida, en la jerga sociológica – las guardo como oro en paño en los recovecos de mi casa. La cinta número seis, diez de octubre del 1987, lleva por título: "gafas rotas". Tanto se emocionó don Manolo, mientras me contaba cómo se enamoró de su señora y lo mal que lo pasó cuando mataron a su hermano, que en unos aspavientos con las manos rozó mis gafas, y éstas cayeron al suelo. Cuando las cogió me dijo: "escucha Abel: hay muchos hombres, en este mundo, que viven inmersos en su ceguera; porque al caer sus gafas al suelo no tuvieron cerca a alguien que se las recogiera". Aquella frase me gustó tanto que hasta la escribí en la portada de mi cuaderno de sociales. Después de arreglarme, como pudo, la varilla de mis gafas; Manolo me contó lo que le sucedió con las suyas en la prisión de Alicante. Un día – me contaba - que a las cinco de la madrugada, le sacaron al patio a "tomar el fresco". Allí, después de unos cuantos azotes, sus gafas rodaron por el suelo. Un compañero que allí se hallaba se las cogió, y sin que se enteraran los del látigo, se las metió en el bolsillo de su pijama. Hoy, veintisiete años de aquel diálogo inteligente, comprendo que detrás de unas gafas rotas se esconden – en la mayoría de las ocasiones – cientos de discusiones, palabras malsonantes y malos tratos. Se esconden, les decía, porque el silencio de los miopes hace que vivan inmersos en su ceguera; con lo fácil que sería andar con gafas nuevas.

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Entre los políticos hay quienes ofrecen "manzanas de segunda" como si fueran "pata negra"


unque sean disciplinas distintas, la Ciencia Política y la Economía guardan grandes similitudes. Ambas ramas del conocimiento pertenecen a las ciencias sociales; utilizan la estadística como herramienta de apoyo y, usan la "tarta" - en sentido metafórico - para explicar los fenómenos políticos y económicos. Mientras en Economía existen empresas y consumidores, en Ciencia Política convergen partidos y votantes. Mientras en la primera hay mercados de productos, en la segunda hay elecciones y programas. En sendas corrientes se utilizan herramientas de marketing para vender las propuestas y, en ambas hay estrategias similares para conquistar cuotas de mercado. Dicho esto, si leemos: "El arte de la guerra", obra escrita por Sun Bin, – estratega militar chino -, allá por el siglo IV antes de Cristo; nos daremos cuenta que tales disciplinas – la Economía y la Ciencia Política – guardan, al mismo tiempo, paralelismos con las estrategias militares. Al fin y al cabo, la lucha por liderar los mercados es una cuestión de estrategia militar donde entran en juego: las debilidades y fortalezas del enemigo, así como las oportunidades y amenazas del entorno. Solamente, quienes ostentan puntos fuertes y oportunidades son los que sobreviven y gobiernan los mercados, los países.

Para vencer al enemigo o, mejor dicho, para arrancar clientes y votantes a la competencia, las empresas y partidos utilizan todo tipo de tácticas en el campo de batalla. La táctica más utilizada es, sin duda alguna, "la diferenciación del producto". Diferenciar el producto – o el programa – consiste en ofrecer una alternativa más ventajosa para el consumidor, el votante. Una alternativa, cierto, que consiga desnudar los puntos débiles del otro, y convenza al soberano de que tales flaquezas son sus fortalezas. Así las cosas, si Manolo – el frutero de la plaza – vende el kilo de manzanas a tres con veintisiete, y Josefa – la frutera de al lado – las vende, más grandes y mejores, a dos con cincuenta y nueve, probablemente dicha alternativa terminará por "robar" clientes al negocio de Manolo y, por tanto, perderá parte de su cuota de mercado. No olvidemos que en el "arte de la guerra" existen quienes juegan sucio, o dicho en términos coloquiales, "dan gato por liebre" con tal de arañar un puñado de clientes – o votantes – al chiringuito de enfrente. Son, precisamente, estos últimos – los que no son trigo limpio -, quienes corrompen a los honestos e inyectan pensamientos negativos contra todos los que se ganan la vida, bajo las lonas del mercado. Aunque las manzanas de Josefa sean más grandes y mejores; siempre habrá, algún que otro espabilado que venderá "manzanas de segunda" como si fueran “pata negra". Los venderá, claro que sí, mientras hayan clientes que se las compren; sin preguntarse antes: dónde está la mentira, cuando ni en este país - ni en ningún otro lugar del mundo-, nadie regala duros por pesetas.

