La pillada de Celia Villalobos, jugando al "Candy Crush",  vulnera  los principios de la ética kantiana


yer, me contó Antonio que vio a Manolo; un viejo amigo que estábamos sin saber de él desde mediados de los noventa. Al principio, no lo conoció. Ya no vestía con camisetas de Iron Maiden ni calzaba botas del ejército. Ni tan siquiera llevaba el pelo largo, ni pendientes de hojalata. Si no fuera porque él, le saludó primero; Antonio nunca lo hubiese reconocido. Ahora, Manolo es un hombre con gafas de pasta, calvo y con barriga. Un cuarentón descuidado – como diría mi abuela si lo viera – de esos que beben carajillo; ojean el Marca y, miran de reojo a las rubias que salen del aseo. Manolo fue nuestro compañero de pupitre en el Instituto Gabriel Miró de Orihuela. Allí estudiamos juntos el antiguo COU de ciencias sociales. La filosofía era nuestra asignatura preferida. Tanto es así, que en la cantina del instituto, mantuvimos largas conversaciones sobre la muerte, la felicidad y las religiones. Diálogos acalorados, que forjaron nuestros cimientos morales y actitudes ante la vida. Pues bien, ese señor de la barra, - calvo y con barriga -, era Manolo; o Manolet, como le llamaba cariñosamente Javier, el conserje del instituto.

Después de reír un buen rato, abrazarse como hermanos y recordar el día en que se les averió el Seat Toledo en las fiestas de San Roque; mis colegas hablaron, largo y tendido, de sus vidas. Manolo le preguntó a Antonio si se había casado. Antonio le contestó que sí; que tenía una niña de diez años y, que se ganaba la vida como profesor de música en la región de Murcia. Manolo, por su parte, se casó, se separó; se volvió a casar y, se volvió a separar. Entre hecho y hecho, dos hijas: Marta y María. Antonio le preguntó por su padre, "el tío Paco". Le dijo que estaba mejor que él; a pesar de los ochenta cumplidos y llevar a sus espaldas: los recuerdos de una guerra civil, cuarenta años de dictadura y miles de Ducados.

Manolo, le dijo a Antonio; que después de licenciarse en periodismo, y harto de buscar trabajo, se diplomó en podología. Hoy, se gana la vida quitando callos de los pies a las Marujas de su pueblo. "En España – le decía – hay más pies con durezas, juanetes y uñas encargadas que lectores de periódicos". Antonio me mandó recuerdos de Manolo. Me dijo que seguía mi blog – El Rincón de la Crítica – y que lo tenía muy enganchado. Tanto es así, que el otro día imprimió un post, que versaba sobre Podemos y se lo leyó a Martínez, un adicto a los debates de la Sexta y, muy crítico con todo lo que suene a Monederos y Errejones. 

Manolo, después de licenciarse en periodismo, y harto de buscar trabajo, se diplomó en podología

Tras la anécdota del blog, Manolo y Antonio cambiaron impresiones sobre el debate del estado de la nación. Y a partir de ahí, entraron en un diálogo apasionante sobre Kant y Villalobos. Hasta tal punto que, el camarero de la barra, – en un momento de sosiego -, los miro como miraban a Galileo los correveidiles de su época. Manolo, para que ustedes lo sepan, ha sido un asiduo lector de la obra de Immanuel. Tanto es así, queridísimos lectores, que cuando íbamos al instituto se levantaba a las cinco de la mañana y paseaba por los puentes de Orihuela; como hacía Kant por la Lindenalle de Könisgsberg. Paseaba, cierto, para olvidar a Martina, una vieja novia que le dejó por Julián, el "musculitos" del instituto. Según Manolo, la pillada de Celia Villalobos, jugando al "Candy Crush" en el hemiciclo de los leones, vulnera los principios de la ética kantiana. Como saben, Kant fue el filósofo alemán que dijo aquello de: "obra sólo de forma que puedas desear que la máxima de tu acción se convierta en ley universal". Si todos los diputados – en palabras de Manolet – jugaran a juntar caramelos, en lugar de guardar la compostura y escuchar al compañero, la política se convertiría en una farsa de cara a la galería; donde lo único importante sería pasar de nivel y evitar el Game Over.

