Cuanto más dividida esté la derecha, mejor para el partido socialista


ientras conocidos y allegados lloran en Andalucía por el cadáver de UPyD, en el hospital postelectoral se hallan en estado crítico los exsocios de Susana. En el campo de batalla, entre el polvo de los caballos, se encuentra el cuerpo moribundo del Partido Popular. Por su parte, las filas socialistas mantienen sus efectivos después de la contienda; los mismos que lucharon, hace tres años, a las órdenes de Griñán. Mientras las medidas abusivas del gobierno de Rajoy han pasado factura a su anfitrión de Andalucía (Juanma Moreno), el caso de los ERE no ha causado mella en el electorado socialista. No la ha causado, como digo, porque el PSOE ha logrado el mismo resultado, que obtuvo con José Antonio en el 2012; cuando no existía Podemos, ni las siglas de Rivera. Desde la garita de Génova, don Mariano mira con recelo el triunfo de "la hija del fontanero", Susana Díaz. Lo mira, queridísimos lectores, porque teme a que los resultados de Andalucía, sean el toque de queda para abandonar La Moncloa.

Aunque Sánchez y Chacón atribuyan el éxito de Susana a una cuestión de partido, lo cierto y verdad, es que sin Díaz mediante, otro gallo cantaría hoy en los corrales sevillanos. Otro gallo cantaría, como digo, porque el liderazgo de Susana es incuestionable. Tanto es así que, mientras en los carteles electorales, su nombre aparecía en letras grandes y llamativas, el nombre de Sánchez – su jefe de partido – figuraba en un segundo plano, como si de un telonero de Jesulín de Ubrique se tratara. No olvidemos que "la rubia de Andalucía" contó durante toda la campaña con el apoyo de Felipe, algo formidable para una segundona apadrinada por Griñán, un imputado – perdón, "investigado" – por el escándalo de los ERE. Si el éxito de Andalucía fuera debido al PSOE, algo semejante debería suceder en las próximas autonómicas y locales. Algo que probablemente no sucederá, porque Gabilondo – por poner un ejemplo – está a años luz del arte de Susana para “pactar" con las masas.

Por ello, señores y señoras, aunque algunos pesos pesados de su partido le quiten valor al triunfo de Díaz, lo cierto y verdad es que Díaz ha aprobado el examen de las urnas. Algo que todavía no han hecho ni Pedro, ni Chacón. 

Aunque Susana haya sido la ganadora, sus escaños no le otorgan la comodidad parlamentaria. No se la otorgan, como digo, porque no ostenta, como ustedes saben, la mayoría absoluta. Luego, por mucho que diga que gobernará en solitario; en muchísimos momentos de su mandato, tendrá que "pasar por el aro" de los otros; o dicho de otro modo, bailar con la fea, si quiere sacar sus proyectos adelante. Así las cosas, a pesar de que su liderazgo haya contribuido, de manera decisiva, para frenar el embate de Podemos; lo cierto y verdad, es que los escaños conseguidos por su partido; tienen menos respaldo que los obtenidos por Griñán. Así las cosas, la victoria de Susana es, sin duda alguna, una consecuencia del descalabro del Pepé por el mordisco de Ciudadanos y, de la caída de Izquierda Unida por el éxodo de la mayoría de sus votantes a la casa de Podemos.

De todos los partidos, el más perjudicado de la contienda electoral ha sido, sin duda alguna, UPyD. Tanto es así que no ha obtenido representación parlamentaria, luego no tendrá ni voz ni voto en el foro oficial de Andalucía. Si hubiese concurrido a las urnas junto al partido de Rivera, probablemente hoy, nadie pediría la cabeza de la exsocialista, Rosa Díez. Nadie la pediría, cierto, porque la sinergia de UPyD y Ciudadanos, hubiese golpeado – todavía más – a la derecha. La dimisión de Díez tampoco curaría la herida de su partido. No la curaría, queridísimos lectores, porque UPyD sin Rosa Díez sería como la Coca Cola sin burbujas. Para rescatar a UPyD del ostracismo en que se encuentra, lo más sensato sería el entendimiento con Ciudadanos. Cuanto más dividida esté la derecha, mejor para el partido socialista. Mejor, porque con los mimbres de Andalucía, los mordiscos de Podemos se los lleva Izquierda Unida. De tal modo, que la hegemonía progresista la seguirá ostentando el partido socialista. Algo nefasto para una derecha débil por la irrupción de Ciudadanos. Atentos.