Entre los políticos que nos representan, existen muchísimos casos de vendedores que ofrecen "manzanas de segunda" como si fueran “pata negra". Políticos, cierto, que prometen "el oro y el moro" en sus programas electorales, pero cuando llegan al poder hacen de la capa un sayo y "dónde dije digo, digo Diego". Son, precisamente, tales Maquiavelos de la Hispania del ahora, los que a base de embustes y promesas incumplidas han conseguido gobernar, como monarcas del medievo, a un pueblo de plebeyos ignorantes. Ignorantes, y no se ofendan, que en su día creyeron a ese "humilde tendero", que les prometió duros por pesetas y hoy, tres años más tarde, se han dado cuenta que les vendió una cesta de manzanas podridas. Ante tales "caraduras" – y perdonen por mi enfado – no es para menos que surjan otros vendedores – como Podemos -, que hagan el agosto a costa del descontento colectivo. Nuevos vendedores, les decía, que a pesar de vender el mismo producto – manzanas de segunda -, la gente se las compran porque piensan que son distintas a las de Manolo o Josefa. Manzanas lavadas y brillantes; bien expuestas en la balda de la esquina, pero envenenadas de pieles para adentro.

En el "arte de la guerra" hay quienes juegan sucio o, dicho en términos coloquiales, dan "gato por liebre"

Así las cosas, el plantón de Iglesias al programa de Barneda; los supuestos pagos en "B" que recibió – Pablo – por el programa de "La Tuerka" y, la suspensión de empleo y sueldo a Ernesto Errejón por la Universidad de Málaga, muestran a los ojos de la critica, que las manzanas de Podemos son las mismas que, año tras año, nos vende "la casta" desde los tiempos de Felipe. Llegados a este punto, la cenicienta del morado ha roto el hechizo antes de lo previsto. Las supuestas corruptelas de Podemos tiran por la borda todos sus logros alcanzados en los sondeos demoscópicos. Logros alcanzados, cierto, mediante una retórica basada en una crítica calculada contra todo aquello que huele a chamusquina en las alcantarillas de La Moncloa: la corrupción, los recortes, las promesas incumplidas, y lo que ellos han considerado que se identifica con "la casta". Ahora que ellos – Podemos - han entrado en los aposentos de la casta, su chiringuito se convierte en uno más de los que venden "manzanas de segunda" como si fueran de primera. Así las cosas, con "la casta de Podemos", es momento de que Sánchez demuestre a los desencantados de su partido que él es algo más que una cara bonita en los prados de la rosa. Es el momento, les decía, para que el líder histórico de la izquierda – Pedro Sánchez - demuestre a sus electores que si llega a La Moncloa no hará lo mismo que hizo su antecesor, Rodríguez Zapatero. Deberá demostrar a sus clientes que sus manzanas son más grandes y mejores que las que venden los puestos de la izquierda. Solamente así, prometiendo a sus electores que no ofertará duros por pesetas; Pedro venderá más manzanas que los otros el día del mercadillo.

