Tiempos de Galván

Lo que está pasando en España, me recuerda muchísimo a los tiempos de Galván. Jacinto – antiguo alumno de Tierno – me contó que militó en el Partido Socialista Popular (PSP), una organización liderada por su maestro durante la transición democrática. Tras la muerte de Franco volvieron a su nido las viejas golondrinas. De las tierras parisinas regresaron los socialistas históricos; aquellos exiliados más cercanos a la Hispania republicana que a la Monarquía Parlamentaria. Los históricos confluyeron con los socialistas renovados; jóvenes que no habían vivido la guerra civil y que comulgaban con las brisas del socialismo europeo. Un socialismo – el renovado – alejado de las tesis marxistas leninistas y cercano a la socialdemocracia alemana. Así las cosas, me cuenta Jacinto, en aquella España postfranquista concurrieron tres corrientes socialistas: el PSOE (H), el PSOE(R) y el PSP. Junto a ellas, se hallaba el Partido Comunista de los Trabajadores (PCT); agrupación presidida por Dolores Ibárruri – la pasionaria – y brazo político de Comisiones Obreras.

Alianza Popular (AP), la derecha de aquellos tiempos, fue un partido edificado por los peces gordos del franquismo, exministros del régimen que abogaban por los valores del caudillo dentro de los muros democráticos. Eran, en palabras de Jacinto, los "fachas de siempre"; gente con ideas retrógradas para una España rejuvenecida tras el desarrollismo de los sesenta. Así las cosas, el temor a un conservadurismo exacerbado – bajo el simbolismo de una democracia en pañales – impedía a la derecha convencer a quienes salían escarmentados de cuarenta años de rombos, Nodos y sotanas. Tanto es así que solo consiguieron el 8.34% de los votos en las primeras elecciones. Una herida democrática que fue cicatrizando con el paso de los años; conforme la vieja guardia del fraguismo dio paso a las nuevas generaciones, y la memoria histórica fue perdiendo nitidez en el ideario colectivo.

Con una izquierda fragmentada y una derecha retrógrada, el partido de Adolfo Suárez – UCD – se posicionó como la opción menos mala para una España debilitada por sus miedos y temores. Así las cosas, el centro se hizo con el cetro en dos elecciones consecutivas (1977 y 1979). En el año 1982, como saben, UCD pasó de 166 a 11 escaños. La desaparición del PSP – el partido de Galván – y la reconciliación entre socialistas históricos y renovadores hicieron que Felipe González – el joven de las patillas – ganase por aplastante mayoría. Desde aquel momento, me cuenta Jacinto, el PSOE gobernó España hasta que el Guerrismo; los casos de corrupción y la crisis de los noventa le pasaran factura tras cuatro legislaturas de gobierno, tres de ellas con mayorías absolutas. El centro, como pueden observar, dominó el escenario español en un periodo histórico donde los extremos eran sinónimo de miedo. Así las cosas, Alianza Popular representaba el temor al continuismo dictatorial, y el Partido de Santiago Carrillo recordaba las heridas republicanas. UCD – el centro – era el bálsamo adecuado para curar las heridas a un país inhibido.

Con los miedos superados, el pluralismo presente guarda – aún así – paralelismos con los tiempos de Galván. Si antes fue el miedo a la dictadura y la guerra civil, el que frenó el voto hacia fuerzas radicales. Ahora es el temor al retroceso económico y el éxodo de inversores, el que frena a los votantes hacia fuerzas populistas. Si antes hubo una izquierda dividida entre socialistas populares, históricos, renovados y comunistas de Carrillo. Ahora hay una izquierda fragmentada por socialistas, podemistas y seguidores de Garzón. Si antes la derecha se asoció con lo viejo; con lo retrógrado y el conservadurismo de los tiempos caudillistas. Ahora el cleavage electoral vuelve a replantearse en términos de "lo viejo" – la casta y sus corbatas – y "lo joven" – las rastas del hemiciclo -. Si antes fue UCD, la fuerza que buscó el consenso para una España polarizada por "los de dentro" – los seguidores del régimen – y "los de fuera" – los clandestinos y exiliados -. Ahora es Ciudadanos, el partido que pesca en las aguas residuales que habitan entre "los de arriba" y "los de abajo". Hoy – con los datos del CIS sobre la mesa – mientras Podemos pierde fuelle de cara a las próximas generales; PSOE y Ciudadanos escalan puestos en las intenciones colectivas; algo similar a lo que sucedió en los tiempos de Galván.

