En este país todo lo que sean insultos, gritos y palabras malsonantes son bienvenidos por la audiencia soberana


n las páginas de este blog hay dos artículos dedicados a Esperanza Aguirre. El primero: "Camorristas y pendencieros", escrito el 27 de septiembre del 2011. Un texto que versó sobre las declaraciones de la "exjefa madrileña" acerca del movimiento 15-M en la víspera de la "acampada Sol". Desde la crítica denuncié los insultos – infundados – por doña Espe a los "indignados de Hessel"; jóvenes y no tan jóvenes que, haciendo uso del derecho a manifestación – reconocido por la Constitución – , expresaban su descontento civil contra las miserias institucionales de su país. El segundo artículo: "Adiós Esperanza, adiós", escrito el 18 de septiembre del 2012. Artículo que le dediqué a la señora Aguirre cuando cambió la presidencia de Madrid por un puesto en una empresa de "caza talentos". En aquel post realice una sátira mordaz acerca al periplo político de Aguirre. La comparé, verdad de las grandes, con Margaret Thatcher por su defensa al ultranza del mercado en detrimento del Estado y, la puse a parir – valga la expresión - por sus meteduras de pata cuando fue ministra de educación en los tiempos de Aznar.  

La señora Aguirre, a pesar de su renuncia como presidenta de su comunidad, sigue moviendo los hilos del poder desde el cargo que ostenta en el Pepé de Madrid. Tanto es así, que esta mujer de las tripas peperas desempeña una vasta labor intelectual y mediática al servicio de su partido: escribe a menudo páginas para la Tercera de ABC; hace manifestaciones polémicas sobre la política de Rajoy y, por si fuera poco, se da a la fuga para no ser multada, tras aparcar en un carril bus en plena Gran Vía madrileña. Así las cosas, en los últimos días, esta señora ha vuelto a los ataques e insultos "barriobajeros" contra compañeros políticos de signo diferente, en este caso Podemos. Si antes eran los "camorristas y pendencieros" del 15-M, denunciados en el párrafo de arriba, los que indignaban a doña Espe, ahora son "los terroristas de Pablo Iglesias", los que la sacan de quicio. Tanto le molesta, la organización de Podemos, que los ha acusado de financiación ilegal; de tratar con dictaduras bolivarianas y de hacer propuestas populistas. Los acusa, doña Aguirre, desde las trincheras del Pepé.  Las mismas trincheras que tienen a su extesorero – el señor Bárcenas – entre rejas por una supuesta caja B; las mismas garitas que hacen negocios armamentísticos con dictaduras orientales y, las mismas trincheras – y perdonen por tanta redundancia – que están en los ojos de jueces y tribunales por la trama Gürtel.

Son, precisamente, estas acusaciones vertidas por el partido del Gobierno a los incipientes de la parrilla – Podemos – las que hacen que la inmensa mayoría de los ciudadanos expresen su desafección por la política al ser preguntados por el CIS. El sábado por la noche, al volver a casa, – después de cenar una pizza con mi mujer y mi hija en una terraza de Torrevieja – encendí la tele y, tras un minuto de zapping, decidí quedarme con el debate de la Sexta. En ese momento presencié un cruce de acusaciones, insultos y reproches entre el líder de Podemos, Pablo Iglesias, y la expresidenta madrileña. Tan acalorado era el diálogo entre ambos políticos que mi hija de cinco años, que jugaba con su Nancy en el sillón de la esquina, levantó un par de veces la cabeza y, estupefacta y sorprendida, me preguntó: "¿Papá, papá, qué ocurre? Nada hija – le contesté – son políticos del circo. Mediante vía telefónica, la expresidenta madrileña acusaba a Pablo Iglesias de hacer apología del terrorismo; de financiar ilegalmente su partido y, de ser un populista de corte venezolano. Solo le faltó, a la expresidenta, meterse con la "cola de caballo" de Pablo; llamarle "camorrista y pendenciero" y, mostrarle su descontento por haber obtenido un millón dos cientos mil votos en las pasadas europeas. Envidias políticas diría Unamuno si estuviera entre nosotros y visionara semejante chiringuito. 