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Según Antonio, la corrupción es una cuestión de "amiguismo" y "tentación"


n la España de Nicolás, por si ustedes no lo saben, el ochenta por ciento de las ofertas de empleo son cubiertas por personas conocidas. Son los "enchufes" de toda la vida, en términos de andar por casa, los que mueven los hilos del mercado de trabajo. Tanto es así, que en la mayoría de las empresas – y no lo digo yo, lo dicen las estadísticas – abundan "los cuñados de", "los primos de" o “los hermanos de".  Conocidos, que si no fuera por su condición de "ahijados laborales", probablemente, otro gallo cantaría en el seno de sus corrales. Otro gallo cantaría, cierto, porque sin padrino no hay bautizo. Así las cosas, el hijo del abogado lo tiene más fácil para ejercer la abogacía que el hijo del barrendero. Aunque ambos hayan sido compañeros de mesa en la Facultad de Derecho, los contactos del primero siempre serán más propicios que las redes del segundo para trabajar "de lo suyo". De tal modo, y a los hechos me remito, en las junglas del mercado no entran, a priori, los mejores sino los más agraciados. Ahora bien, una vez dentro de las empresas, todos deben remar al unísono para evitar el hundimiento. Luego, aunque el tejido de contactos sea una condición suficiente para encontrar un empleo, no es razón necesaria para su mantenimiento. Sin rendimiento mediante, el que más y el que menos tiene los días contados en las jaulas de su empresa; por mucho que sea Jacinto (el amigo del jefe) o Francisco, el talento de la calle.

En política ocurre algo parecido. Muchos alcaldes ganan, una y otra vez, las elecciones porque tienen a casi todo su pueblo endeudado. Endeudado, como digo, de favores electorales. Favores por emplear en sus ayuntamientos a ciudadanos provenientes de cualquier ideología, a cambio de un puñado de votos el día de las urnas. A esta praxis, los sociólogos la llamamos "clientelismo político". Gracias al clientelismo; miles de votantes se cambian de chaqueta para que su alcalde continúe con el cetro y ellos con su nómina. Lo mismo que sucedía en la Hispania de Galdós; cuando los funcionarios eran elegidos a dedo, o mediante oposiciones amañadas, hasta que cesaba el mandatario de turno. Es, precisamente, esta práctica caciquil de las tripas españolas, la que convierte a la política en un negocio redondo para pillos y granujas. "En días como hoy – decía Manolo, un señor que conocí en el Halley mientras tomaba café – hay alcaldes que ganaron las elecciones siendo unos muertos de hambre y hoy, varias legislaturas después, van por las calles con coches de alta gama y polos de Ralph Lauren". Alcaldes, ¡cuánta razón tenía Manolo!, que "no los levanta de su silla, ni los huracanes más salvajes que soplan en América". Es, "el favor por favor" de los tiempos de Castaña, el que explica por qué muchos políticos ganan elecciones, a pesar de estar imputados o manchados de sospecha. 

Esta mañana, sin ir más lejos, he hablado sobre estos y otros temas con Antonio, un compañero de instituto. Antonio es un profesor de filosofía, con barba de tres días y pelo desgreñado. Solemos coincidir los miércoles a tercera en la sala de reuniones, la cantina. Desde hace dos años, lee mi blog y cada vez que escribo un artículo, al otro día, suele darme su impresión al respecto. A veces, sus opiniones son tan sabias y constructivas que me da muchísima rabia – y así se lo digo – que no las comente en el Rincón, para que todos los seguidores las lean. Hoy, hemos hablado sobre las relaciones entre clientelismo y corrupción. Según Antonio, la corrupción es una cuestión de "amiguismo" y "tentación". Amiguismo, porque se basa en informaciones y secretos. Y, como saben, los amigos y conocidos son, para cuestiones de este tipo, los mejores elegidos. Y tentación, porque sin anzuelo no hay pescado.  Antonio, me ponía el siguiente ejemplo para explicarme la relación que existe entre tentación y corrupción: "si a Manolo, un tío honrado – de esos que no beben, no fuman y no van de putas – durante una temporada decide salir de marcha con Ernesto, una oveja descarriada. El primer viernes, quizá no fumará un Nobel, ni beberá Gin Tonic. El segundo, probablemente le dará una calada al cigarrillo. El tercero, sustituirá la Coca Cola por el Ponche y, el cuarto; terminará fumando, bebiendo y, si te descuidas hasta se irá de putas". A mayor tiempo de exposición a la tentación – concluía Antonio -, mayor probabilidad existe de que el santo se corrompa.

