Es, precisamente, el miedo incrustado en el ideario colectivo, el que mueve el cambio de valores de las sociedades avanzadas


onald Inglehart (Wisconsin, 1934) acuñó el término "Revolución Silenciosa" para referirse al cambio de valores que se produjo durante el tránsito de la sociedad industrial a la postindustrial. Se pasó, en palabras de este profesor de Michigan, de valores "materialistas" a valores "postmaterialistas". Este cambio de valores fue posible – entre otras causas – gracias al alto grado de satisfacción de las necesidades básicas de la población en las sociedades industriales; a décadas continuadas de seguridad física, ante la ausencia de conflictos bélicos en Europa y Norteamérica, tras el final de la segunda Guerra Mundial y, al bienestar de la clase media que disfrutaba de una posición económica desahogada y altos niveles educativos. Esta nueva situación social de "nuevos ricos"; de paz mundial y evolución educativa trajo consigo un cambio cultural, o dicho en otros términos, una nueva gama de demandas sociales basada en valores postmaterialistas. Por tales valores, Inglehart entendía la génesis de nuevas necesidades insatisfechas de la pirámide de Maslow. Autoestima, autorrealización, autoexpresión corporal, reflexión sobre la calidad de vida, preocupación por el medio ambiente y la búsqueda de identidad grupal, son los nuevos valores que reinarán las sociedades avanzadas. Necesidades, todas ellas, "postadquisitivas" o "no satisfechas por el mercado". Este cambio cultural fue paralelo a la relativa pérdida de centralidad histórica del conflicto de clases, tan defendido por Marx y los suyos desde las tribunas comunistas.

Es, precisamente, la reflexión realizada en el párrafo de arriba, la que invita a la Crítica a cuestionar los postulados de Ronald desde las trincheras de lo empírico. Atendiendo a la hipótesis de Inglehart, la revolución silenciosa debería haber existido en la Hispania de la burbuja. Una España, les decía, con una clase media acomodada; con la generación mejor formada de la historia, y con un gasto exacerbado en bienes de lujo para el común de los mortales (coches todoterreno, apartamentos en la costa y sueldos generosos para el albañil del andamio). A pesar de tanto despilfarro, los valores "postmaterialistas" brillaron por su ausencia. Durante los "felices años aznarianos" aumentaron los accidentes laborales; se construyeron miles de viviendas sin respetar las debilidades del paisaje; se construyeron – y perdonen la redundancia – cientos de campos de golf en la costa levantina con recursos hídricos escasos; aumentó el conflicto sindical con la explosión de una huelga general; se frivolizó sobre discurso del cambio climático y, aumentó hasta cifras olvidadas la inseguridad ciudadana por el recorte de efectivos.

En suma, en la "España va bien" de José María siguieron prevaleciendo los valores materialistas de toda la vida; el "tanto tienes, tanto vales" del”credo americano".

"Hoy – en palabras de Jacinto, el cuñado de mi vecina – hemos aprendido la lección". Hemos aprendido la lección, decía este humilde señor de las tripas españolas, porque la crisis que nos azota ha hecho que cambiemos la escala de nuestros valores. El aumento del ahorro por parte de las economías domésticas; el endurecimiento de las condiciones para acceder al crédito; el aumento del autoempleo y, la desafección por la política son, entre otros, indicadores que muestran el cambio de valores que subyace en el ideario colectivo. Así las cosas, el español otorga más valor al dinero que en los tiempos aznarianos y, por tanto, optimiza más sus recursos ante los miedos aprendidos tras el pinchazo de la burbuja. Hoy, los bancos no sueltan ni un "centavo" sin antes asegurarse de que sus clientes les devolverán hasta la última "peseta". No lo sueltan, les decía, ante el miedo a que el exceso de impagos derrumbe el chiringuito. Tras la crisis, muchos jóvenes, y no tan jóvenes, han decidido emprender su negocio, o mejor dicho, trabajar por su cuenta ante las escasas oportunidades de empleo y el miedo a que, una vez más, el trabajo por cuenta ajena los sitúe en la cola del paro. A día de hoy, la mayoría de los entrevistados por empresas demoscópicas muestran su desencanto por la política. Lo muestran, cierto, por el miedo a que los parlanchines de la casta se aprovechen de sus votos para enriquecer a los suyos.