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El New Deal de Podemos sería la panacea para salir de la crisis, si no estuviéramos en Europa y volviéramos a la peseta


os veces por semana, Manolo imparte un taller de "alfabetización económica" en el barrio de Vallecas. Sus alumnos son jóvenes de entre 65 y 85 años con inquietudes intelectuales. Son jóvenes, les decía, porque a pesar de sus edades prefieren estudiar a Keynes y el "Flujo Circular de la Renta", que jugar a las cartas en la taberna de Gregorio. El objetivo de las clases no es que los discípulos salgan doctores en la materia, ni siquiera que le hagan sombra Krugman, sino que comprendan la lógica de los fenómenos económicos. Aunque sea un curso de iniciación, el alumnado no parte del kilómetro cero sino que saben de que se habla cuando su profesor nombra el gasto, los ingresos, la deuda, las compras y las ventas. Lo saben, cierto, porque a lo largo de sus vidas han tenido que gestionar su propia casa; y la Oikos Nomos – etimología de la palabra economía – no es otra cosa que el arte de administrar el patrimonio. Al fin y al cabo, gastar diez euros del bolsillo – por poner un ejemplo – es una decisión económica. Lo es, les decía, porque nuestras necesidades de compra son – virtualmente – infinitas y los recursos con los que contamos escasos; luego tenemos que pensar con acierto qué compramos y a qué renunciamos. Pues bien, tales decisiones, que todos aprendemos desde niños, son similares a las que toma el Gobierno cuando administra su casa – la nuestra -, la suma de todas las economías domésticas. Hoy, la clase versa sobre política económica. Una clase interesante, si tenemos en cuenta que hace pocos días se ha presentado el planteamiento económico de Podemos.

Los sistemas económicos – en palabras de Manolo – son el conjunto de soluciones a los problemas sobre orientación, organización y distribución de la producción. Responden a las cuestiones: qué, cómo y para quién producir. Mientras Adam Smith - precursor de la Escuela Clásica – defendía que el Estado es un problema para los mercados, Maynard Keynes, por su parte, defendía la intervención del Estado como solución a los problemas del mercado. Es, precisamente, este debate sobre la dosis de intervencionismo estatal en la economía, el que ha separado a neoliberales y socialdemócratas desde los tiempos de la Bastilla. En tiempos de bonanza económica – en palabras del maestro – es necesario aplicar medidas contractivas. Medidas consistentes en restricciones del gasto público y aumentos de los impuestos progresivos. Aumentos de los tributos, cierto, como estabilizadores automáticos para frenar los brotes inflacionistas y, por tanto, la pérdida de valor adquisitivo de las monedas circulantes. En tiempos de recesión y crisis económica son recomendables medidas expansivas. Medidas consistentes en aumentos del gasto – consumo e inversiones públicas, transferencias e intereses de deuda pública – y bajada de impuestos para estimular la demanda agregada. En resumen, soluciones keynesianas para los tiempos pesimistas y clásicas para las coyunturas favorables. 

Esta diferencia entre políticas expansivas y contractivas ha gozado, desde los tiempos olvidados, de un alto consenso entre la comunidad económica. Tanto es así, que a lo largo de la historia, las crisis económicas del siglo XX – desde el crack del 29 hasta la España de Felipe – han sido solucionadas mediante medidas keynesianas. Medidas populistas – en el sentido peyorativo del término – pero, al fin y al cabo, eficaces para corregir los fallos del mercado. El New Deal - nuevo trato -, valga el ejemplo, sirvió como remedio expansivo para curar las heridas de la especulación y el derroche de los felices años veinte.  Gracias a tales medidas – muy similares al plan económico planteado por Podemos -, cocinadas por los "Brains Trust" – los Pablo Iglesias, Monederos y Errejones del momento -, sirvieron para recuperar la senda del crecimiento y sacar del atolladero a Estados Unidos. El New Deal fue financiado mediante los impuestos. Impuestos procedentes de las rentas del trabajo; medida inteligente para no recurrir a grandes emisiones de deuda pública y engrosar más el déficit. Así, de ese modo, mediante medidas expansivas, Roosevelt estimuló la demanda y corroboró las hipótesis planteadas en los Ensayos en persuasión, del maestro Keynes.

A pesar de haber llovido mucho desde aquel entonces, la crisis económica que azota a España desde el año 2008 tiene grandes paralelismos con el crack del 29. Tiene paralelismos, cierto, porque sendos escenarios están construidos por los mimbres de la especulación y el despilfarro. 

