Sobre encuestas y Podemos

Tras el fracaso de Podemos con respecto al esperado "sorpasso", muchos lectores del Rincón me han preguntado acerca de lo acontecido. Querían saber: ¿Por qué no se ha producido el eclipse del morado, si todas las encuestas vaticinaban lo contrario? La sociología, queridísimos lectores, no es una ciencia exacta. No lo es, porque su objeto de estudio – el comportamiento humano en sociedad – es inexacto. No olvidemos que las personas, aunque sean racionales como los números, no son al cien por cien predecibles. Es precisamente este margen de error – la imperfección de los mortales -, el que explica: "por qué, en ocasiones, existen incoherencias entre los dichos y los hechos". Incoherencias, como les digo, que cuestionan las profesionalidad de los sociólogos; tal y como ha hecho el líder de Podemos.

Noelle Neumann, una politóloga de las tripas alemanas, instauró en los foros académicos el concepto: "la espiral del silencio". Según esta pensadora, las sociedades modernas se comportan como "borregas" ante las informaciones mediáticas. Los medios crean climas de opinión – favorables o desfavorables – hacia ciertos temas de actualidad. Una vez instaurada la tendencia mediática, las personas díscolas con la misma callan como tumbas ante el rechazo social que su crítica suscita. Los "Mass Media", por su parte, incrustan en la sociedad mensajes derivados de los partidos políticos. Mensajes, en su mayoría, afines a sus líneas editoriales. Así las cosas, los críticos se convierten en seres incómodos para el sistema. Seres, como les digo, que en muchas ocasiones; prefieren "hacerse el muerto" que nadar contracorriente.

En las elecciones del año 1993, los medios de comunicación – afines a la derecha – insertaron en el ideario colectivo la ecuación: "corrupción igual al partido socialista". Esta ecuación, como recordarán, activó la "espiral del silencio" que les comentaba más arriba. Ser socialista, en la España de los Roldanes, Veras y Barrionuevos, implicaba ser cómplice de las corruptelas del momento. Así las cosas, muchos felipistas prefirieron "callar o mentir de cara a las encuestas" que manifestar su ideología. En las elecciones del 26-J ha ocurrido algo parecido a las urnas de los noventa. Los medios de comunicación – afines a Podemos – han sido los principales causantes del "fracaso de las encuestas". Lo han sido, queridísimos lectores, porque han vendido tanto el "sorpasso" de Podemos, que han activado – intencionalmente o no – la espiral del silencio. Una espiral que ha servido para que un millón y pico de votantes hayan sido infieles a lo dicho en las encuestas.

Tercera vuelta

Hoy, tras conocerse el resultado electoral, muchos periodistas han criticado la ineficacia de las encuestas. Algunos tertulianos han dicho, entre otras cosas, que "los sondeos demoscópicos fallan más que una escopeta de feria". Y otros, por su parte, han tildado a los sociólogos de "Rappeles sin futuro". El frenazo del "sorpasso" – y aquí es donde entra mi análisis político – no ha sido mérito del partido socialista. No lo ha sido, queridísimos lectores, porque las filas de Sánchez han perdido cinco escaños con respecto al 20D. Tanto es así que el PSOE ha obtenido el peor resultado de su historia. Una debacle en toda regla que pone en jaque el liderazgo de Pedro; aunque las circunstancias postelectorales le otorguen la llave de La Moncloa y algunos aplaudan su derrota.

¿Por qué ha ganado el PP las elecciones? El mérito de Rajoy lo tienen Pedro Sánchez y Albert Rivera. Lo tienen ellos porque – tal y como denuncié en los pergaminos de este blog – el acuerdo entre Ciudadanos y PSOE fue la crónica de una muerte anunciada. Así las cosas, los escaños perdidos por sendos partidos han emigrado al Partido Popular. La "nueva derecha" ha abandonado la copia en búsqueda del original. La ha abandonado, como les digo, tras el desencanto con su líder por su pacto con los socialistas. Por su parte, la izquierda de Rajoy – aquellos millones de votantes centristas que castigaron a ZP – han regresado a Génova, tras "el pacto a ninguna parte" de su líder con Rivera. Así las cosas, gracias al voto útil; y gracias a "un acuerdo sin sentido", el PP – un partido manchado por la corrupción y el desgaste del gobierno – ha ganado la liga. La ha ganado, vuelvo a repetir, por los goles que en su día se metieron rojos y naranjas en su misma portería.