"Hoy – en palabras de Jacinto, el cuñado de mi vecina – hemos aprendido la lección"

Es, precisamente, el miedo incrustado en el ideario colectivo, el que mueve el cambio de valores de las sociedades avanzadas. Los miedos aprendidos, tras la crisis económica explican las nuevas pautas de consumo; las directrices de los bancos; la recomposición del mercado de trabajo y, las actitudes políticas. Los valores postmaterialistas - defendidos por Inglehart - no encuentran en lo empírico la corroboración de sus hipótesis. Así las cosas, la era postindustrial continúa inmersa en los valores industriales. Valores causados por las turbinas del neoliberalismo y perennes en nuestras estructuras desde los tiempos franceses. Solamente, los paréntesis socialdemócratas han sido los que se han preocupado por las necesidades "postadquisitivas", o como muy bien dijo Inglehart, necesidades no satisfechas por el mercado. Salvo tales paréntesis, la cultura del "tanto tienes, tanto vales" es la que invade las sociedades avanzadas. Sociedades, como la nuestra, que tras la crisis económica han cambiado buena parte de sus valores. Los han cambiado, les decía, por el miedo a que los excesos del neoliberalismo vuelvan a jugarles otra de las suyas.

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La "política de Rajoy" no ha sido otra que "quitar a los pobres para dárselo a los ricos"


on el titular "La política de Rajoy", don José María Marco – columnista de Marhuenda – elogia la labor del presidente al frente del Ejecutivo, y destaca la reforma de Báñez como factor determinante de las alegrías presentes. En la página tres, el editorial de La Razón, habla de "Promesa cumplida", en referencia al descenso del paro a tiempos de Zapatero, tal y como se comprometió don Mariano al llegar a La Moncloa. Es cierto, y sería de ingenuos negar la mayor, que los indicadores económicos son favorables en comparación con la legislatura anterior. Ahora bien, no todo son vuelcos de campanas en las basílicas de Paco. A pesar de que los organismos internacionales perciben claros indicios de cambio de ciclo en nuestra coyuntura económica, los indicadores de la desigualdad muestran datos nada halagüeños para nuestra estructura social. Llegados a este punto, cabe que nos preguntemos: ¿Estamos saliendo de la crisis? Sí, los datos lo corroboran. Ahora bien, ¿cómo estamos saliendo? Mal, muy mal. Muy mal, les decía, porque en la Hispania de Rajoy hay más brecha social que en los tiempos socialistas; porque en la España del Pepé hay menos derechos sociales que en tiempos de Zapatero y mal, porque la política del "decretazo" ha debilitado nuestro Estado de Derecho.

Es, precisamente, este indicador: "la posición de Podemos como tercera fuerza política del país", según el último barómetro del CIS, el que invita a la crítica a poner los puntos sobre las íes en las campanas de Marhuenda. La irrupción de Podemos muestra, para descontento de algunos, la indignación de una parte del país con las políticas del Ejecutivo. La salida de la crisis por la puerta neoliberal, o dicho en otros términos, la salida del agujero a costa de sacrificar y exprimir a los débiles sin alterar los privilegios de "los de arriba", explica el descenso del Pepé en la instantánea del CIS. Desde que Rajoy llegó a La Moncloa, la España social de ZP ha involucionado hacia tiempos olvidados. Así las cosas, hoy tenemos menos médicos, camas y enfermeros en los hospitales españoles; más impedimentos y zancadillas para acceder al sistema de ayudas y becas del Estado; menos oportunidades para ir al cine – por la subida abusiva del IVA -; menos oferta de empleo público; menos diálogo social con los agentes sindicales; más contratos temporales y parciales, o lo que es lo mismo, más papel mojado sobre las tablas laborales; más talento emigrante; más pensionistas con menos poder adquisitivo; menos profesores en el sistema educativo y, lo más triste de todo: más pobreza infantil por todos los rincones.

Luego, ¿estamos saliendo de la crisis? Sí, pero a costa de la involución social, o lo que es lo mismo, del recorte de derechos y mordiscos al Estado del Bienestar por parte de don Mariano.

La "política de Rajoy", estimado columnista de Marhuenda, no ha sido otra que "quitar a los pobres para dárselo a los ricos"; todo lo contrario – en palabras del católico – que hizo San Francisco de Asís con los hambrientos de su época. Rajoy ha recortado, sin oír el llanto de miles de desahuciados; sin escuchar las penurias que se cuecen en las colas del paro; sin dialogar con los sindicatos la reforma laboral; sin sentir las olas de las mareas. Rajoy ha gobernado para los suyos – los adinerados de siempre- sin tener en cuenta que en su mayoría absoluta residen millones de votos provenientes del desencanto civil con las políticas de Zapatero. Son, precisamente, esos votantes de la izquierda, que en su día creyeron las promesas de Mariano, los que hoy sienten la culpa política por haber confiado en quienes solo barren para los suyos. Así las cosas, a pesar de que el paro desciende, los pronósticos del PIB suben y la prima baja hasta cifras razonables; el Partido Popular pierde fuelle en el último barómetro. Lo pierde, estimados camaradas, porque existe un abismo entre los números macroeconómicos y las angustias de la gente. Lo pierde, y perdonen la redundancia, porque las políticas neoliberales son las responsables de que el pobre sea cada día más pobre y el rico cada día más rico. Por ello, los electores aplauden el discurso de Podemos. Un discurso populista por sus propuestas pero, al fin y al cabo deseado, por una mayoría de nuevos pobres desclasados de su estatus por "la política de Rajoy". 