La señora Aguirre sigue moviendo los hilos del poder desde el cargo que ostenta en el Pepé de Madrid

Días después de aquel espectáculo mediático me enteré por ElPlural.com que dicho programa – la Sexta Noche – fue líder de audiencia. Lo fue, queridos lectores y lectoras, porque, en este país, todo lo que sean insultos, gritos y palabras malsonantes son bienvenidos por la audiencia soberana. Una audiencia, les decía, que disfruta en la butaca de su casa, mientras visiona a dos políticos peleándose como "perros y gatos en los callejones de Zamora". Cuando la política pierde las formas – decía un sabio maestro de comunicación política – el debate se convierte en un sumatorio de dimes y diretes, de adjetivos hirientes y de crítica destructiva, más propio de personas sin cultura que de señores y señoras versados en Derecho. El objetivo de estos ataques al líder de Podemos no es otro que el de crear en la opinión pública percepciones de antipatía y repulsa a quienes su-pu-es-ta-men-te dialogan con etarras y se codean con jefecillos bolivarianos. Si el mensaje de Aguirre y Eduardo Inda – periodista de El Mundo – cala en el ideario colectivo, la agrupación de Podemos será un cadáver político para las próximas elecciones. Si, por el contrario, las trincheras del PP y la Caverna no consiguen articular la artillería: "Podemos igual a terrorismo y comunismo", quienes caerán en la cuneta serán ellos – el Pepé -, por sus tergiversaciones y mentiras. Atentos. 

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¿Por qué un tal Pedro Sánchez que hasta hace unos meses no lo conocía ni Dios, hoy se ha convertido en el rey de su partido?


ace unos días escribí en este blog un post titulado "las torpezas de Rubalcaba". En él hablaba sobre los errores que había cometido el exlíder socialista durante su periplo por la política. El artículo no fue bien aceptado por varios seguidores del Rincón de la Crítica. Tanto les enojó mi opinión que me tacharon de "facha", entre otros calificativos que me guardo para mis adentros. El artículo lo envíe a dos rotativos progresistas y, cumpliendo con mis previsiones, en ninguno de los dos salió publicado. En aquel escrito critiqué al anfitrión de la "rosa" por apoyar públicamente a Eduardo Medina en su pulso contra Sánchez. Dije que dicho apoyo le hacía flaco favor al creador de "un militante, un voto" porque don Alfredo representaba, como todos sabéis, la debacle del postzapaterismo. Esta mañana al abrir el correo he encontrado varios mensajes de lectores y lectoras, que arrepentidos por sus ataques contra mi supuesta "derechización", han decidido volver a leer el blog. Os recuerdo que yo, no milito en ningún partido político y que esta bitácora no está sujeta al ordeno y mando de mecenazgos burgueses. Luego la crítica que se vierte en sus renglones es libre, plural e independiente.

Hoy, el día después de las elecciones socialistas, muchos se preguntan: ¿Por qué un tal Pedro Sánchez que hasta hace unos meses no lo conocía ni Dios, hoy se ha convertido en el rey de su partido? Varias son las hipótesis al respecto. La primera: el apoyo de Susana Díaz. Mientras Eduardo Madina fue apadrinado por "el desgastado de Ferraz" – Alfredo Pérez Rubalcaba – Pedro, por su parte, lo fue de la presidenta andaluza. La misma señora que arrasó en las pasadas europeas y devolvió a los suyos el sueño de una mayoría absoluta para las próximas autonómicas. La segunda hipótesis del triunfo de Pedro: su marketing político. Mientras Madina optó por una "campaña tradicional", Pedro desgastó las ruedas del monovolumen y las suelas de sus zapatos; recorrió palmo a palmo todos los rincones de España. Abrazó y estrechó la mano a miles de militantes y durmió en casa de algunos. "Los lazos que se crean al ver, oír y tocar a un candidato – en palabras de María, militante socialista – son, a veces, más fuertes que el mejor de los discursos". La tercera hipótesis de la victoria "sanchista": las "malas artes". Las informaciones feas, sobre el pasado de Pedro acerca de su paso como consejero por la caja de Blesa y sus estudios en colegios privados, han pasado factura a su rival, Eduardo Madina. Las insinuaciones de que tales informaciones fueron filtradas por Eduardo para enturbiar la campaña de Sánchez han sido percibidas por el electorado socialista como una "mala práctica", por parte de Madina, para derrotar por la vía menos elegante a su rival y "compañero" de partido.

Y la última hipótesis y no por ello menos importante: la imagen de Pedro. No olvidemos que existen claras correlaciones entre éxito y atractivo físico. La figura de Pedro – 1.90 de estatura – y su cara de actor de culebrones – en palabras femeninas - ha jugado a su favor en su pugna por el cetro.

Los socialistas necesitan, lo llevamos reivindicando muchísimo tiempo desde las páginas de la crítica: un líder; un programa y un partido. Un líder que ilusione a los desencantados de Zapatero. Esta debería ser, sin duda alguna, la función principal del recién elegido. Un partido íntegro – en palabras de Pedro – que aglutine en su seno a vencedores y vencidos, sin represalias ni rencores. Un aparato que impregne los valores democráticos de tolerancia y respeto hacia la diversidad de opiniones en el seno de las delegaciones. Un partido unido en cuanto a planteamientos ideológicos, cuestión monárquica, concepto de Europa y modelo de Estado. Y, por último, hace falta un programa electoral con objetivos claros, realistas y medibles de cara a las próximas elecciones. Un programa alejado de los sesgos populistas de otros partidos incipientes. Acercarse a las utopías radicales implica caer en los precipicios de un discurso atractivo pero difícil de poner en práctica ante oportunidades de gobierno. Aproximarse a las ideologías extremas implicaría caer en el mismo error de ZP cuando hizo políticas de derechas desde las filas socialistas.

