El periplo de Botella ha estado marcado por la pésima gestión en las tareas de comunicación y negociación política


on el editorial "Una administradora eficaz", la pluma de Marhuenda no tiene reparos en elogiar a la discípula de Gallardón. "Quien suceda a Ana Botella recibirá una ciudad solvente, con la deuda generada durante el último periodo de expansión completamente saneada, unos presupuestos con superávit, las menores tasas impositivas de entre las grandes capitales del país y con una Administración municipal eficaz y equilibrada". Tales elogios, provenientes de La Razón, contrastan con las últimas encuestas publicadas por El País. Según tales sondeos, el Pepé perdería la mayoría absoluta, tanto en la Comunidad de Madrid como en el Ayuntamiento de la capital, en las próximas elecciones autonómicas y locales. Son, precisamente, estos pronósticos y no los balances de Marhuenda, los que han hecho que Ana Botella "de por cerrada una etapa muy importante de su vida". 

Aparte de los elogios vertidos por el director de La Razón, el periplo de Botella ha estado marcado por la pésima gestión en las tareas de comunicación y negociación política. En primer lugar, la mujer de Aznar no estuvo a la altura en la tragedia del Madrid Arena. No lo estuvo, les decía, porque se mantuvo en las burbujas del spa, mientras cinco adolescentes morían aplastadas en la macrofiesta de su ciudad. En segundo lugar, la señora Botella hizo el ridículo internacional con su pésimo dominio del “inglés” en la ceremonia de la candidatura olímpica de Madrid, celebrado en Argentina.  El "relaxing cup of café con leche" ocupó, para espanto de muchos, la séptima posición de las meteduras de pata cometidas por los políticos durante el 2013; ranking publicado por la prestigiosa revista Time. En tercer lugar, Botella no demostró talante negociador en la pasada huelga de basuras. Durante trece días, la capital de España fue portada de los principales rotatorios nacionales e internacionales por la imagen dantesca de sus calles. Calles inundadas de bolsas de basura, peatones con mascarillas y ratas de alcantarilla en búsqueda de comida. Durante trece días, Madrid se convirtió en un mal ejemplo para la atracción turística y el tejido comercial. En cuarto lugar, la deplorable situación del arbolado municipal. En tres meses, dos personas han fallecido aplastadas por sendas caídas de ramas de árboles. Son, precisamente, estas cuatro razones, entre otras, las que explican por qué la "administración eficaz", defendida por Marhuenda, no ha sido aplaudida por las voces demoscópicas.

Así las cosas, ya suenan las campanas sobre quién sucederá a la mujer de Aznar en la pugna por la capital. Aguirre, Cifuentes y Sáenz de Santamaría son las apuestas más sonadas en las quinielas mediáticas. Recuerden que el Pepé no celebra primarias para la elección de sus candidatos. El "dedazo" de Rajoy será quién decidirá cuál será "la cabeza de cartel" para la alcaldía de Madrid y, tratándose de Mariano, la decisión probablemente se demorará hasta la víspera electoral. Esperanza Aguirre goza de un gran gancho mediático y, sobre todo, con una dilatada experiencia al frente de la Comunidad. Ahora bien, su enemistad con Rajoy y el incidente judicial por escapar de la policía municipal la dejan tocada, aunque no hundida, en su lucha por el cetro. Cifuentes, a pesar de su negativa manifiesta a la sucesión de Botella, cuenta con el apoyo de Dolores de Cospedal y no resulta incómoda para Rajoy. Y, por último, Sáenz de Santamaría. La vicepresidenta tendría el apoyo de su jefe y de buena parte de los "peces gordos" del partido. Ahora bien, su candidatura abriría una crisis en el equipo de gobierno a pocos meses de las elecciones generales. Así las cosas, de las tres hipotéticas candidatas – Aguirre, Cifuentes y Santamaría -, Cristina es, sin duda alguna, la que más papeletas tiene para conquistar el "dedazo" de Rajoy.