Tanto PP como PSOE han viajado juntos por las sendas merkelianas

En días como hoy es normal que partidos como Podemos saquen los dientes a los clásicos de siempre. Es normal, queridos lectores y lectoras, porque tanto el PP como el PSOE han viajado juntos por las sendas merkelianas. Ambos partidos han sido títeres políticos movidos por los hilos de Ángela. No olvidemos, que Zapatero fue el primero que giró a la derecha y dejó en la "cuneta" a millones de sus votantes que vieron en él al neoliberal de la izquierda. Ahora, en los tiempos que corren, mucho se tendrá que esforzar Pedro Sánchez para convencer a los suyos de que él no es, ni por asomo, una copia más de sus antecedentes políticos. Para resucitar a su partido tendrá que apelar al "voto útil" y a "la historia de sus siglas" como armas arrojadizas contra los sables de Podemos. Es importante destacar que el último barómetro del CIS se hizo al calor de las elecciones europeas; antes de que Pedro Sánchez fuera elegido Secretario General del partido socialista y, antes de que el paro descendiera a tiempos de Zapatero.

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De bien es conocido, por la sabiduría popular, que varios garbanzos negros amargan un cocido


i antes fue la expresión "con la que está cayendo", la que se puso de moda en tiempos de Zapatero, ahora es la "casta política", acuñada por Iglesias, la que inunda el diálogo de los bares madrileños. Son precisamente estos ruidos extraídos del diálogo callejero, los que invitan al sociólogo a leer entre sus líneas y aflorar lo que piensa la gente acerca de la política. Desde los años ochenta, los partidos de masas – aquellos financiados por la militancia – han evolucionado hacia los "partidos atrapa todo" y éstos, a su vez, hacia los "partidos cártel". Los "partidos atrapa todo" surgieron como consecuencia de las subvenciones que  recibían del Estado. A partir de ese momento, las siglas de la parrilla política dependieron menos de sus electores, y ello les permitió moderar sus discursos y captar a los "votantes medianos", los indecisos de toda la vida. Gracias a tales partidos – los "atrapa todo" – se rompieron buena parte de los clientelismos electorales y se ensancharon las orillas entre electores y elegidos. Años más tarde, este distanciamiento entre partidos y votantes desembocó en lo que, en la jerga sociológica, conocemos como "partidos cártel". Partidos, les decía, más alejados, todavía, de la masa electora y más insertos en los tentáculos burocráticos de lo público. Tan metidos en lo público, en las arcas del Estado, que el interés partidista por mantenerse en el poder supera con creces los asuntos cotidianos de pensionistas, mileuristas, parados, empresarios y demás: los votantes.

A esta merienda de lobos, o dicho de otro modo, a este abrir de codos, por parte de los gobernantes, para que los otros – nosotros, los soberanos – no entren – entremos – en su terreno es lo que popularmente se conoce, en días como hoy, como "la casta política". Un cierre social en toda regla donde los que ostentan el cetro hacen de las suyas para impedir que nadie les levante de la silla. Desde la casta se retroalimentan sus intereses políticos, en detrimento de sus espectadores; que ven desde sus butacas como unos cuantos – los políticos, sus elegidos - viven como dioses en el limbo de las tribunas. Esta desigualdad existencial entre los de arriba - la casta – y los de abajo – la plebe – es la que genera corrientes de desafección y desinterés social por lo público. "Devolver la ilusión por la política" en palabras de Pablo Iglesias - es necesaria para que el juego democrático sea atractivo para la inmensa mayoría. Ahora bien, para devolver la ilusión perdida, o dicho en otros términos, para resucitar la alegría por lo público, es necesario destruir, de una vez, por todas a la casta que nos representa; transformar el sistema actual de "partidos cártel" por otro de "partidos de masas", a semejanza de los tiempos republicanos.

Para romper los barrotes de la casta necesitamos instrumentos legales; límites, en el amplio sentido del término, para que la política sea un ejercicio digno y no un lugar – como hasta ahora – para que unos pocos hagan su agosto, mientras otros – el pueblo honesto – viva con lo puesto. Para terminar con la casta, estimados lectores y lectoras, es urgente: limitar la duración de los mandatos locales, regionales y estatales; realizar auditorías periódicas a las organizaciones políticas y sus cargos representativos; establecer un Salario Máximo Político (SMP) a las élites políticas (presidentes, diputados, alcaldes y concejales)  para que no exista "manga ancha" a la hora de atribuirse sus ingresos; apartar temporalmente de sus cargos a los políticos imputados hasta que se resuelvan sus causas judiciales; regular la figura de los expresidentes en cuanto a funciones, ingresos vitalicios y límites al régimen de  compatibilidades; limitar e inspeccionar la financiación de los partidos para evitar "juegos sucios" en la oferta electoral; aumentar el número de Inspectores de Hacienda para perseguir con eficacia el fraude; limitar al mínimo el número de cargos de libre designación; establecer mecanismos de control para evitar el tráfico de influencias en los procesos públicos de empleo y subcontratas; derogar la ley de Amnistía Fiscal, inventada por Rajoy, y condenar con firmeza a quienes entran en política para buscar chollos y lucros personales.