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En las fosas comunes yacen miles de huesos sin nombre; huesos revueltos, cada uno de un padre y una madre


ras un año de investigaciones y 114.000 euros gastados, lo cierto y verdad, es que no se sabe a ciencia cierta, si los huesos enterrados en las Trinitarias Descalzas pertenecen al "manco de Lepanto". No se sabe, queridísimos lectores, porque no hay ADN que lo corrobore. Luego, por muchas evidencias arqueológicas, históricas y antropológicas que respalden la teoría; siempre nos quedará la duda sobre la veracidad del hallazgo. Es, precisamente, este margen de error, o dicho de otro modo, esta ausencia de certeza absoluta sobre la autenticidad de los restos de Cervantes; la que invita a la crítica a reflexionar sobre el asunto. A reflexionar, como digo, para no caer en el mismo error del Quijote, que quiso ver gigantes cuando solo eran molinos. Así las cosas, señoras y señores, por mucho entusiasmo que muestren algunos investigadores, en el fondo de sus palabras subyace el sabor amargo de la frustración. El mismo sabor a limón, que sienten los atletas cuando no llegan a la meta.

Aunque los huesos no sean de Miguel, la noticia ha servido para que esta semana, millones de personas hablen de él. Tanto es así, que esta mañana, en la biblioteca del instituto donde trabajo, no quedaban ejemplares del Quijote. Algo anómalo, si tenemos en cuenta que la mayoría de los adolescentes pasan olímpicamente de la literatura. Les importa un bledo – y perdonen por mi enfado – quién fue Cervantes y, todavía más, si estuvo enterrado en una cripta de Madrid o en un cementerio de Londres. Una alumna me confesaba que su padre era lector asiduo de Cervantes. Hasta tal punto que El Quijote se lo había leído diez veces y todavía se preguntaba: "cómo un recaudador de tercias y alcabalas – "de rostro aguileño (y), de cabello castaño" – pudo escribir algo tan grande desde la Real de Sevilla" Dice su padre, que el Quijote es un libro para leerlo a partir de los sesenta. Lo es – me contaba esta alumna, de gafas de pasta y granos en la cara – porque "trata temas, que sin vivir lo suficiente sería imposible comprenderlos". Cervantes, al parecer – se preguntaba ella – era un fracasado de la vida. Lo era – me comentaba – porque estuvo preso en Argel; fracasó con las mujeres y, para inri, fue condenado por apoderarse de recaudaciones que no eran suyas.

Cervantes – cuánta razón tenía Gabriela, la cuñada de Jacinto – era un hombre sabio en el sentido amplio del término. Un sabio – en palabras de Enrique, un viejo conocido del Halley – es aquel que sabe de qué habla, cuando habla de la vida. Miguel se notaba – a través de sus personajes – que conocía muy bien del pie, que cojeaba la gente. Conocía tanto a los hombres que supo dibujar dos personajes con los mimbres de sus sueños y temores. Aunque el Quijote sea una sátira sobre los libros de caballerías, el mensaje de sus páginas va más allá del diálogo acalorado entre un hidalgo y su escudero. Va más allá, como digo, porque a lo largo del viaje, unas veces somos Sanchos y otras, ingeniosos caballeros. Unas veces nos sentimos grandes y con ganas de aventura y otras, sin embargo, somos cobardes y temerosos por las hostias de la vida. Tanto es así, queridísimos lectores, que Saavedra supo darle la vuelta a la tortilla. Supo, como digo, que las personas no son blancas ni negras, sino grises como la plata. Así las cosas, en la segunda parte de su obra, la influencia mutua de sus personajes hizo que Sancho se pareciera más a su hidalgo y éste a su escudero. Es formidable que dos personas limen sus caracteres por el influjo del otro. Lo mismo que ocurre a miles de parejas; cuando después décadas juntas, no se sabe a ciencia cierta; quién ve el vaso medio lleno y quién medio vacío.