Sobre fracasos y sorpassos

Tras las elecciones generales del pasado 20-D, escribí una tribuna para el diario Información, titulada: "Volver a votar". En ella analizaba la complejidad de la aritmética electoral para alcanzar un acuerdo de gobierno. Cuatro meses después de aquellas reflexiones, la hipótesis se corrobora. El 26-J, como saben, volveremos a votar ante el fracaso del "tiempo nuevo", anunciado por S.M. el día de su investidura. Durante esta legislatura, la más corta de la democracia, hemos comprobado como el interés de los partidos ha prevalecido sobre el estatal. El debate entre "la gran coalición a la alemana" – propuesta por Rajoy – y el "pacto a la valenciana" – auspiciado por Podemos -, han sido el placebo para una enfermedad con pronóstico incurable. Así las cosas, no nos queda otra que asistir a una probable campaña electoral de acusaciones y reproches entre los protagonistas del fracaso.

El contraste entre rastas y corbatas ha servido para descubrir lo que se esconde detrás de las fuerzas emergentes. Gracias a esta minilegislatura, los españoles han aprendido – hemos aprendido – que Pablo Iglesias baila al son de los intereses nacionalistas, que la gran coalición no ha sido posible por el tira y afloja entre Sánchez y Rajoy, y que Podemos y Ciudadanos son como el tocino y la gasolina. Por todo ello, por la baja altura de miras de quienes aspiran a gobernarnos, España está siendo ingobernable. Lo está siendo en medio de una crisis económica, con una tasa de paro superior al veinte por ciento desde hace más de cuatro años, y una corrupción galopante de ángulos internacionales. A todo ello, hay que sumarle la violencia de género, el acoso escolar, la siniestralidad laboral, la cuestión catalana y la crisis de los refugiados. Refugiados hacinados en las puertas de Grecia en espera de que Europa decida sus destinos.

Con el "sorpasso" a la vuelta de la esquina; la campaña que se avecina será distinta a las anteriores. Lo será, queridísimos lectores, porque las circunstancias han cambiado con respecto al 20-D. Las fuerzas emergentes – Ciudadanos y Podemos – ya no son discursos teóricos, huérfanos de praxis. Ahora atesoran cuatro meses de experiencia en las bancadas del hemiciclo. El partido de Pablo Iglesias, por ejemplo, ha demostrado ser uno más de la casta. Ya no es el Robinson Crusoe de las pasadas europeas, sino un flautista de Hamelín como la mayoría de agrupaciones. Desde el comienzo del la legislatura han tejido su estrategia para las próximas elecciones. Bajo el escudo del "referéndum para Cataluña" han permanecido en la trinchera como lo hicieron las tropas de Napoleón en la lucha por Europa. Ahora, con las elecciones de camino, aprovecharán el intento fallido de Sánchez para comerle la merienda. Así las cosas, Podemos se presenta a las nuevos comicios como el abanderado de la izquierda; como el partido que propuso el "pacto a la valenciana" y, por culpa de Sánchez se fue todo al garete.

La derecha, por su parte, tampoco queda bien parada de este desaguisado. Aunque Rajoy diga que la opción menos mala es la convocatoria de elecciones; lo cierto y verdad, es que su discurso queda en bancarrota. No estuvo a la altura en la campaña electoral anterior – no asistió al debate con sus rivales – y tampoco lo estará en la venidera. No lo estará, porque renunció al debate de su investidura; tiró la toalla a la primera de cambio, y ello – en palabras del vecino – le pasará factura el día de las urnas. Mientras Pedro Sánchez llegó a un acuerdo de mínimos con las filas de Rivera; el presidente en funciones ha permanecido pasivo, esperando que su rival fracasara para hacer leña del árbol caído. Abstención mediante, el único que saldrá reforzado en los próximos comicios será Ciudadanos. Lo será porque ha jugado un papel similar al que jugó Adolfo Suárez durante el pluralismo limitado, que caracterizó las primeras elecciones postfranquistas. Un rol necesario para bajar el efecto efervescente de los intereses de partido.