El otro día, sin ir más lejos, Albert Rivera - líder de Ciudadanos – fue entrevistado por Ana Pastor en el Objetivo de la Sexta. Aunque no converja con sus ideas - por los tintes liberales de las mismas - me gustó algo que dijo acerca de la corrupción y el mal funcionamiento de las instituciones. Dijo que si él gobernara establecería, por un lado: una jerarquía salarial donde el Presidente de la nación ganara más que los autonómicos y; por otro lado: no permitiría que los alcaldes se autorregulasen sus sueldos, sino que estos estarían limitados por baremos salariales. Aunque los alcaldes, estimado Albert, se autorregularan sus sueldos y acercaran sus cifras a las penurias de la calle, lo cierto y verdad, es que mientras exista "amiguismo" y "tentación", lo que no entra por la delantera, lo hace por la trasera. Para ello, para frenar la pillería, sería conveniente limitar los mandatos. Con ello, estimados lectores, evitaríamos la presencia de alcaldes que han hecho de la política, la razón de su existencia. La han hecho, cierto, porque juraron su primer cargo con patillas y pelo largo. Y hoy, treinta años después, lo siguen jurando calvos y con barriga. Aunque no podemos decir, que todos los alcaldes "veteranos" tienen alto riesgo de corromperse; lo cierto y verdad, es que si aplicásemos la teoría de Antonio – mi compañero de instituto -, no hay nada como el tiempo, para que los formalismos se evaporen; los constructores se conviertan en amigos, los banqueros en colegas, y las concejalas en queridas.

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La destitución de Tomás Gómez ha sido un golpe bajo para las filas de Podemos


a destitución de Tomás mantiene enfrentados a los tigres de papel. Mientras los escribas de Caño – el director de El País – consideran que la decisión de Sánchez ha favorecido al Pesoe, las plumas de Casimiro analizan, en clave de derrota, el hundimiento del buque insignia madrileño. Es, precisamente, esta contradicción en la interpretación de la información entre unos y otros, la que invita a la crítica a reflexionar sobre el asunto.  Las razones de la destitución de Tomás – en palabras Pedro Sánchez – se deben, por un lado, a las presuntas irregularidades – denunciadas hace seis años por ABC – acerca de los sobrecostes en la construcción del tranvía de Parla y, por otro lado, a la baja expectación demoscópica, que producía su candidatura de cara a los próximos comicios autonómicos. No olvidemos que la destitución de Tomás se produce justo el día después de la entrevista que Sánchez concedió a informativos de Tele Cinco. En dicha entrevista, el líder socialista criticó la pasividad de Pablo Iglesias en el caso Monedero y dijo que si por él fuera ya lo hubiese destituido.

Gracias a la cabeza de Gómez, el líder socialista afianza – y en eso le doy la razón a El País – su liderazgo en los intramuros de Ferraz y pone contra las cuerdas a las filas de Podemos. No olvidemos, que el gesto de Sánchez – aunque haya provocado una crisis interna entre "Sanchistas" y “Tomasistas" – ha sido un golpe bajo para quienes critican los "garbanzos negros" de los otros, sin sacar los de su olla. Aparte de Tomás, el partido socialista tiene – como ustedes saben – más políticos cuestionados en el seno de sus filas. Tiene, como les digo, abierto el caso de los ERE en Andalucía. Un "marrón" donde, a día de hoy, nadie ha saltado de su silla, a pesar del ruido que se oye desde los tiempos de Griñán.

Así las cosas, por una cuestión de analogía e higiene democrática, el líder socialista debería cesar a quienes, como Gómez, están bajo sospecha en las tierras andaluzas. Acción, que si todos los secretarios generales – da igual del partido que sean – la llevaran a cabo, los ciudadanos cambiarían su actitud ante la "casta". Así las cosas, el sondeo que ha publicado hoy El País aprueba, por aplastante mayoría, el gesto de Sánchez. Lo aprueba, como les digo, porque sería incoherente que un país, como el nuestro, – cansado de la corruptelas palaciegas - viera, con malos ojos, que un jefe político apartara a las negras de su rebaño.