Unidos Podemos no ganan ni pierden escaños con respecto al 20D. Pierden, eso sí, 1.142.000 votos y el desengaño con respecto a las encuestas. Unas encuestas que no tuvieron en cuenta el efecto Brexit y que, probablemente, sea el principal indicador que explique el sesgo demoscópico. La caída histórica del Ibex 35 y la incertidumbre española sobre el sino de los británicos fueron, sin duda alguna, argumentos de peso que jugaron en contra de la oferta populista. El miedo a un referéndum en Cataluña con consecuencias similares al Reino Unido hizo que, probablemente, miles de votantes, afines a la izquierda, optasen por la playa. No olvidemos que la abstención del 26J ha sido la más alta en la historia de la democracia. Una abstención como signo de protesta ante la incapacidad de los elegidos en formar un gobierno estable.

Escaño arriba, escaño abajo estamos en el kilómetro cero de hace seis meses. Estamos, como digo, con las mismas líneas rojas; líderes y programas. Un panorama desolador tras las primeras manifestaciones emitidas por quienes tienen la llave de La Moncloa. Como saben, el PSOE ha dicho que votará en contra de Rajoy y que no se abstendrá ante una hipotética sesión de investidura. Ciudadanos, por su parte, han manifestado que no apoyarán ningún gobierno presidido por Mariano Rajoy. Y Unidos Podemos descarta cualquier pacto con Rivera. El partido socialista, aparte de seguir en el "no es no, señor Rajoy", no está por la labor de pactar con Iglesias. Así las cosas, aunque el PP haya sacado tajada del "pacto idiota" entre socialistas y Ciudadanos, lo cierto y verdad, es que la aritmética electoral es la misma que hace seis meses. Un escenario similar que probablemente desemboque en nuevas elecciones. Ojalá me equivoque.

El voto ambiguo

El PSOE corre el riesgo de convertirse – tal y como anuncian las encuestas – en un cadáver político a partir del 26J. Si se cumpliera la maldición, Podemos – o sea la "nueva socialdemocracia" – ocuparía el liderazgo de la izquierda. Aunque parezca mentira, el partido del "puño y la rosa" no ha levantado cabeza desde la caída de Rubalcaba. Los socialistas están a punto de convertirse en un partido residual, tal y como lo fueron Izquierda Unida en la segunda legislatura de Zapatero, y el CDS al final de los ochenta. El giro a la derecha ejecutado por ZP, la aparición de Podemos y el intento fallido de Sánchez en el debate de investidura son, entre otras, las principales razones que explican la enfermedad que padece el Titanic de la izquierda.

El otro día, sin ir más lejos, un lector de las tripas gallegas me preguntaba cuál era sociológicamente el retrato robot del votante socialista. El PSOE – le contesté – representa el voto ambiguo de la izquierda. Entiéndase como tal, a la masa de votantes que tienen claro a quiénes nunca votarían. Dentro de este espectro, de aristas imprecisas, se hallan en primer lugar, los votantes que defendiendo la unidad de España; no se sienten identificados con el PP ni Ciudadanos. Son – los podríamos etiquetar – como "los constitucionalistas de Sánchez"; votantes unitarios, de izquierdas y recelosos de Podemos. En segundo lugar tendríamos los votantes moderados. Votantes, como les digo, a favor de una gran coalición a la alemana y defensores, por tanto, de la estabilidad por encima de las ideologías. En tercer lugar, tendríamos "los incondicionales", aquellos votantes de corazón – normalmente mayores de sesenta años – que votan sí o sí a su partido. Y, por último, tendríamos a "los nostálgicos", votantes afines al ala radical del PSOE; defensores del felipismo y zapaterismo. Votantes indecisos entre el rojo y el morado.