El periodismo herido

Con el titular ”Iglesias ataca a la prensa", el editorialista de Caño arremete contra el líder de Podemos. Arremete contra él por sus polémicas palabras durante la presentación del libro "En defensa del populismo", del filósofo Fernández Liria, en el paraninfo madrileño. En la charla, el líder del morado dijo que "buena parte de los periodistas que le siguen están obligados a hablar mal de Podemos porque así son las reglas del juego". Insinuó que los medios de comunicación no dicen la verdad acerca de su partido, sino que lo desprestigian con tal de contentar a sus clientes, sus lectores. Pablo Iglesias aludió a Álvaro Carvajal, periodista de El Mundo, como ejemplo de mala praxis periodística; cosa que ha enfurecido a los tigres de papel.

En España, el molde mediático que funciona es el modelo polarizado. Este modelo, a diferencia del anglosajón,  se caracteriza por el alto servilismo a los partidos; por un mercado periodístico "en pañales"  – tras cuarenta años de Nodos, fútbol y toros -; por el escaso desarrollo de la profesión – con miles de despidos e intrusismo profesional – y, por el intromisión estatal en los asuntos de la comunicación. No olvidemos que la agencia EFE fue patrimonio del Estado hasta el año 2001, y que las televisiones autonómicas han sido cuestionadas en múltiples ocasiones. Las consecuencias de estas "reglas de juego", aludidas por Iglesias, desembocan en una prensa parcial y predecible, que reproduce los sesgos ideológicos de las dos Españas de los tiempos de mi abuela.

Aunque los tigres defiendan la objetividad de sus noticias; lo cierto y verdad es que la subjetividad forma parte del oficio periodístico. Así las cosas, la confección de la agenda setting (la decisión de los temas del día), el diseño de las portadas, el orden jerárquico de las noticias, la secuenciación de los planos y la selección de los titulares son, entre otros, instrumentos que sirven a los medios para moldear los hechos y adaptarlos a los gustos y preferencias de sus lectores, sus clientes de quiosco. Los periódicos se encuentran sometidos a intereses económicos. No olvidemos que detrás de las cabeceras, existen campañas publicitarias que sirven de financiación a un sector en bancarrota. La unión de la derecha mediática contra el Gonzalismo a principios de los noventa; la destitución de Alfredo Urdaci por Televisión Española; la cesión de Cintora y el reciente despido de Bertín; ponen en evidencia cómo se mueven los hilos en la industria de la cultura.

Aparte de los problemas señalados arriba, la opinión que se vierte en las columnas de papel está monopolizada por los mismos de siempre. Césares Vidales, Herreras, Camachos y Carrascales, entre otros, acaparan los espacios de opinión, impidiendo que nuevas plumas les muevan sus pedestales. Tanto es así, que el que escribe ha sufrido la censura en decenas de tribunas; que si no fuera por los pergaminos de este blog, nunca hubiesen salido a la luz. Aparte de ese columnismo de tintes repetidos, las secciones de opinión están plagadas de "intocables" o "figurones", en la jerga de Sánchez Cuenca – autor de "La desfachatez intelectual" -, como Vargas Llosa, Cercas o Reverte; que desde una retórica novelesca opinan sobre temas políticos sin el rigor científico que deberían.

Llegados a este punto, queridísimos lectores, es necesario que el modelo periodístico mediterráneo se contagie de las brisas anglosajonas. Para ello, para conseguir una prensa más libre, plural e independiente es necesario romper, de una vez por todas, las "dos Españas" que decíamos atrás. Es urgente que los periódicos se financien con las cuotas de sus lectores – como ya lo viene haciendo Infolibre, por ejemplo -. Es necesario que los "intocables" y "literatos" den paso a nuevos talentos. Talentos temporales y reciclables para crear una opinión flexible y diversa; alejada de los sesgos opinables actuales. Por todo ello le doy la razón a Pablo Iglesias, salvo en la crítica que le hizo a Álvaro Carvajal, periodista de El Mundo. No la comparto, como les digo, porque cuando la crítica es personal y descalificatoria se convierte en destructiva; algo nefasto para la democracia y las reglas del respeto.

