Lo más importante de un Gobierno es que se hallen los mejores, con independencia de que lleven faldas o pantalones 


sta mañana, en la tertulia de radio nacional, Esther Esteban – periodista de El Mundo - ha tratado a Tsipras de machista por no contar en su Gobierno con ninguna mujer. Machista es aquel que defiende el machismo; que no es otra cosa – y cito la definición de la RAE – que "una actitud de prepotencia de los varones respecto de las mujeres". Lo cierto y verdad es que machismo e igualdad son dos conceptos muy relacionados. Mientras el hombre se ha desarrollado, durante siglos, gracias a la comodidad del patriarcado, la mujer, sin embargo, ha estado recluida en los intramuros de su casa. Tanto es así que hasta hace pocos años, su presencia era prácticamente nula en el mercado laboral y, sobre todo, en los sillones del poder. No olvidemos, que en pleno siglo XXI, la mujer es considerada como un colectivo protegido por el Derecho del Trabajo. Lo es porque a igualdad de condiciones, cobra menos que los hombres y tiene peores condiciones laborales. Así las cosas, aunque las condiciones de acceso al mercado laboral sean las mismas para ellos y ellas, lo cierto y verdad, es que una vez dentro de las empresas se produce discriminación por razón de sexo.

Llegados a este punto cabe que nos preguntemos: ¿es machista la actitud de Tsipras por no contar con ellas para la formación de su Gobierno? Desde un punto de vista legal no. No, como les digo, porque la elección de ministros es una potestad exclusiva del Presidente electo y está basada en criterios de competencia y confianza. Lo importante de un buen Gobierno no es si hay más o menos mujeres en su seno, sino que se hallen los mejores, con independencia de que lleven faldas o pantalones. Otra cosa, sin duda alguna, es la estética política. Desde el punto de vista estético, un Gobierno heterogéneo – sea de izquierdas o de derechas – goza de mayor aprobación social que un Consejo de Ministros sin voces femeninas.

No olvidemos que en la historia de nuestro país han habido - y habrán – ministros y ministras nefastos por su gestión política; lleven la "M" o la "F" en sus carnés de identidad. Por ello, por esta simple razón, la decisión de Tsipras no es criticable desde las tribunas de la lógica sino desde los campanarios de la estética. Otra cosa es que un Gobierno sea mixto y ellos cobren más, y tengan mejores condiciones que ellas. Entonces, en ese supuesto, estaríamos ante un Ejecutivo "machista" de los pies a la cabeza. Así las cosas, llamar a Tsipras "machista" forma parte de la demagogia de algunos periodistas para ganarse el aplauso de la ignorancia.

En nuestro país, sin necesidad de viajar a Grecia, tenemos – como ustedes saben – más de un caso (y más de dos) de políticos machistas. Primer ejemplo, las declaraciones de Cañete a la señora Valenciano en vísperas de las pasadas elecciones europeas. Como saben, el ex ministro de agricultura dijo – cito textual – "el debate con una mujer es difícil. Si demuestras superioridad intelectual, es machista". Segundo ejemplo, los consejos de León de la Riva – alcalde de Valladolid – para evitar una violación. Según él, le da "cierto reparo entrar en un ascensor por si hay una chica con ganas de buscarte las vueltas, se arranca el sujetador o la falda y al salir de mismo grita que le han intentado agredir". Conclusión: para evitar ser denunciado por violación, nunca montes en un ascensor con una mujer. Son, precisamente, estas declaraciones y no la paridad de un Gobierno, las que invitan a la crítica a denunciar públicamente dónde empieza el machismo y acaba la demagogia. Si algún día, la composición de un Ejecutivo debiera regirse "ex lege" por criterios de sexo; entonces sería correcto etiquetar a Tsipras de machista. No olvidemos que sus primeras medidas han sido subir el Salario Mínimo a 751 euros y  luz gratis para 300.000 personas que no pueden permitírselo, y todo ello – estimados  lectores - sin tener en cuenta si sus receptores son hombres o mujeres.

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La caída libre del Pasok pone en evidencia el cáncer que sufre la socialdemocracia europea


a victoria de Syriza no ha caído bien a los escribas de la caverna. No ha caído bien, como les digo, por la carga editorial de sus portadas acerca de las elecciones helenas. Portadas subjetivas que ponen de manifiesto el periodismo de partidos que se cocina en los fogones conservadores. Con el titular: "Desgrecia, los helenos se lanzan al abismo populista", el diario de Marhuenda ha puesto a parir a los griegos porque han dicho "no" a las políticas merkelianas. Políticas, como les digo, que han desmantelado – como ustedes saben – el Estado del Bienestar y han aumentado la brecha económica entre nobles y plebeyos. Las mismas políticas – en palabras del borracho – que, día tras día, hace Rajoy, sin percatarse del coste social de las mismas, y sin escuchar el grito perenne de dos huelgas generales y cientos de mareas al unísono. Así las cosas, el titular de La Razón ha conectado con sus fieles de kiosco – los incondicionales del Pepé – pero, sin embargo, ha faltado el respeto a la democracia helena. Ha faltado el respeto, cierto, porque señalar de "desgrecia" (desgracia) el resultado de unas urnas no es digno de un periódico con "talante democrático". Por su parte, las plumas de Rubido – el director de ABC - tampoco han visto con buenos ojos la victoria de Syriza. No la han visto, cierto, porque para el monárquico de la mañana, el "populismo abre una etapa de incertidumbre en el conjunto de Europa". Y, por último, El País – el único diario que no ilustró su portada con la foto de Bárcenas a la salida de la cárcel – también ha vaticinado "un periodo de agitación para Europa", una prueba más de la derechización del buque insignia de Prisa desde que Caño lo dirige.