Por mucho entusiasmo que muestren algunos investigadores, en el fondo de sus palabras subyace el sabor amargo de la frustración

Después de leer la noticia sobre los supuestos huesos de Cervantes, me vino a la mente una historia que me contó una señora de Alicante. Decía esta anciana, que en el mundo de los muertos hay nobles y plebeyos. "Si algún día andas por las calles del cementerio – me comentaba -, verás a los ricos en grandes panteones y los pobres en nichos verticales". En la mayoría de los camposantos hay fosas comunes. En tales lugares enterraban a los forasteros; fusilados, y a quienes no tenían donde caerse muertos. En las fosas comunes yacen miles de huesos sin nombre; huesos revueltos, cada uno de un padre y una madre. Algunos con orificios en la frente y otros con los cráneos aplastados. Huesos – me decía Josefina – de poetas perseguidos; sindicalistas clandestinos e infieles guerrilleros. Huesos de mendigos; homosexuales condenados, e incluso de correveidiles descubiertos. En el subsuelo de algunos conventos también hay fosas comunes. Fosas con huesos de curas; de niños abandonados, e incluso, de ilustres escritores.

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La legalización de la prostitución supondría una bocanada de aire fresco para nuestra economía


uando estudiaba en la universidad, recuerdo que asistí a un seminario sobre "prostitución, drogas y armas", que organizaba el departamento de filosofía del derecho. Cada viernes, el profesor nos proporcionaba los materiales necesarios – recortes de prensa, películas, documentales, y demás – para que nosotros – sus alumnos – preparásemos el debate de la semana siguiente. Así las cosas, teníamos siete días para elaborar nuestros argumentos acerca de los asuntos encomendados. En aquellos tiempos, aprendí que la razón es relativa y que hay tantas opiniones como bocas en el mundo. Aprendí que la verdad está formada por millones de razones y, aprendí – y disculpen por la redundancia – que hasta las razones más sólidas tienen grietas y goteras. El seminario se dividía en dos bandos enfrentados. Amparo pertenecía al nuestro. Sabía muchísimo sobre derecho internacional y, la verdad sea dicha, tenerla entre nosotros era un punto a nuestro favor. Ella se ocupaba de poner los temas en perspectiva comparada. Si hablábamos de prostitución. Ahí estaba ella con el estudio comparativo entre Holanda y España. Alberto, por su parte, era un "caballo de Troya". Se encargaba de estudiar a fondo las debilidades de los otros; para así, nosotros preparar el contraataque.  Por otro lado estaba José Luis, un espadachín del pensamiento pero lento en los reflejos. Y por último estaba yo, un cazador de silencios en un mundo tan ruidoso.

Aquel viernes, el debate de la semana versaba sobre el oficio más viejo del mundo, la prostitución. Lo echamos a suertes y a nosotros nos tocó defender su legalización. La despenalización de la prostitución – en palabras del otro grupo- contribuiría a la expansión del tráfico sexual y a la proliferación de proxenetas. Javier – brillante seminarista, hoy profesor de filosofía en un instituto madrileño – argumentaba que la despenalización del oficio aumentaría el consumo de pornografía infantil y avivaría, todavía más, la llama de la clandestinidad. Por su parte, Gloria – educada en un colegio de monjas – defendía, a capa y espada, que la legalización de "las putas", sería muy pernicioso para la institución del matrimonio. Lo sería – decía esta vieja compañera – porque muchos hombres, que hoy frecuentan poco los locales de alterne, por el miedo a contraer enfermedades infecciosas, lo harían sin temores. La legalización supondría un avance en los controles sanitarios y ello -sentenciaba Gloria – resultaría un estímulo para su consumo; algo nefasto, por tanto, para el adulterio. La legalización – en palabras de Enrique, actualmente abogado en un pueblo de Castilla – no aumentaría la posibilidad de que las mujeres eligieran "el oficio del sexo" como medio de vida. No lo elegirían - decía - porque para la mayoría de ellas, el sexo es algo más serio que mero " tráfico y mercancía".