El "relaxing cup of cafe con leche" ocupó la séptima posición de las meteduras de pata cometidas por los políticos durante el 2013

Ana Botella es, en palabras del director de La Razón, "una mujer inteligente, en nada afecta al populismo y que, desde un convencimiento liberal, ha tenido como principal mira política hacer de Madrid un lugar atractiva para la iniciativa empresarial y el impulso económico". No olvidemos, que antes de las elecciones europeas, la mujer de Aznar no descartaba su candidatura a la alcaldía de la capital. No lo descartaba, les decía, porque entre sus promesas electoralistas estaba la rebaja del Impuesto de Bienes Inmuebles y la supresión de la tasa de basuras para el año 2015; medidas "populistas", en el más amplio sentido del término, que cuestionan las líneas vertidas por Marhuenda. La irrupción de Podemos en la palestra electoral y la caída libre de Botella en las encuestas son, a juicio de la crítica, las principales razones que se esconden detrás de su caída. Sin Podemos por en medio y con las encuestas a su favor, otro gallo cantaría en los corrales de Botella. Ahora bien, si se aprobara la ley de "regeneracionismo democrático", propuesta por Rajoy, la lista más votada sería la que obtendría el cetro de las alcaldías; luego no tendría sentido la decisión de Ana Botella, porque aunque no obtuviera la mayoría absoluta nadie le movería la silla. 

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Sin silencio, la ciudad se convierte en un jungla de timbales y trompetas 


spaña, por si ustedes no lo saben – decía don Gregorio a sus alumnos de grado – es el país más ruidoso del mundo, después de Japón. Vivimos, en palabras del antropólogo, en una cultura de bares y mercadillos que nos impide calmar el chirrido de máquinas que invade nuestro interior. Máquinas, les decía, que fabrican, las veinticuatro horas del día, pensamientos incontrolados. Pensamientos tóxicos que azotan nuestras conciencias y nos impiden alcanzar la esencia de nuestro "yo". Es necesario luchar para que la sociedad del silencio llegue a nuestras orillas y nos salve los oídos. Una sociedad, queridos lectores y lectoras, incómoda por el malestar que sentimos ante la callada del otro, pero imprescindible para reducir la ansiedad y el estrés que sacude nuestras vidas. Sin silencio, la ciudad se convierte en una jungla de timbales y trompetas; de graves y agudos; de tijeras y cuchillos, donde solamente son oídos quienes alzan la voz por encima del rebaño.

Las "sociedades del silencio" son aquellas que valoran la reflexión de los otros como un bien necesario para la construcción del conocimiento. En tales ambientes, los niños son socializados a través de hogares y escuelas calladas, donde los gritos y voceríos son considerados como síntomas de inmadurez emocional y desviación ante las reglas sociales. Es, precisamente, en tales ambientes donde los ladrillos del silencio son necesarios para que los decibelios mundanos desciendan hasta los umbrales del respeto. En los hogares callados hay menos violencia doméstica que en los entornos turbulentos. Hay menos violencia, les decía, porque los efectos del ruido sobre el organismo son sustituidos por las consecuencias positivas de una paz aprendida. En los colegios, de tales sociedades, se recogen los frutos del silencio cosechado en los hogares. Son aulas calmadas, de aguas quietas y voces apagadas, donde la voz del maestro se deja oír sin ser censurada por el travieso de la mañana. En tales colegios, no se oye ni un alma por el horizonte de los pasillos. Son, como diría el filósofo, espacios determinantes para la construcción del conocimiento.

Las calles de las "sociedades calladas" son la viva imagen de una película del cine mudo de los años olvidados. Las avenidas están repletas de desconocidos inculturizados tras los barrotes del silencio. Desconocidos que hablan por sus móviles en lugares apartados, para evitar invadir con su voz el espacio del otro. Hablar alto en tales avenidas se considera una infracción muy grave, por la violencia que supone la ruptura mental del viandante de la esquina. El ruido se considera un tóxico social que atenta contra la privacidad mundana. Una privacidad necesaria para conseguir la calma interior, que todo mortal necesita, para encontrar el sentido a una vida marcada por las prisas, el dinero y la angustia existencial. Calmar la mente, estimados lectores del rincón, es necesario para revitalizar la creatividad y construir una sociedad basada en la innovación e investigación. Una sociedad, les decía, alejada del ruido permanente de las redes sociales y los medios de comunicación.

El ruido se considera un tóxico social porque atenta contra la privacidad mundana

Para conseguir la utopía – la utopía del silencio – es necesario cambiar nuestros cimientos culturales por otros que nos alejen, de una vez por todas, del ranking de los más ruidosos del mundo. El cambio de mimbres implica introducir en nuestras vidas instrumentos que silencien nuestros ruidos vitales. Para ello, para calmar nuestras vidas, es recomendable habilitar, en nuestro día a día, momentos de lectura y escritura. Momentos de lectura y escritura - cierto - consistentes en leer y escribir sobre aquellos temas que nos permitan desconectar de los tóxicos de afuera. La meditación y el yoga, tanto en los hogares como en los colegios, debería ser una asignatura obligatoria para depurar y dilatar la frecuencia de los ruidos que invaden nuestras mentes. Estos mimbres personales son necesarios, pero no suficientes, para conseguir la utopía. Para conseguirla es necesario institucionalizar el silencio mediante normas y sanciones, más severas que las actuales. Una institucionalización, les decía, que extrapole el silencio de las bibliotecas, iglesias, tanatorios y cementerios, a los intramuros de los hogares; los espacios educativos; los espacios laborales y, los rincones de la calle. 