Aunque los medios citados, en el párrafo de arriba, hayan pintado la victoria de Syriza como algo malo para el futuro europeo; el resultado griego sirve de preámbulo para nuestros próximos comicios autonómicos y generales. Aunque Grecia no es España; lo cierto y verdad es que sendos territorios guardan grandes similitudes. Ambos Estados pertenecen a la Unión Europea; tienen el mismo jefe de filas – Merkel – y se rigen por las mismas directrices económicas – los dictámenes de la troika -. A sendos países les han aplicado durísimas políticas de recortes para no ser expulsados de Europa y, tanto España como Grecia han sido gobernados, durante los últimos dos años, por partidos neoliberales.

Partidos, sin escrúpulos, que han hecho todo lo posible por contentar a los mercados, sin preocuparse, lo más mínimo, por el sufrimiento de sus ciudadanos.Así las cosas, tanto allí – en Grecia – como aquí – en nuestra tierra – se han ido fraguando, en los últimos años, corrientes de indignación y desafección civil contra las políticas de austeridad llevadas a cabo por el neoliberalismo y la socialdemocracia.  No olvidemos que Zapatero, Venizelos y Hollande – todos socialistas – han sido títeres de Merkel. No han estado a la altura en la defensa de sus principios ideológicos en los despachos de Bruselas y, siempre se han escudado con el mantra "cumplimos órdenes de Europa" para quedar bien de cara a la galería.

Aunque Grecia no es España, lo cierto y verdad, es que guardan grandes similitudes

La caída libre del Pasok pone en evidencia el cáncer que sufre la socialdemocracia europea. Un cáncer – y perdonen por la metáfora – surgido por la ineptitud de los líderes socialistas para defender sus principios ideológicos en los aposentos de Europa. Es, precisamente, esta razón – y no otra – la que invita a "la izquierda moderada" a buscar otros líderes dentro de su espectro. Líderes capaces de sacarle los dientes a la Canciller y decirle a la cara: "basta ya, señora Merkel, de políticas austeras y de recortes sociales". Así las cosas, queridísimos lectores, por mucho que Sánchez no reconozca el paralelismo existente entre Grecia y España, salta a la vista como en sendos territorios, el partido más perjudicado ha sido, sin duda alguna, el partido socialista. Lo ha sido porque mientras la derecha europea ha perdido fuelle como consecuencia del desgaste; la socialdemocracia ha sido castigada por su propia militancia. Así las cosas, para que el partido socialista no sea devorado por los mordiscos de Podemos; es necesario que ponga sus ojos en Europa como la razón de su problema. Criticar a Europa, y pedir disculpas a su electorado por la "derechización" de Zapatero (decretazo del 2010), sería el primer paso para que el bastión socialista recupere su liderazgo. Sin criticar a Europa, Pedro Sánchez lo tiene crudo para ganar las elecciones. Lo tiene crudo, les decía, porque por mucho que señale a Rajoy por desmantelar el Estado del Bienestar, no olvidemos que fue ZP – el que se reúne con Podemos – quien comenzó la senda de los recortes. La misma senda que tanto gustaba a Samarás, y por la que los griegos no están dispuestos a pasar.

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El Halley era el vivo retrato de la cultura de bares que inundó a la Hispania de Galdós


ace dos meses cerraron el Halley, una antigua cafetería ubicada a las afueras de mi pueblo. Durante nueve años, mi mujer y yo hemos tomado café allí; ella con sacarina – qué conste en acta – y yo siempre con azúcar. Todos los días, a eso de las tres y media de la tarde, después de dejar a Laura en el colegio, corríamos como galgos a inyectarnos nuestra dosis de sosiego. Era, sin lugar a dudas, el mejor momento del día; nos servía para desconectar del ruido laboral y avivar, con los troncos del diálogo, las brasas del ayer. En el Halley fue donde nos conocimos y, la verdad sea dicha, desde que lo cerraron estamos melancólicos y desorientados; no sabemos a dónde ir. No lo sabemos, como les digo, porque cuando llegamos a un sitio nuevo nos miran como si fuéramos bárbaros en tierra de romanos. Tenemos la misma sensación que sentían los hombres del pasado cuando eran desterrados; la misma que probablemente sintiera el Cid en las tierras de Granada o Unamuno en los bares de París. El Halley era como el riñón de nuestro cuerpo; un órgano que nos depuraba las toxinas e impedía que las palabras sonaran al revés.