A pesar de aquellos argumentos – todos respetables, faltaría más -, para nosotros, la praxis del oficio – de la prostitución – cumplía – y cumple-, en muchas ocasiones, con las condiciones establecidas, por el Estatuto de los Trabajadores. Se considera, por tanto, relación laboral – en términos legales – cuando un trabajador presta, de forma personal y voluntaria, sus servicios retribuidos por cuenta ajena, dentro del ámbito de organización y dirección de otra persona, llamada empleador o empresario. Así las cosas, cuando la prostitución se ejerce de forma voluntaria y dentro de un local de alterne; cumple con todos los requisitos establecidos por el derecho del trabajo. Otra cosa muy distinta sería que la prostitución fuera ejercida bajo coacción y violencia, en cuyo caso no sería legal por adolecer de vicios en el consentimiento. Así las cosas, las mujeres que se dedican voluntariamente, y por cuenta ajena, al sexo retribuido; cumplen su cometido bajo el poder de dirección y disciplinario de un empleador o empresario. Lo mismo que millones de españoles cuando acuden, cada mañana, a su lugar de trabajo. 

Aunque la prostitución sea ilegal por cuestiones éticas y morales. Nadie puede negar – y en eso le doy la razón a Alejandro, compañero de seminario – que con el Estatuto de los Trabajadores en la mano; se debiera equipar al resto de relaciones laborales. La legalización de la prostitución supondría una bocanada de aire fresco para nuestra economía; por el incremento de las cotizaciones a la Seguridad Social y las declaraciones a Hacienda. La despenalización de la prostitución repercutiría en una mejoría de las condiciones de seguridad e higiene de las instalaciones de trabajo – o sea, los locales de alterne – y, sobre todo, en una eficaz prevención de los riesgos laborales derivados de su ejercicio. Si no se legaliza, algo improbable por la sensibilidad social del problema, miles de mujeres seguirán ejerciendo el oficio con contratos mercantiles en lugar de laborales. El oficio continuará ejerciéndose por la puerta trasera, y haremos un flaco favor a la salud pública. Argumentos, queridísimos lectores, que nos costaron un aprobado raspado a los integrantes de mi bando. Años más tarde nos enteramos, que el profesor era del Opus y, que su hermano ejercía como cura en un pueblo de Extremadura.

El otro día un Juzgado de Barcelona reconocía los derechos laborales a la mujeres que ejerzan la prostitución en locales de masaje y otros lugares, equiparándolas al resto de empleados.No olvidemos que la prostitución fue legal en los tiempos de Pompeya; tributaba en la Hacienda Pública y, era una variable fundamental para entender su economía. Tanto es así, que por sus calzadas colgaban señales con la ubicación de los burdeles y penes esculpidos en los zócalos de los mismos. Lo mismo que sucede hoy en el Barrio Rojo de Ámsterdam; donde la industria del sexo resulta visible en los grandes ventanales de mcuhos escaparates. Luego, la sentencia del Juzgado de lo Social número 10 de Barcelona, no es una cuestión descabellada.

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Muchos lectores pasan de puntillas por los titulares dedicados a las encuestas de la portada


ientras los médicos requieren análisis de sangre para conocer el estado de sus pacientes, los sociólogos utilizan encuestas para el estudio de la gente. Tanto los primeros como los segundos se sirven de técnicas basadas en métodos científicos. Ambos observan la realidad; plantean hipótesis y emiten teorías, que posteriormente serán corroboradas o refutadas por la evidencia de los hechos. Tanto las ciencias experimentales como las sociales necesitan medios válidos y fiables para el avance del conocimiento. En medicina, la validez se mide por la idoneidad de las pruebas elegidas para el diagnóstico de enfermedades y afecciones. La fiabilidad se define como la probabilidad de que una prueba arroje los mismos resultados en diferentes momentos, siempre y cuando se repitan las mismas condiciones. Así las cosas, una fractura de hueso saldrá reflejada tanto en un hospital como en otro; con independencia de que el radiólogo sea licenciado por la universidad de Granada o “la Miguel Hernández” de Elche.

