Por mucho que Pedro se esfuerce en conquistar La Moncloa; la amalgama parlamentaria le dará calabazas el día de la marmota. Le dará calabazas – como dicen en mi pueblo – porque la "altura de miras" de nuestros queridísimos políticos no sobrepasa la azotea de sus intereses partidistas. Así las cosas, la convocatoria de elecciones para el próximo verano; se acaricia como la opción más probable en las quinielas mediáticas. Ahora bien, tanto Rajoy como Sánchez serán los más damnificados en la segunda vuelta a la francesa. Lo serán; el primero por haber renunciado al debate de investidura y, el segundo por fracasar en el intento. Por su parte, Podemos y Ciudadanos serán los galardonados en la noche de los Goya. Lo serán; el partido de Pablo Iglesias por la crisis socialista y; el partido de Rivera; por la desintegración del "marianismo".

De cara a los próximos comicios, Pepé y Pesoe deberían tocar otras teclas si quieren que la flauta suene diferente. Para ello, lo más inteligente sería que tanto Pedro como Mariano pusieran sus cabezas a disposición de sus partidos. No olvidemos que los socialistas han obtenido el peor resultado de su historia y, los populares han perdido el rodillo del Congreso. El "marianismo" representa – en palabras de Jacinto – el desmantelamiento del Estado del Bienestar; las ruedas de prensa sin preguntas y las corruptelas de palacio. El "sanchismo", por su parte, a la izquierda obsoleta de los tiempos felipistas y a los últimos errores del "zapaterismo". Luego, tanto Rajoy como Sánchez no serían enfermeros eficientes para curar las heridas que se avecinan en el seno de sus bastiones.

Aparte de nuevos líderes, "la vieja política" necesita reinventar su discurso para ser atractiva. Por parte del Pepé sería conveniente establecer medidas drásticas para erradicar – de una vez por todas – la corrupción de su tejado. Medidas como: eliminar la institución del aforamiento y el cese inmediato de cualquier cargo investigado, serían bienvenidas por un electorado cansado de tanto cachondeo. Otra solución, por parte del PP, sería la elaboración de un discurso más keynesiano que merkeliano para recuperar la simpatía de la clase empobrecida. Por parte del partido socialista, la principal medida pasaría por recuperar los discursos del primer Zapatero; aquellos que dejaron huérfanas de palabras a las siglas de Llamazares. Con tales retoques, tanto Pepé como PSOE apaciguarían la huida de votantes hacia los portales vecinos. Una huida que podría terminar con un realineamiento del voto, o dicho de otro modo, con una reestructuración del pódium pluralista.

En caso de que se convocaran nuevas elecciones, el Pepé sacaría tajada del paréntesis electoral; la sacaría porque, – como indican las organizaciones internacionales -, los brotes verdes de ZP serán más visibles en la ansiada primavera; algo que servirá al Partido Popular para entonar el "España va bien" de los tiempos aznarianos. Por su parte, la crisis de liderazgo en el partido socialista sería una oportunidad de oro; para que la ahijada de González.- Susana Díaz – se dejara querer por los barones regionales. Mientras tanto, Podemos haría leña del árbol del caído; aprovecharía el "intento fallido de Sánchez", como argumento para liderar el buque insignia de la izquierda. Por su parte, Albert Rivera subiría como la espuma; subiría, como les digo, porque ni ha fallado en el intento; ni le ha planteado a S.M. un reparto de sillones.

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Ayer llamé a Platón, estaba sin saber de él desde su último viaje a Siracusa. Días antes hablé con Aristóteles, me dijo que su maestro estaba muy debilitado; la última vez que pasó por la Academia, leyó un fragmento de las Leyes; un monólogo reciente sin la sombra de Sócrates. Tras varios días con el móvil apagado, conseguí hablar con él. Tenía razón su discípulo, mi amigo no era "el Platón" de La República; ni siquiera el poeta idílico de Atenas.  Le pregunté por Dión y - para sorpresa, la mía - me dijo que lo asesinaron y se sentía culpable por ello. Me recitó unos versos que decían: "Los dioses desparramaron tus amplias esperanzas./ Ahora yaces en tu espaciosa patria, honrado por tus conciudadanos,/ tú que mi corazón hiciste enloquecer de amor, Dión". Triste Platón, cuánto sufrimiento por poner en prácticas sus ideas. Mi amigo se ha convertido en aquel filósofo que tropieza por las sombras de la Caverna.