Panamá, Conde y otros sinsabores

Por mucha cara de póker que pusiera José Manuel Soria, al enterarse que su nombre figuraba en los papeles de Panamá, lo cierto y verdad, es que lo han pillado con las manos en el ajo. En este país hay – como dicen por ahí – dos varas de medir: una para los robagallinas de toda la vida y otra para los pudientes, aquellos de cuello blanco que tienen contactos y saben moverse por los tentáculos del sistema. Uno de ellos, por poner un ejemplo, es Mario Conde. Desde que salió de la cárcel ha publicado libros; ha opinado en debates televisivos y, para más inri, ha dado clases de moralidad económica a través de su Facebook. Lo ha hecho, y no habría nada de malo en ello sino hubiese escondido – presuntamente – cadáveres en su armario.

A veces me pregunto: ¿se piensan "los de arriba" que "los de abajo" somos idiotas?, ¿se piensan que nos tragamos sus milongas con esas bobadas de los portales de la transparencia? Digo bobadas porque la visibilidad del patrimonio no es condición suficiente para salvar la honorabilidad de los elegidos. Aunque la corrupción sea irrisoria si la comparamos con el extenso número de alcaldes y diputados que hay en nuestros prados; lo cierto y verdad, es que un garbanzo negro amarga el mejor de los cocidos. En días como hoy, con la que está cayendo en muchos hogares españoles, resulta indignante que señores declarados insolventes – me refiero a Mario Conde – hagan de las suyas para lavar, supuestamente, trece millones de euros procedentes de Banesto.

Aunque al Gobierno se le llene la boca hablando de "tolerancia cero" a la corrupción; los hechos – que al fin y al cabo son los que cuentan – señalan para otro lado. Digo esto, queridísimos lectores, porque la Ley de Amnistía Fiscal fue – y es – un claro ejemplo de tolerancia y vista gorda al ladrón de guante blanco. La ley fue – y es – una herramienta para evacuar las aguas que inundan los paraísos fiscales. Un cincel maquiavélico – y valga la metáfora – para hacer caja en tiempos de vacas flacas; a costa del dinero obtenido mediante mecanismos fraudulentos. Dicen las lenguas oficiales que Hacienda somos todos; que la ley es igual para todos – en palabras de Juan Carlos – y que en este país: el que la hace, la paga. Sin embargo, la realidad corrobora lo contrario. Vemos como señores multimillonarios están de patitas en la calle; mientras otros – gente humilde e ignorante -, por errores insignificantes, están muertos de asco en cárceles españolas. Son precisamente las corrientes clientelares; las puertas giratorias y las tapaderas familiares; las que explican gran parte de tales tropelías.

Desde los papeles de Bárcenas; pasando por Iñaki Urdangarín, el caso Rato, los ERE de Andalucía y aterrizando en el ayuntamiento de Granada, la corrupción se ha convertido en un problema capital para la opinión pública española. Tanto es así, que algunos medios internacionales han comparado a nuestro país como "la Venezuela de Europa". Un país, de pillos y granujas – como diría Shakespeare si nos oyera -, donde la golfería cabalga a sus anchas por el césped de gobiernos cuestionados. Ministros, cantantes, actores y hasta la mujer de Felipe González aparecen en los papeles de Panamá. Papeles que gracias a su publicación ponen en evidencia el mal ejemplo de ”los de arriba" a "los de abajo". Así las cosas, los portales de la transparencia, e inventos por el estilo, valen más bien poco; si quienes allí aparecen ocultan parte de sus riquezas en lugares opacos.

Sobre Podemos y el 15-M

Dentro de un mes se cumplirá el quinto aniversario del Movimiento 15-M; de los indignados de Hessel – en palabras del filósofo – o de los "perroflautas y pendencieros" – en palabras de Esperanza Aguirre -. Como recordarán, aquellas movilizaciones surgieron en la recta final de la segunda legislatura de Rodríguez Zapatero. España se encontraba, como recordarán, inmersa en la mayor crisis económica internacional desde la de 1929; el CIS reflejaba el malestar general con el sistema político y, para más inri, había una desafección a la democracia representativa. Paralelo al 15-M, se cocía la Primavera Árabe; un conjunto de revueltas populares contra los gobiernos de Túnez, Egipto y Libia. El rasgo común de la "indignación" como movimiento social fue el uso de Internet, las redes sociales y los teléfonos móviles. Aquellos años se conocen en los foros politológicos como la primera revolución digital en la era digital.