En el Halley, los curas bebían carajillos y los albañiles copas de Ponche; copas combinadas con piropos obscenos a las rubias de la barra que se dejaban querer. Las máquinas tragaperras secaban, un mes sí y otro también, el sudor de José cuando llegaba “San Pagarín". La música de Joaquín endulzaba el sabor amargo del Gin Tonic que beben los fracasados para olvidar las mentiras de sus mujeres, el mismo sabor que sienten los parados del Inem cuando el espejo les recuerda que son un cadáver laboral. Andrés, un facha del treinta y seis, siempre me decía que el Halley era como un puticlub. Lo decía por la forma octogonal de la barra y los tubos de su rótulo. Solo le faltaba para ser un local de alterne – en palabras del viejo Andrés – "un par de fulanas bien pechugonas con olor a Chanel". A Andrés le perdían las mujeres. Desde que enviudó se convirtió en un cliente asiduo de viajes a Benidorm. Viajes, como les digo, en búsqueda de viudas hambrientas de señores encorbatados. Hombres que les dijeran al oído lo que querían oír. La última vez que vi a Andrés fue en una esquela pegada en la fachada del Halley. El “ratón" se lo llevó, “ese maldito cabrón", como él solía decir. Andrés decía que todos los políticos eran un hatajo de "sinvergüenzas" y que en la España del orden – la de Franco – se vivía mejor que en la pocilga del ahora. 

Los viernes por la tarde, el Halley se transformaba. Las feas del fondo acudían maquilladas como si fueran a posar para un cuadro de Velazquez. De vez en cuando quedaban con hombres de pelo blanco y dientes amarillos; de esos que fuman Ducados; beben coñac y juegan al billar. En los taburetes de la barra solían sentarse Alberto y Tomás; dos señores educados, banqueros de profesión, que acostumbraban a leer Información, el periódico local. Junto a ellos solía tomar café Manuel, un futbolero que estaba más enamorado de Messi que de su mujer. En la barra también estaban los típicos hombres solitarios como Javier; señores de aspecto desaliñado, rostro pálido y caminar lento, como si llevaran dos grilletes atados a sus pies. La barra del Halley contrastaba con los sillones acolchados situados al lado de sus grandes ventanales. Sillones grises y negros donde las parejitas jóvenes, y no tan jóvenes, flirteaban hasta altas horas de la madrugada. Con el tiempo, los sillones fueron sustituidos por sillas de madera. Dicen las malas lenguas que lo fueron para espantar a quienes solo iban al Halley a meter mano a sus novias a cambio de un par de cafés; un negocio muy poco rentable para el dueño del local. Desde que pusieron las sillas, el local fue de capa caída. También es verdad, que con los sillones había mucho ruido y pocas nueces. 

Las máquinas tragaperras secaban el sudor de José cuando llegaba "San Pagarín"

El Halley era el vivo retrato de la cultura de bares que inundó a la Hispania de Galdós; una cultura de líderes fracasados y bebedores de Gin Tonic al calor del taburete. Antonio – un cliente asiduo del local – recuerdo que movía lentamente la espuma de la taza con la cucharilla del café. Desde hace dos años estaba en paro y vivía con la ayuda familiar. A pesar de ello, me contaba, que en las pasadas elecciones votó al Pepé. Lo votó porque cayó en la misma trampa que cayeron millones de ingenuos como él. Ingenuos que creyeron las palabras de Rajoy. Hoy, Antonio se lamenta de haber traicionado a sus principios ideológicos y de haber contribuido al desplome del Estado del Bienestar. Ayer, por cierto, lo vi mientras iba a Mercadona. Hablamos sobre el cierre del Halley y del día en que mi coche se lo llevó la grúa y creíamos que lo habían robado. También hablamos, largo y tendido, sobre la salida de Bárcenas de la cárcel; del encuentro de Zapatero con los líderes de Podemos y, del anticipo electoral en Cataluña. Llegamos a la conclusión de que este país se parece, cada vez más, a la España de Torrente; un país donde los presos llevan corbata y los libres grilletes. 

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La escritura se ha convertido en un prostíbulo barato entre escritores y editores, donde solo triunfan quienes salen en la tele


n los últimos meses, como sabéis, he escrito varios artículos autobiográficos. Relatos como: "los brotes del Alzheimer", "árboles doblados" y "gafas rotas" son, entre otros,  historias reales que, de una u otra manera, han condicionado el curso de mi sino. Aunque estos escritos los llame "autobiográficos" porque están redactados en primera persona, lo cierto y verdad, es que detrás de cualquier producto literario reside la huella biográfica de su autor, aunque éste se esconda entre los interlineados de su obra. Muchos profesores de lengua y literatura – de esos que saben mucho de teoría pero muy poco de la praxis (de la escritura) – suelen pasar de puntillas por la vida de los autores. Desde que estudiaba en el instituto, recuerdo que siempre fui muy crítico con esta dejadez docente; práctica que hoy, veinte años después, la sigo observando en algunos de mis compañeros de batalla. Cuando analizamos un escrito – ya sea un libro de ficción o un ensayo de política – aparte de desglosar sus ideas principales y secundarias; temática y contextualización histórica, es necesario conocer de cerca a su autor para una comprensión exhaustiva de su obra. Las "Nanas de la cebolla" de Miguel Hernández no rimarían igual sin la sombra de los barrotes. Algo parecido ocurre con pintores como Goya o músicos como Beethoven; artistas de carne y hueso, como nosotros, que a lo largo de sus vidas sintieron la necesidad de escribir, pintar o componer y, gracias a ello, han pasado al diálogo presente. Hoy, como les digo, sus mensajes son un puente entre sus sendas y las nuestras. A pesar de que algunas formas lingüísticas no sean las mismas y los teclados hayan sustituido a las plumas de Cervantes, lo cierto y verdad, es que nuestro carácter "chismoso y envidioso" sigue siendo el mismo en las páginas del Buscón que en los textos de Reverte. Seguimos con los mismos conflictos de clase que tanto denunció Marx en el Capital y, si me apuran, les diré, que tenemos la misma maldad que retrató Hobbes en su obra, Leviatán. 

