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La Europa preparada

Decía Nietzsche – filósofo al que le debo mi profesión – que el conocimiento es una cuestión de perspectivas. Algo es bello o feo en función del ángulo con que se mire. Así las cosas, la psicoterapia – en muchas ocasiones – se basa en premisas filosóficas. De tal modo que entre paciente y psicoterapeuta se intercambian cambios de perspectiva. Cambios en el modo de contemplar los avatares de la vida. Avatares que no se perciben igual con un cuerpo de quince que con otro de cincuenta. Por ello, la angustia ante la vida es relativa. Y en ese relativismo mueren las verdades absolutas. Mueren los ídolos, que diría el autor del Ecce Homo. Algo similar ocurre con el lenguaje. Las palabras viven en el contexto. Un contexto donde se desarrollan, en términos de Wittgenstein, "los juegos del lenguaje". Juegos que tienen lugar en las paradas de autobús, en las colas de una panadería o en los pasillos del Senado.

Cualquier frase, por muy insignificante que sea, necesita – salvo que hablemos del lenguaje científico – una interpretación por parte del oyente. Un oyente que, a su vez, necesita un conocimiento adecuado sobre la cultura que envuelve al acto comunicativo. Necesita comprender el "alma de las palabras". Y esa alma no se halla en la semántica sino en la pragmática. Es necesario que Manolo, por ejemplo, entienda el humor de su momento. Es urgente que sepa el doble sentido de las palabras, las metáforas y refranes que envuelven el lenguaje callejero. Alguien que no es capaz de descifrar la "metafísica de las palabras" se convierte en un obstáculo para el diálogo. En un obstáculo, y disculpen el atrevimiento, porque su incomprensión provoca problemas comunicativos. Provoca malentendidos y confusiones que necesitan aclaraciones. Las palabras nunca regresan a la boca. Una vez emitidas viven fuera de nosotros. Y en esa vida, que se manifiesta en los diálogos, se producen lamentos y alegrías. Se producen hasta heridas que necesitan de "curas del lenguaje" para que cicatricen. De ahí que debamos apelar a la responsabilidad del hablante.

Esta semana, sin ir más lejos, Sánchez y Meoloni han puesto los puntos sobre las íes. Ambos han manifestado a Bruselas su descontento por el término "rearme". Con este término – de connotaciones belicistas – se bautizaba a la nueva era europea. Una nueva era marcada por el aumento – en todos los Estados miembros – del presupuesto militar. Un incremento que pretende fortalecer a la Unión Europea ante la nueva realidad geopolítica. La supuesta "reconciliación" entre EEUU y Rusia suscita una reconceptualización de la "marca Europa". Una Europa que está en medio – como si de un sándwich se tratara – entre las dos súper potencias de antaño. Así las cosas, "rearme" enciende las alarmas y la preocupación ciudadana. De ahí que sean preferibles los términos "estar preparados" o "preparación defensiva". Aunque todos apelen al mismo objetivo, que no es otro que la protección ante la nueva coyuntura, la palabra "rearme" se convierte en tabú. Un tabú lingüístico que abre las heridas de épocas pasadas. Las palabras – y retomo el pensamiento de Wittgenstein – crean la realidad. Y no es la misma realidad una "Europa rearmada" que una "Europa preparada".

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  • SOBRE EL AUTOR

  • Abel Ros (Callosa de Segura, Alicante. 1974). Profesor de Filosofía. Sociólogo y politólogo. Dos libros publicados: «Desde la Crítica» y «El Pensamiento Atrapado». [email protected]

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