Tomás Gómez, como les dije en el párrafo primero, tampoco levantaba las pasiones esperadas de cara a los próximos comicios, segunda razón de que haya rodado su cabeza. Así las cosas, el Pesoe – en palabras de Pedro – no se puede permitir más derrotas en el feudo madrileño. No se lo puede permitir, como les digo, porque la equivocación del candidato haría que Esperaza Aguirre – la misma que abandonó el barco en plena travesía – volviera a coger los mandos de la nave a meses vista de las generales. La victoria en Andalucía – con Susana Díaz al frente – y la recuperación de Madrid – con un nuevo candidato, impoluto de sospechas – supondría un tanto para Pedro de cara a las nacionales. No olvidemos que, a día de hoy, el bastión de la izquierda – Podemos, Izquierda Unida y PSOE – carece de candidato y ello, como ustedes saben, favorece a la derecha. La elección de Gabilondo como sustituto de Gómez no sería, desde los ojos de la crítica, una opción inteligente. No lo sería, como les digo, porque el ex ministro de educación pertenece a los tiempos de Zapatero y, todo lo que suene a ZP es afín a Rubalcaba; luego es una derrota asegurada. Visto así, lo más verosímil sería un candidato de la cantera; alguien desconocido para los suyos, como lo era Pedro en su día, que le saque los dientes a los otros sin que nadie pueda señalarle con el dedo.

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Un partido sin ideología puede derivar en incertidumbre y miedo para miles de ciudadanos


i yo fuera Pedro Sánchez estaría preocupado. Lo estaría, como les digo, porque por primera vez en la historia de nuestra democracia, su partido – el partido socialista – ya no es, a efectos demoscópicos, el segundo de la parrilla. Como ustedes saben, el último barómetro del CIS sitúa a Podemos – la formación de Pablo Iglesias – como la segunda fuerza política en intención de voto, por detrás del Pepé.  En el supuesto de que hoy se celebraran elecciones generales, el partido socialista descendería un peldaño en el pódium acostumbrado y obtendría la medalla de bronce; la misma medalla que ha colgado del cuello de Izquierda Unida desde los tiempos felipistas. El Pepé, por su parte, ganaría las elecciones, cierto, pero perdería el cetro de la mayoría absoluta; lo que supondría que no gobernaría holgadamente como lo viene haciendo hasta ahora.  Ante este escenario postelectoral, Rajoy tendría dos alternativas: gobernar en minoría y establecer pactos puntales con los rojos del hemiciclo o, configurar un Gobierno de coalición, o dicho de otro modo, un "pacto antinatura" (PP-PSOE o PP-Podemos) para evitar mociones de censura o la exigencia de elecciones anticipadas. Si Pablo Iglesias cumple con su palabra – la de no pactar con el Pesoe y, muchísimo menos, con el Pepé -, el panorama que se vislumbra, el día después de la cita electoral, es un hemiciclo, a tres bandas, gobernado por la lista más votada, o sea por Mariano Rajoy. Algo que indignaría a una mayoría sociológicamente de izquierdas y desgastaría a la derecha por la dificultad para sacar adelante sus presupuestos ideológicos.

A once meses vista para los próximos comicios, Pablo Iglesias, todavía, puede desahuciar a don Mariano de los aposentos de La Moncloa. No olvidemos que con respecto al anterior barómetro del CIS, los "frikis de Arriola" (Podemos) han conseguido que muchos "saltimbanquis de Ferraz" – término utilizado por La Razón - se vistan de morado. Tanto es así, que el último sondeo de Metroscopia para El País (08/02/15)   declara a Podemos como ganador de las elecciones, seguido por el Pepé y Pesoe.  Así las cosas,  aunque Monedero no haya sido, supuestamente, " trigo limpio" en sus obligaciones con Hacienda y, Ernesto Errejón no haya cumplido – presuntamente – su contrato con la Universidad de Málaga, lo cierto y verdad, es que tales piedras en el camino no frenan el desalineamiento electoral que se avecina para los próximos comicios. Un desalineamiento del voto tradicional provocado, cierto, por el descontento civil con la gestión de la democracia, la pérdida de soberanía y el desmantelamiento de los derechos sociales.

Ser de Podemos - en palabras de Jacinto, el ex facha de mi pueblo – significa "ir en contra de todo aquello que huela a chamusquina en la cocina de los partidos". Es, precisamente, el hartazgo civil contra la "casta", el que explica por qué unos jóvenes, recién salidos del horno, han conseguido despertar en Hispania una "nueva mayoría". Una "nueva mayoría", como les digo, de votantes creyentes en partidos que les devuelvan la ilusión por la política. Partidos con capacidad para la consecución del poder, aunque después tengan serias dificultades para gestionarlo. No olvidemos que desde que Syriza - el Podemos griego – se hizo con el cetro, la huida de capitales está a la orden del día y, la financiación de sus medidas sigue siendo un misterio para los ojos de Merkel.