El otro día, sin ir más lejos, conversé con Alberto – un viejo compañero de trabajo – acerca de educación y literatura. Hablamos sobre el maltrato que está sufriendo la lengua española por el uso de los móviles, tabletas y toda la parafernalia de "las nuevas tecnologías de la información y comunicación", por parte de los jóvenes. Tan grave es el problema, me decía, que la mayoría de sus alumnos han reducido sus lecturas a "los monosílabos" y "palabras mal escritas" que reciben por "wasaps". Así las cosas, "la lectura de mala calidad" se ha convertido en un hábito social que empobrece el gusto por las letras de los tiempos de Quevedo. Sin una masa lectora exigente en el horizonte, el oficio de la escritura enfermará por no resultar rentable a la industria de la cultura. No olvidemos que el 35 por ciento de los encuestados, según el último barómetro del CIS, no lee nunca o casi nunca. Sin lectores, la Hispania de Rajoy se convertirá, con el paso de los años, en un país de ciudadanos alienados por los discursos del poder. Es, precisamente, esta razón, y no otra, la que enciende la luz roja de la crítica e invita a la intelectualidad a buscar soluciones al problema. Para ello, es necesario que nos preguntemos: ¿por qué no lee la gente? Según los encuestados, el hábito de leer ha sido sustituido por otras alternativas de entretenimiento, tales como cine, televisión, música, videojuegos, botellones y un sinfín de razones que invitan al sujeto a prescindir de lo aburrido, la lectura. Sin tales alternativas, la caída de lectores no sería la misma. Renunciar al progreso y a las nuevas formas de entretenimiento sería, por tanto, la solución para encender las luces del siglo XVIII. Ahora bien esta solución, como ustedes comprobarán, es una utopía.

Es una utopía, como les digo, porque el progreso es imparable y, por mucho que queramos volver al siglo de las letras, el nuestro es el de las pantallas. Luego tendremos que buscar la fórmula para que leer se convierta en una necesidad para el crecimiento personal y no en algo aburrido, al servicio de los raros.

Esta semana, a pesar de la crisis lectora que atraviesa el país, El Rincón de la Crítica ha cumplido cuatro años. Cada día se crean en el mundo miles de blogs; pero son, la verdad sea dicha, muy pocos los que resisten la erosión del tiempo. No la resisten, como les digo, porque un blog necesita mucha perseverancia y paciencia hasta que se recogen sus primeros frutos, una audiencia mínima exigible. Una bitácora, y lo he dicho en más de una ocasión, es como una planta a la que tienes que regar todos los días si no quieres que se muera. Sin mi pasión por la escritura, hoy, probablemente, este blog sería un cadáver del olvido. Como ustedes saben, el Rincón no es un documento "populista". No tiene una línea editorial definida. Y no la tiene, cierto, porque yo no escribo para los otros, sino como un ejercicio de salud mental para amueblar mis pensamientos; sin preocuparme, lo más mínimo, por si los artículos reciben más o menos "me gusta" en Facebook, o si son “Treding Topic" en los mentideros de Twitter. Si quisiera que el Rincón fuera un blog de renombre, solo tendría que escribir para un público definido, como lo hacen los redactores de Marhuenda o los escribas de Rubido. Escribir para los otros implicaría convertirme en un Pablo Iglesias de la literatura que junta palabras con las ilusiones de la gente. Es, por ello, por lo que algunos periódicos se niegan a publicar mis tribunas de opinión. Se niegan porque no están acostumbrados a que sus páginas sean manchadas por el ácido de la crítica. Una crítica libre, plural e independiente; que lo único que busca es repensar el presente sin las mordazas de la censura, siempre desde el respeto y la asertividad del relato. Aunque el Rincón sea un blog incómodo, lo cierto y verdad, es que la mayoría de sus seguidores – sociólogos, politólogos, escritores, profesores, entre otros – son lectores exigentes. Lectores, como les digo, cansados del modelo periodístico europeo y en búsqueda constante de lecturas selectivas.