Como recordarán, el 15-M fue un movimiento heterogéneo – de jóvenes y no tan jóvenes – que criticaron, entre otras cosas: la corrupción institucional; la falta de sensibilidad de las élites con los problemas de la ciudadanía; la rendición de los políticos a los dictámenes de las Organizaciones Internacionales; el clientelismo político en las democracias avanzadas; la ausencia de iniciativas políticas y la falta de transparencia de las Administraciones Públicas. El movimiento 15-M se caracterizó por sus manifestaciones callejeras; su actitud no violenta; su nivel de espontaneidad; horizontalidad y, sobre todo, su independencia con respecto a cualquier partido político. Desconfiaban de todas las organizaciones políticas; aunque muchos partidos quisieron sacar tajada del fenómeno. La clave del éxito del 15-M, como de cualquier movimiento social, fue la conexión con la sociedad. La indignación fue, como saben, el pensamiento en voz alta de millones de cabezas pensando al unísono.

Tras las elecciones generales del año 2011, y con Mariano Rajoy al frente de La Moncloa, el silencio de las plazas contrastó con el grito amarillo de los meses anteriores. El fin del zapaterismo y, la ilusión de la gente por recuperar el "España va bien" de los tiempos aznarianos – la tierra prometida de Mariano -, explica parte del apagón del movimiento. La corrupción galopante del Partido Popular, el descenso tímido del paro, el emplasmamiento de Rajoy y el desmantelamiento del Estado del Bienestar; hicieron que Podemos supiera conectar con los nostálgicos del 15-M. Pablo Iglesias supo integrar en su discurso todas las dolencias que sirvieron de síntomas para que, años atrás, los indignados de Hessel salieran a la calle. El líder de Podemos despertó el pensamiento latente de la indignación. La "casta", "los de arriba y los de abajo", "el robo a los pobres parar dárselo a los ricos", "la renta básica universal", "los corruptos" y otros muchos términos; fueron acuñados por Podemos para crear la identidad política de su partido. Una identidad que representaba a millones de desencantados con las políticas de Zapatero y desengañados con las promesas incumplidas del Rajoy.

Tras el éxito de las elecciones europeas, Podemos ya no representa "el brazo político" del 15-M; al menos así lo reflejan cada día las encuestas. El partido de Pablo Iglesias ha roto con su utopía. Ahora es uno más de la parrilla; uno más de la "casta" en palabras de su jerga. Son uno más de la casta porque dialogan y tienden la mano a quienes, en campaña electoral, eran sus peores enemigos. Podemos, en palabras del borracho, es un partido como otro cualquiera; con sus problemas de liderazgo; organizativos y enfrentamientos internos. Tras el resultado de las elecciones andaluzas; el partido de Pablo ha ido perdiendo fuelle; se ha ido desinflando como un globo durante una fiesta de cumpleaños. Tras las elecciones del 20-D, Podemos ha barrido – y barre – para los nacionalistas – sus "socios" preelectorales; una línea roja que le ha impedido entenderse con el centro. Así las cosas, Podemos se ha convertido en el globo arrugado que yace en el suelo tras la frustración de millones de indignados.

Resucitando a Cervantes

Me contaba Carmelo – un viejo conocido del Maracaibo – que a su hija, de cinco años, le leía todas las noches fragmentos del Quijote en lugar de Blancanieves y cuentos por el estilo. La niña conocía a Sancho y Rocinante como si fueran de su familia. Tanto es así, que en su habitación colgaban dibujos de Dulcinea; espadas y herraduras. Carmelo es profesor de Lengua y Literatura en una universidad de las tripas parisinas. Siente tanta pasión por Cervantes, que su tesis doctoral versó sobre el habla popular de los tiempos del Quijote. El otro día, tras varios meses sin saber de él, me envió un correo. Me pedía que por favor escribiera algo acerca del cuarto centenario de la muerte de Saavedra. Algo parecido a "huesos sin nombre", un artículo que escribí, hace un año, para Levante EMV.

Artículo completo en Levante-EMV

Educación para la crítica

Como sabéis, aparte de juntar letras en los pergaminos del Rincón, soy profesor de instituto. Me gano el pan – como diría un clérigo en los tiempos de Quevedo – aportando valor al talento del mañana. A lo largo de mi carrera; he corroborado que existe un analfabetismo preocupante en materia legal e institucional. La mayoría de los alumnos no saben qué es el Parlamento; ni siquiera que la Constitución es la Ley de leyes y, que el Gobierno está formado por el Presidente y los ministros. Los adolescentes, la verdad sea dicha, tienen un conocimiento muy vago de lo que fue la Transición democrática; no olvidemos que en Historia de España; se dedica muy poco al Franquismo y su agonía.  Así las cosas, no es extraño que cuando surge, en el aula, algún debate relacionado con los políticos, los alumnos se refieran a los mismos como una panda de pillos y granujas.