Tanto Podemos como Ciudadanos – los nuevos de la parrilla – conocen de sobra el retrato robot del partido socialista. Por ello, queridísimos lectores, buscan a toda costa pescar en los mares revueltos de Sánchez. Mientras Pablo Iglesias intenta que muerdan su cebo "los nostálgicos", el ala radical del PSOE; Albert Rivera, por su parte, espera a que su anzuelo sea mordido por los "constitucionalistas de Sánchez" y "los moderados" (los defensores de la gran coalición a la alemana). Ante este mar impetuoso de bárbaros y piratas; el discurso ambiguo de Sánchez se presenta como la opción menos mala. La menos mala, como les digo, para salvar los muebles el día de las urnas. Aunque Pedro haya callado como una tumba: "dónde desembocarán sus votos el lunes que viene"; lo cierto y verdad es que si lo dijera sería su suicidio electoral. Lo sería, queridísimos lectores, porque entonces se activaría el voto útil hacia las fuerzas emergentes. Un voto que tiraría por la borda, los logros históricos del partido socialista.

Crítica a la opinión dada

Como saben, Rosa María Artal – autora de El Periscopio, un blog de opinión similar al mío – ha sido fichada por Podemos para su lista por Zaragoza. Desde que comunicó la noticia, la verdad sea dicha, casi no sigo sus escritos. No los sigo, queridísimos lectores, porque pienso que un periodista – en este caso una periodista -, por deontología profesional, no debería meterse en política mientras ejerce su profesión. Aunque cada uno es libre de tomar sus decisiones y hacer con su vida lo que le venga en gana – faltaría más -, hay profesiones que por incompatibilidad natural no deberían ejercerse juntas. El oficio de periodista consiste en informar de forma imparcial y veraz acerca de las historias relevantes y de interés social que suceden a su alrededor. Es precisamente esa imparcialidad, la que se pone en solfa cuando la pluma del escriba se nutre de tinteros ideológicos.

Aparte de no seguir con alegría a Rosa María – a pesar de todos mis respetos y admiración por su trayectoria profesional -, tampoco suelo leer el diario Público. No lo leo, queridísimos lectores, porque en dicha cabecera sucede lo contrario que en El Periscopio. Allí algunos políticos se convierten en pseudoperiodistas. Juan Carlos Monedero – para no ir más lejos – escribe: "comiendo tierra", un blog de crítica política alojado en Público. A través de su blog, el político de Podemos difunde sus ideas; vende su libro: "Curso urgente de política para gente decente" y, para postre enlaza la bitácora con sus redes sociales. La ubicación de Monedero en el escaparate mediático supone un privilegio para su partido y, al mismo tiempo, un agravio comparativo para el resto de políticos; que por respeto al periodismo – o por falta de oportunismo – prescinden de tales espacios. Tampoco suelo leer El Plural de Sopena. No lo suelo leer – a pesar de que colaboré con ellos y nunca censuraron mis escritos – porque: entre sus columnistas y analistas también figuran nombres afines a partidos políticos; algo con lo que no estoy de acuerdo y denuncio en este artículo.

La opinión de un periódico, queridísimos lectores, debería ser un espacio liderado por intelectuales. Entiéndase por intelectuales a personas procedentes del mundo académico y científico. Personas con capacidad para crear una opinión informada sin los sesgos ideológicos criticados. Resulta inadmisible que políticos de renombre, diputados, alcaldes, concejales y algún que otro expresidentes del Gobierno; influyan en la opinión pública mediante el poder de sus columnas. La opinión de un periódico – lo he dicho en más de una ocasión – no debería ser un espacio blindado a las firmas de siempre. El fin de las firmas supondría un avance para la higiene democrática y la transformación del modelo periodístico. Es necesario; tejer una opinión emitida por voces impolutas de contaminación política. Voces críticas e incómodas para el sistema, que miren desde la cumbre y cuenten a la gente lo se cuece en la copa de los árboles.

