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Prensa ética

No comparto las palabras de George Orwell (seudónimo de Arthur Blair). Decía este escritor y periodista británico que: "periodismo es publicar lo que alguien no quiere que publiques, todo lo demás son relaciones públicas". No comparto tales palabras porque este razonamiento no cumple con los mínimos necesarios de una prensa ética. Según el argumento de Blair, cualquier información que dañe los intereses de una persona, institución o país debe ser publicada para la construcción de una sociedad del conocimiento veraz y sin censura. Si Owell levantara hoy la cabeza, y supiera el debate internacional que han suscitado las publicaciones vertidas por Edward Snowden al periódico The Guardian, otro gallo hubiera cantado en sus afirmaciones.

El maquiavelismo periodístico – como así se conoce a los simpatizantes de Owell en los paraninfos madrileños – se caracteriza por la realización de una prensa amarilla desprovista de toda ética. Una prensa, les decía, donde el fin – las ventas de periódicos – justifica las informaciones que se publican. Las recientes publicaciones de la foto y el video de doña Cristina, mientras declaraba ante Castro en los juzgados de Palma, ilustran con creces las palabras del británico. Desde la crítica intelectual debemos reflexionar sobre tales prácticas "profesionales" con el fin de trazar el modelo mediático que anhelamos. La burla del Estado de Derecho por parte de los autores – los responsables de la grabación – no debería haber traspasado los muros periodísticos. Es, precisamente, esa complicidad entre los medios y el delito, la que impide a la democracia vehicular un código ético para sus ciudadanos.

La difusión de tales imágenes – de calidad deplorable y audio deficiente – no aportan información relevante para el espectador de la mañana. Solamente, el morbo por su visionado y el acto heroico de publicar "lo prohibido", es el que garantiza las ventas al quiosquero de la esquina. Así las cosas, los medios se convierten en una institución "barriobajera" al servicio de unos mercados donde el "chisme" y el "daño ajeno" pesan más para sus "jefes", que las informaciones respetuosas con los valores constitucionales. ¿Deberían los medios haber omitido la noticia? No, el ciudadano de a pie tiene el derecho a ser informado por lo acontecido en los juzgados de Palma. "La transgresión de la norma por parte de algunos de los presentes en la Sala", es noticia por la extraordinariedad y relevancia del suceso; ahora bien, "las imágenes del delito" – la filtración del video con la Infanta declarando en el juicio -, no debería nunca ilustrar al titular de los hechos. No lo debería, les decía, porque existe una contradicción ética entre el fenómeno que se denuncia – la noticia – y la imagen que lo ilustra – el delito -.

Llegados a este punto, cabe que nos preguntemos: ¿se debe publicar todo aquello que sea ilícito? Rotundamente no. No, porque la difusión de imágenes e informaciones prohibidas atenta contra la seguridad y principios del Estado de Derecho. ¿Deberían los medios que han difundido las imágenes reflexionar sobre la ética de sus prácticas? Sí, pero probablemente no lo harán porque el periodista dispone de las herramientas legales para publicar "lo prohibido". El derecho a la reserva de las fuentes y la libertad de prensa impiden que la legalidad vigente sancione tales prácticas "amarillas". Mientras sigamos con estos mimbres legales, las palabras de Owell tendrán cabida en nuestra enferma democracia. Los medios de comunicación continuarán publicando "lo que otros no quieren que se publique". Lo harán, con tal de incrementar sus ventas aunque hagan daño a personas, instituciones y/o países.

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