Si yo fuera ministro de educación, propondría para el debate político "educación para la crítica"; una asignatura que se estructuraría en tres bloques temáticos: alfabetización política; modelos mediáticos, y escritura crítica. El primer bloque versaría sobre el derecho a la participación política; las diferencias entre Congreso y Senado; el procedimiento para la elaboración de las leyes; las funciones de la Corona y la democracia comparada. El segundo consistiría en un análisis detallado del modelo mediático mediterráneo en comparación con los otros – el anglosajón, por ejemplo -. Como saben el modelo mediterráneo – el nuestro – está basado en una prensa predecible, afín a los partidos, y alejada del modelo ideal de democracia de audiencia. Y, por último, el tercer bloque temático consistiría en que los alumnos escribieran reseñas y artículos de opinión; acerca de libros propuestos, películas y temas de actualidad.

Gracias a esta asignatura, los adolescentes desarrollarían un espíritu crítico para la vida. Conocerían de cerca – alejados del sesgo mediático – los rasgos distintivos de cada ideología – el neoliberalismo, la socialdemocracia, el populismo…- y, sus repercusiones a lo largo de la historia. Sabrían, las ventajas e inconvenientes de nuestra forma de Estado; en perspectiva comparada con Estados Unidos y Francia, por ejemplo. Con "educación para la crítica" se conseguiría que los alumnos cuestionasen las fuentes; los argumentos de autoridad y los mensajes publicitarios. Gracias a esta materia quedarían descubiertos los intereses económicos que mueven la industria de la cultura. Y, por último, esta asignatura serviría para crear una corriente crítica y manifiesta contra el clientelismo; el consumismo; el fanatismo y todos los -ismos que hieren al sistema.

Probablemente este borrador de asignatura nunca salga a la luz, ni sea objeto de debate público; ni nada por el estilo. No verá la luz – como les digo – porque los utópicos solo vemos gigantes donde los otros ven molinos. La Lomce – la ley de Wert – ha sido – y es – la antítesis a la "educación para la crítica". Su alma – el de la lomce – reside en educar para creer; en lugar de educar para cuestionar. Por ello, estimados lectores y lectoras – la religión ocupa el lugar perdido de los tiempos olvidados; la filosofía se convierte en el jarrón incómodo de las aulas españolas y, las reválidas se imponen como en la época del Caudillo. Gracias a la Lomce, los alumnos de hoy serán – y perdonen por la expresión – los "borregos" del mañana. Serán una masa de analfabetos políticos, alineados por los medios, e incapaces de pensar por cuenta propia. Indignante.

Jaula de grillos

El otro día recibí un correo de Frank, un periodista independiente afincado en Washington. Me preguntaba – este amante del Rincón – si, algún día, asistiremos al funeral de Podemos. En España, le contesté, hay dos constantes vitales que han marcado la historia de su democracia. Una es la estabilidad y la otra, la moderación. Salvo el intento fallido del golpe de Estado en el año ochenta y uno; las legislaturas han sido cortadas con la misma tijera. Meses arriba, meses abajo; todas han durado cuatro años. No ha habido adelantos electorales significativos, ni alteraciones en los plazos convencionales de las investiduras. En cuanto a la moderación, en la Hispania postfranquista siempre han gobernados partidos de centro; ya sean de la izquierda o la derecha.

Las elecciones del 20-D han supuesto un punto de inflexión en las dos constantes anunciadas más arriba. Se ha roto, como saben, la estabilidad y la moderación. La inestabilidad queda reflejada en la probable convocatoria de elecciones generales. Elecciones precedidas por la renuncia de Rajoy a ser investido presidente; el intento fallido de Sánchez y la incapacidad del hemiciclo para formar un gobierno; ya sea de mimbres valencianos o una gran coalición a la alemana. La falta de moderación viene protagonizada por la irrupción de Podemos. Nunca, ni siquiera cuando Santiago Carrillo estaba en la cresta de la ola; una fuerza de corte populista ha conseguido tanta representatividad en el patio de los leones. Así las cosas, nos hallamos con un escenario de rastas y corbatas, donde la gobernabilidad del país se atisba complicada.