La crisis económica que azota a España desde el año 2008 tiene paralelismos con el crack del 29

La gran diferencia entre la Gran Depresión – la crisis americana – y la nuestra – la española – reside en el contraste de soluciones. Mientras en la primera se tomaron medidas expansivas – tal y como le explicaba Manolo a sus alumnos de Vallecas – ; en la segunda – la nuestra – se han tomado remedios contractivos. Remedios neoliberales – les decía – basados en disminuciones del gasto público y subidas de impuestos. Un sinsentido económico, si tenemos en cuenta que más impuestos implican menos poder adquisitivo para la clase media, la clase que más compra. Y, menos gasto público supone la perpetuación de los fallos del mercado y, por tanto, la cronificación del desempleo. Tales medidas – e-qui-vo-ca-das – solo se explican por la ilógica de Europa. No olvidemos que la Unión Europea surgió en momentos de bonanza económica, sin ninguna previsión sobre futuras crisis económicas. Así las cosas, el cumplimiento de los criterios de convergencia ata de pies y a manos a los Estados miembros. Estados, como España, que no pueden aumentar el gasto público a su libre albedrío porque ello supone incurrir en déficits intolerables para los ojos merkelianos. Aumentar el déficit implica ser sancionados por la troika y caer en los precipicios de Grecia; un país periférico, endeudado hasta el hastío, dependiente de Alemania, y con el temor crónico a ser expulsado del chiringuito. Por ello, estimados lectores y lectoras, el New Deal de Podemos sería la panacea para salir de la crisis, si no estuviéramos en Europa y volviéramos a la peseta. 

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Si todo hijo de vecino pudiera hacerse "selfies" con reyes, presidentes y diputados; la seguridad de este país estaría por los suelos


ras la entrevista que le hizo Ana Pastor a Pablo Iglesias, no me sorprende, en absoluto, que el veterano de la Tuerka no quisiera acudir, el sábado por la noche, al programa de Barneda. Digo esto porque, como ustedes saben, la presentadora de la Sexta desmontó, en menos de una hora, la utopía de Podemos. La desmontó, cierto, porque el líder de la coleta no estuvo a la altura acostumbrada cuando fue preguntado por la praxis de su programa. Gracias a Ana, y desde aquí le doy la enhorabuena, su entrevista sirvió para que miles de espectadores visionaran, de una vez por todas, las incoherencias que se esconden detrás de quienes prometen la luna a cambio de la nada. Tanto es así, que al día siguiente del programa, en los bares de mi pueblo, muchos de los que defienden, a capa y espada, al líder de Podemos; callaban como tumbas al calor del carajillo. Los mismos que se vuelven insoportables cuando Messi mete dos goles en la portería de Florentino, pero no dicen ni pío cuando Cristiano les devuelve el merecido.

Tras la entrevista de Ana Pastor a Pablo Iglesia, no me sorprende que el veterano de la Tuerka no quisiera acudir a la cita de Barneda

Así las cosas, ¿Por qué Pablo Iglesias no acudió a la cita de Barneda?, se preguntarán ustedes. Según la versión oficial de su partido; el líder del morado no acudió a la cita porque el formato del programa – Un tiempo nuevo – no cumplía con las condiciones exigidas. Al parecer – dicen las malas lenguas de Cenicienta – Iglesias no quiso acudir al encuentro sino era acompañado. Algo insólito, si tenemos en cuenta que el secretario general de Podemos ha concedido muchísimas entrevistas a multitud de medios sin la presencia de su equipo. No olvidemos que desde que TeleCinco emite este programa, todos los invitados – desde Montoro hasta el pequeño Nicolás – han acudido solos a la silla de Barneda. Es por ello que Pablo Iglesias conocía de antemano cuáles eran las reglas del juego antes de comprometerse y dar plantón, a posteri, al programa de TeleCinco. Lo cierto es que su plantón a Sandra Barneda se produjo la misma semana que la prensa destapó el "caso Errejón", o dicho más claro, los mil ochocientos y pico que cobra Ernesto por la Universidad de Málaga, a pesar – supuestamente – de no cumplir con el mismo y dedicar ese tiempo a los asuntos de Podemos.