Pedro desgastó las ruedas de un monovolumen y las suelas de sus zapatos, recorrió palmo a palmo todos los rincones de España

De los tres ingredientes para levantar al PSOE de sus cenizas – un líder, un partido y un programa – la tarea más difícil será la de conseguir que parte del millón doscientos mil votantes que votaron a Podemos en las pasadas europeas, regresen a Ferraz en los próximos comicios. Para que regresen es necesario que el nuevo líder socialista desmonte la utopía de Podemos. Si Pedro Sánchez se acerca a la guarida de Pablo saldrá perjudicado, porque los votantes – que de tontos no tienen un pelo – han encontrado en las recetas populistas de Podemos la ilusión por la política; la misma ilusión que perdieron desde el "decretazo" de Zapatero y el engaño de Rajoy por sus promesas incumplidas. Por ello, Sánchez no nadará en aguas tranquilas durante su reinado socialista sino que tendrá que ubicar su discurso entre las lagunas de UPyD y los huecos izquierdistas. Moderar el discurso para hacerlo creíble será condición necesaria para que el voto útil de antaño vuelva a las aguas socialistas, y se aleje de aquellas organizaciones incipientes que tienen líder – en referencia a Podemos – pero carecen de un aparato consolidado y un programa real para gobernar España. Así las cosas, es conveniente que el nuevo líder de la "rosa" diga a los ciudadanos qué ofrece su partido a sus potenciales clientes de urnas que no ofrezcan los otros de la parrilla. Mientras no lo diga, el nuevo PSOE será un barco a la deriva.

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El buque insignia del grupo Prisa ha roto con el compromiso "rojo" de los tiempos aznarianos


omo sabéis cada día leo un periódico diferente. Hago esto para mantener el espíritu crítico, alejado de los sesgos que supone la lectura de una prensa repetida. Gracias a esta diversidad de enfoques consigo contrastar el tratamiento de los hechos y, llegar así, a una composición más real de la verdad. Hace años era un lector asiduo de El País. Era tan fiel a sus noticias, tribunas y columnas que cuando no quedaban ejemplares en el quiosco de Andrés, prefería darme media vuelta e irme a casa con las manos vacías. Me resultaba incómodo leer el ABC, La Razón o El Mundo de Pedro Jota (ahora de Casimiro), porque sus líneas editoriales no comulgaban con mis preferencias progresistas. El domingo, para no ir más lejos, compré El País. Lo compré, les decía, y lo comparé con el periódico que tanto defendí en los mentidores de la calle. Hoy en día, la verdad sea dicha, el buque insignia del grupo Prisa ha roto con el compromiso "rojo" de los tiempos aznarianos. Entre sus páginas eché de menos los artículos de Maruja Torres; las crónicas de Javier Valenzuela; los relatos bélicos de Ramón Lobo y Mercedes Gomis; los renglones salmón de Santiago Carcar Romera y María Isabel Lafont. Las únicas alegrías que recibí, mientras leía entre las cenizas de El País, fueron los artículos de Cercas y Marías. Y cómo no, la columna de cierre del célebre Vicent.

Desde que El País hizo el ERE, hace casi dos años, su línea editorial ha cambiado drásticamente. Ha cambiado hasta tal punto que si a algunos ejemplares, publicados recientemente, les suprimimos el rótulo de la portada, no sabríamos distinguir si se trata de un periódico de la caverna o un rotatorio progresista. Desde que Antonio Caño cogió las riendas del periódico, hace cinco meses, y sustituyó a Javier Moreno, la derechización del medio ha sido un secreto a voces. Ha sido un secreto a voces, les decía, porque las filas de Cebrián han bajado la crítica al gobierno de Rajoy. "Algo habrá tenido que ver en este trato cortés – dicen las malas lenguas de la Yuste Madrileña – la estrecha amistad que existe entre el presidente del grupo Prisa y la vicepresidenta del Gobierno, la señora Soraya Sáenz de Santamaría". Tan sólidos son los lazos de amistad entre El País y el Ejecutivo que hasta el propio Rajoy ha escrito, recientemente, una tribuna en las páginas de Caño. Fenómeno que no sucedía, recuerden, desde la guerra fría entre Aznar y El País por el caso Sogecable.  