Para que la estabilidad vuelva a su orilla, es necesario arreglar la embarcación de la moderación. Sin moderación mediante, sin un gobierno de centro, la tempestad está asegurada. La Transición se construyó gracias a la moderación. Gracias a UCD – el partido de Suárez – se consiguió la estabilidad democrática. El pueblo – que de tonto no tiene un pelo – optó por el centro, en lugar de los márgenes del círculo. Y, todo ello, a pesar de cuarenta años de Nodo, sotanas y ausencia de libertades. Es, precisamente, esta razón; la que invita a la crítica a pronosticar un mal final para Podemos. Con la llama de la indignación apagada y la recuperación económica en camino; la fuerza de Pablo Iglesias pierde fuelle entre los votantes racionales. Aquellos que hace unos meses votaron por el morado, y prescindieron de la "casta".

La alianza entre Ciudadanos y PSOE es el camino. El camino para que la moderación devuelva la estabilidad democrática a la España que nos preocupa. Gracias a un gobierno de centro izquierda; la derecha de Rajoy y los votantes de Podemos quedarían fotografiados en los márgenes del lienzo. El mismo lienzo que visionamos en los tiempos de Suárez cuando Alianza Popular era un problema para el Estado y, el Partido Comunista, un problema, para el mercado. La derecha representaba a "lo viejo", a las sombras del franquismo, en contraste con las campanas y patillas. El partido de Carrillo representaba a "los rojos"; a quienes, en tiempo republicanos, lucharon contra el Caudillo. Solamente, el centro – el partido de Suárez – construyó los puentes necesarios para aproximar las orillas. Sin moderación mediante, España corre el riesgo de convertirse en un gobierno a la italiana; una jaula de grillos en la que todos gritan y ninguno se oye.

Bucles políticos

Si miramos por el retrovisor de los tiempos, vemos como las crisis económicas han protagonizado las elecciones de cambio de los últimos treinta años. Tras dos legislaturas consecutivas, UCD – el partido de Adolfo Suárez – perdió el poder; precisamente por los "números rojos" que azotaban al país desde mediados de los setenta. Felipe González hizo una campaña electoral contra "la ineptitud del Centro para sacar a España de la crisis"; estrategia que le valió, como saben, la mayoría absoluta en el año 1982. Varias décadas más tarde, el péndulo histórico volvió a repetir la jugada pero a la inversa. Rajoy sacó tajada de la crisis económica a costa del mantra "la culpa es de ZP"; algo que le valió la mayoría absoluta.

Rajoy obtuvo la mayoría absoluta con una estrategia de perfil bajo. Tras la lección aprendida en las elecciones del 2008, el PP moderó su discurso y lo orientó exclusivamente a la crisis económica. Así las cosas, durante la campaña del 2011, el Pepé solamente habló del tema que más preocupaba a los españoles: la "crisis". Gracias a ello, el caso Gürtel no le pasó factura a la derecha; ni en las municipales, ni en las autonómicas de mayo. Tanto es así que Camps revalidó la mayoría absoluta en la Comunidad Valenciana. El PSOE tampoco sacó tajada del final de ETA. Ni la corrupción, ni el final de ETA fueron temas decisivos para justificar el voto de los ciudadanos. Lo único que importaba, era confiar en alguien que sacara al país del agujero; y ese alguien era Rajoy.

En las elecciones del año 2000 y 2011, el Pepé utilizó la misma estrategia electoral. Una estrategia basada en la captura del voto racional en detrimento del ideológico. Gracias a esta jugada, Mariano Rajoy hizo leña del árbol caído; recogió las cenizas del Zapaterismo y se benefició de la baja participación electoral. Durante la pasada legislatura (2011-2015), el Partido Popular ha hecho lo mismo que hizo Aznar en su segunda legislatura (2000-2004). En sendas legislaturas, el Pepé obtuvo sus mayorías absolutas; en parte por el beneplácito del votante medio. Un votante medio que depositó su votó racional a las credenciales de la derecha y que; pasadas las elecciones, vio como éste contribuyó a la radicalización de la derecha. En días como hoy, el Pepé no puede hacer uso de los mismos cinceles que le sirvieron para esculpir sus victorias. Del sistema de partido dominante hemos pasado al pluralismo limitado; un marco similar al que tuvimos durante la transición democrática.