Platón, me preguntó por Maquiavelo. Le dije que no tenía ganas de hablar con nadie; se encontraba sin ánimo tras el mandato de los Medici. Lo había pasado mal entre los barrotes de Lorenzo y, ahora, solo quería apartarse de la contaminación política para escribir sus reflexiones. Le dije que Nicolás soñaba todos los días con la unificación italiana, una Italia unida; inspirada en los textos de Tito: llena de acueductos, calzadas y circos romanos. Le conté a Platón que Maquiavelo estaba escribiendo una obra para dedicársela a Lorenzo. Una obra con una prosa condensada y desgarrada por la urgencia. Un texto, le dije, que aconsejara a los Medici sobre las cualidades que debería tener un príncipe para gobernar Florencia. Un príncipe – en palabras de Nicolás – debe faltase a la moral para conseguir sus fines políticos; que no fuera afeminado, irresoluto ni cobarde; que se rodeara de ministros inteligentes y huyera de los aduladores. Un príncipe que dividiera a los ciudadanos; que se ganara a los disidentes y atrayera a sus líderes y cabecillas.

Tras hablar con Platón, recibí una llamada perdida de Occam. Me dijo que había sido acusado de herejía por su obra "Sobre el gobierno tiránico del Papa". A pesar de sus convicciones cristianas; Guillermo siempre ha sido muy crítico con la Iglesia. Nunca ha soportado, los abusos de poder que ostentan las sotanas; y muchísimo menos la vida de manjares y despilfarros que han llevado los Papas. Juan XXII, me dijo, no debería ostentar un poder omnímodo; ni debería imponer a los fieles penitencias excesivas, ni abusar en cuestiones jurisdiccionales. Las llaves de Pedro no significan la entrega del poder terrenal a los discípulos de Cristo. La vida de los seguidores de Dios debería ser ejemplarizante para los fieles. Una Iglesia basada en la pobreza; sería la única que resucitaría de las cenizas a las tierras de Platón. Tierras – en palabras de Guillermo – regadas por las fuentes de la austeridad y alejadas de los ruidos del dinero.

Aquí, en la Hispania del XXI, las cosas no están bien. Así comienza la carta que le escribí a Aristóteles para que la leyera a sus alumnos del Liceo. No están bien, porque varios gallos en un mismo corral acaban enganchados. Igualdad y libertad no se llevan bien en el patio de los leones. Si damos rienda suelta a la libertad obtenemos desigualdad y, si optamos por la igualdad; cortamos las alas a las aves del dinero. Aún así, hay quienes prefieren juntar a rastas con corbatas; a migajas con manjares y a patronos con obreros. En una democracia – como la que se cuece en nuestros fogones – el arte de gobernar siempre será relativo. Aunque digan que unos gobiernan para todos; no es verdad. No lo es; porque donde hay partidos y corrientes ideológicas hay intereses privados en lugar de generales. Por mucho que queramos que las escobas barran para otro lado; las azules barrerán para los portales del pudiente y, las rojas para las puertas del camarada. Mientras escribía la carta, se cruzaron por mi mente; los terremotos que asolaron Siracusa, la ciudad ideal de Platón.

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Si Podemos fuera coherente con sus discursos electorales, no pactaría con otras fuerzas políticas. No lo haría, como digo, porque ello supondría bailar con la casta; la misma que tanto criticaron desde las tribunas de la Tuerka. Una alianza con Sánchez; Garzón y otras confluencias, sería una patada en el trasero a millones de votantes polemistas. Votantes que confiaron en el morado, y ahora ven como sus papeletas vuelan hacia el tallo de la rosa. Aún así, a pesar de tanto veneno vertido contra la casta; los recién llegados al hemiciclo hablan de diálogo y entendimiento como si nada hubiera pasado. Es, precisamente, esta incoherencia entre hechos y palabras; la que invita al sociólogo a detener su mirada en los recovecos del asunto.