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La nueva "bofetada" que se cocina en La Moncloa nos sitúa a las puertas de los modelos "a una vuelta" americanos


on la llegada de septiembre comienza el nuevo curso político. Pujol, la consulta separatista, las elecciones municipales y regionales y, la reforma electoral son, entre otros, los temas candentes que nos tendrán entretenidos los próximos meses. La propuesta planteada por las filas peperas para la elección de los alcaldes no podía pasar de puntillas para los ojos de la crítica. La medida está fundamentada, en palabras de la derecha, como instrumento necesario para impedir la proliferación de la corrupción. Corrupción, valga la redundancia, sobrevenida por los pactos postelectorales entre grupos políticos de distinto signo. Esta razón ha sido cuestionada por El País, tras publicar ayer, el sondeo realizado por Metroscopia. Según esta empresa de sondeos "de los 98 mayores Ayuntamientos de de España, sólo 13 están dirigidos por Gobiernos de coalición y, entre estos, solo uno está afectado por un caso corrupción", luego – estimados lectores y lectoras – el argumento esgrimido por Rajoy para cambiar las reglas de juego está más cerca de intereses partidistas que de higiene democrática.

Si observamos la secuencia de los hechos, la medida de don Mariano – la reforma electoral del régimen local – ha sido propuesta justo después de las elecciones europeas; tras conocerse los resultados electorales de las mismas y, tras digerir que un millón dos cientos mil votantes se inclinaron por nuevas fuerzas políticas afines a la izquierda, poniendo en jaque el bipartidismo acostumbrado de los últimos treinta años. La victoria de Podemos, o dicho en otros términos, la extrapolación del escenario europeo a los pueblos españoles supondría, para desgracia de algunos, que los incipientes de la parrilla se hicieran con las llaves de sus castillos. El miedo a la sangría en tan probable contienda ha puesto nerviosos a las filas de la derecha. Tanto es así que bajo la rúbrica "regeneración democrática" el Pepé quiere cambiar las reglas de juego para que en las próximas elecciones de mayo gane la lista más votada. Gane la lista más votada, o dicho más claro, gobiernen las mayorías simples sin oportunidad de pactos postelectorales, hasta ahora democráticos. Así las cosas, la nueva "bofetada" que se cocina en La Moncloa nos sitúa a las puertas de los modelos "a una vuelta" americanos. Modelos basados en distritos uninominales y sistemas electorales bipartidistas por las consecuencias de la Ley Duverger.

Desde la crítica debemos reflexionar sobre los pros y contras del "debate interesado", abierto por Rajoy y los suyos, en la opinión pública española. Es cierto, ciertísimo, que en nuestra historia democrática se han producido pactos antinatura – PP, PSOE – con consecuencias negativas para la convivencia ciudadana. Es verdad, y sería de ingenuos negar la mayor, que con el sistema electoral actual muchos ganadores han visto como otros – los perdedores – se han salido con la suya, tras repartirse el pastel del poder con cuchillos de segunda. "Sin pacto mediante – en palabras de Jacinto, un "facha" de los pies a la cabeza – otro gallo cantaría en los corrales andaluces".  Son, precisamente, estas palabras extraídas de los bares madrileños, las que invitan a la izquierda a poner tierra por medio para que esta "oportuna medida" no llegue a nuestros pueblos. No olvidemos que el partido que nos gobierna ostenta la mayoría absoluta y que si quiere, o dicho en términos coloquiales, "si le da la gana" puede tirar por la borda todo el sueño de Podemos.