Si analizamos el discurso que Pablo Iglesias ofreció en la plaza Sol de Madrid; observamos los mismos tintes nacionales y populistas de los mensajes de Castro y Hugo Chávez en sus momentos de gloria. El discurso de Podemos estuvo inundado, como ustedes saben, de alusiones a la patria. La patria, estimados lectores,  como elemento de cohesión social para articular una "nueva mayoría" que aglutine en su seno a los cabreados de cualquier ideología; lo mismo que hizo Hitler cuando consiguió que miles de alemanes – azotados por la crisis – creyeran en sus palabras y percibieran la patria como la razón de su lucha. No quiero decir con ello que Podemos sea el preámbulo de un nuevo totalitarismo – ni muchísimo menos – lógicamente, las circunstancias históricas no son las mismas y sería un disparate pensar lo contrario; pero, lo cierto y verdad, es que un partido "sin ideología" – como se define Podemos – puede derivar en incertidumbre y miedo para miles de ciudadanos. Miles de ciudadanos, como les digo, que llegado el día de las urnas; decidan votar, de conformidad con el dicho: "más vale malo conocido que bueno por conocer". El miedo, por tanto, será el arma que, sin duda alguna, utilizarán los contrincantes de Podemos para paralizar a quienes, hoy por hoy, se muestran convencidos. Si yo fuera Sánchez armaría todo mi arsenal político contra los puntos débiles de Podemos. Puntos flacos, -como la falta de experiencia en tareas de gobierno o, la dificultad para sacar adelante sus promesas populistas en el seno de Europa -, que serían fortalecidos con medidas realistas para una España, que lo único que necesita es una opción política, alejada del extremismo neoliberal – las políticas llevadas a cabo por Rajoy – y de las fantasías de Podemos. Solamente así, mediante una opción socialdemócrata que defendiera la sostenibilidad económica, reduciríamos la desigualdad social – suscitada por la austeridad – y evitaríamos el desplome de los mercados. Si esa opción existiera, probablemente "los frikis" de Arriola no se comerían la merienda de los rojos tradicionales y, los "saltimbanquis" de Ferraz no se vestirían de morado

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Está claro, clarísimo, que regresamos a los tiempos de Franco, donde solamente podían estudiar "los hijos de"


omo os he comentado, en más de una ocasión, mis orígenes son humildes; tanto es así, que si no fuera por las becas del Estado, hoy, mi presente sería otro. Recuerdo que tras finalizar los exámenes de selectividad quise estudiar la carrera de psicología. Me atraía todo lo concerniente con dicha disciplina y, sobre todo, su aplicación práctica. Durante los años de instituto leí, por mi cuenta, las obras de Rogers y Piaget. También disfruté con la "Inteligencia Emocional" de Daniel Goleman y, "Luz Roja", un programa que presentaba la doctora Ochoa. En aquella etapa de mi vida, mis padres estaban arruinados. Acababan de cerrar el negocio y, tener a dos hijos estudiando, suponía un esfuerzo añadido para llegar a fin de mes. De tal modo que decidí estudiar Relaciones Laborales; una carrera corta que me permitía titular e independizarme en un horizonte temprano. Así las cosas, durante tres años obtuve becas del Ministerio que me permitieron pagar las matrículas y los desplazamientos al campus. Los veranos, trabajé como preparador de frutas y verduras en unos almacenes de Mercadona. Allí me cayeron las primeras gotas de sudor en la frente y, envidié a mis compañeros de instituto; que con menos nota que las mía, cursaban psicología en universidades privadas, gracias a las chequeras de sus "queridísimos" padres.