El artículo: "Leonor se convierte en princesa", publicado el pasado día 4 de junio por El País, y la defensa de la Monarquía como forma de Estado, tras la abdicación del Rey, ponen en evidencia "el giro a la tradición" de un periódico que siempre estuvo al lado del progreso. Un periódico que nunca tiró piedras contra su propio tejado y defendió hasta la médula los intereses de sus lectores.

Este giro a la tradición, o dicho en otros términos, esta derechización del buque insignia de la izquierda perjudica seriamente a la estructura mediática de nuestra democracia. Una democracia contada por un "cuarto poder" de ideología conservadora que enturbia la pluralidad ideológica defendida por la Carta Magna. Actualmente, "los tigres de papel" ostentan el monopolio de la opinión pública mediante líneas editoriales de corte neoliberal, acordes con los intereses de la burguesía y acríticas con las políticas del Ejecutivo. Solamente en la dimensión digital encontramos medios como El Diario.es de Ignacio Escolar o El Plural de Sopena, que compensan el "cambio de chaqueta" que se ha producido en el seno de El País. El servilismo de algunos medios a los intereses del capital les impide desarrollar la función periodística con el rigor y la fidelidad hacia una información objetiva y desprovista de intenciones, omisiones e insinuaciones. Una información, les decía, exenta de adjetivos y sin sombras amarillas, servida a un lector aburrido de leer a diario una prensa predecible. 

Así las cosas, desde El Rincón de la Crítica debemos reflexionar sobre el modelo periodístico que queremos para nuestra cuestionada democracia. Debemos elegir entre un modelo occidental basado en  el oligopolio de grandes dinosaurios -mantenidos por los intereses de la burguesía – o, por un modelo basado en cientos de felinos financiados por la comunidad lectora. El primer modelo responde al que tenemos. Una parrilla de cinco medios – ABC, El País, La Razón y El Mundo – que se reparten la tarta del mercado y, una minoría de pequeñas cabeceras que sobreviven, a duras penas, con las migajas de los poderosos. El segundo modelo, como les decía, está basado en una oferta diversa de medios especializados y financiados por sus socios, los lectores. Pagar por leer – mediante suscripciones – sería lo recomendable para que la prensa no perdiera el espíritu crítico de antaño. Gracias al sostenimiento de tales medios por una masa crítica de lectores exigentes, la prensa se convertiría en un servicio público al servicio de la soberanía lectora. Una soberanía con capacidad para crear una opinión pública orquestada desde abajo, que rompiera, de una vez por todas, el romance existente entre política y periodismo.

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Rubalcaba ha cometido cuatro torpezas capitales durante su periplo por la política


ientras Mariano Rajoy, ¡ojito derecho de Aznar!, fue monaguillo antes que fraile – ministro antes que presidente del Gobierno, quiero decir -, en el partido socialista no han tenido la misma suerte con el sino de sus "segundones". Tras la renuncia de Borrell, Almunia – ministro de Felipe – fracasó estrepitosamente en las elecciones del año 2000; su partido descendió – para sorpresa de muchos – en 125 diputados en favor de un Pepé efervescente, liderado por Aznar. La misma noche de la derrota, Joaquín dimitió; dejando el "marrón" de su fracaso – de manera provisional – en manos de una gestora, orquestada por Chávez. A Trinidad Jiménez de nada le sirvió la "chaqueta de cuero negro" para competir contra su primo, Ruiz Gallardón, por la alcaldía de Madrid. La socialista también perdió el pulso – valga recordarlo – contra Tomás Gómez para encabezar las autonómicas madrileñas, allá por el año 2007. Lo perdió, les decía, a pesar de contar con el apoyo claro – clarísimo – de la Ejecutiva General y el beneplácito de su jefe, Rodríguez Zapatero. Alfredo Pérez Rubalcaba - ministro de Felpe y José Luis – tampoco ha tenido la misma suerte que Rajoy. Alfredo perdió las elecciones del año 2011 y ahora, dos años y medio después, deja un partido herido por los mordiscos de Podemos; las disputas territoriales y, la crisis de liderazgo.

Rubalcaba ha cometido, para el análisis de la crítica, cuatro torpezas capitales durante su periplo por la política. La primera: presentarse a las pasadas elecciones generales. El último error de ZP fue, sin duda alguna, su apuesta por Alfredo en detrimento de Chacón. Gracias a los 22 votos de diferencia, el "químico de Ferraz" se hizo con la secretaría general de su partido y compitió contra sí mismo para deshacer el maleficio de los "segundones socialistas". Su candidatura representaba la experiencia que necesitaba el aparato para vencer a las "barbas" de Rajoy; pero también – valga apuntarlo -, Alfredo representaba la sabiduría política de maestros desgastados y castigados por los desencantados de su partido. Él, Rubalcaba, formaba parte del problema: "la herencia recibida"; su gestión al frente de los gobiernos de Felipe y Zapatero llevaba implícita el pedigrí del "caso Faisán", "el decretazo de ZP" y, lo más lamentable de todo, el descrédito "político" de pedir en la tribuna las políticas que él no hizo durante sus veinte años de ministerios.