La victoria de Podemos supondría, para desgracia de algunos, que los incipientes de la parrilla se hicieran con las llaves de sus castillos

La elección de la lista más votada supondría una grave herida para la democracia representativa. En primer lugar, la composición de los gobiernos impediría a las fuerzas menos votadas la oportunidad de diálogos y acuerdos para formar gobiernos representativos acordes con la diversidad electoral. Este fenómeno traería consigo una centralización del voto en partidos mayoritarios – Pepé y Pesoe – ante el sesgo colectivo de que el voto a las minorías sea un acto sin sentido. La medida supondría un aumento del bipartidismo en perjuicio del pluralismo manifiesto en nuestra Constitución. La medida, no hace falta ser doctor en políticas para darse cuenta de la jugada, beneficiaría, sin duda alguna, al Pepé y perjudicaría a los débiles de la parrilla. Partidos, les decía, que sin oportunidades de pactos "a posteriori" lo tendrían crudo para conseguir alcaldías. Lo más justo para evitar "pactos antinatura" y "listas más votadas" sería un sistema electoral "a dos vueltas", tal y como está instaurado en Francia. Un sistema electoral semipresidencialista aplicado al régimen local. Con este sistema, todas las fuerzas políticas tendrían cabida en la primera vuelta. Solamente en la segunda vuelta ganaría la lista que obtuviese la mayoría absoluta. El sistema "a dos vueltas" mantendría inmune el pluralismo incipiente y supondría un fortalecimiento de las voces ciudadanas. Ahora bien, ni el sistema de "lista más votada", propuesto por Rajoy, ni el sistema "a dos vueltas", propuesto por la Crítica, estaría a salvo de las corruptelas de despacho.

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Es, precisamente, el miedo incrustado en el ideario colectivo, el que mueve el cambio de valores de las sociedades avanzadas


onald Inglehart (Wisconsin, 1934) acuñó el término "Revolución Silenciosa" para referirse al cambio de valores que se produjo durante el tránsito de la sociedad industrial a la postindustrial. Se pasó, en palabras de este profesor de Michigan, de valores "materialistas" a valores "postmaterialistas". Este cambio de valores fue posible – entre otras causas – gracias al alto grado de satisfacción de las necesidades básicas de la población en las sociedades industriales; a décadas continuadas de seguridad física, ante la ausencia de conflictos bélicos en Europa y Norteamérica, tras el final de la segunda Guerra Mundial y, al bienestar de la clase media que disfrutaba de una posición económica desahogada y altos niveles educativos. Esta nueva situación social de "nuevos ricos"; de paz mundial y evolución educativa trajo consigo un cambio cultural, o dicho en otros términos, una nueva gama de demandas sociales basada en valores postmaterialistas. Por tales valores, Inglehart entendía la génesis de nuevas necesidades insatisfechas de la pirámide de Maslow. Autoestima, autorrealización, autoexpresión corporal, reflexión sobre la calidad de vida, preocupación por el medio ambiente y la búsqueda de identidad grupal, son los nuevos valores que reinarán las sociedades avanzadas. Necesidades, todas ellas, "postadquisitivas" o "no satisfechas por el mercado". Este cambio cultural fue paralelo a la relativa pérdida de centralidad histórica del conflicto de clases, tan defendido por Marx y los suyos desde las tribunas comunistas.

Es, precisamente, la reflexión realizada en el párrafo de arriba, la que invita a la Crítica a cuestionar los postulados de Ronald desde las trincheras de lo empírico. Atendiendo a la hipótesis de Inglehart, la revolución silenciosa debería haber existido en la Hispania de la burbuja. Una España, les decía, con una clase media acomodada; con la generación mejor formada de la historia, y con un gasto exacerbado en bienes de lujo para el común de los mortales (coches todoterreno, apartamentos en la costa y sueldos generosos para el albañil del andamio). A pesar de tanto despilfarro, los valores "postmaterialistas" brillaron por su ausencia. Durante los "felices años aznarianos" aumentaron los accidentes laborales; se construyeron miles de viviendas sin respetar las debilidades del paisaje; se construyeron – y perdonen la redundancia – cientos de campos de golf en la costa levantina con recursos hídricos escasos; aumentó el conflicto sindical con la explosión de una huelga general; se frivolizó sobre discurso del cambio climático y, aumentó hasta cifras olvidadas la inseguridad ciudadana por el recorte de efectivos.

En suma, en la "España va bien" de José María siguieron prevaleciendo los valores materialistas de toda la vida; el "tanto tienes, tanto vales" del”credo americano".