Rajoy como problema

Después de cuatro años de mayoría absoluta, Rajoy ha hecho santo a Zapatero. Lo ha hecho un santo, como les digo, porque estamos igual o peor que hace cuatro años. Tenemos un déficit por encima del 5%, una deuda superior al 100% y un paro galopante del 20%. Aparte de estas cifras desastrosas, la brecha entre los de arriba y los de abajo ha crecido de forma desmesurada. Rajoy, el profeta que prometió el "España va bien" de los tiempos aznarianos, ha desaprovechado el cetro de la mayoría. Don Mariano ha gobernado para los suyos: las camisas y las corbatas. Rajoy ha olvidado que en el cheque de sus votantes se hallaba la firma de millones de proletarios procedentes de la izquierda; una izquierda rota por la nefasta gestión de Zapatero en sus últimos seis meses de gobierno. Don Mariano pasará a la historia por las ruedas de prensa sin preguntas, el emplasmamiento, la Lomce, la ley mordaza, el papel mojado de su programa, la dimisión de Ana Mato, el desmantelamiento del Estado del Bienestar y el caso Bárcenas.  

El presidente en funciones, aparte de su pésima gestión en La Moncloa, tampoco ha estado a la altura durante esta minilegislatura. En primer lugar, don Mariano le hizo el feo a S.M. cuando éste lo nombró candidato para liderar el debate de investidura. Ni siquiera intento formar gobierno, a pesar de contar con la lista más votada. Le pasó, como saben, la "patata caliente" al delfín socialista. Rajoy esperó como los lagartos en el lago a que Sánchez fracasara en su intento de formar una gran coalición o un gobierno a la valenciana. Durante los últimos cinco meses, España ha perdido visibilidad en el escenario internacional; Rajoy, como recordaran, no acudió al foro antiyihadista convocado por Obama. Y Rajoy, y perdonen por la redundancia, ha pasado de puntillas por el problema que se le avecina a España ante la probable salida del Reino Unido de Europa. Así las cosas, durante esta minilegislatura, Rajoy no ha hecho nada; o como dicen los valencianos "res de res" por apartar los muebles de la quema.

En días como hoy, queridísimos lectores, el presidente carece de liderazgo. En primer lugar,  ha sido cuestionado por Aznar; el señor que lo convirtió en su vasallo. En segundo lugar; ha perdido el rodillo de la mayoría: cincuenta escaños menos en  el hemiciclo. En tercer lugar, "la herencia recibida" y la "culpa fue de ZP" ya no le sirven para disimular su ineficiencia. Y, en cuarto lugar, don Mariano no ha dejado las cuentas saneadas sino unos números rojos; semejantes a los que dejó el socialista en su último semestre. Así las cosas, el Pepé tiene un problema muy serio de liderazgo. El partido de la gaviota no puede contentarse con ganar las elecciones. No puede contentarse, estimados lectores, porque las reglas del juego establecen más de 175 escaños para poder gobernar sin necesidad de pactos y alianzas. Si el PP sacara peor resultado que el pasado 20-D – algo muy probable – Rajoy debería recoger sus bártulos e irse de La Moncloa. Los debería recoger porque muy probablemente Sánchez le dirá, otra vez, aquello de: "no es no, señor Rajoy". Se lo dirá  – por segunda vez – cuando este se acerque a su comida.

Salvar a Sánchez

El otro día Pedro Sánchez perdió una oportunidad de oro en el debate electoral. La perdió, estimados lectores, porque no supo vender un mensaje realista para atraer a los indecisos. Aunque el líder socialista se visualizara como el futuro ganador de las próximas elecciones; lo cierto y verdad es que los hechos atisban para otro lado. A día de hoy, con el pluralismo consolidado, no habrá ningún partido que empuñe el cetro de la mayoría absoluta. Todos, lo quieran o no, tendrán que pactar sí o sí, si desean gobernar. Si no lo hicieran – algo nefasto para el país – habría tercera vuelta de cara a diciembre. Tendríamos, por tanto, otra minilegislatura de parálisis legal, crispación política y desconcierto económico; un año – señoras y señores – de gobierno en funciones e indignación civil. Para evitar este escenario, los partidos tendrían que apartar las ambiciones personales de sus líderes y velar – de una vez por todas – por los intereses del Estado. Para ello sería preciso volver a la cultura de pactos; destensar las líneas rojas y afrontar con responsabilidad la voluntad ciudadana.