La segunda torpeza de don Alfredo: hacer una oposición tranquila. Rubalcaba tenía todas las cartas a su favor para sacarle los dientes al presidente del Ejecutivo. Un presidente, les decía, contradictorio y "novato" en el arte de gobernar. Rubalcaba, lo tenía "a huevo" – valga la expresión -, pero no supo sacarle el jugo político al "rescate de los bancos";  a las subidas de impuestos; al incumplimiento del programa; al crecimiento del paro;  al recorte de la becas; al copago sanitario; a los desahucios diarios;  a los papeles de Bárcenas; a la subidas de las matrículas; a la involución del aborto; a las camas en los pasillos; a la reforma laboral, y un largo etcétera que pone

su broche  final en un desmantelamiento del Estado del Bienestar, nunca visto desde los tiempos predemocráticos. Así las cosas, a Rubalcaba le faltó más crítica y ruido en el patio de los leones. Le faltó, por qué no decirlo, más golpes en la mesa del escaño y abucheos a una derecha desprovista de programa y "mentirosa" como ninguna. A Alfredo, verdad de las grandes, le sobró talante "zapaterista" y le faltó gritar, unas cuantas veces, el “váyase señor Rajoy", como en sus tiempos hizo Aznar con las filas de Felipe en la España de Roldán.

La tercera torpeza del exlíder socialista: apoyar a Eduardo Madina en su pugna contra Sánchez. Mientras Pedro ha recibido los elogios y el beneplácito de Susana Díaz – la joya socialista -, Eduardo, por su parte, ha recibido el apoyo público de Rubalcaba – el suspendido de Ferraz -. Votar a Madina, con el apoyo mediante de Alfredo, se convierte en un alto riesgo a la equivocación, por la incertidumbre que supone para la militancia socialista votar al "ahijado" de un cadáver político, como lo es Rubalcaba. Por su parte, Pedro Sánchez ha contado con la "hada" Susana, una mujer que goza de buena prensa entre los suyos, por su triunfo electoral en las pasadas europeas. No olvidemos que Díaz gobierna Andalucía en coalición con Izquierda Unida, luego la "izquierdización" de su tierra es producto de ella y sus socios de batalla, aunque muchos de su partido le atribuyan el oro de la victoria. Mientras Eduardo se presenta con la losa de los prejuicios rubalcabistas, su rival – Pedro Sánchez – lleva consigo la "estrella" de su madrina. Luego, como dice el dicho popular: "coge la fama y acuéstate".

Alfredo representaba la sabiduría política de maestros desgastados y castigados por los desencantados de su partido

La cuarta torpeza de Rubalcaba: dimitir antes del 13 de julio, el día de la elección del nuevo secretario general. Alfredo se precipitó en elegir el momento para dejar la política. Su decisión ha sido la gota que ha colmado el vaso para, la más que probable, derrota de Madina en su pulso contra Sánchez. La dimisión de don Alfredo, les decía, se contradice con las palabras que "salieron de su boca" la noche que perdió las elecciones generales. Palabras de compromiso con su electorado y, palabras de coherencia con su decisión de tomar las riendas del partido durante "los próximos cuatro años". Hoy, dos años y medio de aquella osadía, Rubalcaba se convierte en el esclavo de sus mismas palabras. Dimite, sin pensar en su electorado; el mismo que apostó por él para liderar el partido, tras la renuncia de Zapatero. Dimite, sin ponderar el daño colateral que le hace a su ahijado, Madina. Su dimisión perjudica a su discípulo, lo deja – como dicen en mi pueblo – huérfano de padrino en medio de la tormenta. Dimite, el señor Rubalcaba, tras probarse ante las urnas y comprobar que el "maleficio socialista" sigue vigente para el común de los segundones. Mientras tanto, Felipe y Zapatero triunfaron, a pesar de ser nuevos en el chiringuito. Una máxima que, por lo visto, se viene cumpliendo desde los tiempos de Suárez y que, probablemente, le traiga suerte a Sánchez, el nuevo rostro socialista.