Como dice la expresión popular: "no hay mal que por bien no venga". Gracias a que Pablo dio plantón a Telecinco, el "pequeño Nicolás" ocupó durante más de dos horas su silla y; habló largo y tendido, sobre sus contactos con las élites españolas. A pesar de su corta edad – 20 años – ¡quién los cumpliera!, se movió como pez en el agua en el plató de Barneda. Contestó a todas las preguntas con excelentes dotes oratorias, aunque, lo cierto y verdad, su discurso no se sostuvo por los mimbres de las pruebas. Discurso que ha sido desmentido – como ustedes saben – por la Vicepresidencia del Gobierno, la Casa Real, el CNI, el Ministerio de Economía y las Vegas Sands. Ahora bien, a pesar de que este niño supuestamente "miente más que habla", lo cierto y verdad es que existen pruebas gráficas – fotografías y videos – que demuestran su cercanía a los cetros del poder. Es, precisamente, este detalle, y no otro, el que no pasa desapercibido para los ojos de la crítica. No pasa, les decía, porque no es normal que un chaval de veinte años se mueva por los actos institucionales como Pedro por su casa. Si esto fuera así. Si todo hijo de vecino pudiera hacerse "selfies" con reyes, presidentes, diputados y consejeros; la seguridad de este país estaría por los suelos. Estaría por los suelos, les decía, porque tantas facilidades para codearse con los grandes supondría un alto riesgo de atentados, chantajes y corruptelas por el estilo.

Las imágenes difundidas del "pequeño Nicolás" con la "Jet set" política y social de este país; ponen de manifiesto que los "selfies" y artimañas semejantes sirven al desconocido para ser reconocido, o al menos, respetado ante los ojos de las élites. No olvidemos que en este país: el ochenta por ciento del empleo es cubierto por gente conocida. Quienes tienen padrinos, o alguien que les eche una mano, ostentan mayores oportunidades de conseguir un empleo que quienes solo cuentan con su curriculum para buscar trabajo. Son, precisamente, los contactos y el clientelismo político, los que mueven los hilos de los asensos sociales. Así las cosas, quienes no tienen un padrino que les bautice viven, de por vida, en el limbo de los anónimos; a pesar de haber sacado matricula en econometría y ser un ratón de biblioteca. Son, desgraciadamente, estas estrellas invisibles las que tienen que emigrar a otras orillas ante la falta de expectativas que le ofrece su país. Un país, les decía, en el que solo trepan por las cuerdas del poder los "primos de"; "cuñados de"; "maridos de" y todos los parentescos acompañados del "de". Si eres el hijo de un tal Juan que no conoce ni Dios, mal lo tienes para vender tu producto en el mercado de trabajo. "El pequeño Nicolás" no es más que la personificación de los mecanismos que mueven las turbinas de los cetros. Un país, cierto, donde cuatro "selfies" con el jefe son suficientes para ser alguien en las cloacas del poder. 

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Ojalá, todos los días, se publicaran libros como los de Saviano, Gonzalo o  Benedetti