En más de una ocasión he reivindicado la escritura como asignatura obligatoria en enseñanza secundaria. Escribir – en palabras del filósofo – es algo más que juntar palabras en la frialdad del pergamino. Los libros son la suma de millones de miradas acerca de una misma realidad. Es, precisamente, la forma de mirar, la que diferencia los textos de Galdós de los escritos de Rosalía; la que diferencia, cierto, a la España de ABC de la Hispania republicana y, la que nos separa entre Sanchos del Pesoe y Quijotes de Podemos. Mientras todos los que juntan palabras "ven", solamente los escritores "miran". Mientras "ver" es un ejercicio de contemplación y gusto por el paisaje, "mirar" es una tarea de reflexión y crítica con lo visto. Así las cosas, "mirar" se convierte en una búsqueda de metáforas entre las malezas de los árboles, y "ver" es un oficio de budistas en búsqueda de silencio. Es por ello que; los escritores de pedigrí – aquellos que buscan la verdad en medio de la hipocresía – son quienes fracasan en la industria de la cultura. Fracasan, como les digo, porque todo lo que huela a independiente – cine, música y literatura – no es bienvenido en las junglas del mercado. Así las cosas, la escritura se convierte en un prostíbulo barato, entre escritores y editores, donde solo triunfan quienes salen en la tele. Según mis críticos, "El pensamiento atrapado" - mi libro - no es un libro populista. No lo es, cierto, porque no salgo en la tele ni hago presentaciones y, no lo es porque en sus páginas busqué la verdad en medio de la hipocresía. Ojalá lo hubiese escrito en los tiempos de Quevedo.

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La siembra de miedos y temores hacia nuevos recortes; será la tecla que deberá tocar Sánchez, si quiere que los verdugos regresen a su nido


udwig von Bertalanffy – biólogo austriaco – creó, a mediados del siglo XX, la Teoría General de Sistemas. Según su teoría, existen distintas entidades que comparten propiedades comunes. Tanto los coches como las personas – valga el ejemplo – comparten la entropía, que no es otra cosa que la tendencia al desgaste, al envejecimiento. Antes de que Ludwig creara su teoría, Auguste Comte y Herbert Spencer – sociólogos del siglo XIX – acuñaron la "metáfora organicista"; una precursora de la Teoría de Sistemas – como diríamos hoy, si Ludwig nos oyera -, para explicar la analogía existente entre sociedad y biología. Para estos sociólogos, tanto la sociedad como los humanos son entes que tienden hacia la homeóstasis, o lo que es lo mismo, al equilibrio entre sus partes y de éstas con el exterior. El cuerpo humano, por ejemplo, a través de su termorregulador interno mantiene su temperatura en equilibrio entre 36 y 36,5 grados centígrados a lo largo de su vida. Lo mismo ocurre con las sociedades; tienen ordenamientos jurídicos – sistemas linfáticos – para regular la convivencia interna y, ejércitos – anticuerpos – para protegerse de las amenazas externas – virus en los humanos-. Tanto nosotros (los átomos sociales) como las sociedades (las partículas) – siguiendo con la metáfora de Spencer – tenemos memoria. Memoria, les decía, para recordar quiénes somos y de dónde venimos. Memoria, cierto, para justificar nuestro presente con los mimbres del pasado y, memoria – y perdonen por la redundancia – para perpetuar, a través del diálogo intergeneracional, "el ahora" que vivimos. Sin memoria -en palabras del enfermo – seríamos como una brújula rota en medio del desierto. Como ustedes saben, tenemos dos tipos de memoria: una de corto alcance y otra de largo recorrido. Esta última – la memoria de largo alcance – se construye mediante repeticiones en la mente y del impacto de las emociones sobre las percepciones. 

Los publicistas conocen, como la palma de sus manos, los engranajes de la memoria. Tanto es así, que cuando desean que el mensaje de un anuncio publicitario perdure en el ideario colectivo, lo repiten un día sí y otro también hasta que éste es ubicado en las vitrinas del recuerdo. Así las cosas, estribillos como "¡soy de la Mutua!"; "¡qué listo es!" o "son veintiún euros: veinte por el décimo y uno por el café" han entrado, a base de repeticiones, en la memoria social de largo alcance. En política, aunque ustedes no lo crean, sucede algo parecido. Mientras la misión de la oposición consiste en recordar a los ciudadanos los puntos débiles del elegido; sus torpezas y deslices, la misión del Gobierno, por su parte, consiste en repetir, erre que erre, sus fortalezas para que éstas perduren en la mente colectiva. Para ello, para conseguir tales cometidos, los medios de comunicación juegan un papel esencial en este "chiringuito".  

Así las cosas existe un conflicto de intereses políticos y mediáticos por liderar el monopolio de la memoria social y dirigir al "rebaño" (a nosotros: los tontos, los idiotas). En días como hoy, el Partido Popular ya ha puesto en marcha las turbinas de la memoria. Las ha puesto, les decía, para que sus "peones del recuerdo" – los medios conservadores- trabajen duro para borrar, de las mentes actuales, la "España de los recortes"; antes de que se aproximen las elecciones generales. Para ello, para borrar de un plumazo el estigma de los recortes, los politólogos de Génova trabajan, de sol a sol, para vender a los medios el "España va bien" de los tiempos aznarianos. Un mensaje, les decía, que beneficia al "Mercado de Valores" y mantiene contentos a los mecenas de la prensa; factor imprescindible para resucitar de su letargo al cuarto bastón democrático.