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Doña Cristina ha sido "escondida" o, al menos, "anulada" de los actos oficiales de la Monarquía 


a imputación de doña Cristina no ha caído bien en los foros de la Caverna. No ha caído bien, les decía, porque tanto La Razón de Marhuenda como las páginas de Rubido – director de ABC – han puesto "a parir" a Castro por cuestionar la "honorabilidad" de la Infanta. Las declaraciones que hizo la hija del exrey, el pasado mes de enero, al juez instructor del caso Nóos se basaron en evasivas, monosílabos y gestos de sorpresa; como si esa "película" – los negocietes de su marido – no fueran con su persona o, dicho de otro modo, como si en "los diálogos de su matrimonio", el trabajo de Iñaki fuese tabú de puertas para adentro. No olvidemos, que don Juan Carlos, ya advirtió a su yerno que se dejase de "tonterías", puesto que estos flirteos entre negocios y monarquía no iban a traer nada bueno para la Casa Real. Tanto es así, que el matrimonio vivió durante un tiempo en Washington para evitar, entre otras cosas, manchar la idílica labor de S.M., al frente de la Corona, durante sus tres décadas y pico de reinado.

Las argumentaciones de Castro para imputar a la Infanta se basan, principalmente, en el sentido común y en la existencia de una "colaboración silenciosa" entre doña Cristina y su marido al frente de Nóos. Si Iñaki Urdangarín no hubiese sido el esposo de la Infata, o sea el yerno del exrey, probablemente otro gallo cantaría, hoy, en los corrales de la Zarzuela. Es, precisamente, el vínculo sentimental entre el duque de Palma y su señora, el que sirvió a él y a su socio – Diego Torres – para hacer "negocios de paja" a costa de la Monarquía. Probablemente, doña Cristina se dejó llevar por las brisas del dinero y el talento de su esposo. Probablemente, firmó con la ingenuidad de una niña, los papeles que le ponía encima de la mesa su marido. Ahora bien, lo cierto y verdad, queridísimos lectores, es que si el juez Castro no tuviese indicios jurídicos para imputar y, posiblemente, procesar a Cristina no lo hubiere hecho. No lo hubiere hecho, les decía, porque obrar de tal manera, en la jerga de las togas, se llama "prevaricar". Y no creo, – creemos – que este señor haya prevaricado por una cuestión de narcisismo mediático, como algunos medios han subrayado.

"Si don Juan Carlos se hubiera esperado un mes para abdicar – decían esta mañana en la cola del Sabadell – quizás hoy no tendríamos nuevo Rey". Es, precisamente, esta reflexión de las voces mundanas, la que invita a la crítica a reflexionar sobre las "vergüenzas de la Zarzuela". La "reimputación" de doña Cristina, siendo todavía "hija del Rey", hubiese deteriorado, todavía más, la imagen de la Monarquía y entorpecido una "sucesión tranquila", como la acontecida. Así las cosas, durante todo este tiempo, doña Cristina ha sido "escondida" o, al menos, "anulada" de los actos oficiales de la Monarquía. La imagen de la Infanta llegando a los juzgados de Palma – hace cinco meses – perjudicó a la marca España y le restó credibilidad al resto de las instituciones. Aunque el "barro" del caso Nóos solamente salpicara a ella y a su marido, ser "la hija del Rey" arrastraba el "fango" hacia sus más allegados. Tanto es así, que el día de la proclamación de su hermano, ella estuvo "desterrada" al sofá de la Zarzuela. La Casa Real no podía consistir – en conclusiones de la crítica – que ella, la "oveja negra" de la familia, pusiera el acento mediático a una "monarquía renovada para un tiempo nuevo", en palabras del proclamado.

Si el auto del juez Castro se consolida, o dicho de otra manera, si sigue adelante el procesamiento de doña Cristina y, los intentos de la Fiscalía caen en sacos rotos; es muy probable que veamos a la Infanta en alguna prisión de España. Es muy probable, les decía, – aunque cueste creerlo – porque, según dicen los versados en leyes, los delitos que se le imputan superan, con creces, los dos años que establece el Código Penal para librarse de las rejas. Así las cosas, la hermana del Rey y su marido se convertirían en los "nuevos Barcenas" de la parrilla. El encarcelamiento hipotético de doña Cristina sería el notición del siglo, junto a la muerte de Suárez y la abdicación de su padre. Ahora bien, ¿sería justo que doña Cristina fuese a la cárcel por la ignorancia de su pluma? No, pero la "justicia es igual para todos", como dijo don Juan Carlos, y el desconocimiento de las leyes no exime a los ciudadanos de su cumplimiento. Luego, da igual que se llame Cristina de Borbón, que se hija de exrey y hermana de Rey; la independencia del poder judicial debe estar por encima de los títulos y las distinciones de clase. Si no fuera así, volveríamos a las corruptelas palaciegas de Felipe V y otros "jefecillos" que por llevar corona, ancha era Castilla.