Sin la crisis mediante; la corrupción vuelve a la posición de los tiempos de Roldán, Vera y Barrionuevo. Tiempos en que los medios de comunicación, afines a la derecha, trabajaron, codo con codo, con Aznar para defenestrar a Felipe. La gran diferencia es que ahora, la pelota – de la corrupción – está en el tejado de Génova. Ahora son ellos – los populares – quienes tienen Roldanes, Veras y Barrionuevos. Y ahora son ellos, quienes tienen que defender su honorabilidad como la defendió González a finales de los noventa. Ahora, es cuando el votante medio recuerda que su voto racional, de hace cuatro años, no sirvió para políticas de centro sino para desmantelar el Bienestar. Ahora, con las elecciones en los talones, es hora de darle la vuelta a la tortilla. No dejemos que se queme.

Sobre ateos y creyentes

El otro día hablaba con Jacinto – un viejo conocido del Maracaibo – sobre religión y política. Cómo podía ser – se preguntaba mi amigo – que en pleno siglo XXI; la gente siguiera creyendo en Dios para justificar su destino. Jacinto era católico hasta que murió su hijo por un fatídico accidente de moto. Desde aquel momento, se dio cuenta que todo tiene una explicación en el devenir de los humanos. Su hijo, me decía, no falleció por cuestiones del destino sino por una amalgama de causas naturales, que explicaron lo ocurrido. Antes de que falleciera Francisco – su hijo -, Jacinto iba todos los domingos a misa; rezaba algún que otro Padrenuestro entre semana; y confesaba sus pecados a don Gregorio, el párroco de su pueblo.

Aunque actualmente no sea creyente, Jacinto sigue militando en el Pepé. Le molesta muchísimo que el ateísmo sea un feudo de la izquierda y los crucifijos de la derecha. Aunque no se debería juntar el tocino con la gasolina; lo cierto y verdad, es que el credo del Partido Popular, lo define como liberal y cristiano. Tanto es así, que cuando la derecha ostenta el poder; la Iglesia saca tajada de su mandato. La derecha española converge con los valores cristianos. Y ello se refleja en sus hechos políticos. Desde que Rajoy llegó a la Moncloa, las sotanas han salido reforzadas. Tanto es así que la Hispania de hoy es menos laica que la de ayer. Lo es, como les digo, porque el Pepé ha suprimido la "Educación para la Ciudadanía"; ha implantado más horas de Religión en los institutos; ha hecho de la Religión una asignatura evaluable. Y, para más inri, intentó – con Gallardón a la cabeza – restringir el derecho al aborto.

A pesar de que la modernidad haya construido una sociedad basada en el conocimiento científico; la gente sigue buscando refugio en las creencias. Lo sigue buscando, como les digo, porque necesita un margen de error para construir la felicidad. La mayoría de las personas necesitan otorgar sentido a sus vidas por medio de la religión. Una religión, que compensa con palos y zanahorias celestiales, los hechos terrenales. Solamente así, con el ojo puesto en el qué pasará tras el "más allá" de la muerte; los pueblos han construido una moralidad nutrida de parábolas y mandamientos. Parábolas necesarias para afrontar la muerte como un viaje hacia otra parte; en lugar de un salto hacia el vacío. Sin religión mediante, la muerte de los humanos sería como la de los perros y gatos. Muertes físicas, causadas por factores genéticos o ambientales, para una vida sin sentido.

A pesar de que la religión sirve para otorgar sentido a la vida. Los ateos pueden prescindir de ella. Pueden, como les digo, vivir sin un ente externo que les guíe el camino. Sin nadie que justifique sus aciertos y errores. Sin nadie – y perdonen por la redundancia – que les premie o castigue por las consecuencias de sus decisiones. Sin ese alguien en sus vidas, los ateos construyen el camino. Buscan el consuelo en el interior de su cuerpo, y reflexionan sobre los efectos de sus decisiones. Para los ateos, la vida no es un regalo del cielo sino un accidente humano; que nace con el coito y muere con el lamento. La vida es como un camino de piedras, flores y espejismos con un final en el vacío. La vida estamos – salvo que queramos suicidarnos – condenados a vivirla. Aprendamos, pues, de ella y olvidemos por un instante; si somos ateos o creyentes.