¿Por qué Pedro no estuvo acertado en el debate? Sánchez se equivocó porque pasó de puntillas por el escenario postelectoral. Se aferró a su utopía – "¡me presento para ganar las elecciones!" – y no quiso pronunciarse sobre: qué hará con los votos de su partido el día después de las elecciones. No dijo si esos votos desembocarán en la derecha – Pepé y Ciudadanos – o si barrerán hacia la "nueva socialdemocracia" (Unidos-Podemos). Es precisamente esta imprecisión en el discurso de Pedro, la que invita a que el "sorpasso" se haga realidad. La principal torpeza del socialista – tal y como comenté en otro artículo – fue pactar con Ciudadanos a cambio de la nada. Pactó con quienes él mismo definió como la "nueva derecha". Acto seguido – como recordarán – consultó a la militancia. La consultó para evitar que la responsabilidad de su decisión cayera toda sobre sus hombros. Aún así, la militancia respaldo el "baile con la fea". Un baile que le costará caro el día de las urnas.

Sánchez, sin quererlo ni beberlo, se ha metido en la boca del lobo. Ya no inspira confianza entre los suyos, porque ni ellos saben a qué juega su líder cuando se acerca a Ciudadanos. En días como hoy, el líder socialista carece de fuerza moral para reivindicar el voto del corazón; el voto ideológico de los tiempos de Felipe. Carece de fuerza, estimados lectores, porque él no utilizó el suyo – su corazón – cuando pacto con Ciudadanos. Se olvidó, por un instante, que su casa era la socialdemocracia; el Estado del Bienestar, el intervencionismo y la masa mileurista. Su ambición por el sillón le impidió ver más allá de La Moncloa. Así las cosas, el partido socialista se ha quedado solo en medio del guateque. La fea se ha cansado de bailar con el guapo y ahora, anda libre por en medio de la pista en busca de otro que le susurre "te quiero".

Como dice el dicho popular: "cada uno recoge lo que siembra". Por mucho que el líder socialista defienda ahora la "socialdemocracia"; pasará algún tiempo para que su discurso sea creíble y la aguas vuelvan a su cauce. Mientras tanto, lo mejor que puede hacer es pronunciarse, de una vez por todas, sobre: qué hará con los votos socialistas el día después de las urnas. Debe decirlo, cuanto antes, porque si no lo hace, la izquierda volátil votará a Unidos-Podemos como una apuesta útil ante la indeterminación socialista. Luego, es necesario que Sánchez diga en campaña electoral que "no entregará sus votos ni a Rajoy ni a Rivera". Que diga que se equivocó; que no volverá a bailar con la fea y que defienda hasta la saciedad; que "hará todo lo posible por construir un gobierno de izquierda que ponga fin a la derecha". Mientras no lo haga, el "sorpasso" está asegurado. La vergüenza que se avecina en los portales de Ferraz, si Sánchez no cambia el discurso, será más grande que el derrumbe de Rubalcaba o el varapalo de Almunia. Esperemos que Pedro sea listo y se salve de la quema.

El debate, luces y sombras

Ayer, durante el debate electoral escribí este tuit: "Viendo el #DebateAcuatro pienso que tenemos a Rajoy en funciones para rato". La impresión que tuve es que parecía que estaba ante una copia barata de Dr. Jekyll and Mr. Hyde. Por un lado, la Hispania estadística e idílica de Rajoy y por otro, la España decadente, ética y moral de la izquierda. Don Mariano, como vieron, vendió experiencia y eficiencia. Se apoyó en una amalgama de datos macroeconómicos para legitimar su producto, y venció – según la mayoría de rotatorios – durante el primer tiempo del debate. Sin embargo, la corrupción fue el punto débil del veterano. Un punto débil que fue optimizado por el líder de Ciudadanos. Albert Rivera sacó los dientes al Presidente. Habló de la corrupción sistémica y cuestionó la independencia judicial, un terreno pantanoso que tensó su excelente intervención.