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Por coherencia discursiva el exrey no es "apto" para el aforamiento


oy, El País ha entrevistado a Felipe González. En el encuentro, el expresidente del Ejecutivo ha defendido el aforamiento de don Juan Carlos. El aforamiento, para que nos entendamos, es un privilegio que se concede a ciertas personas por la posición que ocupan o han ocupado en determinadas instituciones. Dicha prerrogativa significa que el aforado solo puede ser juzgado por el Tribunal Supremo. La medida es una práctica centralizadora para evitar la dispersión de los casos judiciales a lo largo y ancho de la geografía. ¿Es lo mismo aforamiento que inmunidad? No. El aforado es responsable de sus actos ante la justicia, como cualquier ciudadano de a pie, pero con la única salvedad que él es juzgado por un tribunal "especial" – el Supremo – a diferencia del resto de los mortales que son – somos - juzgados por jueces y tribunales ordinarios. El aforamiento, valga decirlo, solamente afecta a los asuntos derivados del cargo público que se ostenta o se ha ostentado, dicho de otra manera, los asuntos privados son despachados por los juzgados del partido judicial correspondiente.

Mientras el partido socialista se ha abstenido en la votación del aforamiento de don Juan Carlos, Felipe González, por su parte, ha mostrado su convencimiento de que el exrey sea un señor aforado. Sus argumentos han apelado a la "neutralidad" del monarca, en sus treinta y nueve años de reinado, y a los cerca de 10.000 aforados que hay en España. La primera razón, la verdad sea dicha, deja mucho que desear y, sobre todo, saliendo de la boca de un conocedor de las leyes, como lo es, sin duda alguna, el expresidente. Faltaría más que el Rey no hubiese reinado con "imparcialidad". Si hubiese sido parcial, queridísimo González, habría sido inconstitucional, puesto que la función de la Corona es arbitrar la paz social y representar al país, sin perturbar la toma de decisiones del Ejecutivo. La segunda razón alude a la cuantía de aforados que existen en este país, ¿por qué si hay tantos aforados en España, el exrey no puede ser uno más, entre tantos? Recordemos que hay gustos para todos los colores. Hay países donde los exmonarcas gozan de esta prerrogativa – el aforamiento - y otros en los que no, independientemente del número de aforados que haya en tales territorios. Luego, tan lícito es que el exrey sea aforado como que no lo sea.

Desde la crítica debemos reflexionar y posicionarnos acerca de este debate social, suscitado tras la abdicación de don Juan Carlos. Por coherencia discursiva el exrey no es "apto" para el aforamiento. Su aforamiento rompe con la estética de sus palabras: "la ley es igual para todos", dichas hace tres años, el día de Nochebuena. Gracias al aforamiento, el Rey se convierte en un privilegiado más ante las togas de su pueblo. Será juzgado por el Tribunal Supremo y no tendría que pasar "el mal rato" de acudir a juzgados de provincia como lo hace la mayoría de los españoles. Es, precisamente, esta distinción en el trato judicial, la que convierte al exrey  en un ciudadano distinto, ajeno al talante campechano que ha demostrado en sus tiempos de Corona. El aforamiento establece – en sus interlineados legales – que "las élites sean juzgadas por las élites y no se entremezclen con los banquillos plebeyos". Recordemos que el exrey no es un aforado cualquiera sino un aforado con privilegios con respecto al resto de aforados. Mientras los otros – los 10.000 aforados de este país – solamente pueden ser juzgados por el Tribunal Supremo acerca de los asuntos públicos relativos a sus cargos, el Rey – el mismo que dijo "la ley es igual para todos" – será juzgado por el alto tribunal por sus asuntos públicos y privados, luego una prerrogativa añadida por su condición de exmonarca.

Felipe González ha mostrado su convencimiento de que el exrey sea un señor aforado

El aforamiento del exrey se ha realizado por la vía rápida – o como se dice ahora en la jerga política "por la vía exprés" -. Se ha votado con toda la bancada en contra, salvo el voto a favor del Pepé y la abstención del PSOE y CiU. Se ha votado, les decía, gracias a la mayoría absoluta del Pepé y por medio de enmiendas a una ley de racionalización del sector público que se cocinada desde hace tiempo en el Congreso. El aforamiento de don Juan Carlos se ha concedido sin el diálogo democrático que debería existir entre la pluralidad de fuerzas que legitiman el hemiciclo. Por todo ello, queridos lectores y lectoras, por las prisas en su tramitación; por ser un aforamiento con "privilegios añadidos" y, por haber sido otorgado por "el ordeno y mando" de Rajoy, el aforamiento del exrey no complace a las voces de la crítica. Una vez más, la "casta política" – que diría Pablo Iglesias – sigue utilizando los instrumentos y "parches" legales a su alcance para que los suyos, – diputados, senadores y, ahora "exreyes" -, no se entremezclen con la plebe. ¡Dios los cría…!