Tras diplomarme en Relaciones Laborales eché cientos de curriculums y acudí a un sinfín de entrevistas de trabajo. Eran tiempos difíciles para los recién titulados. España acaba de entrar en la burbuja del ladrillo y, como ustedes saben, ganaba más dinero el vecino del tercero, haciendo amasijos de cemento, que dos (o tres) licenciados juntos. La universidad era – en palabras de Alejandro, el barrendero de mi pueblo- una fábrica de parados y, aunque fuimos la generación mejor formada de toda la democracia, nuestros títulos eran papel mojado en las junglas del mercado. Recuerdo que en la universidad de Alicante había matriculados más de treinta mil estudiantes. Un exceso de mano de obra que terminó – la mayoría de las veces – reponiendo yogures en las baldas del Eroski. El descrédito social de la universidad hizo que, miles de estudiantes abandonaran los libros y se subieran al tren inmobiliario. Hoy, muchos ex estudiantes de aquellos maravillosos años – arrepentidos por bajarse del carro de los estudios – pasan por mis aulas en búsqueda de un título, que les abra las puertas que cerraron en su día. Alumnos, como les digo, provenientes de familias arruinadas – como lo estaba la mía – y con necesidad de que el Gobierno les facilite el camino. Un Gobierno que, en días como hoy, beneficia a los pudientes y pone zancadillas a "los de abajo" para que no salgan de sus jaulas plebeyas. Las mismas zancadillas que pusieron los nobles a los burgueses para perpetuar sus intereses de clase.

Después de varios años ejerciendo como docente, decidí matricularme en la UNED en el grado de Sociología. Esta disciplina me proporcionaba una visión más general del ser humano que la perspectiva psicológica. Así las cosas, con enorme sacrificio, fui pagando todas las matrículas. Tras graduarme en Sociología quise realizar un máster en Ciencias Políticas que ofertaba – y oferta – la Universidad de Murcia. Un sueño roto por no disponer de los dos mil quinientos que costaba la matrícula y no cumplir con el requisito de "nota mínima" para conseguir una beca. Por dos décimas tuve que abandonar, durante un año, el tren de los estudios y ahorrar el casi "medio kilo" que me costaba "el billete". Tras renunciar a muchos cafés en el Halley, conseguí, por fin, que en mi cuenta bancaria aparecieran los cuatro dígitos deseados. Paradojas de la vida, al final no me matriculé en el máster sino que lo hice en tercero de Ciencias Políticas. Una decisión equivocada; si ahora, por las ocurrencias de Wert, los grados de la UNED se acortasen en el tiempo, y valiese lo mismo – a efectos laborales – un politólogo de cuatro que uno de tres. Un sinsentido similar sucedería si, por hache o por be, una “maratón" fuera de cuarenta y dos kilómetros en Nueva York y de treinta y cinco en París; o que un partido de fútbol – por poner otro ejemplo – durase noventa minutos en Castellón y sesenta en Aranjuez. Sería injusto, como les digo, porque los atletas y futbolistas no competirían en igualdad de condiciones y, sin embargo, obtendrían los mismos méritos a efectos deportivos.

La extensión de los másteres a dos años – segunda ocurrencia de Wert - supondrá que miles de estudiantes abandonen sus estudios. Los abandonen, cierto, porque no olvidemos que en la Hispania de Rajoy, la mayoría de los ciudadanos son desempleados, mileuristas o pensionistas. Así las cosas, el hijo del operario que quiera cursar un máster para labrarse un porvenir, lo tendrá crudo si no obtiene el siete de nota mínima para la obtención de una beca. Lo tendrá crudo, queridísimos lectores, porque la realización del máster supondrá para las arcas familiares un cuarto – o un quinto – de los ingresos anuales. No olvidemos que tales estudios costarán alrededor de cuatro o cinco mil euros; una cifra insoportable para una familia con hijos, en la que solamente trabaje el padre y cobre catorce o quince mil euros al año. Mientras los hijos de los operarios tendrán que conformarse con ser  titulados de tres años, los hijos de los banqueros – aquellos que votan a Rajoy – cursarán másteres y jugaran con ventaja en la cancha del mercado. Es, precisamente, la ideología liberal – la ley del más fuerte, económicamente hablando - la que se esconde detrás de las ocurrencias de Wert. Llegados a este punto, cabe que nos preguntemos: ¿cuál será la siguiente medida? El bachillerato de pago, la privatización de los ciclos formativos, o tener el carné Pepé para no ser excluido del sistema educativo. Está claro, clarísimo, que regresamos a los tiempos de Franco, donde solamente podían estudiar los "hijos de"; aquellos que sus padres regalaban conejos y naranjas al director del colegio, para que su Manolito fuera alguien el día de mañana.