"Hoy – en palabras de Jacinto, el cuñado de mi vecina – hemos aprendido la lección". Hemos aprendido la lección, decía este humilde señor de las tripas españolas, porque la crisis que nos azota ha hecho que cambiemos la escala de nuestros valores. El aumento del ahorro por parte de las economías domésticas; el endurecimiento de las condiciones para acceder al crédito; el aumento del autoempleo y, la desafección por la política son, entre otros, indicadores que muestran el cambio de valores que subyace en el ideario colectivo. Así las cosas, el español otorga más valor al dinero que en los tiempos aznarianos y, por tanto, optimiza más sus recursos ante los miedos aprendidos tras el pinchazo de la burbuja. Hoy, los bancos no sueltan ni un "centavo" sin antes asegurarse de que sus clientes les devolverán hasta la última "peseta". No lo sueltan, les decía, ante el miedo a que el exceso de impagos derrumbe el chiringuito. Tras la crisis, muchos jóvenes, y no tan jóvenes, han decidido emprender su negocio, o mejor dicho, trabajar por su cuenta ante las escasas oportunidades de empleo y el miedo a que, una vez más, el trabajo por cuenta ajena los sitúe en la cola del paro. A día de hoy, la mayoría de los entrevistados por empresas demoscópicas muestran su desencanto por la política. Lo muestran, cierto, por el miedo a que los parlanchines de la casta se aprovechen de sus votos para enriquecer a los suyos.

"Hoy – en palabras de Jacinto, el cuñado de mi vecina – hemos aprendido la lección"

Es, precisamente, el miedo incrustado en el ideario colectivo, el que mueve el cambio de valores de las sociedades avanzadas. Los miedos aprendidos, tras la crisis económica explican las nuevas pautas de consumo; las directrices de los bancos; la recomposición del mercado de trabajo y, las actitudes políticas. Los valores postmaterialistas - defendidos por Inglehart - no encuentran en lo empírico la corroboración de sus hipótesis. Así las cosas, la era postindustrial continúa inmersa en los valores industriales. Valores causados por las turbinas del neoliberalismo y perennes en nuestras estructuras desde los tiempos franceses. Solamente, los paréntesis socialdemócratas han sido los que se han preocupado por las necesidades "postadquisitivas", o como muy bien dijo Inglehart, necesidades no satisfechas por el mercado. Salvo tales paréntesis, la cultura del "tanto tienes, tanto vales" es la que invade las sociedades avanzadas. Sociedades, como la nuestra, que tras la crisis económica han cambiado buena parte de sus valores. Los han cambiado, les decía, por el miedo a que los excesos del neoliberalismo vuelvan a jugarles otra de las suyas.

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La "política de Rajoy" no ha sido otra que "quitar a los pobres para dárselo a los ricos"


on el titular "La política de Rajoy", don José María Marco – columnista de Marhuenda – elogia la labor del presidente al frente del Ejecutivo, y destaca la reforma de Báñez como factor determinante de las alegrías presentes. En la página tres, el editorial de La Razón, habla de "Promesa cumplida", en referencia al descenso del paro a tiempos de Zapatero, tal y como se comprometió don Mariano al llegar a La Moncloa. Es cierto, y sería de ingenuos negar la mayor, que los indicadores económicos son favorables en comparación con la legislatura anterior. Ahora bien, no todo son vuelcos de campanas en las basílicas de Paco. A pesar de que los organismos internacionales perciben claros indicios de cambio de ciclo en nuestra coyuntura económica, los indicadores de la desigualdad muestran datos nada halagüeños para nuestra estructura social. Llegados a este punto, cabe que nos preguntemos: ¿Estamos saliendo de la crisis? Sí, los datos lo corroboran. Ahora bien, ¿cómo estamos saliendo? Mal, muy mal. Muy mal, les decía, porque en la Hispania de Rajoy hay más brecha social que en los tiempos socialistas; porque en la España del Pepé hay menos derechos sociales que en tiempos de Zapatero y mal, porque la política del "decretazo" ha debilitado nuestro Estado de Derecho.

Es, precisamente, este indicador: "la posición de Podemos como tercera fuerza política del país", según el último barómetro del CIS, el que invita a la crítica a poner los puntos sobre las íes en las campanas de Marhuenda. La irrupción de Podemos muestra, para descontento de algunos, la indignación de una parte del país con las políticas del Ejecutivo. La salida de la crisis por la puerta neoliberal, o dicho en otros términos, la salida del agujero a costa de sacrificar y exprimir a los débiles sin alterar los privilegios de "los de arriba", explica el descenso del Pepé en la instantánea del CIS. Desde que Rajoy llegó a La Moncloa, la España social de ZP ha involucionado hacia tiempos olvidados. Así las cosas, hoy tenemos menos médicos, camas y enfermeros en los hospitales españoles; más impedimentos y zancadillas para acceder al sistema de ayudas y becas del Estado; menos oportunidades para ir al cine – por la subida abusiva del IVA -; menos oferta de empleo público; menos diálogo social con los agentes sindicales; más contratos temporales y parciales, o lo que es lo mismo, más papel mojado sobre las tablas laborales; más talento emigrante; más pensionistas con menos poder adquisitivo; menos profesores en el sistema educativo y, lo más triste de todo: más pobreza infantil por todos los rincones.