i en algo estoy de acuerdo con Sostres es con la frase: "escribir es meterse en problemas", eslogan que aparece en la parte superior derecha de Guantánamo, su blog de opinión alojado en la Web de Casimiro. Estoy de acuerdo con Salvador, les decía, porque aunque uno no lo quiera -salvo que escribas sobre ciencia ficción -, siempre que las palabras salen de la pluma, somos esclavos de las mismas. Somos – como diría el cuñado de Manuela – dueños de lo que pensamos, pero deudores de lo que decimos. Por ello, cuando escribimos, debemos andar con cautela para no meternos en líos por vulnerar los derechos de terceros. Si miramos por el retrovisor de los tiempos, nos daremos cuenta que grandes ilustres del pensamiento han sido decapitados por decir, en algún momento determinado, algo inapropiado. Tanto es así, que en tiempos de la Inquisición, como ustedes saben, existía la "presunción de culpabilidad", o dicho en otros términos, un individuo podía acabar en la hoguera porque alguien le acusara de algo que ni siquiera había dicho, tan solo por injurias y sospechas. Hoy, sin embargo, a pesar de que existe la "presunción de inocencia", una palabra mal dicha; mal entendida o molesta contra el sistema, puede arruinar la vida de cualquiera; aunque vivamos en democracia y exista libertad de expresión.

En las tripas del presente, hay escritores perseguidos y amenazados de muerte por la incomodidad de sus escritos. Roberto Saviano – autor de Gomorra -, sin ir más lejos, vive condenado entre los barrotes de sus palabras por los secretos revelados acerca de la Camorra y del crimen organizado en las sombras sicilianas. Su libro ha sido el culpable de más de dos millones de copias vendidas – evidencia que corrobora las teorías de Mejide en su obra: "#Annoyomics: el arte de molestar para ganar dinero" -, y de una persecución imparable por el clan de los Casalesi. Saviano, hace seis años, tuvo que abandonar su tierra por el alto riesgo de atentado que corrían él y su escolta. Salman Rushdie, por su parte, vive condenado a muerte por la publicación Los versos satánicos. Tanto disgustó su obra a las élites islámicas que, desde febrero del ochenta y nueve, su cabeza tiene precio en el mercado de los matones. Desde entonces, Rushdie no duerme tranquilo, ni siquiera se le ocurriría sacar a pasear al perro sin el chaleco antibalas. Los libros acerca de la guerra de Chechenia, escritos por Ana Politkóvskaya, sentaron como una patada en el culo al régimen de Wladimir. Tras un envenenamiento fallido, la periodista siguió, erre que erre, metiéndose en problemas. Publicó La Rusia de Putin, la gota que colmó el vaso para que fuera asesinada en el ascensor de su casa. No olvidemos, que aparte de tales ejemplos, la homosexualidad y la disidencia con el régimen de Franco, también le costo la vida al autor del Romancero gitano. Mario Benedetti y Beltolt Brecht también se metieron en líos por desnudar su pensamiento en alcobas equivocadas. 

En el año 2012, no sé si ustedes lo recordarán, una joven, del Reino Unido, fue condenada a 56 días de cárcel por reírse en la red social del desmayo de un futbolista. Al parecer, la autora escribió un tuit con comentarios racistas y ofensivos contra el jugador, tras desplomarse en el suelo y temerse por su vida. Ese mismo año, el periodista Hamza Kashgari se ganó una condena de muerte por un tuit acerca de Mahoma. Hamad al Naqi, otro bloguero, está condenado a diez años de cárcel por blasfemar en twitter sobre la religión musulmana. En España, un internauta fue condenado a pagar una multa de unos 1.300 euros y pedir perdón a Cifuentes – la delegada del Gobierno de Madrid – por la retahíla de insultos que le escribió en las redes sociales. Francisco José Espinosa, posiblemente sería cabeza de cártel, por UPyD, para la alcaldía de Jerez, si no fuera por aquel famoso tuit: que le dedicó a los catalanes tras la victoria del Real Madrid. Tuit, les decía, de mal gusto que le costó su dimisión. Castelao – la apuesta de Báñez para presidir el Consejo General de la Ciudadanía Española en el exterior – no le quedó otra que dimitir, tras su comentario machista acerca de las mujeres: "las leyes son como las mujeres, están para violarlas".
Como les decía, estimados lectores y lectoras, las palabras son como las piedras del camino, que cuando las cogemos con la mano y las lanzamos al vacío; no sabemos, a ciencia cierta, si caerán en la cuneta o lesionarán al vecino. Por ello, porque no sabemos el sino de las mismas, es mejor, en ocasiones, no lanzarlas por si nos tocara resarcir a los otros por los daños causados.