Devolver la ilusión por la política, en palabras de Pablo Iglesias, es necesaria para que el juego democrático sea atractivo para la mayoría

Estas recetas, extraídas del sentido común, servirían para que la política se convirtiera en un ejercicio de servicio público y no un lugar, como hasta ahora, de lucro a costa de contactos, comisiones y corruptelas, por parte de algunos políticos de renombre. Con tales medidas se evitaría, sin lugar a dudas, que señores como Bárcenas - extesorero del PP-; Jaume Matas - expresidente balear del PP; Carlos Fabra - expresidente del PP de la Diputación de Castellón -; Pedro Ángel Hernández Mateo - exalcalde del PP de Torrevieja – ; José Luis Baltar - expresidente del PP de la Diputación de Orense -; Jordi Pujol - expresidente de Cataluña -, entre otros; sean, un día sí y otro también, noticias y portadas de periódicos por haberse enriquecido a costa de la casta. Es una vergüenza que paguen justos por pecadores, o dicho más claro, que a todos los políticos les cuelgue la etiqueta de "granujas", a pesar, de que hay políticos honestos que desempeñan su cargo con dignidad y ejemplaridad. Políticos honrados que entienden la política como un lugar de paso de servicio al ciudadano. De bien es conocido, por la sabiduría popular, que "varios garbanzos negros amargan un cocido" o, como diría mi abuela, "hasta en los conventos más ilustres hay ovejas descarriadas, que cabalgan a sus anchas por los huertos de Cristo".

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Ojalá, los próximos comicios sirvan para que se consolide el pluralismo latente de las pasadas europeas


urante los años cuarenta, el comportamiento político de los ciudadanos se explicaba mediante variables sociales. Según los estudios de Rokkan y Lipset existían vínculos estrechos entre los votantes y los partidos políticos. Lazos fuertes, les decía, determinados por las relaciones familiares y las identidades de clase. Los resultados electorales se podían predecir mediante el análisis, a priori, de la estructura social de un territorio dado. Mientras los "cuellos azules" - la clase trabajadora- votaban a la izquierda, los "cuellos blancos" - las clases medias y altas -, por su parte, lo hacían a la derecha, en el noventa y nueve coma nueve de los casos. Este determinismo social de la política estuvo avalado por las teorías conductistas y, sobre todo, por la hipótesis de la disonancia cognitiva de Leon Festinger. Según este psicólogo social, los individuos se exponían a la información de manera selectiva; evitando aquella que pudiera perturbar sus estructuras mentales. Por ejemplo, un adolescente de tendencia progresista  sería muy poco probable que leyera el ABC o que visionara los informativos de Antena 3, porque ello supondría – según diría Festinger –  una disonancia cognitiva entre sus esquemas endógenos – una socialización política de corte progresista – y los estímulos externos consumidos - los discursos mediáticos conservadores – . El consumo selecto de información política como mecanismo de coherencia cognitiva (teoría de Festinger) y la estructura social definida por grandes grupos homogéneos y estancos; explicaría la estabilidad del voto desde los años cuarenta hasta finales de los sesenta.

A partir de los años setenta, las teorías acerca de la estabilidad del voto, aludidas en el párrafo anterior, fueron cambiando por las teorías basadas en explicaciones políticas por la volatilidad incipiente del voto. El tránsito de una sociedad industrial – caracterizada por la producción en cadena y la cultura del "tener"- a otra postindustrial de valores postmaterialistas estuvo detrás de este cambio de paradigma. La escuela de Michigan defendió que la fuerza del marketing político (líderes, campañas electorales, medios de comunicación y demás) influía de manera determinante en las explicaciones electorales. Para estos señores, la alfabetización ciudadana; el interés por los problemas políticos y, la heterogeneidad social del momento dieron como resultado el nacimiento de un nuevo votante. Un votante racional en contraste con el tradicional y emocional de Lipset y Rokkand. El elector postindustrial ejerce -según los pensadores de Michigan - su participación democrática en función del resultado que obtiene de la evaluación "costes y beneficios".