La estrategia de Podemos estuvo clara desde el comienzo del debate. Su misión no era otra que liderar el frente popular y ningunear al candidato socialista. Así las cosas, Pablo Iglesias se centró en Pedro Sánchez; le tendió la mano para demostrar a los españoles quién parte el bacalao en la izquierda. Sin embargo, el líder del morado cayó en la torpeza de acusar al PSOE de corrupto y, al mismo tiempo, quererlo como socio. Cayó, como les digo, en el mismo error que en la pasada sesión de investidura; cuando – sin venir a cuento – habló de los GAL y la "cal viva", el pasado rancio del partido socialista. Pedro Sánchez, sin embargo, no estuvo a la altura de las críticas. Fue, precisamente, Albert Rivera, quien le dijo las cuatro verdades al líder de Podemos; las mismas que no supo decirle el líder socialista. Por su parte, Rajoy ayudó – al menos eso parecía – a Pedro Sánchez. Lo ayudó porque apenas se dirigió a Iglesias; el líder de la izquierda según las encuestas.

En cuanto a la realización del debate, la Academia no obtuvo la nota deseada. Comenzó con diez minutos de retraso, algo inadmisible en cualquier país serio de Europa. No faltaron los imprevistos del directo, la rotura de un foco y el fallo de los micrófonos. Y, para más inri, Vicente Vallés barrió para Podemos. Barrió para Pablo – queridísimos lectores – porque no le cortó cuando éste interrumpía al líder socialista. Un gesto que reforzó la estrategia de Iglesias de proclamarse como representante de la "nueva socialdemocracia". Pedro Piqueras tampoco estuvo a altura, su presencia fue invisible a lo largo del debate, casi no intervino en la moderación y cuando lo hizo fue a base de "preguntas predecibles". El escenario, por su parte, recordaba a "La Clave", un programa de los años setenta moderado por Balbín. Tampoco, valga la crítica, fue de recibo que el debate acabara a las doce y media, una hora tardía para quienes al otro día madrugan y llevan a sus niños al colegio.

Tras visionar el debate, corroboré el tuit que transcribí en el párrafo primero. Lo único que cambió anoche fue la figura de Soraya Sáenz de Santamaría por la de Mariano Rajoy. Todo lo demás seguía igual que hace cinco meses. No se habló de cambio climático, modelo educativo, maltrato animal y un sinfín de temas que preocupan a los españoles. Los mismos líderes y programas para un país cabreado, ante la incapacidad de los cuatro para llegar a un pacto de gobierno. Lo que en principio fue un cúmulo de reproches de Ciudadanos, Podemos y PSOE contra Rajoy; terminó siendo una batalla campal de todos contra todos. Una batalla de mercadillo, queridísimos lectores, que pone en duda el compromiso de pacto postelectoral que todos hicieron al inicio del debate. Un compromiso que se convierte en agua de borrajas mientras continúen las líneas rojas que todos conocemos.

El efecto Brexit

El otro día, un periodista de las tripas británicas me pedía la opinión acerca del "Brexit", la salida del Reino Unido de la Unión Europea. Como sabéis, los que me leéis a menudo, no me gustan algunas cosas de aquello que en su día parecía una buena idea. Para empezar, en el interlineado del Tratado de Lisboa encontramos un cuerpo dentro de otro, como si de una matrioska se tratara. Por un lado están los ricos – los países del Norte: Luxemburgo, Holanda, Dinamarca, Finlandia y Alemania…-. Por otro, los pobres – los del Sur: España, Italia, Marta y Portugal; entre otros-. Existen, como les digo, dos velocidades dentro del mismo motor, que impiden mover el carro por las sendas pedregosas. Esta desigualdad hace que los periféricos – los pobres – viajen con la lengua fuera, y los otros – los ricos – gocen de los privilegios de turistas de primera.