En sociología, queridos lectores, ocurre algo parecido. Las encuestas son válidas cuando el diseño de éstas resulta idóneo para su objeto de estudio. Si lo que interesa saber es qué partido votarían los andaluces en caso de que se celebrasen hoy elecciones; no sería válido un cuestionario que versara sobre el sexo de las hormigas. No lo sería, como digo, porque existiría un abismo entre lo que queremos averiguar y el instrumento para encontrarlo. La fiabilidad de las encuestas, por su parte, reside en la probabilidad de que éstas arrojen los mismos resultados en distintos momentos, siempre y cuando se utilicen idénticas muestras y no se alteren las condiciones anteriores. Así las cosas, la sociología es una ciencia, como lo es la biología o cualquier otra disciplina, que se ocupe de aportar conocimiento a la sociedad; aunque cada una de ellas, lo haga desde distintas perspectivas y con sus respectivos márgenes de error. 

A pesar de que las técnicas de investigación social son válidas y fiables, muchos tertulianos cuestionan la veracidad de las mismas. Es, precisamente, este daño intencionado por parte de tales señores, el que explica por qué las encuestas no gozan en España de la credibilidad deseada. Tanto es así, que muchos lectores pasan de puntillas por los titulares dedicados a las encuestas de la portada. Pasan de largo, como les digo, porque se quejan de los contrastes que, en ocasiones, hay entre las sondeos publicados – por ejemplo –  por La Razón de Marhuenda y El Mundo de Casimiro. No olvidemos que los medios de comunicación son empresas privadas y suelen, por tanto, publicar aquellas encuestas cuyos resultados mejor se ajustan a los intereses de sus lectores. Son, por tanto, las encuestas arrojadas por los organismos públicos, la que gozan de mayor aprobación social; aunque siempre habrá alguien que las cuestione.

Las encuestas marcan la tendencia del comportamiento electoral y dibujan posibles escenarios

Otra crítica, vertida por parte de muchos tertulianos, es que las encuestas representan una "foto fija" de un momento social concreto; por lo que sus resultados son perecederos y no trascienden al futuro. No olvidemos, queridísimos lectores, que un análisis de sangre - volviendo a la metáfora de antes - es "la muestra de un instante" en la vida del paciente. Y no por ello – por su concreción en el tiempo - el facultativo obvia los análisis precedentes. Si así fuera, los médicos no guardarían los historiales de sus pacientes. Las encuestas, por tanto, marcan la tendencia del comportamiento electoral y dibujan posibles escenarios. Sirven a los partidos para trazar estrategias de cara a las elecciones y, en ocasiones, son usadas por los aparatos para destituir a los líderes peor valorados. Si las encuestas fueran solo una "foto fija", los partidos prescindirían de las mismas y, quizás hoy Tomás Gómez seguiría como candidato. No olvidemos que una imagen aislada es insignificante, pero muchas juntas atisban el final de la película.  

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Tras doce horas a sus espaldas, Marta y María se enfrentan a las tareas de sus casa


arta y María quedan todos los días a las cinco de la madrugada en la puerta del África, el único bar del pueblo que abre tan temprano. Allí acuden los camioneros y vendedores ambulantes a tomar sus primeros carajillos antes de partir al trabajo. Francisco – el dueño del África – suele poner en el plasma de la barra una película de "destape". Esto lo viene haciendo desde que los rombos del franquismo pasaron al olvido y las películas de Pajares entraron en escena. Hoy, Marta no tiene buena cara. Ernesto – su hijo de cinco años – se ha despertado varias veces por la noche. Se ha tomado una Hemicraneal – una pastilla para el dolor de cabeza – para aguantar la jornada. Le queda por delante doce horas en la vía envasadora y, para inri, su jefe la tiene tomada con ella. Tanto es así, que el otro día le dijo que si no iba más deprisa, lo tenía muy crudo para que le renovara el contrato. Aunque le paga una mierda, y perdonen por la expresión, Marta no puede dejarse el trabajo. Hace un año que se separó y Miguel todavía no le pasa la pensión. María conoce a Marta desde que iban al colegio. Son las dos del mismo barrio y fue ella – María -, quien habló con su jefe para que la contratara. María es coqueta. Le gusta que los tíos le miren el culo cuando anda por la calle. Su marido, al parecer tiene a otra. A ella solo la quiere para que le haga la cena y le planche las camisas. Esta harta, cuenta Marta, que después de doce horas, soportando al "baboso" de su jefe, tenga que ser la criada de su esposo.