La corriente actual que explica los comportamientos políticos defiende que éstos son el resultado de la mezcla entre variables sociales (clase, religión, cultura, lugar geográfico.) y políticas (liderazgos, programas electorales, aciertos y errores). Tanto a derecha como a izquierda del espectro político hay votantes emocionales y racionales. Ahora bien, saber cuántos hay de cada rama es el problema al que a diario nos enfrentamos los politólogos y sociólogos. A pesar de que este país es sociológicamente de izquierdas, o dicho de otro modo, hay un mayor número de ciudadanos de clases trabajadoras que conservadoras, gobierna por aplastante mayoría el Partido Popular, un partido que cuenta con menos posibilidades, a priori, de ganar por goleada si atendemos a la estructura social de su mercado. Esta evidencia empírica otorga la razón a la Escuela de Michigan. Son, precisamente, las variables políticas, las que han conseguido que se produzca un desalineamiento electoral del votante progresista en pro de la derecha. Un desalineamiento o cambio a corto plazo en el sistema de partidos provocado, entre otras razones, por la crisis económica; la desideologización socialista y las promesas marianistas.

El elector postindustrial ejerce su derecho al voto en función del resultado obtenido de la evaluación costes y beneficios

A parte del desalineamiento partidista ocurrido en las pasadas elecciones generales, por las causas mencionadas, existe otro desde los comicios europeos. Las variables políticas (nuevos líderes – Pablo Iglesias – nuevos mensajes – la casta política-) han calado en el elector racional de la izquierda, suscitando un cambio político coyuntural que podría convertirse en crónico y alterar, a largo plazo, el sistema de partidos vigente en España desde los tiempos felipistas. Dicho fenómeno político sería fenomenal para nuestra democracia porque supondría un realineamiento electoral consistente en el fin del bipartidismo. Para que esto no ocurra, para que el pluralismo no venza al bipartidismo, el buque insignia de la izquierda, el partido socialista, está apelando al voto útil para las próximas elecciones. Está apelando al voto útil, les decía, porque Pedro Sánchez desde que llegó a la secretaría general de su partido defiende que éste es "la única fuerza política progresista que gana elecciones". El PSOE es el antídoto para que los ciudadanos voten una "opción segura" y se olviden de los recién llegados - en este caso Podemos – ante el miedo a que los nuevos – por muy bueno que sean – no consigan la necesaria mayoría para convertirse en alternativa. Ojalá, los próximos comicios sirvan para que se consolide el pluralismo latente de las pasadas elecciones europeas. Si no se consolida, si cala el mensaje de Sánchez en el electorado socialista, probablemente volvamos a los tiempos galdosianos del bipartidismo.

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En este país todo lo que sean insultos, gritos y palabras malsonantes son bienvenidos por la audiencia soberana


n las páginas de este blog hay dos artículos dedicados a Esperanza Aguirre. El primero: "Camorristas y pendencieros", escrito el 27 de septiembre del 2011. Un texto que versó sobre las declaraciones de la "exjefa madrileña" acerca del movimiento 15-M en la víspera de la "acampada Sol". Desde la crítica denuncié los insultos – infundados – por doña Espe a los "indignados de Hessel"; jóvenes y no tan jóvenes que, haciendo uso del derecho a manifestación – reconocido por la Constitución – , expresaban su descontento civil contra las miserias institucionales de su país. El segundo artículo: "Adiós Esperanza, adiós", escrito el 18 de septiembre del 2012. Artículo que le dediqué a la señora Aguirre cuando cambió la presidencia de Madrid por un puesto en una empresa de "caza talentos". En aquel post realice una sátira mordaz acerca al periplo político de Aguirre. La comparé, verdad de las grandes, con Margaret Thatcher por su defensa al ultranza del mercado en detrimento del Estado y, la puse a parir – valga la expresión - por sus meteduras de pata cuando fue ministra de educación en los tiempos de Aznar.  

La señora Aguirre, a pesar de su renuncia como presidenta de su comunidad, sigue moviendo los hilos del poder desde el cargo que ostenta en el Pepé de Madrid. Tanto es así, que esta mujer de las tripas peperas desempeña una vasta labor intelectual y mediática al servicio de su partido: escribe a menudo páginas para la Tercera de ABC; hace manifestaciones polémicas sobre la política de Rajoy y, por si fuera poco, se da a la fuga para no ser multada, tras aparcar en un carril bus en plena Gran Vía madrileña. Así las cosas, en los últimos días, esta señora ha vuelto a los ataques e insultos "barriobajeros" contra compañeros políticos de signo diferente, en este caso Podemos. Si antes eran los "camorristas y pendencieros" del 15-M, denunciados en el párrafo de arriba, los que indignaban a doña Espe, ahora son "los terroristas de Pablo Iglesias", los que la sacan de quicio. Tanto le molesta, la organización de Podemos, que los ha acusado de financiación ilegal; de tratar con dictaduras bolivarianas y de hacer propuestas populistas. Los acusa, doña Aguirre, desde las trincheras del Pepé.  Las mismas trincheras que tienen a su extesorero – el señor Bárcenas – entre rejas por una supuesta caja B; las mismas garitas que hacen negocios armamentísticos con dictaduras orientales y, las mismas trincheras – y perdonen por tanta redundancia – que están en los ojos de jueces y tribunales por la trama Gürtel.