Luego, ¿estamos saliendo de la crisis? Sí, pero a costa de la involución social, o lo que es lo mismo, del recorte de derechos y mordiscos al Estado del Bienestar por parte de don Mariano.

La "política de Rajoy", estimado columnista de Marhuenda, no ha sido otra que "quitar a los pobres para dárselo a los ricos"; todo lo contrario – en palabras del católico – que hizo San Francisco de Asís con los hambrientos de su época. Rajoy ha recortado, sin oír el llanto de miles de desahuciados; sin escuchar las penurias que se cuecen en las colas del paro; sin dialogar con los sindicatos la reforma laboral; sin sentir las olas de las mareas. Rajoy ha gobernado para los suyos – los adinerados de siempre- sin tener en cuenta que en su mayoría absoluta residen millones de votos provenientes del desencanto civil con las políticas de Zapatero. Son, precisamente, esos votantes de la izquierda, que en su día creyeron las promesas de Mariano, los que hoy sienten la culpa política por haber confiado en quienes solo barren para los suyos. Así las cosas, a pesar de que el paro desciende, los pronósticos del PIB suben y la prima baja hasta cifras razonables; el Partido Popular pierde fuelle en el último barómetro. Lo pierde, estimados camaradas, porque existe un abismo entre los números macroeconómicos y las angustias de la gente. Lo pierde, y perdonen la redundancia, porque las políticas neoliberales son las responsables de que el pobre sea cada día más pobre y el rico cada día más rico. Por ello, los electores aplauden el discurso de Podemos. Un discurso populista por sus propuestas pero, al fin y al cabo deseado, por una mayoría de nuevos pobres desclasados de su estatus por "la política de Rajoy". 

Tanto PP como PSOE han viajado juntos por las sendas merkelianas

En días como hoy es normal que partidos como Podemos saquen los dientes a los clásicos de siempre. Es normal, queridos lectores y lectoras, porque tanto el PP como el PSOE han viajado juntos por las sendas merkelianas. Ambos partidos han sido títeres políticos movidos por los hilos de Ángela. No olvidemos, que Zapatero fue el primero que giró a la derecha y dejó en la "cuneta" a millones de sus votantes que vieron en él al neoliberal de la izquierda. Ahora, en los tiempos que corren, mucho se tendrá que esforzar Pedro Sánchez para convencer a los suyos de que él no es, ni por asomo, una copia más de sus antecedentes políticos. Para resucitar a su partido tendrá que apelar al "voto útil" y a "la historia de sus siglas" como armas arrojadizas contra los sables de Podemos. Es importante destacar que el último barómetro del CIS se hizo al calor de las elecciones europeas; antes de que Pedro Sánchez fuera elegido Secretario General del partido socialista y, antes de que el paro descendiera a tiempos de Zapatero.

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De bien es conocido, por la sabiduría popular, que varios garbanzos negros amargan un cocido


i antes fue la expresión "con la que está cayendo", la que se puso de moda en tiempos de Zapatero, ahora es la "casta política", acuñada por Iglesias, la que inunda el diálogo de los bares madrileños. Son precisamente estos ruidos extraídos del diálogo callejero, los que invitan al sociólogo a leer entre sus líneas y aflorar lo que piensa la gente acerca de la política. Desde los años ochenta, los partidos de masas – aquellos financiados por la militancia – han evolucionado hacia los "partidos atrapa todo" y éstos, a su vez, hacia los "partidos cártel". Los "partidos atrapa todo" surgieron como consecuencia de las subvenciones que  recibían del Estado. A partir de ese momento, las siglas de la parrilla política dependieron menos de sus electores, y ello les permitió moderar sus discursos y captar a los "votantes medianos", los indecisos de toda la vida. Gracias a tales partidos – los "atrapa todo" – se rompieron buena parte de los clientelismos electorales y se ensancharon las orillas entre electores y elegidos. Años más tarde, este distanciamiento entre partidos y votantes desembocó en lo que, en la jerga sociológica, conocemos como "partidos cártel". Partidos, les decía, más alejados, todavía, de la masa electora y más insertos en los tentáculos burocráticos de lo público. Tan metidos en lo público, en las arcas del Estado, que el interés partidista por mantenerse en el poder supera con creces los asuntos cotidianos de pensionistas, mileuristas, parados, empresarios y demás: los votantes.

