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Surcos sociales

Desde que falleció su señora, el viejo catedrático escribía todas las noches sus reflexiones acerca de la vida. Sus escritos, decía, eran los jarrones agrietados que se escondían en el interior de sus vitrinas. Escribir era para Ernesto, cito textual: "un ejercicio de salud mental que me sirve para recuperar las energías apagadas desde el funeral de Gabriela". Sus lienzos simulaban el olor a las bibliotecas polvorientas de los tiempos galdosianos. La invisibilidad de su talento era como un fósil oculto entre los escombros del vertedero. En el cajón de su despacho yacían los manuscritos que, noche tras noche, escribió durante los últimos años de su vida. Hoy, cinco meses después de su muerte, una editorial de Lavapiés ha decido inmortalizar para los escenarios del conocimiento, el pensamiento de este humilde invisible de los tiempos marianistas.

La mente, en palabras de Ernesto, es como la montaña que vislumbramos desde el mirador de la azotea. Los surcos del paisaje reflejan los flujos que riegan la razón de los humanos a su paso por la vida. Los vientos, son los miedos que ponen freno a los caballos de la utopía. Son precisamente, estos esquemas enquistados en el pensamiento contemporáneo; los que dibujan las aristas de las culturas populares. Las estructuras cognitivas – en términos kantianos- determinan las acciones que se cocinan en los fogones de arriba. La herencia del conocimiento por parte de los abuelos, padres y hermanos siembra de espinas los prados de la creatividad en sociedades – como la nuestra –  sacudidas por la temeridad. El miedo aprendido, en palabras del valiente, impide que la innovación y el riesgo despierten el "espíritu emprendedor" de las economías avanzadas.

La teoría de los sistemas servía al autor para reflexionar sobre el amor. Al igual que un ordenador, un coche o una simple máquina de coser;  el amor, es un sistema emocional esclavizado por su desgaste. Cualquier emoción – desde la tristeza a la alegría, pasando por el miedo y la ira – tiene sus momentos de subida y sus episodios de bajada. Ninguna pulsión animal, por muy mística que sea, resiste inmune a los azotes de la intemperie.

Con esta lógica – más propia de un psicólogo que de un filósofo – todo amor tiene los días contados en las turbinas del desgaste. Solamente la razón puede corregir los efectos nocivos del deterioro. El amor inteligente debe servir, decía,  para avivar las heridas que se quedan cuando los troncos de la pasión han ardido en los fogones del corazón. Solamente así, construyendo un amor inteligente tras la defunción de la emoción, se consigue que el duelo de los desenamorados se convierta en un proyecto de vida basado en el respeto y la empatía.

La complejidad de la postmodernidad – leemos en el penúltimo capítulo de Ernesto – es el principal factor que envenena a las democracias con el contaminante de la corrupción. La verticalidad de las estructuras institucionales invita al político de hoy a caer en la codicia y el egoísmo. Tóxicos propios de los marcos neoliberales. Son precisamente estos laberintos. Laberintos construidos por la distancia y la ignorancia de las mayorías, los que sirven a los pulpos del capital para mover sus tentáculos, sin ser vistos por las mirillas de los ladrillos. La horizontalidad y la gobernanza – reivindicadas por la Crítica – son los martillos necesarios para romper, de una vez por todas, la opacidad del laberinto. Solamente así, con estructuras sencillas. Estructuras basadas en la participación y la transparencia, conseguiremos la vacuna que venza al cáncer social que nos devora.

Al igual que Saramago, Ernesto criticó a la televisión durante los últimos años de su periplo. Decía, que el mando a distancia representaba el caos en una sociedad alienada por las pantallas. Desde que me levanto hasta que acuesto – cito textual – veo a mis nietos como crecen envueltos entre dos mundos paralelos: uno, el analógico – el mío -; y el otro, el digital – el de ellos-. Las nuevas tecnologías han servido para tejer con más fuerza los nudos de la globalización. Han servido, decía, para tejer las mallas de la complejidad y han servido, concluía, para vivir con cientos de pantallas abiertas en el escenario de nuestras vidas. La última vez que encendí el ordenador, fueron tantas las pantallas que se abrieron que al final se bloqueó. Desconectar será una necesidad para que las sociedades recuperen la tranquilidad  para pensar.

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