Son, precisamente, estas acusaciones vertidas por el partido del Gobierno a los incipientes de la parrilla – Podemos – las que hacen que la inmensa mayoría de los ciudadanos expresen su desafección por la política al ser preguntados por el CIS. El sábado por la noche, al volver a casa, – después de cenar una pizza con mi mujer y mi hija en una terraza de Torrevieja – encendí la tele y, tras un minuto de zapping, decidí quedarme con el debate de la Sexta. En ese momento presencié un cruce de acusaciones, insultos y reproches entre el líder de Podemos, Pablo Iglesias, y la expresidenta madrileña. Tan acalorado era el diálogo entre ambos políticos que mi hija de cinco años, que jugaba con su Nancy en el sillón de la esquina, levantó un par de veces la cabeza y, estupefacta y sorprendida, me preguntó: "¿Papá, papá, qué ocurre? Nada hija – le contesté – son políticos del circo. Mediante vía telefónica, la expresidenta madrileña acusaba a Pablo Iglesias de hacer apología del terrorismo; de financiar ilegalmente su partido y, de ser un populista de corte venezolano. Solo le faltó, a la expresidenta, meterse con la "cola de caballo" de Pablo; llamarle "camorrista y pendenciero" y, mostrarle su descontento por haber obtenido un millón dos cientos mil votos en las pasadas europeas. Envidias políticas diría Unamuno si estuviera entre nosotros y visionara semejante chiringuito. 

La señora Aguirre sigue moviendo los hilos del poder desde el cargo que ostenta en el Pepé de Madrid

Días después de aquel espectáculo mediático me enteré por ElPlural.com que dicho programa – la Sexta Noche – fue líder de audiencia. Lo fue, queridos lectores y lectoras, porque, en este país, todo lo que sean insultos, gritos y palabras malsonantes son bienvenidos por la audiencia soberana. Una audiencia, les decía, que disfruta en la butaca de su casa, mientras visiona a dos políticos peleándose como "perros y gatos en los callejones de Zamora". Cuando la política pierde las formas – decía un sabio maestro de comunicación política – el debate se convierte en un sumatorio de dimes y diretes, de adjetivos hirientes y de crítica destructiva, más propio de personas sin cultura que de señores y señoras versados en Derecho. El objetivo de estos ataques al líder de Podemos no es otro que el de crear en la opinión pública percepciones de antipatía y repulsa a quienes su-pu-es-ta-men-te dialogan con etarras y se codean con jefecillos bolivarianos. Si el mensaje de Aguirre y Eduardo Inda – periodista de El Mundo – cala en el ideario colectivo, la agrupación de Podemos será un cadáver político para las próximas elecciones. Si, por el contrario, las trincheras del PP y la Caverna no consiguen articular la artillería: "Podemos igual a terrorismo y comunismo", quienes caerán en la cuneta serán ellos – el Pepé -, por sus tergiversaciones y mentiras. Atentos. 

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¿Por qué un tal Pedro Sánchez que hasta hace unos meses no lo conocía ni Dios, hoy se ha convertido en el rey de su partido?


ace unos días escribí en este blog un post titulado "las torpezas de Rubalcaba". En él hablaba sobre los errores que había cometido el exlíder socialista durante su periplo por la política. El artículo no fue bien aceptado por varios seguidores del Rincón de la Crítica. Tanto les enojó mi opinión que me tacharon de "facha", entre otros calificativos que me guardo para mis adentros. El artículo lo envíe a dos rotativos progresistas y, cumpliendo con mis previsiones, en ninguno de los dos salió publicado. En aquel escrito critiqué al anfitrión de la "rosa" por apoyar públicamente a Eduardo Medina en su pulso contra Sánchez. Dije que dicho apoyo le hacía flaco favor al creador de "un militante, un voto" porque don Alfredo representaba, como todos sabéis, la debacle del postzapaterismo. Esta mañana al abrir el correo he encontrado varios mensajes de lectores y lectoras, que arrepentidos por sus ataques contra mi supuesta "derechización", han decidido volver a leer el blog. Os recuerdo que yo, no milito en ningún partido político y que esta bitácora no está sujeta al ordeno y mando de mecenazgos burgueses. Luego la crítica que se vierte en sus renglones es libre, plural e independiente.