En las tripas del presente, hay escritores perseguidos y amenazados de muerte por la incomodidad de sus escritos

Luis Gonzalo Segura, autor de Un paso al frente, ha sido arrestado, esta semana, durante 30 días por decisión administrativa. Ha sido arrestado, les decía, por los tentáculos militares para "impedir – en palabras del teniente – que otros militares hagan lo mismo" (que revelen la supuesta corrupción e irregularidades que se cuecen en las tripas cuartelarias). Es, precisamente, la oscuridad que se esconde en los estercoleros de algunas instituciones, la que hacen necesario que escritores como Gonzalo saquen a la luz la basura del sistema. La saquen, les decía, para quitarle la careta a quienes supuestamente viven como reyes, mientras los otros - los humildes - callan en sus garitas por el miedo a los galones. Ante la molestia del escrito surgen las mordazas del poder para acallar a quienes, por meterse en follones, han abierto los ojos a los otros: nosotros, los ciegos, los creyentes. Ojalá, todos los días, se publicaran libros como los de Saviano, Gonzalo o  Benedetti. Ojalá, les decía, porque gracias a esta literatura, de crítica y denuncia social, el vampiro de la corrupción moriría al sacarlo de las tinieblas. Mientras tanto, mientras la mayoría de los autores escriban sobre ciencia ficción y novelas históricas – algunas mal documentadas -, los "chorizos de cuello blanco" seguirán cometiendo fechorías y riéndose de nosotros por no tener quien les escriba. ¿Dónde están los valientes? Escondidos, respondió el camarada.

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En el Rincón nadie determina sus escritos. Soy yo quien dice en voz alta lo que se cuece en su cocina


menudo recibo correos electrónicos de lectores y lectoras. Hay de todo tipo: algunos son para felicitarme por el blog y otros para sugerirme temas de interés. También recibo correos con quejas y descontentos sobre algún que otro post. Pues bien, el otro día recibí un mensaje de estos últimos. En él, la lectora – cuyo nombre no viene a cuento – exponía las razones por las que había dejado de leer el blog, tras dos años de seguimiento. Criticaba que "El Rincón de la Crítica" no tuviera una línea editorial definida como la tienen el resto de diarios. Esta falta de directriz editorial, le indignaba como lectora porque a veces se sentía incómoda con lecturas que arrojaban piedras contra su propio tejado. Me ponía como ejemplo los recientes artículos, publicados en el blog, sobre Podemos: "las debilidades de Podemos", "Podemos, luces y sombras" y "política ficción", entre otros. Escritos – me decía esta exlectora del Rincón – que barrían más hacía a la derecha que hacia la izquierda. Otro lector, sin embargo, criticaba que el blog tuviera vinculaciones con periódicos digitales, tales como: ElPlural.com y Vegamediapress, entre otros. Diarios – decía – afines a la izquierda, que manchaban la imagen de independencia y pluralidad defendida por esta bitácora. Eduardo García – lector del Rincón y cuyo nombre me autoriza a que sea mencionado – criticaba la ausencia de noticias y echaba de menos la presencia de otros columnistas para que las actualizaciones del blog fueran más frecuentes. Desde México, un estudiante de periodismo denunciaba, el otro día, que en España faltaban más "rincones" como el mío. Gracias a lugares como éste – decía – disponía de una ventana abierta para asomarse a nuestros problemas, con amplitud de miras, sin líneas editoriales definidas por rodillos partidistas.