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La bajada del IRPF ha sido cocinada con una subida de impuestos encubierta


ientras las filas conservadoras defienden un Estado minimalista, ajeno a los mercados, las filas progresistas, por su parte, claman por la fórmula "más Estado y menos mercado". Para la derecha, las teorías neoclásicas son, por antonomasia, su marco económico de referencia. Tales teorías, abanderadas por Adam Smith, defienden que los Estados no deben intervenir en las fuerzas de la oferta y la demanda. Desde los tiempos ilustrados, el liberalismo – en toda su extensión – ocupó buena parte del pensamiento occidental hasta que Karl Marx – sociólogo alemán -, escribiera su crítica contra los efectos nocivos del "Capital". Desde aquellos momentos, el marxismo se desarrollo como ideología alternativa al liberalismo y, defendió un sistema económico basado en la igualdad social, como antídoto para curar las heridas de la libertad. Un sistema basado en una economía planificada por el Estado, sin ninguna cabida a los mercados. Sistema, que como ustedes saben, se instauró en la vieja Unión Soviética y fracasó.

Durante mucho tiempo, los neoliberales y socialdemócratas han sido fieles a sus principios ideológicos

Tanto el liberalismo como el marxismo no han servido para solucionar la cuestión social del capitalismo occidental. El Estado del Bienestar surgió como punto de inflexión para equilibrar los polos opuestos de sendas ideologías, libertad versus igualdad. Con el nacimiento de la Seguridad Social, por imperativo constitucional, tanto neoliberales como socialdemócratas moderaron sus discursos para que el intervensionismo estatal tuviera cabida en sus credos ideológicos. Para que haya un Estado de Bienestar fuerte es necesario una presión fiscal elevada; no olvidemos que el sistema de protección social está financiado por las cotizaciones de empresarios y trabajadores – en su modalidad contributiva – y por los impuestos cotidianos – en su nivel asistencial-.  "Subir o bajar impuestos" se convierte en un instrumento necesario para dibujar un Estado con más o con menos "bienestar"; con más o con menos "protección social".

Durante mucho tiempo, los neoliberales y los socialdemócratas han sido fieles a sus principios ideológicos. Mientras las subidas de impuestos siempre ha sido el "hueso duro" de la izquierda para poner en prácticas sus políticas sociales, las bajadas de tributos, por su parte, se han llevado bien con los votantes de la derecha, las clases altas y adineradas que no necesitan de un Estado paternalista que les "resuelva la papeleta".   Fue, precisamente, José Luis Rodríguez Zapatero quien dijo que "bajar impuestos es de izquierdas", algo incomprensible para las siglas de su partido y los principios de la izquierda. Don Mariano Rajoy, por su parte, a su llegada al Gobierno, hizo una política tributaria con los mimbres socialistas y, por tanto, contraria a los renglones de su programa; subió impuestos y, donde dijo digo, luego dijo Diego. Es, precisamente, esta incoherencia ideológica entre los postulados clásicos de los partidos y sus praxis ejecutivas, la que hace que millones de votantes miren a los políticos como una "casta" que hace cualquier "cosa" para seguir el mayor tiempo posible al calor de su escaño.

El otro día, Rajoy anunció una bajada de impuestos; especialmente del IRPF para el 95% de los contribuyentes. Este anuncio sería creíble si tuviéramos un escenario de bonanza económica como el de los tiempos "aznarianos". Tiempos en los que teníamos un Estado del Bienestar sin problemas financieros y con una "admisible" calidad en los servicios públicos. Hoy, sin embargo, los tiempos son otros. Hay más paro que antes, luego menos cotizantes y contribuyentes, menos inmigrantes, para mantener el andamiaje de antaño. La bajada del IRPF, por parte de Rajoy, significa más poder adquisitivo para el presente pero menos protección social para el futuro. Bajar impuestos, queridos lectores, implica una "nula" intención, por parte del Gobierno, de apostar por el Estado del Bienestar que teníamos antes de comenzar la crisis. Ahora bien, no olvidemos – y aquí es donde está la trampa de don Mariano – que la bajada del IRPF ha sido cocinada con una subida de impuestos encubierta. Hoy, el gobierno ha hecho público que a partir del mes que viene, las indemnizaciones por despido dejarán de estar exentas a tributación. Dicho de otro modo, el Estado se quedará con una parte de la indemnización por despido, la misma que, hace dos años, recortó la señora Báñez con su reforma laboral. En conclusión; subida de impuestos encubierta para paliar la bajada del IRPF; hachazo a los intereses de la clase trabajadora y "caramelo" para la patronal.

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