Hoy, el día después de las elecciones socialistas, muchos se preguntan: ¿Por qué un tal Pedro Sánchez que hasta hace unos meses no lo conocía ni Dios, hoy se ha convertido en el rey de su partido? Varias son las hipótesis al respecto. La primera: el apoyo de Susana Díaz. Mientras Eduardo Madina fue apadrinado por "el desgastado de Ferraz" – Alfredo Pérez Rubalcaba – Pedro, por su parte, lo fue de la presidenta andaluza. La misma señora que arrasó en las pasadas europeas y devolvió a los suyos el sueño de una mayoría absoluta para las próximas autonómicas. La segunda hipótesis del triunfo de Pedro: su marketing político. Mientras Madina optó por una "campaña tradicional", Pedro desgastó las ruedas del monovolumen y las suelas de sus zapatos; recorrió palmo a palmo todos los rincones de España. Abrazó y estrechó la mano a miles de militantes y durmió en casa de algunos. "Los lazos que se crean al ver, oír y tocar a un candidato – en palabras de María, militante socialista – son, a veces, más fuertes que el mejor de los discursos". La tercera hipótesis de la victoria "sanchista": las "malas artes". Las informaciones feas, sobre el pasado de Pedro acerca de su paso como consejero por la caja de Blesa y sus estudios en colegios privados, han pasado factura a su rival, Eduardo Madina. Las insinuaciones de que tales informaciones fueron filtradas por Eduardo para enturbiar la campaña de Sánchez han sido percibidas por el electorado socialista como una "mala práctica", por parte de Madina, para derrotar por la vía menos elegante a su rival y "compañero" de partido.

Y la última hipótesis y no por ello menos importante: la imagen de Pedro. No olvidemos que existen claras correlaciones entre éxito y atractivo físico. La figura de Pedro – 1.90 de estatura – y su cara de actor de culebrones – en palabras femeninas - ha jugado a su favor en su pugna por el cetro.

Los socialistas necesitan, lo llevamos reivindicando muchísimo tiempo desde las páginas de la crítica: un líder; un programa y un partido. Un líder que ilusione a los desencantados de Zapatero. Esta debería ser, sin duda alguna, la función principal del recién elegido. Un partido íntegro – en palabras de Pedro – que aglutine en su seno a vencedores y vencidos, sin represalias ni rencores. Un aparato que impregne los valores democráticos de tolerancia y respeto hacia la diversidad de opiniones en el seno de las delegaciones. Un partido unido en cuanto a planteamientos ideológicos, cuestión monárquica, concepto de Europa y modelo de Estado. Y, por último, hace falta un programa electoral con objetivos claros, realistas y medibles de cara a las próximas elecciones. Un programa alejado de los sesgos populistas de otros partidos incipientes. Acercarse a las utopías radicales implica caer en los precipicios de un discurso atractivo pero difícil de poner en práctica ante oportunidades de gobierno. Aproximarse a las ideologías extremas implicaría caer en el mismo error de ZP cuando hizo políticas de derechas desde las filas socialistas.

Pedro desgastó las ruedas de un monovolumen y las suelas de sus zapatos, recorrió palmo a palmo todos los rincones de España

De los tres ingredientes para levantar al PSOE de sus cenizas – un líder, un partido y un programa – la tarea más difícil será la de conseguir que parte del millón doscientos mil votantes que votaron a Podemos en las pasadas europeas, regresen a Ferraz en los próximos comicios. Para que regresen es necesario que el nuevo líder socialista desmonte la utopía de Podemos. Si Pedro Sánchez se acerca a la guarida de Pablo saldrá perjudicado, porque los votantes – que de tontos no tienen un pelo – han encontrado en las recetas populistas de Podemos la ilusión por la política; la misma ilusión que perdieron desde el "decretazo" de Zapatero y el engaño de Rajoy por sus promesas incumplidas. Por ello, Sánchez no nadará en aguas tranquilas durante su reinado socialista sino que tendrá que ubicar su discurso entre las lagunas de UPyD y los huecos izquierdistas. Moderar el discurso para hacerlo creíble será condición necesaria para que el voto útil de antaño vuelva a las aguas socialistas, y se aleje de aquellas organizaciones incipientes que tienen líder – en referencia a Podemos – pero carecen de un aparato consolidado y un programa real para gobernar España. Así las cosas, es conveniente que el nuevo líder de la "rosa" diga a los ciudadanos qué ofrece su partido a sus potenciales clientes de urnas que no ofrezcan los otros de la parrilla. Mientras no lo diga, el nuevo PSOE será un barco a la deriva.