A esta merienda de lobos, o dicho de otro modo, a este abrir de codos, por parte de los gobernantes, para que los otros – nosotros, los soberanos – no entren – entremos – en su terreno es lo que popularmente se conoce, en días como hoy, como "la casta política". Un cierre social en toda regla donde los que ostentan el cetro hacen de las suyas para impedir que nadie les levante de la silla. Desde la casta se retroalimentan sus intereses políticos, en detrimento de sus espectadores; que ven desde sus butacas como unos cuantos – los políticos, sus elegidos - viven como dioses en el limbo de las tribunas. Esta desigualdad existencial entre los de arriba - la casta – y los de abajo – la plebe – es la que genera corrientes de desafección y desinterés social por lo público. "Devolver la ilusión por la política" en palabras de Pablo Iglesias - es necesaria para que el juego democrático sea atractivo para la inmensa mayoría. Ahora bien, para devolver la ilusión perdida, o dicho en otros términos, para resucitar la alegría por lo público, es necesario destruir, de una vez, por todas a la casta que nos representa; transformar el sistema actual de "partidos cártel" por otro de "partidos de masas", a semejanza de los tiempos republicanos.

Para romper los barrotes de la casta necesitamos instrumentos legales; límites, en el amplio sentido del término, para que la política sea un ejercicio digno y no un lugar – como hasta ahora – para que unos pocos hagan su agosto, mientras otros – el pueblo honesto – viva con lo puesto. Para terminar con la casta, estimados lectores y lectoras, es urgente: limitar la duración de los mandatos locales, regionales y estatales; realizar auditorías periódicas a las organizaciones políticas y sus cargos representativos; establecer un Salario Máximo Político (SMP) a las élites políticas (presidentes, diputados, alcaldes y concejales)  para que no exista "manga ancha" a la hora de atribuirse sus ingresos; apartar temporalmente de sus cargos a los políticos imputados hasta que se resuelvan sus causas judiciales; regular la figura de los expresidentes en cuanto a funciones, ingresos vitalicios y límites al régimen de  compatibilidades; limitar e inspeccionar la financiación de los partidos para evitar "juegos sucios" en la oferta electoral; aumentar el número de Inspectores de Hacienda para perseguir con eficacia el fraude; limitar al mínimo el número de cargos de libre designación; establecer mecanismos de control para evitar el tráfico de influencias en los procesos públicos de empleo y subcontratas; derogar la ley de Amnistía Fiscal, inventada por Rajoy, y condenar con firmeza a quienes entran en política para buscar chollos y lucros personales.

Devolver la ilusión por la política, en palabras de Pablo Iglesias, es necesaria para que el juego democrático sea atractivo para la mayoría

Estas recetas, extraídas del sentido común, servirían para que la política se convirtiera en un ejercicio de servicio público y no un lugar, como hasta ahora, de lucro a costa de contactos, comisiones y corruptelas, por parte de algunos políticos de renombre. Con tales medidas se evitaría, sin lugar a dudas, que señores como Bárcenas - extesorero del PP-; Jaume Matas - expresidente balear del PP; Carlos Fabra - expresidente del PP de la Diputación de Castellón -; Pedro Ángel Hernández Mateo - exalcalde del PP de Torrevieja – ; José Luis Baltar - expresidente del PP de la Diputación de Orense -; Jordi Pujol - expresidente de Cataluña -, entre otros; sean, un día sí y otro también, noticias y portadas de periódicos por haberse enriquecido a costa de la casta. Es una vergüenza que paguen justos por pecadores, o dicho más claro, que a todos los políticos les cuelgue la etiqueta de "granujas", a pesar, de que hay políticos honestos que desempeñan su cargo con dignidad y ejemplaridad. Políticos honrados que entienden la política como un lugar de paso de servicio al ciudadano. De bien es conocido, por la sabiduría popular, que "varios garbanzos negros amargan un cocido" o, como diría mi abuela, "hasta en los conventos más ilustres hay ovejas descarriadas, que cabalgan a sus anchas por los huertos de Cristo".