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El otro día, las palabras de Celia Villalobos: "no me importan las rastas, pero limpias y sin piojos", me recordaron a otras, que treinta y tantos años antes, pronunció doña Amelia, una maestra de colegio. Decía aquella "señorita" de la Hispania de Felipe, que no le molestaba que las niñas lucieran el pelo suelto, siempre y cuando lo llevaran recogido y sin bichitos. Los piojos, la verdad sea dicha, eran muy comunes en las aulas olvidadas. A lo largo de la infancia, muchos niños sufrían el picor y las carreras de dichos animalitos por las grietas de sus tejados. En aquellos tiempos, no estaban tan adelantados los productos antipiojos y, la vedad sea dicha, un buen corte de pelo al cero era la mejor solución para vencer al enemigo. Así las cosas, muchos niños parecían soldaditos de reemplazo corriendo por el patio de recreo.

Aunque sea prejuicioso, ustedes convendrán conmigo que el pelo largo en los hombres; siempre ha estado asociado con movimientos revolucionarios. Si miramos por el retrovisor de los tiempos, desde los protagonistas del mayo del 68 hasta los integrantes de los Beatles; todos han lucido sus melenas como símbolo de rebeldía. Las gominas a lo Conde y las frentes despobladas han sido – en la mayoría de las ocasiones – patrimonio de la derecha. Tanto es así, que si hiciéramos un experimento sociológico; consistente en clasificar ideológicamente a los sujetos por la forma de su peinado; la mayoría pondría la etiqueta roja a las greñas y coletas y, la azul a los cortes a tijera al estilo de Rajoy. Dicho de otra manera, mientras el pelo corto tiene connotaciones conservadoras, el largo se asocia con rebeldes y radicales. Aunque, no haga falta decirlo, ni todos los rebeldes llevan coleta, ni todos los conservadores peinan con cepillo.

Si los diputados fueran vestidos de uniforme; con pelo corto y afeitados – decía esta mañana un colega a las puertas del África – nos costaría – a simple vista – saber si son del Pepé o de las filas de Podemos. En este supuesto, las identidades políticas perderían el vestido como instrumento de captura. El lenguaje y los hechos serían las únicas herramientas para que los votantes decidiesen su voto, sin el sesgo de las rastas y corbatas. Así las cosas, si Pablo Iglesias se cortara la coleta perdería – en palabras de Rodolfo – la esencia de su marca. Ya no sería el muchacho rebelde de Podemos sino uno más de la izquierda moderada; aunque dijera lo mismo o radicalizara su mensaje. Llegados a este punto, Celia Villalobos, probablemente, no diría lo mismo si las rastas, en lugar de portarlas los miembros de Podemos, las lucieran los diputados de su partido.

Es motivo de alegría que en el hemiciclo cohabiten rastas con corbatas. Es algo positivo, como digo, porque esas rastas y corbatas representan a la España del ahora. Detrás de tales rastas, hay un pedacito del movimiento 15-M, de aquellos “camorristas y pendencieros", "perroflautas" y "yayoflautas" que, en su día, inundaron de indignación la plaza sol. Detrás de esas rastas, queridísimos lectores, se esconde el grito desgarrado de cientos de mareas al unísono por los recortes abusivos en "tizas y ambulancias". Detrás de tales rastas, se hallan miles de parados; de personas desahuciadas y jóvenes emigrantes. Detrás de las corbatas, se hallan las heridas de la gaviota; las lágrimas del camarada y los pétalos marchitados de la rosa.

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Este mes es especial para mí. Lo es, como digo, porque hace cinco años – en enero del 2011 – comencé mi andadura por las callejuelas del Rincón. Desde entonces, una semana sí y otra también, no he parado de escribir. A día de hoy, si quieren que les diga la verdad, no sé las visitas que recibe el blog. No las sé, ni me interesan, porque no escribo con ánimo de lucro, ni afán de notoriedad. Escribo, como he manifestado en más de una ocasión, por necesidad. Gracias al blog, comprendo mejor cómo funciona la industria de la cultura. Comprendo lo difícil que resulta para los escritores noveles, labrarse un futuro en los huertos de la literatura. Y comprendo cómo se mueven los hilos en los estercoleros del presente. Aún así, a pesar de tanta adversidad, sigo aquí; escribiendo para aprender a pensar en un mundo alienado por los hilos del capital. 