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El buque insignia del grupo Prisa ha roto con el compromiso "rojo" de los tiempos aznarianos


omo sabéis cada día leo un periódico diferente. Hago esto para mantener el espíritu crítico, alejado de los sesgos que supone la lectura de una prensa repetida. Gracias a esta diversidad de enfoques consigo contrastar el tratamiento de los hechos y, llegar así, a una composición más real de la verdad. Hace años era un lector asiduo de El País. Era tan fiel a sus noticias, tribunas y columnas que cuando no quedaban ejemplares en el quiosco de Andrés, prefería darme media vuelta e irme a casa con las manos vacías. Me resultaba incómodo leer el ABC, La Razón o El Mundo de Pedro Jota (ahora de Casimiro), porque sus líneas editoriales no comulgaban con mis preferencias progresistas. El domingo, para no ir más lejos, compré El País. Lo compré, les decía, y lo comparé con el periódico que tanto defendí en los mentidores de la calle. Hoy en día, la verdad sea dicha, el buque insignia del grupo Prisa ha roto con el compromiso "rojo" de los tiempos aznarianos. Entre sus páginas eché de menos los artículos de Maruja Torres; las crónicas de Javier Valenzuela; los relatos bélicos de Ramón Lobo y Mercedes Gomis; los renglones salmón de Santiago Carcar Romera y María Isabel Lafont. Las únicas alegrías que recibí, mientras leía entre las cenizas de El País, fueron los artículos de Cercas y Marías. Y cómo no, la columna de cierre del célebre Vicent.

Desde que El País hizo el ERE, hace casi dos años, su línea editorial ha cambiado drásticamente. Ha cambiado hasta tal punto que si a algunos ejemplares, publicados recientemente, les suprimimos el rótulo de la portada, no sabríamos distinguir si se trata de un periódico de la caverna o un rotatorio progresista. Desde que Antonio Caño cogió las riendas del periódico, hace cinco meses, y sustituyó a Javier Moreno, la derechización del medio ha sido un secreto a voces. Ha sido un secreto a voces, les decía, porque las filas de Cebrián han bajado la crítica al gobierno de Rajoy. "Algo habrá tenido que ver en este trato cortés – dicen las malas lenguas de la Yuste Madrileña – la estrecha amistad que existe entre el presidente del grupo Prisa y la vicepresidenta del Gobierno, la señora Soraya Sáenz de Santamaría". Tan sólidos son los lazos de amistad entre El País y el Ejecutivo que hasta el propio Rajoy ha escrito, recientemente, una tribuna en las páginas de Caño. Fenómeno que no sucedía, recuerden, desde la guerra fría entre Aznar y El País por el caso Sogecable.  

El artículo: "Leonor se convierte en princesa", publicado el pasado día 4 de junio por El País, y la defensa de la Monarquía como forma de Estado, tras la abdicación del Rey, ponen en evidencia "el giro a la tradición" de un periódico que siempre estuvo al lado del progreso. Un periódico que nunca tiró piedras contra su propio tejado y defendió hasta la médula los intereses de sus lectores.

Este giro a la tradición, o dicho en otros términos, esta derechización del buque insignia de la izquierda perjudica seriamente a la estructura mediática de nuestra democracia. Una democracia contada por un "cuarto poder" de ideología conservadora que enturbia la pluralidad ideológica defendida por la Carta Magna. Actualmente, "los tigres de papel" ostentan el monopolio de la opinión pública mediante líneas editoriales de corte neoliberal, acordes con los intereses de la burguesía y acríticas con las políticas del Ejecutivo. Solamente en la dimensión digital encontramos medios como El Diario.es de Ignacio Escolar o El Plural de Sopena, que compensan el "cambio de chaqueta" que se ha producido en el seno de El País. El servilismo de algunos medios a los intereses del capital les impide desarrollar la función periodística con el rigor y la fidelidad hacia una información objetiva y desprovista de intenciones, omisiones e insinuaciones. Una información, les decía, exenta de adjetivos y sin sombras amarillas, servida a un lector aburrido de leer a diario una prensa predecible. 

Así las cosas, desde El Rincón de la Crítica debemos reflexionar sobre el modelo periodístico que queremos para nuestra cuestionada democracia. Debemos elegir entre un modelo occidental basado en  el oligopolio de grandes dinosaurios -mantenidos por los intereses de la burguesía – o, por un modelo basado en cientos de felinos financiados por la comunidad lectora. El primer modelo responde al que tenemos. Una parrilla de cinco medios – ABC, El País, La Razón y El Mundo – que se reparten la tarta del mercado y, una minoría de pequeñas cabeceras que sobreviven, a duras penas, con las migajas de los poderosos. El segundo modelo, como les decía, está basado en una oferta diversa de medios especializados y financiados por sus socios, los lectores. Pagar por leer – mediante suscripciones – sería lo recomendable para que la prensa no perdiera el espíritu crítico de antaño. Gracias al sostenimiento de tales medios por una masa crítica de lectores exigentes, la prensa se convertiría en un servicio público al servicio de la soberanía lectora. Una soberanía con capacidad para crear una opinión pública orquestada desde abajo, que rompiera, de una vez por todas, el romance existente entre política y periodismo.

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