La UE es una casa inacabada. A pesar de que se haya construido la integración económica y social; todavía falta la política y militar. La moneda única es condición necesaria pero no suficiente para que el chiringuito funcione. En el año 1991 – como recordarán – Mark Eyskens, entonces ministro belga de exteriores, comparó a Europa con “un gigante económico, un enano político y un gusano militar”. En días como hoy, tras más de veinte años de aquellas palabras, la UE sigue débil en los pilares aludidos. Seguimos en el kilómetro cero de los años noventa; sin una Constitución Europea – tras el intento fallido del 2004 – y, sin un ejército único que plante cara a las amenazas presentes. Así las cosas, la UE se convierte en un puzzle defectuoso donde algunas piezas encajan y otras desencajan. Desencajan por su asimetría con el resto; por la aspereza de sus cantos y por la incapacidad de algunos para acoplarlas al mosaico.

El Brexit implicaría la vuelta al proteccionismo de los tiempos preeuropeos. Tiempos, como les digo, donde los Estados gozaban de más autonomía. Tiempos donde tomaban sus decisiones sin necesidad de pasar por las directrices supranacionales. Y tiempos, y perdonen por la redundancia, donde cada uno era libre de apretar el botón del dinero y devaluar su moneda. El Brexit supondría – y esto sería lo negativo – una pérdida de competitividad internacional. El Reino Unido actuaría como "un actor económico de segunda" ante una jungla de gigantes. Las exportaciones a la UE se verían agravadas por altos aranceles y las importaciones pasarían por el control del Estado, en perjuicio del mercado. Si el Reino Unido saliese de Europa y consiguiera sobrevivir más allá de sus murallas; el efecto contagio estaría asegurado. Grexit, Portuguexit y Españexit serían – muy probablemente- los siguientes de la cola en querer abandonar la utopía.

Cebos mediáticos

Lo que más me molesta de Podemos – decía el otro día Gregorio – es su afán de protagonismo. Primero fue el regalo a S.M. de la serie "Juego de tronos". Segundo, "la teta de Bescansa" amamantando a su criatura en las filas del hemiciclo. Tercero, el beso de Pablo a Xavier Domènech. Y ahora, para más inri, el programa electoral en formato de catálogo Ikea. Lo más gracioso de todo esto, queridísimos lectores, es que los medios muerden el cebo de Podemos. Lo muerden, como les digo, porque otorgan prioridad al contexto por encima de los hechos. Un contexto de tintes amarillos y maquiavélicos, cuya única pretensión es hacerse notar en la parrilla televisiva. Así las cosas, un día sí y otro también, Podemos se convierte en noticia por salirse del guión acostumbrado. Una estrategia magnífica para mantenerse visible, sin necesidad de esperar momentos oficiales de protagonismo legítimo.

Como recordarán, el gesto de Bescansa eclipsó el debut de Patxi López como Presidente del Congreso. La imagen de la diputada con su bebé en el graderío consiguió el efecto pretendido. Al otro día, todo dios comentaba la jugada como si se tratara de una final de copa o algo parecido. La noticia fue precisamente el contexto. No todos los días – en palabras de Gregorio – una diputada amamanta a su hijo en los escaños del Congreso y, sobre todo, ante la solemnidad del día – el inicio de la legislatura-. ¿Es lícito el hecho?, claro que sí, ¡faltaría más! Carolina tenía – y tiene – todo el derecho del mundo a elegir el lugar que se le antoje para alimentar a su criatura. Ahora bien, la extraordinariedad del hecho – calculado y premeditado – hizo que la presunta noticia del día – la composición de la cámara – quedase en segundo plano. Se habló más de lactancia, guarderías y conciliación familiar; que del discurso solemne de López y del "nuevo tiempo" anunciado por Felipe.

El beso de Pablo y Xavier también se hizo viral. El beso – según Iglesias, improvisado – dio la vuelta al mundo, incendió las redes sociales y apagó – como no podía ser de otra manera – el debate de investidura. Una vez más, la parrilla mediática de este país y latinoamericana mordió el cebo del morado; algo que no hicieron los rotatorios europeos. No todos los días – me repetía Gregorio – dos diputados se besan en el seno del Congreso. Por ello, por la extraordinariedad del hecho – sea intencionado, o no – se convirtió en noticia. Así las cosas, se habló más de besos y libertades que de Pedro Sánchez, el protagonista del día. El beso se utilizó como metáfora de "pactos y conciliación" en contraste con el intento fallido del delfín socialista. ¡Medalla para Pablo!