El otro día quedé con un viejo conocido en "El África". Necesitaba hablar con alguien sobre la incomprensión social que padecemos los escritores. Le conté que cuando publiqué El Pensamiento Atrapado, me sentí desnudo en un mundo de navajas y cuchillos; viví los efectos perniciosos de la envidia y descubrí a las falsas amistades. Como saben, nunca presenté la obra. No la presenté – a pesar del enfado de mi editor – porque nunca he creído en las presentaciones de libros. Siempre las he visto como un chiringuito de mercadillo; donde el autor vende su producto a familiares y conocidos, como si se tratara de un kilo de limones. En días como hoy, para muchos seré un escritor fracasado. Lo seré, queridísimos lectores, porque en las tripas del sistema: "tanto vendes, tanto vales". Luego, por muy buena que sea la obra, si la editorial no cumple con las expectativas, el escritor tiene los días contados en la jungla de las librerías. 

Hace unas semanas rompí la regularidad de los escritos; necesitaba reflexionar sobre si merecía la pena continuar con el blog o abandonarlo para siempre. He intentado – y valga la metáfora – "dejar de fumar" pero he fallado en el intento. Entre el silencio de los renglones, he frecuentado La Academia; El Liceo y los jardines de Epicuro. A través de ellos, he aprendido que cada persona debe esculpir su destino con las piedras del camino. No apartarse de la senda, es la condición necesaria para lograr ser felices en los infiernos del ahora. Por ello, queridísimos lectores, a pesar del daño que me produce la esclavitud de mis palabras; a pesar de que la crítica incomode a las tripas del sistema; "el placer de la calada" ha sido superior al cáncer que padecen los siervos del cigarrillo. Después de cinco años de críticas y reflexiones, miro para atrás y observo como los artículos del ayer se han convertido en pedagogía del presente. Una colección de pensamientos encadenados; necesarios para asomarse al pasado y vehicular las soluciones del futuro.

Como saben, el blog cuenta con más de mil suscritos; con los que mantengo diálogos semanales a través del correo electrónico y las redes sociales. Lectores, en su mayoría sociólogos, filósofos, politólogos, escritores y periodistas, amantes de la lectura y críticos con la actualidad. A través de sus comentarios en el blog – los leo todos de forma detenida – he aprendido que el respeto hacia las ideas del otro, es el principal cimiento de toda democracia. Muchos lectores, me dicen que no comparten mis reflexiones. No las comparten y me lo dicen abiertamente pero, no por ello, dejan de leer textos díscolos con sus ideas e ideologías. Es, precisamente, esa grandeza de tolerar el pensamiento del otro; el que mantiene vivas las líneas del Rincón. Ojalá, este humilde proyecto; que solo se alimenta del boca – oído de sus lectores; se convierta en los próximos años en un lugar de encuentro para la crítica. Una crítica libre, plural e independiente; necesaria para los tiempos que vivimos. 

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El otro día, me comentaba Andrés que estaba arrepentido de haber votado a Pablo Iglesias. Lo estaba, decía este señor de las tripas alicantinas, porque su papeleta – y el resto de las moradas – solo habían servido para dividir a los rojos en las gradas del hemiciclo. Tanto es así, que si se convocaran nuevas elecciones – algo muy probable, tal y como está el patio – lo más seguro es que votara en blanco por la intransigencia de algunos ante los posibles pactos postelectorales. Mientras hablaba con Andrés, la hermana del panadero charlaba con Ernesto sobre la encrucijada socialista. Decía esta señora – Sanchista hasta las cejas – que si Pedro pactara con la derecha, no le volvería a votar en lo que le queda de vida.