A la doce del mediodía, tras media jornada de trabajo, Marta y María suelen tomar algo en el bar de enfrente. Allí se juntan con Manuela, una vieja conocida que trabaja de administrativa en un concesionario de coches. Manuela suele pedirse una tostada con tomate y un descafeinado con leche. Marta, por su parte, toma un café largo con algo de bollería y, María suele pedirse media con mantequilla y zumo de naranja. Gabriel, el chico de la barra, es bastante eficiente. "Es una máquina sirviendo mesas", en palabras de Manuela, y ello, como dice María, se agradece muchísimo porque así les da tiempo a fumarse el cigarrillo. Marta se encuentra mejor del dolor de cabeza.

Al parecer, la Hemicraneal le ha hecho efecto. Acaba de enviarle un wasap a su madre para preguntarle por Ernesto. María, sin embargo, no lleva bien la mañana. Su jefe, le ha llamado la atención porque ha estado más del tiempo permitido en el aseo. Manuela está preocupada. Al parecer, la venta de coches está bajando y ha oído que posiblemente se acerquen nubarrones. En el fondo, como dice Marta, no se pueden quejar. Tienen trabajo y, hoy en día, con la que está cayendo es un lujo. A pesar de que trabajan muchas horas, tienen contratos basuras y ganan menos que Jacinto y Enrique, sus compañeros de envases. Han pasado los treinta minutos, es hora de volver a la fábrica. Con el estómago lleno – dice María – las horas se hacen más llevaderas

A las doce del mediodía, tras media jornada de trabajo, Marta y María suelen tomar algo en el bar de enfrente

Son las seis de la tarde, por fin ha sonado la sirena: fin de la jornada. Tras doce horas a sus espaldas, Marta y María se enfrentan a las tareas de sus casas. El marido de María comienza a las ocho de la mañana y no llega hasta las nueve de la noche; luego es María, la primera en poner lavadoras; fregar los platos y comprar algo para la cena. Su marido, aparte de bajar la basura; no hace nada en la casa – “res de res", como diría Perico – mi primo, el valenciano-. María se queja de que no tiene tiempo para ella. Trabajar doce horas diarias pasa factura a la más bella de las plebeyas. Tanto es así, que ni siquiera puede dejarse las uñas largas porque las tiene rotas del de los disolventes de la fábrica. Marta, le ha enviado un wasap. Son las diez de la noche y ni siquiera se ha duchado. Está con Ernesto, su hijo. Mañana tiene examen de matemáticas y no quiere que lo suspenda. Ernesto echa de menos a su padre, a pesar de que éste se fue al extranjero y si "te he visto, no me acuerdo". Manuela acaba de acostarse. Hoy su marido tiene guardia, luego no se verán hasta mañana al mediodía. Casi siempre suele enviar un wasap a Marta y a María. Es tarde. Son las doce de la noche. Marta está en el sofá medio dormida, y María está viendo un documental acerca del 8 de marzo, día de la mujer trabajadora. Mañana hay que madrugar, el móvil está programado para que suene a las cinco de la madrugada.

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Azorín fue el precursor del periodismo que tenemos. Un periodismo de verbo fácil, sin florituras ni artificios literarios