El Partido Popular ya ha puesto en marcha las turbinas de la memoria para borrar de la mente colectiva "la España de los recortes"

Mientras el Pepé lucha por construir el muro del olvido en el ideario colectivo, el partido socialista, por su parte, mantiene sus sables bien altos, para que entre luz en las vitrinas del recuerdo. Es, precisamente, esta batalla entre la construcción del olvido y su correlato derribo, la que mantendrá ocupados a los soldados del discurso hasta el día de las urnas. Para ello, para ganar la batalla, los obreros del derribo utilizarán los martillos del miedo. Los utilizarán, les decía, para mantener despiertos a quienes corran el riesgo de caer en el olvido: los que han encontrado trabajo en los últimos meses, gracias a "la reforma de Báñez". Para ello, para evitar la amnesia colectiva, es necesario que vuelvan los dóberman de Felipe. Los mismos canes del pasado, pero con distinto collar, que consiguieron sembrar el miedo a millones de pensionistas para alejarlos del Partido Popular. La siembra de miedos y temores hacia nuevos recortes será, sin duda alguna, la tecla que deberá tocar Pedro Sánchez - o quien sea "la cabeza de cartel" para los próximos comicios -; si quiere, que los verdugos de su partido regresen a su nido. Solamente así, insuflando desconfianza social, el líder socialista evitará que ganen aquellos que gobernaron sin programa y de espaldas a la gente. Podemos, por su parte, lo tiene muy fácil en esta partida. Aprovechará el desliz de Rodríguez Zapatero – su famoso "decretazo" de mayo del 2010 – para que en la memoria electoral se articule la ecuación: partido socialista igual a partido popular. Ecuación inteligente, como les decía, para evitar que los refugiados del Pepé – los huidos de Zapatero – regresen a Ferraz. Así las cosas, las heridas del ayer servirán al recién llegado – Pablo Iglesias – para alimentar los miedos a quienes temen a los socialistas, por si hacen políticas neoliberales, y a quienes temen a Rajoy, por si vuelve a "mojar" el papel de su programa. No olvidemos que Podemos es el único de los tres partidos que no tiene pasado político. El único, por tanto, que no esconderá el polvo que aflora en las vitrinas del recuerdo y, el únco que no caerá en el ¡y tú más!" acostumbrado. Atentos.

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El liderazgo del Pontífice se basa en cuatro mimbres fundamentales: coherencia, valentía, autocrítica y mediación


ientras todos los líderes de la Cámara Baja suspendieron en el último barómetro del CIS, el Papa, sin embargo, fue proclamado como "el hombre más valorado" del pasado año. Es, precisamente, este contraste entre los suspensos del hemiciclo y el sobresaliente de Francisco, el que invita a la crítica a reflexionar sobre el asunto. Para ello, para saber qué se esconde detrás del éxito del Pontífice; analizaremos, en primer lugar, su estilo de liderazgo. A continuación trazaremos los rasgos distintivos de nuestros líderes políticos y veremos, en cada uno de ellos, la distancia que los separa de los mimbres de Bergoglio. No olvidemos que este análisis no es un trabajo de investigación académica, faltaría más, sino una aproximación antropológica a la diversidad de liderazgos, dentro de los límites de un artículo periodístico.

El liderazgo del Pontífice se basa en cuatro mimbres fundamentales: coherencia, valentía, autocrítica y mediación. El primero – la coherencia – queda patente en la correlación existente entre sus dichos y hechos. Desde que acarició el cetro de las sotanas, el Papa supo que existía un abismo entre la Iglesia pobre – la de puertas hacia afuera – y la rica – la de puertas hacia adentro-. De cara a la galería, todos los Papas anteriores han hablado de las miserias del cuerno africano pero, sin embargo, han vivido como marqueses a las sombras del Vaticano. Para romper esa lanza de incoherencia e hipocresía, Francisco ha renunciado a los lujos de la Curia; se ha hospedado en un piso de "mala muerte" y ha prescindido de todo aquello que oliese a quilates y mariscadas. El segundo mimbre: valentía. Mientras otros Papas han viajado en Papamóvil cubierto, el presente lo hace sin escudo; a pesar del atentado que sufrió, en su día, Józef Wojtyla. Bergoglio, como les digo, hace cosas atrevidas: como viajar a Jordania o ponerse a rezar en la Explanada de las Mezquitas. El tercer mimbre de su liderazgo: autocrítica. Francisco no es un Papa dócil, ni muchísimo menos. Dice lo que piensa acerca de las miserias de la Iglesia; a pesar de que le lluevan los enemigos en el seno del Vaticano. Y por último, el cuarto mimbre de su secreto: mediación. Francisco es un hombre de acción, a diferencia de Benedicto que lo era de reflexión. Un hombre, que desde las telas de su sotana ha conseguido que Barack y Raúl emprendan la senda del diálogo, tras cuarenta años de guerra fría entre yanquis y cubanos.

Rajoy está a años luz de los cuatro mimbres básicos del liderazgo de Bergoglio. En primer lugar, don Mariano carece de coherencia. Desde que llegó a La Moncloa no ha cumplido "ni una sola vocal" de su programa electoral. Prometió bajar los impuestos y los subió a la primera de cambio. Prometió políticas sociales y destruyó el Estado del Bienestar. Prometió empleo de calidad y nos trajo precariedad. Y así, estimados lectores, un sinfín de incoherencias entre sus dichos y hechos actuales. Rajoy, como ustedes saben, tampoco es un hombre valiente. Un presidente valiente no se esconde detrás de ridículos plasmas para evitar ser preguntado. Don Mariano no es un hombre valiente, como les digo, porque solamente "da la cara" cuando sale el sol y se esconde, como las hormigas, durante los días de tormenta.