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La ecuación de la paz: "paz igual a seguridad", es la solución más inteligente para devolver la calma a tanta tempestad.


urante tres semanas, como saben, he estado desconectado del mundanal ruido. Necesitaba, la verdad sea dicha, un "ayuno intelectual" que limpiara mi mente de las toxinas mediáticas y pusiera un poquito de orden en la inquietud de mi espíritu. Tanto es así, que no he visto informativos; ni he leído periódicos, ni tan siquiera he escuchado Las Mañanas de Menéndez durante la soledad del volante. Tan solo, he ojeado revistas de filosofía y algún que otro blog sobre recomendaciones literarias. Veinte minutos diarios de meditación y las zapatillas de deporte han sido suficientes para oxigenar las ideas y reemprender el camino. Durante este tiempo, he probado los frutos de mis semillas. Frutos, por cierto, amargos y envenenados como si fueran manzanas podridas en un huerto abandonado. Aún así, a pesar de las poquísimas satisfacciones que obtengo con la escritura, la considero un ejercicio necesario para amueblar la mente; mejorar el discurso y dialogar con los otros.

Aunque, la verdad sea dicha, he desconectado de las “telarañas mediáticas”, no he podido librarme de sus ecos callejeros. No he podido, como les digo, porque en los mentideros de la esquina; llueven comentarios sobre la realidad del ahora. Comentarios, inevitables, sobre las elecciones generales; la subida del paro; las afirmaciones de Marina; la desconexión catalana; la violencia de género; los refugiados de Siria y, un sinfín de quebraderos de cabeza; que surgen a diario en las portadas tradicionales. El pasado viernes por la noche, decidí acostarme temprano. Necesitaba dormir ocho horas; levantarme temprano; corregir exámenes; estudiar filosofía y, salir a correr a eso de las doce. A las nueve de la mañana, tras tres horas de trabajo, fui a la panadería. Mientras esperaba en la cola, supe lo de París. Tras los comentarios de la espera, decidí romper mi promesa de "desintoxicación y mediática" y, ni corto ni perezoso, corrí como un galgo al quiosco de costumbre; compré el periódico y leí de forma detenida la tragedia de Bataclan

Mientras leía la noticia, me vinieron a la memoria las torres gemelas, las mochilas de Atocha, las víctimas de ETA, la violencia de género y un cúmulo de desgracias que siempre terminan pagando la gente inocente. Gente que, “sin quererlo ni beberlo”, sufre los efectos colaterales de los conflictos políticos. Ante tanta impotencia, decidí volver al blog; sentarme delante del teclado y escribir para la paz.

Desde antes de Cristo, la violencia ha convivido con los hombres. Si miramos por el retrovisor de los tiempos, nos damos cuenta que la tranquilidad entre los pueblos – y siglos más tarde, entre Estados – solamente ha sido la excepción a la regla. Desde las Guerras clásicas hasta los conflictos recientes; siempre ha existido – y existirá – una violencia estructural determinada por factores económicos y/o culturales.

La "Ley de Talión" empleada por Hollande no resuelve los brotes terroristas del conflicto internacional. Es, necesario, repensar el concepto de paz para combatir la violencia estructural. La ecuación de la paz: "paz igual a seguridad", es – en estos momentos – la solución más inteligente para devolver la calma a tanta tempestad. Para ello, para construir el andamiaje de la "seguridad", los Estados deberían realizar una política basada en la prevención del riesgo terrorista; con objeto de eliminarlo y/o minimizar sus consecuencias. Las "zonas inseguras" son el tendón de Aquiles, que sirve al terrorismo internacional para hacer visibles las debilidades del otro en el escaparate mundial. Por ello, queridísimos lectores, investigar para la paz implica: revisar las bases de datos policiales; aumentar los protocolos de seguridad en estaciones, puertos y aeropuertos; incrementar la vigilancia policial en las aglomeraciones; coordinar la actuación de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad en el espectro internacional; solicitar "certificados de penales" para la formalización de contratos – de alquiler y venta de vehículos y viviendas -; endurecer los requisitos para la venta de armas; aumentar las penas por actos terroristas; incrementar las funciones de los servicios de Inteligencia y, fomentar la Alianza entre Civilizaciones. Solamente así, reforzando la seguridad, conseguiremos combatir la inevitable violencia estructural y podremos, por fin, hablar de paz.

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