• LIBROS

Entrada siguiente

De cruces y paradojas

Esta tarde he recibido un correo de André, un lector del Rincón y periodista afincado en Sómmieres. Sómmieres, por si no lo saben, es un pueblecito de las tripas francesas hermanado con el mío. Mi abuelo, sin ir más lejos, estuvo vendimiando allí durante los años duros de la postguerra. Por ello, cuando André me dijo que era de allí, sentí el calor nostálgico que sentían los exiliados; cuando se cruzaban con alguien de sus pueblo. Mi abuelo, creo que lo he contado en alguna ocasión, estuvo preso en Alicante. Preso político – como hoy dirían algunos – por atravesar los Pirineos en dirección a París. Compartió estancia con un escritor de Orihuela, de apellido Hernández, y más conocido como «cara de patata». Todos los días a las seis de la mañana, y tras el sonido de la sirena, sacaban a los presos a «tomar el fresco» por el patio de la cárcel. Desde la celda se oían los gritos desgarrados de quienes sufrían los latigazos por sus «causas» políticas.

En días como hoy, cuando leo en las páginas de los periódicos el término «presos políticos» para referirse a Junqueras y compañía, me viene a la mente aquellas historias del patio de la cárcel. Aquellos presos de Foncalent – y no los de hoy de Alcalá Meco – sí que eran presos políticos. Lo eran porque el Régimen de Franco – bien distinto a la Monarquía Parlamentaria de Felipe VI – no permitía que nadie pensara diferente. El pensamiento – lo único que nos hace libres – estaba controlado por las fuerzas del generalísimo. Por ello cualquier palabra dicha en el sitio equivocado se volvía contra el hablante en forma de sentencias de muerte, exilios o paseíllos de madrugada. Me contaba Gregorio – un octogenario de mi pueblo – que un día llegaron a su casa dos señores de verde. Llegaron en su búsqueda porque, según él, algún «chivato» dijo que en la taberna de Inés había hablado de política en clave republicana. Menos mal – me contaba Gregorio con los ojos encharcados – que su mujer «contentó» a aquellos señores con sus encantos. Encantos que utilizó para salvar la vida de su marido, y que calló hasta su muerte como una monja de clausura.

André, me escribía porque quería que le proporcionara información relativa a una cruz que hay en mi pueblo. Una cruz que se edificó en época de Franco para homenajear a los caídos de la contienda. Caídos – valga la aclaración – afines al régimen. Como saben desde la ley de Zapatero, la simbología franquista – nombres de calles y monumentos – deben apartarse del escenario presente. Dicha cruz enfrenta a defensores y detractores y reabre las heridas entre rojos y azules. Unos están a favor de que la cruz siga ahí – «en el lugar que ha estado siempre» -, otros, sin embargo – los defensores de la ley – dicen que se la lleven. Así las cosas, el pueblo entristece por el clima de opinión crispado entre religiosos, tradicionalistas y legalistas. El otro día, sin ir más lejos, un «custodio de la cruz» me decía que estaba a favor de que en Cataluña se cumpliera la ley el pasado 1-O. Estaba a favor de que el Estado utilizara el uso legítimo de la violencia y que, por tanto, la policía pegara porrazos a anónimos de la calle. Sin embargo, este señor defendía que no se aplicara la Ley de Memoria Histórica en su pueblo. Paradójico.

Deja un comentario

1 COMENTARIO

  1. Muy interesante …

    Responder

Deja un comentario

  • SOBRE EL AUTOR

  • Abel Ros (Callosa de Segura, Alicante. 1974). Profesor de Filosofía. Sociólogo y politólogo. Dos libros publicados: «Desde la Crítica» y «El Pensamiento Atrapado». [email protected]

  • Categorías

  • Bitakoras
  • Comentarios recientes

  • Archivos