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Lo más importante de un Gobierno es que se hallen los mejores, con independencia de que lleven faldas o pantalones 


sta mañana, en la tertulia de radio nacional, Esther Esteban – periodista de El Mundo - ha tratado a Tsipras de machista por no contar en su Gobierno con ninguna mujer. Machista es aquel que defiende el machismo; que no es otra cosa – y cito la definición de la RAE – que "una actitud de prepotencia de los varones respecto de las mujeres". Lo cierto y verdad es que machismo e igualdad son dos conceptos muy relacionados. Mientras el hombre se ha desarrollado, durante siglos, gracias a la comodidad del patriarcado, la mujer, sin embargo, ha estado recluida en los intramuros de su casa. Tanto es así que hasta hace pocos años, su presencia era prácticamente nula en el mercado laboral y, sobre todo, en los sillones del poder. No olvidemos, que en pleno siglo XXI, la mujer es considerada como un colectivo protegido por el Derecho del Trabajo. Lo es porque a igualdad de condiciones, cobra menos que los hombres y tiene peores condiciones laborales. Así las cosas, aunque las condiciones de acceso al mercado laboral sean las mismas para ellos y ellas, lo cierto y verdad, es que una vez dentro de las empresas se produce discriminación por razón de sexo.

Llegados a este punto cabe que nos preguntemos: ¿es machista la actitud de Tsipras por no contar con ellas para la formación de su Gobierno? Desde un punto de vista legal no. No, como les digo, porque la elección de ministros es una potestad exclusiva del Presidente electo y está basada en criterios de competencia y confianza. Lo importante de un buen Gobierno no es si hay más o menos mujeres en su seno, sino que se hallen los mejores, con independencia de que lleven faldas o pantalones. Otra cosa, sin duda alguna, es la estética política. Desde el punto de vista estético, un Gobierno heterogéneo – sea de izquierdas o de derechas – goza de mayor aprobación social que un Consejo de Ministros sin voces femeninas.

No olvidemos que en la historia de nuestro país ha habido - y habrá - ministros y ministras nefastos por su gestión política; lleven la "M" o la "F" en sus carnés de identidad. Por ello, por esta simple razón, la decisión de Tsipras no es criticable desde las tribunas de la lógica sino desde los campanarios de la estética. Otra cosa es que un Gobierno sea mixto y ellos cobren más, y tengan mejores condiciones que ellas. Entonces, en ese supuesto, estaríamos ante un Ejecutivo "machista" de los pies a la cabeza. Así las cosas, llamar a Tsipras "machista" forma parte de la demagogia de algunos periodistas para ganarse el aplauso de la ignorancia.

En nuestro país, sin necesidad de viajar a Grecia, tenemos – como ustedes saben – más de un caso (y más de dos) de políticos machistas. Primer ejemplo, las declaraciones de Cañete a la señora Valenciano en vísperas de las pasadas elecciones europeas. Como saben, el ex ministro de agricultura dijo – cito textual – "el debate con una mujer es difícil. Si demuestras superioridad intelectual, es machista". Segundo ejemplo, los consejos de León de la Riva – alcalde de Valladolid – para evitar una violación. Según él, le da "cierto reparo entrar en un ascensor por si hay una chica con ganas de buscarte las vueltas, se arranca el sujetador o la falda y al salir de mismo grita que le han intentado agredir". Conclusión: para evitar ser denunciado por violación, nunca montes en un ascensor con una mujer. Son, precisamente, estas declaraciones y no la paridad de un Gobierno, las que invitan a la crítica a denunciar públicamente dónde empieza el machismo y acaba la demagogia. Si algún día, la composición de un Ejecutivo debiera regirse "ex lege" por criterios de sexo; entonces sería correcto etiquetar a Tsipras de machista. No olvidemos que sus primeras medidas han sido subir el Salario Mínimo a 751 euros y  luz gratis para 300.000 personas que no pueden permitírselo, y todo ello – estimados  lectores - sin tener en cuenta si sus receptores son hombres o mujeres.