En varias ocasiones, he manifestado, en distintos foros de opinión, que "El Rincón de la Crítica" no recibe subvenciones por parte de empresas y/o partidos. Es, precisamente, esta ausencia de servilismo económico hacia los intereses ideológicos, la que hace que el blog no posea una línea editorial definida, como sí la tienen La Razón de Marhuenda o el ABC de Rubido, por poner algún ejemplo. Así las cosas, el blog se distingue del resto de medios por la ausencia de censura, tanto en sus artículos como en sus comentarios. Entre los suscritos al Rincón, hay diputados del Pepé; alcaldes del Pesoe; lectores de Interviú; periodistas de la Sexta y adictos a Podemos. Quiero decir con esto, que el concepto de Crítica, tal y como algunos lo entienden en España, está a años luz de la función sociológica del mismo. En este país, y por favor no se sientan ofendidos, los lectores están acostumbrados a lecturas afines a sus mimbres ideológicos. Tanto es así que es raro, rarísimo- que las plumas de la Caverna hablen mal de Rajoy o de Aguirre, por ejemplo. Como tan inusual resultaría que el diario Público o el medio de Ignacio Escolar pusiera a parir – en sus habitáculos de opinión – a Sánchez o a Llamazares. Podrían, pero no es muy frecuente.

Si lo hicieran a menudo recibirían cartas de denuncia y críticas de sus lectores; como así ha sucedido en El País desde que cambió de director.

En tales medios, les decía, los periodistas opinan de conformidad con las directrices que les marca su línea editorial. Algunos buscan medios afines a sus modos de pensar. Otros, sin embargo, por cuestiones económicas o por falta de oportunidades, se torturan en los barrotes de su mente. Sus pensamientos, lo que de verdad opinan, no pueden trascender a las líneas del papel porque ello supondría una transgresión de la buena fe profesional y, por tanto, una carta del lector, quejándose por tal o cual opinión contraria a sus expectativas lectoras.

En el Rincón, por su parte, nadie determina sus escritos. Soy yo quien dice en voz alta lo que se cuece en su cocina. En ocasiones, mis pensamientos son afines con los colores de algún que oto partido, pero ello no es una condición necesaria que se cumpla en todos los artículos. No olvidemos que no existen dos personas en el mundo que piensen igual en todos los sentidos. Siempre existen y existirán puntos de discordia en el diálogo cotidiano. Hasta las parejas más afines han discutido, alguna que otra vez, por desacuerdos y formas de percepción distinta. Luego, estimados lectores y lectoras, si escribiera siempre, de conformidad con tal o cual partido, estaría siendo hipócrita con mis pensamientos. Sería un escritor populista, o dicho de otro modo, una pluma que escribe de acuerdo con los moldes de los otros; lo mismo que hacen la mayoría de columnistas de este país. 

Si tan independiente soy, ¿por qué escribo en diarios progresistas?, os preguntaréis algunos. Si observáis, tanto en ElPlural.com como en Vegamediapress – medios en los que colaboro desinteresadamente – mis artículos aparecen enlazados al Rincón. Gracias a esta forma de publicación, los escritos ganan visibilidad y, al mismo tiempo, nunca pierden su fuente original. Desde que escribo en el blog me han llegado muchas sugerencias de periódicos y revistas; invitándome a que escriba para ellos. Me piden que "desinteresadamente", o sea gratis, les autorice para que publiquen mis artículos, de forma íntegra, en sus medios. A todos les respondo que "no", precisamente por ello, para salvaguardar mi opinión de tales marcos ideológicos. Otra cosa, bien distinta, es que la colaboración sea entrelazada – como lo es en ElPlural y Vegamediapress – donde los artículos comienzan en el medio colaborador y acaban en el Rincón.

Si algún día me pagaran por escribir en el ABC, El Mundo o El País, entonces me convertiría en un escritor populista, como lo son la mayoría. Quizá si escribiera en el diario de Rubido tendría que contar hasta diez antes de poner a parir a Rajoy, o si escribiera para Público, tal vez, tendría que ser moderado en mis críticas contra la izquierda. Así las cosas, en muchas ocasiones he enviados artículos a periódicos, díscolos con los mismos, y nunca han salido a la luz. Nunca han salido a la luz, les decía, porque en este país, aunque ustedes no lo crean, todavía quedan residuos de las censuras de Franco. 

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