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Ojalá, los próximos comicios sirvan para que se consolide el pluralismo latente de las pasadas europeas


urante los años cuarenta, el comportamiento político de los ciudadanos se explicaba mediante variables sociales. Según los estudios de Rokkan y Lipset existían vínculos estrechos entre los votantes y los partidos políticos. Lazos fuertes, les decía, determinados por las relaciones familiares y las identidades de clase. Los resultados electorales se podían predecir mediante el análisis, a priori, de la estructura social de un territorio dado. Mientras los "cuellos azules" - la clase trabajadora- votaban a la izquierda, los "cuellos blancos" - las clases medias y altas -, por su parte, lo hacían a la derecha, en el noventa y nueve coma nueve de los casos. Este determinismo social de la política estuvo avalado por las teorías conductistas y, sobre todo, por la hipótesis de la disonancia cognitiva de Leon Festinger. Según este psicólogo social, los individuos se exponían a la información de manera selectiva; evitando aquella que pudiera perturbar sus estructuras mentales. Por ejemplo, un adolescente de tendencia progresista  sería muy poco probable que leyera el ABC o que visionara los informativos de Antena 3, porque ello supondría – según diría Festinger –  una disonancia cognitiva entre sus esquemas endógenos – una socialización política de corte progresista – y los estímulos externos consumidos - los discursos mediáticos conservadores – . El consumo selecto de información política como mecanismo de coherencia cognitiva (teoría de Festinger) y la estructura social definida por grandes grupos homogéneos y estancos; explicaría la estabilidad del voto desde los años cuarenta hasta finales de los sesenta.

A partir de los años setenta, las teorías acerca de la estabilidad del voto, aludidas en el párrafo anterior, fueron cambiando por las teorías basadas en explicaciones políticas por la volatilidad incipiente del voto. El tránsito de una sociedad industrial – caracterizada por la producción en cadena y la cultura del "tener"- a otra postindustrial de valores postmaterialistas estuvo detrás de este cambio de paradigma. La escuela de Michigan defendió que la fuerza del marketing político (líderes, campañas electorales, medios de comunicación y demás) influía de manera determinante en las explicaciones electorales. Para estos señores, la alfabetización ciudadana; el interés por los problemas políticos y, la heterogeneidad social del momento dieron como resultado el nacimiento de un nuevo votante. Un votante racional en contraste con el tradicional y emocional de Lipset y Rokkand. El elector postindustrial ejerce -según los pensadores de Michigan - su participación democrática en función del resultado que obtiene de la evaluación "costes y beneficios".

La corriente actual que explica los comportamientos políticos defiende que éstos son el resultado de la mezcla entre variables sociales (clase, religión, cultura, lugar geográfico.) y políticas (liderazgos, programas electorales, aciertos y errores). Tanto a derecha como a izquierda del espectro político hay votantes emocionales y racionales. Ahora bien, saber cuántos hay de cada rama es el problema al que a diario nos enfrentamos los politólogos y sociólogos. A pesar de que este país es sociológicamente de izquierdas, o dicho de otro modo, hay un mayor número de ciudadanos de clases trabajadoras que conservadoras, gobierna por aplastante mayoría el Partido Popular, un partido que cuenta con menos posibilidades, a priori, de ganar por goleada si atendemos a la estructura social de su mercado. Esta evidencia empírica otorga la razón a la Escuela de Michigan. Son, precisamente, las variables políticas, las que han conseguido que se produzca un desalineamiento electoral del votante progresista en pro de la derecha. Un desalineamiento o cambio a corto plazo en el sistema de partidos provocado, entre otras razones, por la crisis económica; la desideologización socialista y las promesas marianistas.

El elector postindustrial ejerce su derecho al voto en función del resultado obtenido de la evaluación costes y beneficios

A parte del desalineamiento partidista ocurrido en las pasadas elecciones generales, por las causas mencionadas, existe otro desde los comicios europeos. Las variables políticas (nuevos líderes – Pablo Iglesias – nuevos mensajes – la casta política-) han calado en el elector racional de la izquierda, suscitando un cambio político coyuntural que podría convertirse en crónico y alterar, a largo plazo, el sistema de partidos vigente en España desde los tiempos felipistas. Dicho fenómeno político sería fenomenal para nuestra democracia porque supondría un realineamiento electoral consistente en el fin del bipartidismo. Para que esto no ocurra, para que el pluralismo no venza al bipartidismo, el buque insignia de la izquierda, el partido socialista, está apelando al voto útil para las próximas elecciones. Está apelando al voto útil, les decía, porque Pedro Sánchez desde que llegó a la secretaría general de su partido defiende que éste es "la única fuerza política progresista que gana elecciones". El PSOE es el antídoto para que los ciudadanos voten una "opción segura" y se olviden de los recién llegados - en este caso Podemos – ante el miedo a que los nuevos – por muy bueno que sean – no consigan la necesaria mayoría para convertirse en alternativa. Ojalá, los próximos comicios sirvan para que se consolide el pluralismo latente de las pasadas elecciones europeas. Si no se consolida, si cala el mensaje de Sánchez en el electorado socialista, probablemente volvamos a los tiempos galdosianos del bipartidismo.

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