omo saben, aparte de escribir en el Rincón, colaboro con distintos medios de comunicación. En todos lo hago desinteresadamente. No es que no quiera cobrar – que falta me hace porque hago malabarismos para llegar a fin de mes -, sino porque, en este país, si no eres Vargas Llosa o Arturo Pérez Reverte, lo tienes muy complicado para que alguien pague por tus renglones. Recuerdo, que cuando llevaba un año escribiendo en el blog, recibí un correo electrónico de un señor invitándome a colaborar en su medio. Después de varias conversaciones, me preguntó: "cuál era mi caché" y, tras un periodo de negociaciones, pactamos que escribiría una columna semanal por cien euros al mes. Así las cosas, ingenuo de mí, escribí para este individuo – que prefiero no citar su nombre – durante cuatro semanas. Cuando llegó el día "D", el día de "San Pagarín", todo fueron evasivas y excusas para no pagarme. Hasta me dijo que le parecía una descortesía – por parte mía – ponerme así por cien euros. La cuestión es que no seguí escribiendo para él – faltaría más – y, por supuesto, no cobré; ni cobraré. Después de ese escarmiento, de esa hostia – de tantas – que te da la vida; decidí dedicarme a mi blog sin fines lucrativos. Escribir, señoras y señores, como una manera de amueblar mi pensamiento, sin tener que pasar por los sesgos editoriales, ni por la censura de los otros. Escribir, la verdad sea dicha, sin tener que arrastrarme por un plato de lentejas, ni sentirme despreciado porque el señor de la corbata – el director de un diario cualquiera – no quiera pagar la factura de mis palabras.

Aquella historia – la del señor que no me pagó -decidí contársela a Gabriel – un viejo lector del Rincón y profesor de periodismo en una escuela de París -. Después de escucharme, me dijo que en España, los columnistas eran escritores de segunda porque la mayoría - periodistas y novelistas - no se dedicaban a cultivar el  columnismo. ¿Dónde está la prosa de Camba?, se preguntaba, ¿dónde, los renglones de Gasset?, ¿dónde, los artículos de Larra? Azorín – me dijo – fue el precursor del periodismo que tenéis (que tenemos nosotros, los españoles). Un periodismo de verbo fácil, sin florituras ni artificios literarios, para un público acrítico; que lo único que busca son lecturas populistas para reforzar sus convicciones políticas.

Con estos mimbres – me dijo – muchos escritores huyen del columnismo y se refugian en la novela para no ser tachados de "fachas" o de "sociatas", por escribir en las páginas de Marhuenda o en el Plural de Sopena. Hoy, y en eso le doy la razón a Gabriel, hay un cierto complejo extendido entre los columnistas de este país. A la mayoría les sienta como una patada en el culo no ser escritores de novela. Parece, que si no dan el salto a la "no ficción", nunca serán considerados por la crítica literaria. Y no se dan cuenta, señoras y señores, que Ortega y Gasset o incluso nuestro querido Alvite, recientemente fallecido, fueron excelentes escritores por sus artículos de periódico. Sin nada que envidiar a grandes novelistas como Cercas o Marías.

Después de escucharme, me dijo que en España los columnistas eran escritores de segunda

Después de aquello, me fui al Halley a tomar un café. Necesitaba reflexionar sobre los argumentos de Gabriel. Me molestaba que algunos periódicos rechazaran a columnistas, que no fueran ni novelistas ni periodistas. Me indignaba – y me indigna – que en un mismo diario, haya trabajadores con nóminas y otros – muchos columnistas – trabajen por "la cara". Lo mismo que sucedería si en Mercadona – por poner un ejemplo – las cajeras cobrasen por realizar su cometido  y, sin embargo, las fruteras o verduleras – por tener menos estatus social que las primeras – repusieran las manzanas;  lechugas y melones de forma gratuita. Sería una injusticia, ¿a qué sí? Tanto que, probablemente, ni siquiera trabajarían.

Mientras reflexionaba sobre la mala consideración que tienen los articulistas, leí por encima las columnas de opinión que habitaban en el periódico de la barra. Las que estaban escritas por novelistas eran riquísimas en las formas pero pobres en el contenido. Las que estaban escritas por periodistas; eran brillantes en el fondo – planteamiento de problemas, propuestas de soluciones, análisis de datos…- pero endémicas de rima – de recursos literarios y matices novelescos-. En ese momento comprendí que una cosa es dar noticias y escribir novelas; y otra, bien distinta, dedicarse al columnismo. Aunque los columnistas seamos "escritores de segunda", lo cierto y verdad, es que usamos las mismas herramientas que los periodistas y novelistas: el martillo para romper el mármol y, el cincel para esculpirlo. Con la única diferencia, queridísimos lectores, que son muy pocos, los que pagan por lo nuestro.