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La caída libre del Pasok pone en evidencia el cáncer que sufre la socialdemocracia europea


a victoria de Syriza no ha caído bien a los escribas de la caverna. No ha caído bien, como les digo, por la carga editorial de sus portadas acerca de las elecciones helenas. Portadas subjetivas que ponen de manifiesto el periodismo de partidos que se cocina en los fogones conservadores. Con el titular: "Desgrecia, los helenos se lanzan al abismo populista", el diario de Marhuenda ha puesto a parir a los griegos porque han dicho "no" a las políticas merkelianas. Políticas, como les digo, que han desmantelado – como ustedes saben – el Estado del Bienestar y han aumentado la brecha económica entre nobles y plebeyos. Las mismas políticas – en palabras del borracho – que, día tras día, hace Rajoy, sin percatarse del coste social de las mismas, y sin escuchar el grito perenne de dos huelgas generales y cientos de mareas al unísono. Así las cosas, el titular de La Razón ha conectado con sus fieles de kiosco – los incondicionales del Pepé – pero, sin embargo, ha faltado el respeto a la democracia helena. Ha faltado el respeto, cierto, porque señalar de "desgrecia" (desgracia) el resultado de unas urnas no es digno de un periódico con "talante democrático". Por su parte, las plumas de Rubido – el director de ABC - tampoco han visto con buenos ojos la victoria de Syriza. No la han visto, cierto, porque para el monárquico de la mañana, el "populismo abre una etapa de incertidumbre en el conjunto de Europa". Y, por último, El País – el único diario que no ilustró su portada con la foto de Bárcenas a la salida de la cárcel – también ha vaticinado "un periodo de agitación para Europa", una prueba más de la derechización del buque insignia de Prisa desde que Caño lo dirige.

Aunque los medios citados, en el párrafo de arriba, hayan pintado la victoria de Syriza como algo malo para el futuro europeo; el resultado griego sirve de preámbulo para nuestros próximos comicios autonómicos y generales. Aunque Grecia no es España; lo cierto y verdad es que sendos territorios guardan grandes similitudes. Ambos Estados pertenecen a la Unión Europea; tienen el mismo jefe de filas – Merkel – y se rigen por las mismas directrices económicas – los dictámenes de la troika -. A sendos países les han aplicado durísimas políticas de recortes para no ser expulsados de Europa y, tanto España como Grecia han sido gobernados, durante los últimos dos años, por partidos neoliberales.

Partidos, sin escrúpulos, que han hecho todo lo posible por contentar a los mercados, sin preocuparse, lo más mínimo, por el sufrimiento de sus ciudadanos.Así las cosas, tanto allí – en Grecia – como aquí – en nuestra tierra – se han ido fraguando, en los últimos años, corrientes de indignación y desafección civil contra las políticas de austeridad llevadas a cabo por el neoliberalismo y la socialdemocracia.  No olvidemos que Zapatero, Venizelos y Hollande – todos socialistas – han sido títeres de Merkel. No han estado a la altura en la defensa de sus principios ideológicos en los despachos de Bruselas y, siempre se han escudado con el mantra "cumplimos órdenes de Europa" para quedar bien de cara a la galería.

Aunque Grecia no es España, lo cierto y verdad, es que guardan grandes similitudes

La caída libre del Pasok pone en evidencia el cáncer que sufre la socialdemocracia europea. Un cáncer – y perdonen por la metáfora – surgido por la ineptitud de los líderes socialistas para defender sus principios ideológicos en los aposentos de Europa. Es, precisamente, esta razón – y no otra – la que invita a "la izquierda moderada" a buscar otros líderes dentro de su espectro. Líderes capaces de sacarle los dientes a la Canciller y decirle a la cara: "basta ya, señora Merkel, de políticas austeras y de recortes sociales". Así las cosas, queridísimos lectores, por mucho que Sánchez no reconozca el paralelismo existente entre Grecia y España, salta a la vista como en sendos territorios, el partido más perjudicado ha sido, sin duda alguna, el partido socialista. Lo ha sido porque mientras la derecha europea ha perdido fuelle como consecuencia del desgaste; la socialdemocracia ha sido castigada por su propia militancia. Así las cosas, para que el partido socialista no sea devorado por los mordiscos de Podemos; es necesario que ponga sus ojos en Europa como la razón de su problema. Criticar a Europa, y pedir disculpas a su electorado por la "derechización" de Zapatero (decretazo del 2010), sería el primer paso para que el bastión socialista recupere su liderazgo. Sin criticar a Europa, Pedro Sánchez lo tiene crudo para ganar las elecciones. Lo tiene crudo, les decía, porque por mucho que señale a Rajoy por desmantelar el Estado del Bienestar, no olvidemos que fue ZP – el que se reúne con Podemos – quien comenzó la senda de los recortes. La misma senda que tanto gustaba a Samarás, y por la que los griegos no están dispuestos a pasar.

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