Don Mariano no hace autocrítica en el seno de su partido. Se pone de perfil – en palabras de Gabriela – cuando le preguntan acerca de la corrupción manifiesta en el seno de su partido. Y, por último, nuestro presidente no es un hombre de Estado. No lo es, como les digo, porque no escucha el grito de las pancartas y, ni siquiera ha estado a la altura en la gestión del Ébola y la cuestión catalana . Luego, es normal, que su estilo del liderazgo sea valorado con 2,31 puntos en el último barómetro.

Pedro Sánchez, por su parte, tampoco sale bien agraciado en el sondeo mencionado. No sale bien agraciado, como les digo, porque su estilo de liderazgo no cumple con algunos de los cuatro mimbres básicos del secreto de Bergoglio. Dicen las malas lenguas de Ferraz que: "el líder socialista no es un hombre coherente". Dijo que nunca coquetearía con la casa de Génova y hoy, cinco meses más tarde al frente de la rosa, se rumorea que mantiene conversaciones con Cospedal para tejer una posible alianza postelectoral entre "sanchistas" y "marianistas". A diferencia de Rajoy, Pedro sí es un hombre valiente. Aparte de escalar el peñón de Ifach y colgarse con Calleja a setenta metros de altura, "el ahijado de Susana" es un político valiente porque se enfrenta a la gente tanto en días soleados como en los grises parisinos. A Pedro le falta – dicen sus detractores – ser más autocrítico con las siglas de su partido; reconocer que el PSOE se ha quedado sin discurso desde la irrupción de Podemos y, aceptar que su "cara bonita" no es condición suficiente para ganar las elecciones. Y, por último, a Sánchez le falta ser más hombre de Estado que estandarte de partido. Un hombre de Estado, como les digo, que le hable a la gente en lugar de a los suyos y, que se convierta en el mediador que necesita la izquierda para consolidar el pluralismo. Por todo ello, el líder de la oposición no ha pasado de 3,85 puntos en el último barómetro. Tanto es así, que desde entonces, Susana Díaz – su madrina política – ha insinuado, en más de una ocasión, que no descarta presentar su candidatura a las próximas generales.

El barómetro del CIS solamente recoge la valoración de los líderes del Congreso, luego la valoración de Pablo Iglesias tendrá que esperar hasta que su partido ostente, algún día, representación parlamentaria. Aún así, sin la nota mediante acerca de su liderazgo, analizamos su estilo con los mimbres de Bergoglio (coherencia, valentía, autocrítica y moderación). En primer lugar, el líder de la coleta tampoco es un hombre coherente. No lo es, cierto, porque desde que fue votado en las pasadas europeas ha ido cambiando, a su antojo, las vocales de su discurso. Pablo Iglesias tampoco es un líder valiente. Si lo fuera – en palabras del bombero - hubiese acudido al programa de Barneda para responder abiertamente acerca del caso Errejón, y los supuestos cobros en "B" procedentes de la Tuerka. Aunque Pablo ha sido crítico con los platos elaborados en la cocina de su partido, lo cierto y verdad, es que le falta el distintivo de la "mediación", el último mimbre de Bergoglio. A día de hoy, el líder de Podemos no está por la labor de tender puentes postelectorales al principal bastión de la izquierda, el partido socialista. No lo está, como les digo, porque ello supondría  fusionarse con la casta. Llegados a este punto, si alguien me preguntara por mi valoración acerca del liderazgo de Pablo Iglesias, le diría que no se merece el aprobado. No se lo merece porque, a día de hoy, con los mimbres de Bergoglio por en medio, el líder de la coleta carece de coherencia, valentía y disponibilidad para el consenso.

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Las motos de alta cilindrada contrastaban con el olor a cocido que desprendían las casas de puertas para adentro


ace trece años, recién acabada la diplomatura en Relaciones Laborales, Alberto – el cuñado de Gregorio – trabajó como agente censal para el Instituto Nacional de Estadística. A partir de ahí supo que se había equivocado de carrera. Lo suyo no eran las leyes y el cálculo de nóminas sino las encuestas y el trato con la gente. Tanto es así, que años más tarde estudió en la UNED y se graduó en Sociología. Como agente censal se dedicó a realizar entrevistas para la elaboración del Censo de Población y Viviendas del año 2001. Le tocaron dos barrios antagónicos: el primero, periférico y marginal; el segundo, céntrico y señorial. El cuestionario censal indagaba sobre el nivel sociocultural de las familias y las condiciones higiénicas de las viviendas. Dentro del cuestionario había alguna que otra pregunta comprometida, que versaba sobre ingresos familiares y temas similares. Aunque su trabajo solo consistía en realizar las preguntas y cumplimentar las casillas; la primera impresión era esencial para que la entrevista transcurriera de la forma deseada. Si no había conexión en los primeros cinco segundos del encuentro, o dicho de otro modo, si la persona entrevistada no se mostraba receptiva para contestar a las preguntas, el "interrogatorio" se convertía en un "combate medieval" entre dos desconocidos. No olvidemos, que por mucha credencial que tuviera Alberto como agente censal; cualquier aspecto de su peinado, cara o vestimenta, se podía convertir en un obstáculo para que el otro – el entrevistado – respondiera con franqueza a las preguntas del cuestionario. 