El último cebo de Podemos: su programa electoral en formato de catálogo Ikea. Un "catálogo" colorido que rompe con la prosa formal de los programas tradicionales. Una vez más, el gesto del morado eclipsó el inicio de campaña. Al otro día se habló más de muebles y "repúblicas independientes" que de proyectos electorales y cosas importantes.Y todo porque, una vez más, cientos de medios mordieron el anzuelo del morado. Con estos mimbres se corre el riesgo que los demás partidos copien la estrategia de Podemos. De ocurrir la profecía, no sería extraño que viéramos a Rajoy haciendo el pino en la tribuna del Congreso, Sánchez mostrando un tatuaje del Che mientras dialoga con Iglesias, y Albert vestido de naranjito por las calles de Venezuela.

Bárbaros políticos

Hace poco leí "la herencia a recibir", un artículo de Marcos Paradinas para El Plural. En él, el columnista de Sopena denunciaba el mito de las ideologías, y defendía la eficiencia económica como argumento principal para juzgar la gestión de los gobiernos. En días como hoy, la mayoría de partidos se considera "Atrapa todo", o dicho de otro modo, vendedores de ilusiones en mercados de desolación y desafección política. Las condiciones sociológicas – el cleavage ideológico de toda la vida – se han replegado en favor del marketing político y el modelo periodístico. Así las cosas, vivir en Andalucía, ser ateo y trabajar en el campo; no es condición sine quan non para ser socialista. A día de hoy, queridísimos lectores, hay obreros de derecha y empresarios de izquierda. Las tornas han cambiado y lo que antes era ideología ahora es simpatía.

A pocas semanas para el 26J, el debate sobre las ideologías ha saltado a la palestra. Podemos ha pasado de ser un partido ubicado en tierra de nadie – "ni de izquierdas, ni de derechas" – a proclamarse "la nueva socialdemocracia". Si hace unos meses se libraba el debate entre "lo viejo" – la casta – y "lo nuevo" – las fuerzas incipientes -. Ahora surge la vuelta a las ideologías, como buque insignia de la campaña. Tanto es así que Albert Rivera se refiere a la formación Unidos-Podemos como una coalición de "comunistas". Pablo Iglesias, por su parte, resiste los embates de Ciudadanos con el escudo de "socialdemócrata"; el mismo que se puso el PSOE en el año 79 para descolgarse del estigma de marxista leninista. La estrategia electoral no es otra que ubicar al adversario en los polos ideológicos. Con ello se consigue frenar el éxodo de votantes indecisos hacia fuerzas imprecisas.

En esta batalla campal de sables ideológicos, el Partido Socialista es el más perjudicado. Lo es, queridísimos lectores, porque su matrimonio con Ciudadanos durante la minilegislatura; solamente le ha servido para que los otros – Podemos e IU – lo ubiquen en el neoliberalismo. Así las cosas, el partidos socialista se ha convertido en un cadáver político – una víctima del juego -, donde otros más avispados – Iglesias y Garzón – le han robado el pedigrí de su mascota. Para reconquistar su feudo, Pedro Sánchez debería radicalizar su discurso; convertirse en la autentica alternativa de gobierno. Convertirse en el PSOE de los tiempos de González; aquel que ganó tres mayorías absolutas en una Hispania de brisas comunistas y derecha caducada. Solamente así, apelando a los hechos – a los logros conseguidos por sus antecesores -, el delfín socialista podrá frenar a los caballos de su rancho y vencer a la utopía. Si no lo hace, si sigue erre que erre incrustado en la moderación; los votantes lo percibirán como un político blando en "tierra de nadie". Un político, como les digo, pisoteado por los bárbaros; los mismos que derrotaron el Imperio Romano, a pesar de su grandeza.