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La pillada de Celia Villalobos, jugando al "Candy Crush",  vulnera  los principios de la ética kantiana


yer, me contó Antonio que vio a Manolo; un viejo amigo que estábamos sin saber de él desde mediados de los noventa. Al principio, no lo conoció. Ya no vestía con camisetas de Iron Maiden ni calzaba botas del ejército. Ni tan siquiera llevaba el pelo largo, ni pendientes de hojalata. Si no fuera porque él, le saludó primero; Antonio nunca lo hubiese reconocido. Ahora, Manolo es un hombre con gafas de pasta, calvo y con barriga. Un cuarentón descuidado – como diría mi abuela si lo viera – de esos que beben carajillo; ojean el Marca y, miran de reojo a las rubias que salen del aseo. Manolo fue nuestro compañero de pupitre en el Instituto Gabriel Miró de Orihuela. Allí estudiamos juntos el antiguo COU de ciencias sociales. La filosofía era nuestra asignatura preferida. Tanto es así, que en la cantina del instituto, mantuvimos largas conversaciones sobre la muerte, la felicidad y las religiones. Diálogos acalorados, que forjaron nuestros cimientos morales y actitudes ante la vida. Pues bien, ese señor de la barra, - calvo y con barriga -, era Manolo; o Manolet, como le llamaba cariñosamente Javier, el conserje del instituto.

Después de reír un buen rato, abrazarse como hermanos y recordar el día en que se les averió el Seat Toledo en las fiestas de San Roque; mis colegas hablaron, largo y tendido, de sus vidas. Manolo le preguntó a Antonio si se había casado. Antonio le contestó que sí; que tenía una niña de diez años y, que se ganaba la vida como profesor de música en la región de Murcia. Manolo, por su parte, se casó, se separó; se volvió a casar y, se volvió a separar. Entre hecho y hecho, dos hijas: Marta y María. Antonio le preguntó por su padre, "el tío Paco". Le dijo que estaba mejor que él; a pesar de los ochenta cumplidos y llevar a sus espaldas: los recuerdos de una guerra civil, cuarenta años de dictadura y miles de Ducados.

Manolo, le dijo a Antonio; que después de licenciarse en periodismo, y harto de buscar trabajo, se diplomó en podología. Hoy, se gana la vida quitando callos de los pies a las Marujas de su pueblo. "En España – le decía – hay más pies con durezas, juanetes y uñas encargadas que lectores de periódicos". Antonio me mandó recuerdos de Manolo. Me dijo que seguía mi blog – El Rincón de la Crítica – y que lo tenía muy enganchado. Tanto es así, que el otro día imprimió un post, que versaba sobre Podemos y se lo leyó a Martínez, un adicto a los debates de la Sexta y, muy crítico con todo lo que suene a Monederos y Errejones. 

Manolo, después de licenciarse en periodismo, y harto de buscar trabajo, se diplomó en podología

Tras la anécdota del blog, Manolo y Antonio cambiaron impresiones sobre el debate del estado de la nación. Y a partir de ahí, entraron en un diálogo apasionante sobre Kant y Villalobos. Hasta tal punto que, el camarero de la barra, – en un momento de sosiego -, los miro como miraban a Galileo los correveidiles de su época. Manolo, para que ustedes lo sepan, ha sido un asiduo lector de la obra de Immanuel. Tanto es así, queridísimos lectores, que cuando íbamos al instituto se levantaba a las cinco de la mañana y paseaba por los puentes de Orihuela; como hacía Kant por la Lindenalle de Könisgsberg. Paseaba, cierto, para olvidar a Martina, una vieja novia que le dejó por Julián, el "musculitos" del instituto. Según Manolo, la pillada de Celia Villalobos, jugando al "Candy Crush" en el hemiciclo de los leones, vulnera los principios de la ética kantiana. Como saben, Kant fue el filósofo alemán que dijo aquello de: "obra sólo de forma que puedas desear que la máxima de tu acción se convierta en ley universal". Si todos los diputados – en palabras de Manolet – jugaran a juntar caramelos, en lugar de guardar la compostura y escuchar al compañero, la política se convertiría en una farsa de cara a la galería; donde lo único importante sería pasar de nivel y evitar el Game Over.

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