En el primer barrio – el periférico y marginal – abundaban las casas antiguas y deterioradas; la mayoría con bragas, calcetines y calzoncillos tendidos en las sogas de los balcones. En las esquinas era normal ver a señores mayores; enlutados hasta el cuello, con sombrero, bastón y adictos al Ducados. Las motos de alta cilindrada contrastaban con el olor a cocido que desprendían las casas de puertas para adentro. Me cuenta Alberto, que en las aceras había latas de cervezas vacías e impregnadas de ceniza. Durante el mes que anduvo por aquellas callejuelas, un perro viejo le seguía por todos los rincones. Un perro pulgoso – como diría la gente con dinero – que se alimentaba de las sobras que le dejaban las señoras de la la calle. Los lunes por la mañana, todavía estaban llenos los contenedores de basura. El camión solo pasaba los martes y jueves, por las dificultades que tenía para acceder a tales callejones. A pesar de tanta miseria, la gente lo trató con muchísima cortesía. Tanto es así, que cuando terminaba de censar a alguien, la misma entrevistada o entrevistado le acompañaba hasta la casa del vecino, para que no tuviera que pasar por los filtros del prejuicio. Alberto también censó a muchísimas familias gitanas. En la mayoría de viviendas, los colchones estaban por los suelos; los techos sin escayola; los aseos sin váteres, y las habitaciones sin puertas. La última casa que censó estaba habitada por quince personas – abuelos, padres, hijos, nietos, novias de nietos, sobrinos, cuñados, primos y bisabuelos -. Lo más increíble de todo esto, es que ninguno de los quince censados trabajaba. Nadie supuestamente tenía ingresos, a pesar de tener los Audis y Mercedes aparcados encima de la acera.

Aunque en el cuestionario no había preguntas de política, muchos gitanos le contaron – al cuñado de Gregorio – que el señor alcalde les había prometido ayudas y arreglos en sus calles, siempre y cuando votasen por la gaviota. A pesar de tanta miseria, la gente de ese barrio gozaba de buena salud; los hombres eran fuertes y morenos; las mujeres, altas y esbeltas con cabellos negros y rizados.

En el segundo barrio – el céntrico y señorial – abundaban las casas modernas. Todas con las puertas cerradas a cal y canto, e incluso con cámaras de videovigilancia en los portales. En las calles abundaban los coches de alta gama, los escaparates de Lacoste, las oficinas del Santander y los restaurantes Michelín. Por las aceras, las sesentonas paseaban con sus abrigos de visón, como si fueran actrices recién sacadas de la serie Falcon Crest. Mientras en el barrio marginal, las vecinas – con batas, pijamas y zapatillas de estar por casa – saludaban a Alberto por la calle e incluso lo invitaban a café; en éste, sin embargo, si podían le doblaban la cabeza cuando se cruzaban con él. La mayoría de esa gente no quería que nadie las entrevistara. No les gustaba que alguien "inferior a ellas" se sentara en sus sillones y contemplase sus jarrones. No olvidemos que la gente de dinero está acostumbrada a mandar y, por tanto, les sentaba como una patada en el culo que un "don nadie" de la calle les tosiera en su salón. Tanto es así, que varias familias no consintieron contestar al cuestionario, sin que antes lo leyera su abogado. Otras, sin embargo, eran receptivas hasta que comenzaban las preguntas comprometidas. Ante tales preguntas, mostraban sus miedos y temores a confesar lo que ganaban, por si Hacienda se enteraba y les amonestaba. En sentido metafórico: mientras en el barrio pobre, la gente se desnudaba y mostraba sus vergüenzas ante cualquier desconocido, en éste – el barrio rico – los vecinos se cubrían con el escudo para que nadie les hiriera. En este barrio, a pesar de haber tanto dinero, los hombres eran mórbidos – con barrigas como flanes – y rostros pálidos como los retratos de Velazquez. 

El otro día, sin ir más lejos, me acordé de Alberto. Me acordé de él por una noticia que publicó El País acerca de los efectos del dinero. Con el titular: "Así será la vida de los que ganen el Gordo de la lotería de Navidad", el redactor – Miguel Ángel Criado – hacía alusión a un estudio sociológico, realizado por la London School of Economics. Según el estudio, las personas agraciadas por la lotería se vuelven más conservadoras y gozan de peor salud física. El estudio – celebrado en Inglaterra – demostraba que hasta el 12% de los afortunados, que solían votar al partido laborista, se volvieron conservadores en las siguientes elecciones. En resumen, la gente que tiene dinero – en nuestro caso, el barrio pudiente – es afín a la derecha y los pobres – los que menos tienen, los del barrio marginal – a la izquierda. Es más hay un dicho popular – no sé si ustedes lo habrán oído – que dice así: "no hay nada más tonto que un obrero de derechas". El otro día, sin ir más lejos, una señora – de las altas esferas de mi pueblo – me decía, que su hijo – de seis años – a menudo estaba resfriado; a pesar de llevarlo al colegio con bufanda, guantes y chaquetón de Domínguez. Y, sin embargo, los niños del calvario – el barrio que censó Alberto -, andaban por las calles con camisetas de tirantes y nunca se resfriaban. ¿No será por qué son pobres?, le contesté.

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